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Edmundo Gómez Mango"Del estadio y los dioses"

Para una clase de existencial en la facultad de psicología tuve que buscar este material y me pareció interesante para compartir con la comunidad, además no hay forma de encontrarlo gratis en la red ya que hay que suscribirse y pagar para poder leerlo completo.

En esta publicación el psiquiatra Gómez Mango vincula el mundial de Sudáfrica con los

antiguos juegos romanos habla de la vinculación entre Heidegger y Beckenbauer y trata unas cuantas cosas

más.


BRECHA | SOCIEDAD | Pág. 20 | 06/08/2010
Del estadio y los dioses. Heidegger y Beckenbauer

Edmundo Gómez Mango



Pasada la vivencia del Mundial de fútbol de Sudáfrica, vienen los cuestionamientos, las perplejidades, los enigmas. Seguí el campeonato desde París, vi los partidos en un televisor que ya cumplió diez años, pero que trasmite aún una buena imagen. Una vez más me sumergí en la dramaturgia de los encuentros: los estadios flamantes, repletos de gente, casi siempre reproduciendo la forma del anillo, como para celebrar la unión festiva de los participantes; el surgimiento ritual de los equipos desde el mundo subterráneo del túnel hasta su aparición sobre la superficie iluminada del campo, cada jugador llevando de la mano a un niño, como para recordar el carácter infantil de todo juego y quizá el deseo de trasmisión entre las distintas generaciones; los himnos cantados con más o menos fervor por los jugadores y a voz en cuello por los hinchas presentes, evocando la presencia de las naciones y sus cantos de veneración al pasado pero también de combate y desafío; luego la presentación de los tres arbitros y de los capitanes (cada equipo tiene un jefe); la elección por sorteo de la ubicación de cada cuadro, momento inicial que recuerda la presencia de la regla o la ley y de la suerte o el azar ("cara o cruz". Los capitanes intercambian los banderines y se estrechan las manos: el deporte implica el reconocimiento amistoso de los dos bandos enfrentados. El pitido del juez (apenas audible por el estridente y ancestral zumbido de las vuvuzelas sudafricanas) indica que la magia del espectáculo comienza. La pelota empieza a rodar. Algunos han visto en ella a la diosa de la fortuna de los estadios; tras ella corren los jugadores, desean retenerla o arrebatarla, la pierden o la recuperan: de ella depende el gol, ganar o perder el partido.

Entrar en el espectáculo, yendo al estadio o sentándose en el sillón frente al televisor, significa decretar un paréntesis en la vida de lo cotidiano: cesa la rutina, nos "extraemos" de lo habitual para "distraernos", para habitar algo extraordinario, un tiempo de ocio; nos desocupamos de las tareas profesionales o domésticas para ocuparnos de un juego, sin ninguna utilidad práctica: la finalidad de este paréntesis sería en principio la búsqueda de lo agradable y de lo placentero. Lo paradójico es que las emociones y sentimientos penosos que deberíamos haber dejado a un lado irrumpen estruendosamente en el espacio-tiempo de lo destinado al placer y al agrado. Un fondo a la vez lúdico y pasional, sin duda de raigambre infantil, se apodera del espectador; tanto el que está en las gradas que rodean la cancha, a menudo con la barra de amigos, como el que sigue el match desde su casa, es invadido por sentimientos intensos, que pasan del júbilo a la cólera, de la espera ansiosa al total desánimo, de la rabia (la bronca) contra la injusticia de los arbitros o la agresión brutal que siempre parece provenir del adversario, al grito y la catarsis del gol.

MAGIA PARTICIPATIVA. Delante del "televisor", que permite mágicamente ver a distancia, como o aun mejor que estando en el estadio, el espectador queda inmediatamente fascinado por el acontecimiento. Después nos enteramos de que lo que nos pasa a cada uno en ese momento le sucede a millones de personas en el mundo entero (700 millones telespectadores, según la FIFA, contemplaron la final), algunos reunidos en grupos pequeños, familiares (era mi caso cuando jugaba Uruguay), otros en grupos de miles de personas delante de pantallas gigantes instaladas en las plazas. Cada campeonato del mundo se transforma en un récord de magia participativa. La representación futbolística es la de mayor poder de convocación de las masas de todos los continentes. Es la manifestación deportiva que pone más en evidencia la globalización del mundo contemporáneo. Es la más fascinante de las representaciones espectaculares: el poderío mimético que ejerce la pantalla sobre los telespectadores es inmenso; nadie se queda quieto, nos movemos, amagamos y pateamos en el salón como si estuviéramos jugando verdaderamente, injuriamos al adversario o al arbitro como si fuéramos personalmente agredidos o sancionados; y es esa la magia o el sortilegio que nos atrapa como espectadores: la ilusión casi alucinatoria de participar en lo que sucede de verdad entre los dos equipos y los arbitros.

Es evidente que un Mundial de fútbol es un fenómeno complejo que puede ser abordado desde diferentes puntos de vista: el económico, el político, el psicológico, y que aun se abre a otras consideraciones* antropológicas y filosóficas. Puede decirse que el fútbol es un espectáculo total, un fenómeno de masas que merece ser considerado por disciplinas diversas. Ninguna de ellas puede, creo, llegar a captar la esencia, lo más propio, lo más específico de dicho fenómeno, pero entre todas permiten un acercamiento más comprensivo de aquello que vivimos contemplando un partido. Es a la vez un negocio millonario de los mass-media, de innumerables empresas internacionales relacionadas con el deporte, soporte de una tan intolerable como mediocre publicidad. El fútbol, y sobre todo sus grandes manifestaciones internacionales, han podido estar al servicio de lo peor, de los nazis en 1933, del fascismo de Mussolini en 1937, de la dictadura de Videla en la Argentina de 1978 (para todos los rioplatenses opositores a las dictaduras militares fue un momento de bochorno y desesperación haber perdido la batalla por la no realización del Mundial en Argentina). Pero también es bueno recordar, sobre todo en esta circunstancia del Mundial sudafricano, la formidable dinámica igualitaria que cumplió el deporte cuando el rugby fue conquistado por los negros, lo que significó una victoria impresionante contra el apartheid. Nelson Mándela fue aclamado en 1995, cuando el triunfo de los Sprinbooks en la Copa Mundial de Rugby transformó al estadio entero en una inmensa victoria del pueblo sudafricano. ¿Y cómo olvidar en América Latina la función democrática del deporte cuando el pueblo cubano, después de la derrota de Batista y del triunfo de la revolución, pudo acceder a los estadios gratuitamente y a la formación deportiva reservada secularmente a los extranjeros y a los poderosos?

BARBARIE 0 ESTÉTICA. El fenómeno futbolero de masas está siempre en el filo de la navaja. Puede caer del lado de lo salvaje, de la barbarie, puede revivir el estadio de la crueldad de los romanos, donde los esclavos eran los protagonistas de los duelos a muerte y de competiciones de fascinación sangrienta. Pero también puede convertirse en manifestaciones de hazañas deportivas hermosas, donde lo estético y lo ético se dan cita; en el estadio pueden vivirse, como lo hizo el equipo uruguayo en Sudáfrica, proezas deportivas donde el mito, como el de la "garra charrúa", se convirtió nuevamente en realidad, donde se permitió alcanzar lo inesperado, donde con tesón y voluntad grupal llegaron los celestes a competir con los mejores equipos. La exaltación entusiasta (el entusiasmo para los griegos significaba tener los dioses dentro) del pueblo uruguayo en torno a su equipo refuerza la cohesión nacional, alienta la confianza popular, puede contribuir a aumentar la energía de la polis (la ciudad, la ciudadanía) y la esperanza de que los uruguayos pueden realizar tareas difíciles y conseguir victorias que parecían imposibles. El deporte moviliza una energía social fecunda, que si es bien orientada puede alcanzar logros inestimables. Una energía radicalmente laica y humana, que proviene de las entrañas de los pueblos -aunque los intereses espurios del dinero intenten corromperla-, logra a veces alcanzar la alegría de la hazaña, como un sueño realizado, y la fiesta extraordinaria y fraternal, que nadie les regala, es disfrutada con merecido e inalienable orgullo.

Los intelectuales, filósofos y escritores mantienen como es lógico actitudes diferentes frente al fenómeno del fútbol. Juan Gelman recordó recientemente en un artículo {El País, de Madrid, 9-VII-10) la conocida opinión de Jorge Luis Borges: la invención del fútbol "es el peor crimen de Inglaterra ". También se le atribuye esta otra afirmación: "el fútbol es popular porque la estupidez es popular".

Martin Heidegger era un admirador de Beckenbauer. Cuenta Rüdiger Safranski en su biografía sobre el filósofo que, ya viejo, seguía inspirando un gran respeto entre sus vecinos, pero que se mostraba menos adusto y severo. Le gustaba por ejemplo compartir con ellos la trasmisión televisiva de partidos de fútbol por el campeonato europeo. Cuando en 1961 trasmitieron el partido-legendario, según algunos-entre el sv de Hamburgo y el Barcelona, una final que se jugaba en un país neutro, en Bruselas, su emoción le impedía quedarse quieto y cuando Barcelona marcó un gol, con un brusco movimiento volcó una taza de té. En otra ocasión, años más tarde, un director de teatro de Friburgo lo encontró en un tren y quiso entablar con él un diálogo sobre la literatura y el teatro contemporáneos, pero Heidegger, obsesionado por las impresiones de un partido que había visto en la televisión la noche anterior, no cesaba de evocar a Franz Beckenbauer: admiraba su manera tan sensible de tratar a la pelota, y describía con detalles la fineza de su juego. Sostenía que era un jugador "genial", y que en los duelos cuerpo a cuerpo con sus adversarios era "invulnerable". El que luego llegaría a ser llamado el "Kaiser" de la Massenschaft, sólo tenía, cuando lo descubrió el filósofo, unos 20 años. Martin era un verdadero conocedor: en su adolescencia en Messkirch no sólo fue monaguillo de la iglesia, también era conocido como un buen puntero izquierdo.1 También en Uruguay conocimos a un filósofo futbolero: el querido "Perico" Bordoli, profesor de filosofía por concurso de oposición libre, puntero de un equipo de primera división, hermano del inolvidable "Mingo", Domingo Bordoli; con ambos compartíamos, en los años setenta, junto a Jorge Albistur, Heber Raviolo, Isabelino, Alcides y varios más las mañanas domingueras de la calle Coquimbo.

Los estadios son tan antiguos como los templos religiosos. Son, podría decirse, templos laicos, construidos para ser habitados por el juego de los hombres, y por esos dioses o héroes contemporáneos idolatrados por las masas. El estadio, contrariamente a la mayoría de los templos, es una construcción abierta: el cielo y la tierra parecen en él tocarse. El cuadrilátero (en el caso del fútbol) del terreno de juego está rodeado por las gradas: éstas están concebidas para acoger a las masas de miles de hombres -y también desde hace rato de mujeres- que las habitan, en las que cohabitan el tiempo que dura el espectáculo; el estadio recibe y protege, reúne y otorga una plaza. El centro del estadio es el campo de juego. Ese "lugar" habilita el acontecimiento, el juego, y acoge a los espectadores en su alrededor, reúne y religa a los mortales ante lo que podría interpretarse como una manifestación de los dioses, lo divino profano: los héroes deportivos, los jugadores tocados por la gracia, los que han logrado la excelencia (el "arete" decían los griegos) del juego, los que llevaron la virtud que los habita a sus mayores exigencias y realizaciones, los que retoman las mejores tradiciones de sus antepasados y las renuevan y las hacen presentes en el instante de la competición.

EXISTENCIALISMO Y BALOMPIÉ. Jean- Paul Sartre el ige como modelo de la coexistencia o del co-estar que logra escapar del encuadre técnico e industrial contemporáneo al equipo de fútbol; éste es la antípoda de lo que sucede en el "con- novivir" de las empresas tecnológicas modernas. "La iniciativa de cada jugador sólo encuentra sentido en la manera en que los otros la retoman, es decir en el desarrollo de las mediaciones y de la totalización práctica. Un pase vale por otro pase que ha hecho un compañero, que será a su vez mediatizado por otro, etcétera, y sin embargo no se anula en ese desarrollo común; pues el equipo, para alcanzar su objetivo, apela a lo mejor de la libertad inventiva de cada uno, y no a un cuadro rígido de funciones y reglas inertes ". Para Sartre, el juramento de fidelidad que caracteriza a los grupos en fusión, unificados en la acción común, puede caracterizarse así: "Es dar lo que tu no tienes para que los otros te lo den".

Para muchos rioplatenses el fútbol es parte de una memoria de vivencias infantiles imborrables, que impregna nuestros cuerpos, como la que nos permite, cuando retornamos a casas de la infancia que no visitábamos durante años, recorrer los corredores o subir y bajar las viejas escaleras con facilidad y sin tropiezos, acariciar los muros y reencontrar las mismas asperezas, como si fueran nuestras piernas y nuestras manos las que recordaran. Me quedaron imágenes que me resultan aún conmovedoras y misteriosas. Cuando era todavía un niño, acompañado por mi padre, abandonábamos las gradas, la Olímpica o la Ámsterdam. Participaba a veces con otros espectadores juntando los diarios -que la gente había llevado para sentarse- en grandes montones a los que luego les prendíamos fuego. Múltiples fogatas iluminaban así los atardeceres, o las noches, cuando el espectáculo había terminado y el estadio se iba vaciando. Era como un múltiple adiós, fugitivo y luminoso, a la efímera e intensa emoción del partido que se perdía en el silencio. íbamos y volvíamos al estadio caminando. A veces sin decir una palabra. ("Un hombre y un joven caminan callados: son el padre y su hijo", decía -cito aproximadamente- Víctor Hugo.) Otras veces mi padre evocaba figuras legendarias del fútbol del pasado: el Vasco Cea, el Manco Castro, Piendibene, Scarone, Petrone, las dos maravillas negras: Isabelino Gradín, Juan Delgado. Le oigo todavía recitar algunos versos (que sabía de memoria) del extraordinario poema del peruano Juan Parra del Riego, intitulado '"Polirritmo dinámico", dedicado "A Gradín, jugador de fútbol": "Palpitante y jubiloso/ como el grito que se lanza de repente a un aviador,/ todo así claro y nervioso/yo te canto ¡oh jugador maravilloso!/ que hoy has puesto el pecho mío como un trémulo tambor./ Ágil,/ fino,/ alado,/ eléctrico,/ repentino,/ delicado,/ fulminante./ yo te vi en la tarde olímpica jugar". Gradín y Delgado eran descendientes de antiguos esclavos africanos.

Conservo de aquellas experiencias infantiles del estadio una impresión de momentos memorables que parecían tocar algo sagrado: la ovación inmensa que saludaba la entrada de los equipos, los éxtasis de entusiasmo que provocaban los goles, el temor de que podía surgir algo tremendo de las masas apretadas y vociferantes, cercano al pánico de la catástrofe; algo de esa emoción sagrada y pagana de los grandes entusiasmos colectivos se reaviva en los adultos en los espectáculos futboleros excepcionales: una extraña mezcla de atracción y pánico, una antigua y luminosa alegría de una comunión pagana y amorosa con la gente, la inminencia de alcanzar algo tan certeramente irrepetible como fugitivo e inasible.

El juego forma parte del fondo inmemorial de lo humano. El Homo ludens es la otra cara del Homofaber; el Homo sapiens juega y trabaja pero también todos aquellos que fabrican cultura en su más diversas formas. En toda manifestación auténticamente cultural hay juego. José Ortega y Gasset sostenía que se debía entrar en la filosofía como se entra en el deporte: para ejercer acciones sin inmediata finalidad práctica, por el simple placer de jugar con las ideas, de construir edificios con los pensamientos, para tratar, siempre fracasando, de darle un sentido al mundo y a la vida humana.3 Johan Huizinga, en los años tan agobiantes por el terror que se cernía sobre Europa antes de la Segunda Guerra Mundial, veía en el "agón" (lucha o combate), en el impulso agónico, el rasgo definidor y más propio del juego. Lo comprendía como un instinto de juego casi infantil que se manifiesta en múltiples formas lúdicas, que permiten que las tendencias innatas del ritmo, de la alternancia, de la antítesis y de la armonía, puedan desplegarse. A pesar de su conceptualización que puede hoy considerarse como demasiado biológica o instintiva y al mismo tiempo idealista, me parece aún válida esta afirmación suya: "La cultura no nace en tanto que juego ni del juego, pero en el juego". Huizinga, que había contemplado azorado las manifestaciones de masas del nazismo ascendente, descreyó en toda calidad positiva del deporte moderno. La propaganda política hacía del deporte una irreparable falsificación del auténtico espíritu del juego.4 Murió prisionero de los nazis en 1945.

Lo serio y lo lúdico van juntos. El niño juega muy en serio aunque pueda reírse y divertirse. El deporte es cultura, pero como todo fenómeno cultural está sometido a destinos diversos. Uno de los factores de la atracción del juego es que siempre está amenazado por la trampa. El fair play existe porque también existe el que rompe el juego, el que trampea. En la seducción afectiva que ejerce el fútbol en el espectador, este límite tan fino entre lo transgresivo y lo lícito adquiere mucha importancia. Aviva en cada uno de nosotros el deseo de transgredir las normas, y el convencimiento de que deben ser respetadas. Y muchas veces las jugadas que más admiramos son las que se deslizan en esta frontera entre la destreza y la trampa. Albert Camus, que fue golero del Racing Club de Argel en su juventud, sostenía: "Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol", y agregaba: "Aprendí que la pelota no viene nunca por donde se la espera. Eso me ha servido en la vida ".

Quizá esta frase de Eduardo Galeano encierre el misterio del fútbol: "En su vida un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol".


1. R Safranski, Heidegger y su tiempo. Biblio Essais, 1996. pág 600.

2. JP Sartre, Crítica de la relación dialéctica. Gallimard. 1960 (mi traducción, que modifica ligeramente el original).

3. J Ortega y Gasset, "¿Qué es filosofía?", en Revista de Occidente, 1988, págs 95 y siguientes.

4. J Huizinga, Homo ludens. Gallimard, 1951.




Sé que es largo sé que no tiene mucha dedicación el post, ose faltarían algunas fotos

para ilustrar alguna foto de los autores citados, quizás la biografía de Gómez Mango y bastante más para hacer un

post más divertido. Pero me cuestiono que tan divertido tiene
que ser lo interesante ¿No basta con que sea

interesante? En realidad se que no basta pero hoy no tengo
tiempo así que lo dejo así.

Un saludo taringueros, no preciso puntos

Algún comentario sería interesante
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