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El Campanero



Por James Petras



Ibrahim se despertó antes del amanecer dado que ese había sido su hábito desde que tenía uso de razón. Metió los pies dentro de las pantuflas que tenía al lado de la cama, levantó la cajetilla de fósforos que tenía sobre la veladora, encendió una vela y luego prendió una pequeña cocina de queroseno. Se puso de pie y se estiró, pero no miró por la ventana, como solía hacerlo, para ver cómo estaba el tiempo. El trueno de las piezas de artillería que explotaban y el fuego de ametralladora que le hacía a uno rechinar los dientes le disuadieron de esa práctica habitual. Se miró en el espejo, de cerca, y luego abrió el grifo -- no había agua. Metió una taza en un balde y se lavó, secándose la cara con la toalla que colgaba al lado del lavabo. Miró la toalla estrujada, la volvió a levantar y la volvió a poner en su lugar, pulcramente doblada. Se sacó el pijama y lo dobló bajo su almohada, estiró las sábanas y las frazadas muy prolijamente. Se dirigió hacia el pequeño quemador para hacerse el café. Sacó el viejo pan negro de la alacena, cortó dos rebanadas y lo volvió a poner en su lugar. Abrió el refrigerador, no estaba frío, sacó la mantequilla blanda y el queso y untó el pan y rebanó el queso, al que procedió a cortar en trozos de tamaño uniforme. Se sirvió su café en una taza azul y llevó el queso y el pan con mantequilla hasta una mesa pequeña de madera en un plato floreado. Encendió la radio - pero no salía ningún sonido. En las cercanías cayó una bomba que hizo temblar el edificio y casi apagó la vela. Ibrahim hizo un hueco con su mano en torno a la llama, como para protegerla de intrusiones violentas. Mojó el pan crujiente en el café y lo comió con un pedazo de queso. Cuando terminó recogió el plato y la taza y los llevó al fregadero, abrió el grifo, pero no salía agua. Sacó otra taza del balde, lavó los platos y los dejó a secar en el secaplatos. Sacó un trapo y limpió todas las migas de la mesa y de la encimera. Sacó la regadera y con las últimas gotas regó las plantas. Echó una mirada furtiva por la ventana hacia su jardín: los rosales estaban pisoteados y había soldados por todos lados.

"Hoy no puedo regar las plantas," se dijo para sus adentros. "Las ramas están quebradas, pero tal vez las raíces estén protegidas y las flores vuelvan a brotar de nuevo, cuando se vayan los soldados". Hablaba más consigo mismo que con cualquier otra persona. Vivía solo desde hacía una década, después de la muerte de sus padres. Buscó debajo de la cama y sacó sus zapatos, y una pequeña sonrisa le cruzó por la cara. "Ella trataba de ayudar, pero desordenó todo. Me ponía loco de rabia porque ella ponía todo en el lugar que no era". Ibrahim hablaba de su cuñada, que había intentado, hacía ya varios meses, limpiar y ordenar de nuevo el apartamento. Había puesto sus zapatos en el armario y los cuchillos y las cucharas en el cajón y sacaba las frazadas para ventilarlas. Ibrahim no estaba contento y volvió a poner todo en su lugar.

"Tú necesitas una esposa, una mujer para que te cuide", le había dicho su hermano hace años.

Ibrahim no había respondido, aunque escuchó respetuosamente.

"Quién te va a cuidar cuando estés viejo, o si nos mudamos?"

Ibrahim había vuelto los ojos, perplejo. "No soy viejo", se dijo para sus adentros más tarde, mientras se miraba al espejo.

Justo cuando estaba de pie frente a la cama, hubo una tremenda explosión en el piso de abajo, esquirlas de vidrio se metieron en su apartamento, las cortinas volaron hacia adentro y hasta el piso tembló bajo sus pies.

Ibrahim se arrastró por el piso, recogiendo los pedazos de vidrio roto y tapó la ventana con la tabla de picar. Miró afuera hacia la plaza de la Iglesia de la Natividad y vio un tanque monstruoso con su enorme cañón apuntando hacia la puerta de la iglesia. Ibrahim cayó de rodillas, el miedo le oprimió el corazón, rezó en árabe y luego sacó una cruz de debajo de su camisa. La miró: son las seis, la misa comienza dentro de poco. Había un fuego continuo de ametralladoras, las órdenes de los soldados, los gritos de los heridos. Se puso el abrigo y la gorra, y se puso la bufanda alrededor del cuello. Miró hacia abajo, un gato grande y negro se refregaba contra su pierna. Cortó un poco de pan, lo remojó en leche y lo puso en un tazón. Salió y bajó las escaleras. Todas las puertas estaban cerradas, pero podía oír los sonidos de los niños llorando y los murmullos de sus padres. Cuando llegó al final de las escaleras, la puerta de un apartamento se abrió de pronto y una pareja de ancianos se paró frente a él.

"Ibrahim, a dónde vas?" Eran pequeños, les temblaban las manos y estaban llenos de miedo.

Ibrahim señaló hacia la iglesia. "Voy a tocar la campana de la iglesia. Quieren que les traiga algo al regresar?"

"Ibrahim! Hoy no hay misa. Los negocios están cerrados. No hay comida. Hoy los soldados han cerrado la iglesia. Nadie puede dejar su casa. Están matando a todo el que encuentran en la calle. Tienes que volver a tu cuarto y esperar."

Ibrahim frunció el ceño. Abrió la puerta. Frente a él estaba el monstruo de hierro. La pareja de viejos cerró rápido la puerta y le habló desde adentro.

"Ibrahim, no te dejes ver! Están matando a todo el mundo. Si te pegan un tiro en la calle nadie te va a ayudar. Le disparan a los doctores. Te vas a pudrir donde caigas, porque ni siquiera los curas ni los de las pompas fúnebres se van a hacer cargo de tu cadáver. También los matarán a ellos".

Ibrahim dudó un poco. Pero si todo el mundo en Belén lo conocía. En los amaneceres grises de los últimos 25 años se había levantado y había caminado hasta la pequeña puerta al costado de la entrada de la iglesia. Había entrado y se había persignado en el Sagrado lugar del Nacimiento de Jesús y había subido las escaleras del campanario. Seis toques para la primera misa del día, ocho para la misa de la mañana, cuatro para un casamiento, tres para un bautismo, y diez toques para un funeral. Con todas las muertes que han habido últimamente, parecía que las campanas de la iglesia siempre sonaban. Las manos callosas de Ibrahim estaban acalambradas. Comenzó a caminar calle abajo mirando hacia adelante, como transmitiéndoles a los malhechores el mensaje de que sólo se dirigía hacia la puerta lateral, de que sólo iba a tocar las campanas para llamar a los fieles como lo había venido haciendo cada día durante el último cuarto de siglo. Sólo jalar seis veces de la campana. Sin arma, sin gatillo, con las manos abiertas a los costados del cuerpo.

Caminó frente al tanque y sintió el calor del metal, el olor a diesel quemado le penetró en la nariz. A su izquierda, cerca de la entrada de la iglesia estaba un cuerpo sin cabeza, y la sangre salpicaba el pavimento y la puerta. De repente, Ibrahim fue asaltado por el miedo, comenzó a caminar más rápido, sólo estaba a diez metros de la iglesia cuando se escuchó un disparo y luego varios más.

Ibrahim giró sobre sí mismo, con los ojos llenos de miedo de morir. Su boca se movía. "Por qué yo? Yo sólo quería tocar las campanas para la primera misa".

Cayó muerto. Las campanas no doblaron por el campanero. Era un palestino en la tierra del Gran Israel.

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