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Bolivia, los patrimonios tangibles en nuestro pais



La Chiquitania es una región que alberga en su seno habitantes originarios de la zona, los chiquitos o chiquitanos. En ese lugar se establecieron las Misiones Jesuíticas enviadas por la Iglesia para evangelizar al Nuevo Mundo.

A partir de la segunda mitad del siglo XVII (desde 1691 hasta 1760), los jesuitas comenzaron sus edificaciones. La evangelización mediante el uso de la música renacentista y barroca tuvo gran acogida en la época y se fusionó a la cultura originaria del lugar.



Considerado uno de los parques más grandes y mejor conservados de la cuenca del Amazonas. Este patrimonio natural tiene una extensión de 1,5 millones de hectáreas y conserva en su seno, el encanto natural de las aguas, una flora de 4.000 especies y más de 600 variedades de pájaros.

Con altitudes que oscilan entre los 200 y 1.000 metros en su tierra, el Parque Nacional Noel Kempff Mercado posee un rico mosaico de hábitats que van desde el bosque montañoso amazónico de hoja perenne hasta la sabana y el cerrado (ecorregión de sábana tropical del Brasil).



La ciudad de Tiwanaku fue capital de un poderoso imperio preincaico del mismo nombre, que dominaba una amplia zona de los andes del sur. Alcanzó su apogeo entre los años 500 y 900 dC. y pese a que sus restos monumentales atestiguan la importancia cultural y política de esta civilización, todavía existen muchos enigmas.

La antigua ciudad preincaica está situada en el sureste del lago Titicaca, a una altura de 3.844 metros sobre el nivel del mar, y a unos 70 kilómetros de la ciudad de La Paz. Si bien hay diferentes teorías, a la ciudad de Tiwanaku se lo considera un centro ceremonial y un populoso centro urbano sustentado por un sistema de agricultura en terrazas.



Fue recientemente registrado en la Unesco como patrimonio cultural tangible este año, involucra a seis países andinos: Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, Perú y Argentina.

Se trata de una vasta red viaria de unos 30.000 kilómetros construida a lo largo de varios siglos por los incas con vistas a facilitar las comunicaciones, los transportes y el comercio, y también con fines defensivos.

Esta extraordinaria red atraviesa los terrenos geográficos más extremos del mundo, vincula a los picos nevados de los Andes - a una altitud de más de 6.000 metros - a la costa, corre a través de las selvas tropicales calientes, fértiles valles y desiertos absolutos. Alcanzó su máxima expansión en el siglo XV, cuando se extendió a lo largo y ancho de los Andes.



La cosmovisión andina de la cultura kallawaya abarca todo un acervo coherente de mitos, ritos, valores y expresiones artísticas.

Sus técnicas medicinales basadas en los sistemas de creencias ancestrales, brindaron a esta cultura, un amplio reconocimiento en Bolivia y en numerosos países de América del Sur, donde aún ejercen los médicos-sacerdotes kallawayas.

Así, la actividad principal de los kallawayas es el ejercicio de una medicina tradicional, a la que están asociados diversos ritos y ceremonias, que son la base de su economía.



Proclamado como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible desde el 2001, el Carnaval de Oruro fue inscrito el 2008 en el registro de la Unesco al ser la conjunción de más de 28.000 danzantes, cerca de 10.000 músicos distribuidos en 150 bandas que confluyen en una entrada con más de 400.000 espectadores del país y extranjeros en casi cuatro kilómetros de distancia en honor a la Virgen del Socavón.

La fiesta se convirtió en un centro de irradiación de danza y música de diabladas, morenadas, caporales, tobas, tinkus y otros, que representan a todo el país.

Oruro, situado a una altitud de 3.700 metros en las montañas del oeste de Bolivia, era un centro de ceremonias precolombino antes de convertirse en un importante centro minero en los siglos XIX y XX. La ciudad fue refundada por los españoles en 1606 y siguió siendo un lugar sagrado para el pueblo uru, al que venían desde muy lejos para cumplir con los ritos, especialmente la gran fiesta de Ito.



La Ichapekene Piesta es una festividad sincrética que reinterpreta el mito fundacional moxeño de la victoria jesuítica de San Ignacio de Loyola (ubicado en el departamento de Beni) asociándolo a las creencias y tradiciones indígenas.

Los festejos se inician en mayo con fuegos artificiales, cantos y alabanzas, y prosiguen en junio con celebraciones de misas diurnas y nocturnas, velatorios, donaciones de limosnas y banquetes.

La principal representación de la victoria de San Ignacio consiste en una manifestación escénica en la que doce guerreros solares con tocados de plumas espectaculares combaten a los guardianes de la Santa Bandera –“señores” primigenios de los bosques y las aguas– antes de acabar convirtiéndolos al cristianismo. Estos rituales constituyen un acto de fe y renovación constante que permiten a los moxeños renacer al cristianismo en presencia de sus espíritus ancestrales.
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