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Buen articulo de Lany Hangling sobre la familia actual.




Miramar es el espejo de la nueva familia. Cada restaurante, cada balneario, cada vereda, es el escenario de un drama implacable

La mamá: 35-40 años, malhumorada o tal vez ausente. Es una mujer que atiende las labores de su casa y a la vez desempeña un empleo. Aporta algo, pues, al presupuesto familiar, si bien el aporte resulta escuálido, en comparación con los gastos en mucama, planchadora y baby-sitter que representa su ausencia. Pero aporta. De todos modos, la mamá (como todas las madres del mundo en todos los tiempos) está en contacto diario con los hijos. Que son, a lo sumo, dos. Y que exigen a gritos su asistencia. Cuando llega el fin de semana, la pobre mujer está agotada. Se tira a la cama, concurre a la peluquería, o a un té de señoras, o al cine, o a pilates-yoga-masajes-gestalt.

o a cualquier parte. Pero no quiere ver a sus hijos un minuto más. Está exhausta. Además, le han lavado el cerebro: todas las revistas femeninas, los psicólogos, los charlistas de la tele, los columnistas del diario, los periodistas en sentido lato, y su cuñada, insisten en que debe liberarse, demostrar carácter, protestar cuando la tratan como a un objeto, y si es posible convertirse en un no-objeto (de deseo) de manera que una rebeldía le sube por la faringe, como un vómito sin impedimentos.
La mamá: 35-40 años, malhumorada o tal vez ausente. Cuando llega el fin de semana, la pobre mujer está agotada

Quiero ser yo misma, amarme a mí misma, crecer en mi yo, huir de los mandatos. Todas esas cosas. Cuando llega el sábado, o tal vez el domingo, la mami se retira de la escena y deja allí solo, junto a los niños, al papi.
El papi es otro personaje de nuestro tiempo. Culposo, asustado por los gritos y reclamos de su pareja, está siempre al borde del llanto. Oficia de ayudante en el parto de su mujer (si los médicos autoritarios y las enfermeras esperpénticas se lo permiten) trabaja como un burro de sol a sol, igual que lo han hecho su padre y su abuelo, y duerme entre pesadillas porque no comparte suficientes horas con sus hijos. ¡Qué culpa, por Dios!

Nada que ver con su padre, o su abuelo italiano, que inspiraban miedo y ordenaban silencio.

El papá, culposo, asustado por los gritos y reclamos de su pareja, está siempre al borde del llanto. Trabaja como un burro de sol a sol y duerme entre pesadillas porque no comparte suficientes horas con sus hijos
El papá de hoy juega con los niños, decidido a convertirse en un papi inolvidable. Uno lo oye gritando como un bebé (pero con voz ronca) "gol, campeón, salto, carrera, viva-viva" como si fuera una radio en perpetua transmisión de una final de la Copa del Mundo. Es el líder de la acción física. Abraza a los hijos, los lanza a las piscinas, les grita en el oído, los besa estruendosamente. Necesita aprovechar ese sábado para convertirse en el papi inolvidable.
Papá y mamá han renunciado a educar a los hijos. Por lo tanto, estos se han convertido en engendros. Gritan, escupen, zapatean, destruyen, muerden, patean, insultan. Mamá duerme, papá festeja.

Miramar es una buena muestra de este panorama. He visto a un padre de 38 años empujando el cochecito de su bebé, chocando contra las sillas almacenadas en la vereda. La nena (hija mayor, unos 9 años) se le colaba bajo el brazo y el hombre manoteaba el aire, fastidiado, para sacársela de encima. Tenía la cara de un condenado a muerte: ojeroso, angustiado, exhausto.

Posiblemente, este papá ya barruntaba el futuro. En tres o cuatro años más, su belicosa mujer se convertiría en un águila predadora. Lo atacaría sin piedad y, sedienta de venganza (¿por qué?) se acostaría con el primer imbécil que se le cruzara en la calle. Desenlace: juicio de divorcio. Consecuencia: el hombre pierde su departamento, su auto y sus hijos. Va a vivir solo a un sucucho miserable. Con las fuerzas que le restan, conquista a una adorable chiquilla de 23 años que podría ser su hija. Pero la chiquilla, a los cinco o diez años, se convierte en otra ave rapaz que lo despoja de sus bienes. Y así, el hombre se encuentra cada vez más escéptico, más triste, más viejo...

El joven papi, mientras empuja el coche de bebé, mira de reojo a las chiquillas miramarenses de 14 años, tentadoras, perfectas, fresquísimas, pero un ramalazo de terror le cierra los ojos
Ya nadie quiere ser hombre. Y menos, papá.
El joven papi, mientras empuja el coche de bebé, mira de reojo a las chiquillas miramarenses de 14 años, tentadoras, perfectas, fresquísimas, pero un ramalazo de terror le cierra los ojos. No puede mirar esos muslos. Es pecado. Merece prisión perpetua. Y el papi se sumerge en su soledad espiritual, mirando al frente, empujando el coche... ¡Hay que llegar hasta el café donde está mami, conversando con su cuñada sobre la actualidad política nacional e internacional!

He visto, en un restaurante, a una nena profiriendo alaridos mientras la mamá daba la teta a un hermanito menor. Los abuelos, pálidos, guardaban respetuoso silencio. El papá, aturullado, le alcanzaba galletas y maníes. La mamá sonreía, beatíficamente, ya que el centro de ese drama familiar era ella misma.

Bella ciudad, Miramar.

Mala cosa, la familia, tal como se la entiende hoy. Un verdadero despropósito. O tal vez esto sea, solamente, una estampa turística..
2Comments
sargazos

jánglin 🚽

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Ill_be_back

"abuelo italiano", en Miramar, donde todos los que van son judíos o bellavistenses... 🤦‍♂️

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