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El hombre que se interrumpió a sí mismo.

Grité en medio de la noche, a través de mi ventana, me respondió un ruido infinito. La lluvia caía y su sonido era como el viento entre las hojas. Dejé la ventana abierta, me sequé las pocas gotas que cayeron en mi rostro y salí por dicha ventana a la calle. No llevaba paraguas, ni ropa abrigada, esa típica de lluvia. Contaba con mi pijama, total nadie me iba a ver. Recorrí las calles, vacías como esperaba, y comencé a gritar lo primero que se me venía a la cabeza. El último grito que di fue frente a un cadáver. Fue un segundo antes de encontrarlo, de seguro no lo escuchó. Al verlo, no grité, lo tomé y lo dejé a un lado, interrumpía mi caminar. Llevaba mi pijama pegado al cuerpo por la lluvia, estoy seguro de que esa noche pesaba el doble por las aguas que llevaba encima. Me detuve frente a una estación de autoservicio, su iluminación se distorsionaba completamente por las gotas de lluvia que habían caído en mis ojos. Escuché los gritos de alguien más. Fui corriendo a buscar a aquel hombre que había decidido salir en pijama a recorrer las calles en plena noche de lluvia. Fui a buscar al indiferente sujeto que tomó un cadáver para dejarlo a un lado, para preguntarle por qué lo hizo. Quería saberlo, pues hasta ese minuto yo no tenía idea de por qué estaba haciendo lo que hacía. Lo busqué por todos lados, tan así que a pesar del clima, hasta un lugar seco encontré. No había caso. Caminaba sin rumbo otra vez hasta que de pronto vi a otro hombre, ahí, iluminado por las luces de la estación de autoservicio al cual había llegado de nuevo. Sería un cliente atareado, pero no quitaría la posibilidad de que fuera como yo. Me acerqué a él, tuve la impresión de que él venía precisamente hacia mí. Yo estaba dispuesto a enseñarle cómo usar el autoservicio, pero no me lo preguntó. Al momento en que quise dirigirle yo mi palabra, el me interrumpió, o tal vez yo lo interrumpí. Pasó otra vez, reímos juntos por la incómoda coincidencia. Una tercera vez se vino encima, y me di cuenta de que sería imposible hablar con él. Traté de hacerle una última pregunta. Quería saber cómo logró adentrarse en el charco de agua donde estaba, pero antes de que me interrumpiera, traté de hacerlo como se suponía debía hacer. Metí mi cabeza dentro. El hombre no estaba. Me dio rabia pensar que la única persona como yo había escapado de mí. Yo no hubiera hecho lo mismo, y quizá eso me hacía diferente a él. Rendido, traté de volver a tierra, pero mi cuerpo no respondía. Esperé al amanecer para ver si alguien se dignaba a sacarme. Grande fue mi sorpresa al ver que en mitad de la noche, un hombre paseaba por donde yo estaba y se detuvo frente a mí. Me tomó y me dejó a un lado, interrumpía su caminar.

Microcuento hecho por mí. Espero que les haya gustado. ¡Saludos!


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