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Delirio

Delirio
Por Enrique Araujo-Alvarez B. (6.1.08)

Hacía poco tiempo que el señor Charles S. Hudson había comenzado a manifestar indicios de un comportamiento inadecuado, lo que hizo que sus hijos Stefanie y Charles Jr. decidieran consultar con el Dr. Jack Atwood destacado psiquiatra conocido en todos los círculos científicos de Londres y amigo de la familia. Éste tomó de mucho agrado la invitación de los hermanos a cenar en la noche del sábado 14 de octubre de 2142. El motivo era, aparte de pasar una agradable velada, consultarle respecto a la salud mental del patriarca de la familia. Al final de la comida, Charles invitó al Dr. Atwood y a su distinguida esposa Helen, a pasar a los salones para degustar unas galletas de vainilla con incrustaciones de chocolate y beber un excelente té de Ceilán. Stefanie indicó al viejo mayordomo Clifford que trajera el té y los biscuits. Charles era ahora el primogénito de la familia Hudson y cabeza de la familia por el alegado fallecimiento de Lady Jane Applegate Hudson hacía ya siete años y últimamente por la repentina demencia que sufría el padre de ellos. Chuck, como era conocido en los círculos íntimos, levantó la fina taza de porcelana china y bebió cautelosamente su contenido ya que era propenso a quemarse los labios porque no soportaba ningún elemento excesivamente frío o caliente. Al notar que no estaba dulce, cogió la cucharilla de plata que asomaba en la azucarera y con su acostumbrada parsimonia, agregó dos cucharaditas más de azúcar y se dispuso a mover el té. El doctor Hudson no había advertido que en el fondo de la taza, estaban estancados los tres terrones de azúcar que le había colocado previamente el viejo Clifford quien conocía perfectamente su gusto por lo dulce. Una vez disuelto el azúcar, golpeó la cucharilla suavemente en el borde dorado de la taza para dejarla descansar en el pequeño platillo. Enseguida abordó el tema tomando una actitud que no mostrara demasiada ansiedad por la preocupación que tenía por la salud mental de su padre.
-Verá usted, mi querido doctor, mi padre ya no es el mismo de antes ya que desde hace más o menos tres meses, hemos notado, mi hermana y yo, que está empezando a confundir algunas cosas y se ha dirigido a Clifford de una manera extraña, manifestándole algunas opiniones lo bastante fuera de lugar, cosa que no ha hecho en los casi cuarenta años que lo conoce. En las noches le he oído llamar a mi madre, quien como usted sabe, falleció ya hace algunos años. El médico se mantuvo muy atento a todo lo que le relataba el hijo de su gran amigo. Nunca dejó de mantener su puño derecho en posición de sostén de su cabeza desde el mentón, incluso cerraba a medias sus ojos como queriendo enfocar mejor las referencias que le hacía el apuesto y aún joven abogado. Sin embargo, el psiquiatra lograba percibir algo sutilmente inadecuado en el relato de éste.
-¿Dónde se encuentra en este momento su padre? Inquirió el psiquiatra.
-Está en sus aposentos, descansando. Respondió Charles Jr.
¿Por qué se ha retirado tan temprano? ¿Está enfermo? Insistió el galeno.
-Se encuentra perfectamente, sólo me pidió retirarse un poco temprano ya que estaba con una ligera jaqueca, es todo. Es más, me encargó que le mandara cordiales saludos para usted y su esposa.
-Gracias, me había preocupado un poco que no estuviera presente, pero en fin, ha sido muy conveniente ya que de otra manera no podríamos haber abordado el tema, el cual lamento muy de veras. ¿Dijo usted que manifiesta este comportamiento desde hace unos tres meses?
-En efecto, doctor. Dígame, ¿qué se puede hacer, de tal manera que no lleguemos a tomar decisiones traumáticas para él? Verá usted, sería muy penoso no solo para él sino para todos nosotros.
-Se refiere el internamiento en un manicomio, al igual que a la señora Applegate, ¿es eso, verdad?
-Sí doctor, eso exactamente.
-Bueno, tendría obviamente que evaluarlo yo personalmente para establecer un diagnóstico adecuado. ¿Cuándo podría verlo?
-En cualquier momento, sin embargo, para evitarle suspicacias, preferiría organizar una velada de tal manera que disimuladamente, los dejaríamos solos para que usted pueda conversar con él.
-Me parece adecuado, esperaré entonces sus noticias, eso sí cuanto antes mejor.
-Descuide doctor, yo le avisaré oportunamente. No deseo que este penoso problema lo llegue a abrumar.
-De acuerdo. Esta vez dirigiéndose a Stefanie,
-Dígame, ¿cómo le va en su programa de caridad con las damas de la alcaldía? Mi esposa dice estar encantada colaborando con usted ya que ha encontrado al fin algo que hacer. La señora Helen protestó sonriendo.
-No le hagas caso a mi esposo, siempre dice eso y no sabe nada de lo que yo hago ya que nada parece importarle en relación a mis actividades.
-Si hicieras algo provechoso, quizás me interesaría, bromeó el psiquiatra. Entonces intervino el doctor Hudson.
-Usted sabe cómo es Stefanie, siempre organizando eventos imposibles. Ella también, con estas actividades, ha encontrado algo que hacer, provechoso, espero. Stefanie, sonrió y solo atinó a mover la cabeza guiñándole un ojo a la señora Helen.
-Bueno, querido Charles, ha sido una velada muy agradable y debo ya retirarme porque parece que va a desatarse una tormenta.
-Gracias por su asistencia en este problema estimado doctor.
-Descuide, el caso me interesa sobremanera.
Los hermanos acompañaron a los invitados hacia la puerta y los despidieron cordialmente. El leal Clifford ayudó al siquiatra a ponerse el abrigo y alcanzarle su bastón y sombrero. Tras la despedida, ambos hermanos suben las escaleras y se dirigen al majestuoso dormitorio del patriarca de la familia. Abren las dos puertas de par en par y encuentran al viejo profundamente dormido.
-Está bien, tómale el pulso, indicó Charles a su hermana. Stefanie saca de un cajón una pequeña placa de titanio, la que coloca en la carótida del anciano. La placa muestra los valores 120-80 y 64. El viejo está estable. Ambos se retiran del aposento y cada cual se retira los suyos.
A la mañana siguiente, Clifford despierta a Charles las nueve, a la vez que llega con la bandeja del desayuno y con el Times dominical. En el titular principal, se lee; Los Estados Unidos del Brasil tomaron los dos últimos estados de los Estados Unidos. Más abajo, la agencia EFE de España, detalla; Estados Unidos a un paso de la capitulación, las fuerzas armadas se rinden por millones ante el invasor. Se prevé que las hostilidades se detengan a las 12 horas de Greenwich. El Führer de Germania, país que ocupa la totalidad de Europa y la otrora Federación Rusa, ha manifestado su interés en una alianza estratégica con el Brasil para la repartición del resto del mundo asiático, liderado por Japón. Los tres países más poderosos del planeta serían el trípode del poder para la preservación de la raza humana inteligente. Si la tesis progresa, se iniciaría la aniquilación de las razas sub humanas de inmediato, reduciendo la población de 40 mil millones a máximo doscientos millones en todo el mundo. ¿Estaremos próximos a la salvación, al fin, de la vida inteligente en la Tierra? Se preguntó el doctor Hudson. Después de desayunar, toma un refrescante baño y se prepara para ir a saludar a su padre. Al llegar a las puertas del dormitorio, se detiene por unos segundos como repasando lo que le va a decir y entra sin tocar.
-Buenos días papá, ¿cómo has amanecido?
-Hijo mío, ¿por qué sigo atado a la cama? Clama el padre.
-Es por tu bien papá.
-Pero yo estoy bien, hijito. Tú más bien deberías ver al doctor Atwood. ¿Cuándo va a venir a verme? Charles, voltea la cara para que su padre no lo descubra cuando se le aguan los ojos.
-No te preocupes papá, pronto va a venir y te vas a sentir mejor.
-Pero hijito, ¿por qué estoy atado? ¿Por qué me haces esto? ¿Dónde está tu madre? ¿Por qué no me la dejas ver? ¿Qué le ha pasado? Dime hijito, por favor. Charles ya no puede contenerse y se voltea. Hace un esfuerzo para que no se le quiebre la voz.
-Papá, todo se va a arreglar, ya verás. Ten paciencia. Sir Charles volvió a insistir.
-¿Por qué estoy atado a la cama hijito?
-Es por tu bien, papá, es por tu bien. Sir Charles, empezó a levantar la voz.
-Hijito, ¡por qué estoy atado, por qué! ¡Suéltame, por favor! En eso Stefanie, ingresa con una bandeja de acero inoxidable. Se sienta junto a su padre, le da un tierno beso en la mejilla y le aplica un spray de calmante en las fosas nasales.
-Ya, ya papá, todo va a estar bien, ya cálmate, todo va a estar bien.
-Hijita, tú siempre me has apoyado, suéltame, por el amor de Dios, ¡no quiero estar atado!
-Ya papá, veré lo que puedo hacer, te lo prometo.
-Gracias hijita, gracias, confío en ti. El patriarca le pide a su hija acercarse para hablarle en voz baja. Ella le acerca el oído y el padre le habla susurrando,
-Tienes que hacer ver a tu hermano con el doctor Atwood, no lo veo muy bien, creo que está perdiendo la razón.
-Sí papá voy a hacer eso, te lo prometo.
-Gracias hijita, sé que podía confiar en ti.
Sir Charles no demora en quedarse dormido y los hermanos se retiran del aposento. Stefanie se dirige a su hermano.
-Chuck, hay que traer de una vez al doctor Atwood, parece que esta vez está grave.
-Tienes razón, lo voy a llamar mañana lunes para que lo vea en la tarde. Está decidido.
A la mañana siguiente el doctor Atwood recibe la llamada de Charles, solicitándole su visita para las siete de la noche y de paso para cenar. El doctor Atwood se compromete de buena manera.
Las notas de los primeros compases de La Acuarelas de Tan Dun, a manera de timbre, anuncian la llegada del doctor Atwood a la residencia de los Hudson a la hora exacta. Clifford se apresura a abrir la puerta. El doctor ha llegado solo esta vez, saluda estrechando la mano de Charles Jr. y Clifford le saca el pesado abrigo de tweed mientras sostiene su Borsalino y el fino bastón nacarado que trae el doctor solo a manera de adorno, ya que camina muy bien aún con sus ciento sesentidós años de edad. Pasa hacia el salón y lo primero que pide es ver al paciente. Charles Jr. asiente con la cabeza y pregunta si desea la entrevista en privado. El psiquiatra lo imita con la cabeza.
-Será entonces antes de la cena, doctor.
-Así es, estoy ansioso de ver a su padre. Los hermanos escoltan al médico hacia los aposentos de Sir Charles. Los tres se detienen ante las puertas y el doctor hace un ademán para que lo dejen entrar solo. Los hermanos retroceden y se vuelven dejando al doctor por su cuenta. Sin titubear, abre de par en par las finas puertas talladas del recinto y al entrar ve a su amigo y compañero de colegio, postrado, hacia el lado derecho de la gran cama de finísima madera de jenízaro con cuatro columnas, que sostienen un capitel que muestra los escudos tallados a mano de las armas de las familias Hudson y Applegate. El psiquiatra observa preocupado las correas de cuero que lo mantienen atado de pies y manos a los extremos de la cama.
-Pax bobiscum, Charlie, amigo mío. ¿Cómo te encuentras?
-Et cum espiritu tuo, querido amigo. Al fin has venido a mi salvación.
-¿Qué te acontece, Charlie? Me han dicho tus hijos que estás diciendo cosas. ¿Qué quieres decirme Charlie? Háblame con confianza.
-Verás, Jack, mis hijos me han estado hablando de cosas horribles, dicen que mi esposa no quiere hablarme y se niegan sistemáticamente a dejarme hablar con ella. La extraño tanto y hace meses que no me dejan hablarle. ¿Sabes qué le ha pasado, Jack? ¿Está bien? Además, ¡me tienen atado a esta cama!
- ¿Qué les has estado diciendo? Dicen que hablas incongruencias.
- Yo solo les digo que no estoy de acuerdo con los programas del gobierno de aniquilar a todos los que no piensan como ellos, que no debe existir ese odio racial, que no se puede categorizar a los seres humanos como sub humanos por ser un poco menos inteligentes que otros. Son también seres humanos, que sienten, que sufren. Más bien yo pienso que hay que protegerlos, hay que darles educación, facilidades para que progresen, hay que darles esperanzas en lugar de muerte. La vida es más que la política, es amor entre los seres humanos, hay que erradicar el odio y detener las guerras que han diezmado extensos territorios en nuestro planeta. Hay que pensar nuevamente en la vida y no en la muerte. ¿Es que estos conceptos no pueden ser entendidos? Tienes que hacerles entender que la vida comienza con la vida y no con la muerte. Hazles entender que la belleza debe triunfar sobre la fealdad y la benevolencia sobre la intolerancia, el bien sobre el mal. Por último, hay que iniciar la desalienación del hombre y detener la fabricación de fanáticos que han hecho que el mundo ya no sea un mundo para vivir, sino para morir. Lee el Times hoy, Estados Unidos ha capitulado ante el Brasil, Germania y Japón quieren repartirse el planeta aniquilando miles de millones de seres humanos, hay que detener esta hecatombe, Jack. ¡Ah! ¡Y que me dejen ver a mi esposa¡ Por el amor de Dios!
- ¿Estas cosas has estado diciéndoles, Charlie?
- Sí, Jack, ¿Es tan difícil de entender?
- Está bien Charlie, voy a hablar con ellos, confía en mí.
- Confío en ti, Jack
- Descuida, Charlie.
- ¡Gracias, querido amigo!
El doctor apretó con sus dos manos la mano atada de su viejo amigo y luego le apretó un hombro. Se dio media vuelta y se dirigió hacia las puertas. Las abrió dejándolas juntas y se dirigió al primer piso en dirección al salón donde los hermanos lo estaban esperando para la cena. A su llegada, ambos se pararon de sus sillas intrigados por el resultado de la entrevista. El doctor los miró con mucha preocupación y levantando los brazos que luego dejó caer, les dijo en un tono conmiserativo,
-Lo siento mucho, pero lamentablemente mi conclusión sobre la salud mental de su padre, es que está irremediablemente cuerdo.
Fin
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