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El Delantal. Cuento de Ángel María Vargas

Ángel María Vargas (1903-1976) fue un escritor oriundo de Santa Fé que decidió vivir en La Rioja y tomar como suya esta región. Cursó la carrera de Medicina y abandonó en el último año para dedicarse de lleno en el Periodismo. Ha escrito variadas obras y también ha sido merecedor de varios premios y distinciones por su labor literaria.
A continuación les presento un cuento suyo llamado: El Delantal.

I

El Niño tiene los ojos en la ventana. Mira una mosca que corre de una punta a otra de el cristal y quiere volar hacia afuera, donde la luz de el crepúsculo se arrastra sobre las piernas de la calle. El niño, agrandados sus ojos, llenos de un asombre que tiene dentro de sí, los lleva enseguida más allá de las moscas, hasta la vereda de enfrente, donde los hijos del sastre extraen musgo de la acequia con una olla cuajada de agujeros; hunden en ella un pincel de trapos y luego se ponen a pintar verdosos monigotes en la pared que hace tres días el sastre hizo blanquear. Pero el niño no se alegra mirando estos monigotes. Sus ojos están más lejos. Ni el mismo sabe donde están.
Se esfuerza por creer todo lo que le han dicho esta mañana y todo lo que él mismo ha visto; pero mueve su rapada cabeza y dobla la frente fijando sus ojos en las rodillas, metiendo un dedo en la media rota, buscando, buscando la verdad.
Oye a sus espaldas las voces de todos los hombres que llenan su casa en este momento. Borrado el aroma a hierbas campesinas que suelen sentirse en esta pieza, se percibe el fuerte olor a tabaco de los fumadores que están conversando en la otra habitación.
No puede creer todo lo que le han dicho y todo lo que ha visto. Busca desesperadamente dentro de sí, después de haberla buscado a ella por todos los rincones de la casa, una forma de comprender lo que ha visto y lo que ha oído. Y no puede. Se le van los pensamientos por todos lados. Es inútil encerrarlos, como es inútil guardar un poco de humo en una cajita de cartón.
De a ratos, uno de estos pensamientos se abre paso por los caminos soleados; pero tristes de su espíritu minúsculo. Es un pensamiento envuelto en un recuerdo. Se ve en una mañana de verano, frente a las lomas rojas del pueblo donde viven los padres de su madre, inmóvil ante la torre blanca de la iglesia. Las vacas de su abuelo se alejan, en tropilla, por un camino polvoroso ; pero alegre. Muchos retamos floridos vuelcan sus pétalos de oro sobre las ancas agudas de las bestias. El grito de los peones ondula como una viborita de bronce, humillando las astas mansas y las vacas, de una en una, van entrando en esa nada silenciosa de los caminos, más rebosantes de calma cuando un tropel se ha perdido entre sus huellas.
El camino pasa frente a la Iglesia y allá arriba, en el campamento, su madre, suelta las trenzas rubias sobre el pecho, le hace señas que él no entiende. ¿Cómo dejar de ver estos lustrosos lomos de las vacas y este arco de gusano de las colas de los terneritos, corriendo y corriendo como si temieran que las ubres pesadas se pierdan por el camino? Ahora la ve. Si. Su madre le ofrece una cosita roja. Parece una flor. No. Es una manzana. Ahora ella -¡cómo son de blancas las manos de su madre!- extiende el brazo gordezuelo y se la tira desde lo alto. El niño corre con las manos extendidas; pero no es él quien la recibe. La manzana se clava en una de las astas de la última vaca que pasa a su lado, alejándose gravemente, mientras la madre y el niño llenan el camino con sus risas.
Recordando estas risas, el niño percibe el dulce aroma de los retamos y alza sus ojos hacia las varas del techo donde chilla un murciélago. Ahora surge su pensamiento, enredado siempre en el recuerdo: si su madre ríe con él, en este instante, mientras la vaca se aleja por el camino, llevando la manzana clavada en una de sus astas, ¿puede también hallarse terriblemente inmóvil dentro de ese cajón que todavía huele a virutas y que ha estado claveteando el tuerto Barbadilla, toda la tarde, bajo el naranjo del patio?
El niño, adormilado, se pone a jugar con la borla azul y roja de una corneta que le regaló su madre hace dos años. La corneta ya no existe. Sus últimos restos deben estar, descoloridos, en el tejado de la casa. Sólo conserva el niño la borla que, por casualidad, ha hallado en un rincón esta mañana. Haciéndola girar entre sus dedos, recuerda los cabellos de su madre.
La ve una tarde, bajo el alto naranjo del patio, zurciendo las medias que él rompe todos los días. Es inmenso el silencio de la tarde y por eso parece más bulliciosa la ráfaga de viento que de pronto se levanta y sacude la copa del naranjo. Se desprende entonces entonces del árbol una lluvia de azahares que ruedan sobre las manos, los hombros y los cabellos de su madre. Ella alza la cabeza y el rostro se le llena de alegría. el niño hunde el mentoncillo en el pecho, refugiándose en esta dulce imagen que él ha sacado de su corazón, para animarla con su dolor, en el cuartucho abandonado. No ve las hormigas subiendo por la pared ni el gato que juega con la borla, a su lado. Está junto a su madre, en el patio de la casa. Ella ríe con una risa igual a la suya; una cristalina risa de niño. Por eso su madre es mucho más hermosa que las otras madres: es una muchachita. Se acerca a verla más de cerca. Extiende sus manos y desliza la yema de sus dedos por los cabellos rubios; alza los azahares uno a uno y aspira con ansia su perfume. Hace mucho tiempo de esto; pero el tiene, todavía, este perfume entre sus dedos. Hundido en su recuerdo, no siente el olor barato de las velas que arden en la otra pieza.


II

El niño ha pasado toda la noche, hundido en un sillón destripado que suena como flauta cada vez que alguien se sienta en él. No ha querido entrar en la otra habitación. No puede creer que su madre esté muerta. Por eso, tampoco ha querido verla y ha movido, dudando siempre, su rapada cabeza, a todas las palabras de las gentes que llenan la casa.
Al otro día, a las diez de la mañana, ha llegado el coche fúnebre de la Municipalidad. Los vecinos han sacado a pulso el ataúd y el coche se ha alejado velozmente, porque siempre a los muertos pobres hay que llevarlos pronto al cementerio. Los viejos plumeros del coche se han perdido al fondo de la calle y después todo ha quedado como si nunca hubiese sucedido nada en el barrio. El niño ha visto desde la ventana, asentar el ataúd sobre las briznas de pasto seco y las plumas de las palomas del portero de la Municipalidad, desparramadas sobre el piso del vehículo; pero nada de eso es cierto. De ninguna manera puede ser cierto.
El niño, después, ha empezado , lentamente, a recorrer la casa. Penetra en la pieza contigua en cuyo centro hay una mesa cubierta por un paño negro, flanqueada por candelabros vacíos. Un cabo de vela ha perdido la muerte en la habitación saturada por un áspero olor a pavesas. El niño extiende una mano sobre el paño negro, alisando las huellas que dejó el ataúd. Sobre esa misma mesa, tendía su madre el mantel, a la hora de comer.
Algo blando acaba de pisar. Es una rosa. La mira extrañado, como si nunca hubiese visto una rosa. Lentamente sale de esta habitación y penetra en las otras. Se detiene en la primera, frente a un alto canasto sobre el que ha dejado su madre un vellón de lana envuelto en el huso. Acaricia el copo dulcemente. Ella debe estar por allí cerca. Mira hacia todos lados, esperanzados en que muy pronto entrará por la puerta o la verá cruzar el patio.
Sigue recorriendo las piezas desiertas. De los techos se desprenden partículas de polvo. La humedad ha dibujado extraños mapas en las paredes. En el patio, el naranjo tiembla al soplo de la brisa. Un pájaro se refugia en su copa y el niño lo oye bullir entre las hojas. De pronto esta hondura silenciosa se parte con el tañido de una campana que empieza a sonar en el convento de Santo Domingo. El niño siente la angustia de esta campana. Mira hacia todos lados. Está completamente solo en la casa. Pasea sus ojos incrédulos por los adobes de la tapia. Allá lejos, aparecen las tejas musgosas del convento, cubiertas por una bandada de palomas. Están quietecitas esperando que se vaya la tarde. Ahora se percibe un suave olor a naranja quemada, que viene de la casa vecina. Son las viejas niñas Balmaceda, sahumando sus cuartos de solteronas, antes de que llegue la noche.
El niño pasea sus ojos incrédulos por toda la casa. De la calle, como un potrillito alegre, entra el canto de los hijos del sastre. La angustia del niño, encerrada en su incredulidad, asoma ahora en sus pupilas. Quiere ver de nuevo los candelabros vacíos; pero se detiene. Ya se sabe dónde podrá encontrar a su madre. Pasa bajo el naranjo y al querer penetrar en la cocina, se detiene.
El gato, sucios los bigotes de telarañas, saca algo rodando hacia el patio. Es un trapo arrollado y cubierto de ceniza. El niño fija en él su mirada. Al principio no se da cuenta muy bin de lo que tiene ante sus ojos: pero de pronto siente que una mano de piedra le estruja el corazón.
El trapo con el que juegan las nerviosas manos del gato, es el delantal de su madre. Marchito y sucio, reconoce sus cuadros azules y blancos. Su madre y su delantal han sido siempre dos cosas inseparables. Toda su vida, su corta vida de niño, está llena con la imagen de su madre y sobre esta imagen, su hermano, el delantal.
En él ha escondido infinidad de veces el rostrro, para borrar, sus penas diminutas; infinidad de veces ha puesto en él su cabeza para que su madre le acaricie las mejillas. En ese delantal está toda su vida, su corta vida de niño. No es el trapo sucio con que juega el gato; es su propio corazón rodando por las piezas abandonadas, llenándose de polvo, de ceniza, de telarañas.
Ahora comprende que todo es cierto, terriblemente cierto. Se le doblan las rodillas, se le desliza hasta el suelo su cuerpo y se acurruca apoyando la espalda en el caño de zinc que trae las lluvias del techo; esconde la frente en las rodillas y su llanto de niño, su triste llanto de niño, resuena en la casa desierta.
La dorada naranja que el árbol deja caer en el patio, lleva tras de sí, los pasos inquietos del gato. El delantal y el niño, son dos cosas abandonadas.
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