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Calfucurá: El cacique de las Pampas (Biografía)

Juan Calfucurá fue un poderoso cacique araucano de las pampas del sur y del oeste. Fue responsable de casi todos los malones que hostigaron la provincia de Buenos Aires a mediados del siglo XIX.

Juan Calfucurá nació en Llailma, Chile. Perteneció al grupo pehuenche; su nombre deriva de los términos indios callvu, que significa azul y curá, que quiere decir piedra.
Emigró de Chile hacia Argentina para establecer la dinastía de la Piedra. Dirigió una casi independiente república conocida como la Confederación de Salinas Grandes, cerca de Epecuén, Neuquen.

El 8 de septiembre de 1835 con un grupo de doscientos guerreros aplastó sin contemplaciones a los caciques voroganos (de Voroa), que habían llegado a un entendimiento con el gobierno de Buenos Aires y dominaban una parte de la pampa.
Tras desalojarlos del territorio, durante más de 40 años, Calfucurá y sus descendientes (la dinastía de los Piedra) impusieron su dominio sobre vastos territorios de las pampas argentinas. Este hombre parecía actuar conforme a un plan político visionario, al servicio de su pueblo. Se deduce de la secuencia de sus acciones ya que creó una Confederación Indígena unificando por la persuasión o la fuerza las voluntades de decenas de caciques y multitud de tribus dispersas. Estableció una capital y un gobierno en Salinas Grandes, lugar de gran valor económico y estratégico, porque significaba el control de la extracción y el comercio de la sal, elemento vital para el procesamiento de cueros y carne.
Creó su propio sello, que usaba en su correspondencia y documentos oficiales. A través de maniobras diplomáticas astutas, combinadas con acciones militares de gran audacia y eficiencia, en las que derrotó varias veces a las unidades del ejército, supo sacar ventajas, apoyando a veces a unos, a veces a otros, de las luchas entre la capital y las provincias, entre federales y unitarios y entre diversas facciones políticas y militares, que caracterizaron la historia del país durante gran parte del siglo XIX.
Al prestigio militar que le dieron ésta y otras acciones audaces, malones a pueblos argentinos, enfrentamientos victoriosos con tropas del ejército, se sumó su habilidad diplomática. Pronto surgió entre los mapuches de ambos lados de la Cordillera la leyenda que tenía poderes mágicos.
“Calfucura era como un dios; cuando hacía Nguillatún todos tenían que darle lo que él pedía.
En los malones –cuando se veía urgido– él pedía una lluvia o un viento que levantaba las piedras y los huinca tenían que volverse.
A lo mejor tenía un Pichi-Pillán. Era una piedra en forma de persona, ese es el que le daba la fuerza para ir a la guerra” (Relato de José Carril Pircunche).



Para la consolidación de su poder, fue decisivo el pacto de paz que firmó en los años 40, con el gobierno de Buenos Aires, encabezado por el caudillo Juan Manuel de Rosas. Éste se comprometió a entregarle anualmente una “ración”: eran 1.500 yeguas, 500 vacas, bebidas, ropas, yerba, azúcar y tabaco. En 1847 Calfucurá se volvió contra él y atacó Bahía Blanca. Por esos tiempos pactó con Urquiza, quien fue padrino de su hijo Namuncurá (pie de piedra). Durante el período en el cual Buenos Aires luchó contra Rosas, Calfucurá mantuvo a Buenos Aires en un constante alboroto -su peor ataque fue el realizado contra Azul en 1855- de modo que las fuerzas debieron ser desviadas en su dirección. Los coroneles Bartolomé Mitre y Laureano Díaz fueron enviados en su persecución, pero al atacar por sorpresa las tolderías del cacique Catriel, aliado de Calfucurá, éstos se reorganizaron y en la batalla de Sierra, los días 30 y 31 de mayo de 1855, derrotaron totalmente a las fuerzas argentinas.
A esta victoria siguió el 29 de octubre de 1856 el combate de San Jacinto, cerca del arroyo Tapalqué, donde las fuerzas de Calfucurá, las de su hijo Namuncurá, junto a los caciques Catriel y Cachul, condujeron a las tropas del gobierno, al mando del coronel Hornos, hacia unos pajonales, en donde los atacaron, matando a 18 oficiales y 250 soldados. Inmediatamente después de la victoria arrasaron con el pueblo de Tapalqué Nuevo.
Por esos tiempos atacó a los aucas chilenos y capturó cien mil cabezas de ganado, por esas tierras dominaba su hermano Reuque, que aseguraba el paso cordillerano para el ganado que sacaban de Argentina para vender en Chile. Invadió otras ciudades fronterizas, mientras que en febrero de 1857 fue vencido por el general Granada en la sierra de Cura Malal, quien se dirigía a atacar sus tolderías en Salinas Grandes. A pesar de que los indios emplearon su táctica de incendiar el campo para rodear al enemigo, la resistencia fue tan firme que debieron retirarse. Ese año fue derrotado también por los generales Conesa y Paunero y nuevamente en Pigüé en el año siguiente.

Luchó del lado de la Confederación en la batalla de Cepeda (1859) y continuó incursionando en las ciudades de la provincia de Buenos Aires hasta que en 1872 juntó a los principales caciques para incursionar en el territorio bonaerense. A poco de iniciado su avance, el 8 de marzo, fue derrotado en la batalla de Pichi Carhué, que provocó la muerte de doscientos indios, mientras que el 8 de mayo el general Rivas condujo una fuerza de 655 soldados del Ejército y 1000 lanceros de las tribus de Catriel y Coliqueo, quienes libraron con Calfucurá la batalla de San Carlos. En este enfrentamiento, donde solamente participaron los indios de ambos bandos, Calfucurá fue derrotado por última vez.



A pesar de su audacia como guerrero y las sangrientas batallas que peleó, Calfucurá no era un sanguinario, sino que sabía medir su poder y cuando podía lograr lo que quería sin derramar sangre. Una prueba de eso ocurrió el 29 de octubre de 1859, cuando habiendo reunido más de dos mil lanceros, Calfucurá se encontraba dispuesto a saquear la ciudad de 25 de Mayo, en la provincia de Buenos Aires, por el botín (comida, bebidas, cautivas, armas, dinero) y para vengar la muerte de su amigo Juan de Dios Veloz, ocurrida en una pulpería de esa ciudad, por obra de un comerciante llamado Pedro Besabé.
Momentos antes de iniciar el ataque, cuando sus fuerzas se hallaban en formación de ataque frente al poblado, se acercó un sacerdote llamado Francisco Bibolini. Italiano de origen, había llegado a América en 1854 y al año siguiente, era párroco del joven pueblo. Cuando le avisaron de la proximidad del malón, sin titubear, vestido con su raída y vieja sotana, montó su tordillo y haciendo caso omiso de las súplicas de sus amigos, partió a encontrarse con el cacique, diciendo: “..a la vida nadie la tiene comprada. Pertenece a Dios y Él dispone..”
Luego de conversar largo y tendido, con mezcla de dialectos indígena, castellano e italiano, la mano del cacique ordenó un avance lento, tras él y el sacerdote.
El sacerdote se esforzó por pactar con Calfucurá, haciéndole entender que más le convenía aceptar un cuantioso botín pacíficamente, que obtenerlo con sangre y muertes. En lo que no transigió el cura, fue en las cautivas y en el cumplimiento de la venganza contra el comerciante Besabé.
Finalmente, una leve sonrisa cruzó por su rostro y ordenó el avance pacífico tras el cura. Al llegar a la población, Calfucurá se hospedó en la casa del propio cura Bibolini y el resto de la indiada vivaqueó en los alrededores.
Esa noche, intentó nuevamente conseguir venganza sobre el comerciante Besabé, pero el cura fue inflexible y milagrosamente, Calfucurá aceptó. Al día siguiente, la indiada recibió todo lo pactado: víveres, aguardiente en abundancia, dinero, ropas y vicios.
Bibolini y Calfucurá se separaron con un apretón de manos.

Con la derrota de 1872 el gran proyecto de Calfucurá fue finalmente vencido. Pero su nombre aún es recordado por todos los mapuches.

El 3 de junio de 1873, el terror indio de las pampas murió, en su propio toldo en Chilihué, cerca de General Acha en La Pampa. Había llegado a comandar tres mil entrenados guerreros y había sido el jefe de veinte mil indios. Al menos ocho de sus hijos prestaron servicios como oficiales suyos; uno de ellos, Manuel Namuncurá, se convirtió en el nuevo y último líder indígena.
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