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Domesticación del hombre y excepcionalidad humana.

Lo que me propongo manifestar a lo largo de este escrito es que, en mi opinión, si se acepta la idea de domesticar al hombre, la concepción de la excepcionalidad humana se ve irremediablemente afectada, puesto que los límites divisorios entre una especie y la otra se desdibujarían, ya que la idea de domesticar al hombre implicaría la realización de determinados comportamientos de carácter repetitivo que culminaría en anular la característica plasticidad humana y la capacidad de razonar (desarrollaré esta idea mediante ejemplos más adelante).
La idea de domesticar al hombre puede ser considerada en términos sumamente variables y diversos, es decir, puede ser aplicable en planos biológicos, sociales, esenciales, corporales, entre otros; y eventualmente decimos que comporta un carácter transformador del hombre en cualesquiera de los ámbitos mencionados y más.
A mi criterio esta intervención artificial sobre el hombre tiene consecuencias nocivas en la concepción de la excepcionalidad humana (en cualquiera de los planos en los que se la considere) y la ejecución de tal mediación desdibujaría la línea entre el hombre y las demás especies.
En primer lugar, considerar una intromisión -en cualquiera de sus formas- en el hombre implicaría la homogenización y la categorización dentro de una especie cuya característica es el flujo y el cambio perpetuo. Tanto las especies animales como vegetales se caracterizan por poseer un comportamiento y una interacción con los agentes que las rodean repetitivo, es decir, como explica Espósito, el animal es «pobre de mundo» mientras que el hombre es «formador de mundo», pues el comportamiento del hombre no se restringe a la mera subsistencia sino a la producción, al cambio, a la combinación potencialmente infinita de su entorno, y es aquí el punto en el que Nietzsche imagina una producción modificada y ‘domesticada’ de orden antropológico y para ello retoma el mito de Pico acerca de la plasticidad humana –la producción por parte del hombre, de su propia esencia-. Para dar cuenta del problema de esta domesticación podemos imaginarla en un plano específico, por ejemplo corporal. En este sentido implicaría la aceptación y la imposición masiva de ciertos patrones hegemónicos físicos que terminarían por conformar un régimen biopolítico, apartando al resto de los hombres que omite y que representa negativamente, (lo cual desde ya no implica contradicción sino violencia), pues la mayoría seguiría los patrones preestablecidos concluyendo en un comportamiento repetitivo carente de raciocinio, confiscando la capacidad de generar y producir cambios puesto que, llevado al extremo, culminaría en una automatización de la conducta. Algo similar sucede actualmente con aquel elemento que separa radicalmente el género humano de cualquier otro ser viviente, a saber, el lenguaje: es un fenómeno constitutivamente social, ya que sólo puede desarrollarse y enseñarse en la interacción colectiva, pero también tiene una dimensión subjetiva, que es la de su vivencia, apropiación y ejecución individual; el modo en que cada persona incorpora/desarrolla la lengua y la relación que establece con ella es única e intransferible. Las tecnologías y estrategias de adoctrinamiento social han mutado radicalmente a lo largo de la historia y el acceso a la información no deja de ampliarse, sobre todo a partir del surgimiento de los medios audiovisuales, la informática e internet. La palabra se abrevia o se omite cada vez más, y en su lugar proliferan los emoticones, gifs, etc. el texto estorba, escribir molesta, los mensajes se están convirtiendo en abreviaturas y siglas y la comunicación se está volviendo telegráfica e iconográfica, nada que tenga que ver con poner de manifiesto la complejidad inherente a cualquier proceso comunicativo y en este sentido, en lugar de combinarse sinérgicamente con la palabra, la imagen cada vez se está utilizando más para reemplazarla. La frase "somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros" es tan válida hoy como en la Grecia antigua.
Por otro lado, si se considera la acción de domesticar al hombre respecto a sus originarias tendencias “salvajes”, en primer lugar se debe tratar de entender qué es un hombre, cuál es la naturaleza o lo definitorio del ser humano; en especial porque la tradición de la que provenimos, ha siempre definido al hombre en una relación próxima con el animal, y esto que parece ser algo obvio o evidente no tiene nada de obvio, puesto que implica pensar al ser humano como alguien que proviene de la animalidad y que en algún momento rompe con esa animalidad para pasar a otro estadio. La pregunta que nos hacemos ahora es si realmente es posible, o si la animalidad de algún modo permanece y es inherente al ser humano; y si es esa animalidad es ese aspecto negativo que el ser humano tiene que controlar, reprimir, sacarse de encima para poder progresar, avanzar hacia un estrato superior. Y en ese caso, ¿por qué lo tendríamos que hacer? Si somos animales, ¿por qué esa animalidad debería ser controlada, domesticada? o en todo caso si la vamos a domesticar, pensar por qué; tal vez hay otro aspecto no animal nuestro también que necesita domesticarse a sí mismo, y no pensar que hay un aspecto de lo humano absolutamente diferente, absolutamente ‘otro’ con respecto a esa animalidad que hay que intentar dejar de lado o en este caso domesticar.
Lo humano, propiamente dicho, no tiene que ver con nuestro aspecto corporal, animal, mamífero, incluso biológico, sino que lo estrictamente humano es lo que logra cortar con esto y es puesto en general en un elemento que no sale de la naturaleza, la tradición occidental inventa para esto la idea de “alma”, como algo absolutamente diferente de cualquier proveniencia biológica y es lo que nos está sacando de la naturaleza, nos coloca más cerca del cielo que de la tierra, como bien expresa Espósito en boca de Nietzsche: «la oscilación del ser humano entre una degeneración en dirección animal y una regeneración hacia la dimensión divina, pero con la diferencia de que las distintas condiciones –animal y divina-, más que construir una polaridad en la que oscila el género humano, se convierten en tipos antropológicos interiores al mismo. De aquí la animalización de un cierto tipo de hombre –y la divinización de otro-».
En los últimos tiempos se ha producido un deslizamiento de las acciones de cuidado a las acciones de control, del acordar al consentir, de la reflexión al reflejo, de lo escuchable a lo audible, de lo mirable a lo visible, entre otros. Por ende, pienso que la domesticación del hombre alimentaría dichos procesos, desdibujando cada vez más la línea de la excepcionalidad humana respecto a las demás especies.
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