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El laberinto de los senderos que se bifurcan



Muchachos este es un texto escrito para presentar en el Centro Civico Borges, les pido que perdonen las faltas ortograficas y si tiene alguna recomendacion sera bienvenida.

Más allá que el tiempo pasó y que las pruebas son contundentes, no lo creo. Un zaguán de la calle Cabildo todavía se oyen ecos de quien alguna vez supo adueñarse de todo.

–Pasan las verdades como pasa el tiempo- en aquel momento un comienzo era solo un principio, hoy además es un fin. Martínez era amigo de sí mismo, era de esas personas que son apellido solamente, se lo podían encontrar por cualquier plaza siempre contento y solo. Yo quise más de una vez interrogarlo. Y allí estaba jugando al ajedrez en la plaza de Moron.

-Parece que vos también te contagiaste- dije como para llamar su atención.
-Querido amigo, buen día- me contesto como pasando por alto mi observación.
-Buen día Martínez-conteste sentándome en la mesa donde él estaba.
-Sí, estuve leyendo un artículo sobre la variante del dragón de la apertura Ruy Lopez- exclamo
-Ah! Pensé que te estabas haciendo el tonto, desde cuando te interesan las aperturas- dije
-Desde que perdí por no saberlas-

Y nos pusimos a jugar 6 o 7 partidas no recuerdo, casi en un silencio atroz, entre tanto los chicos jugaban en el parque y los enamorados se olvidaban de donde estaban.

-Maestro esta mochila es tuya- La mochila, me la había olvidado en la librería, fui a buscar un libro de Chesterton y como pesaba más que mi vida me la saque y la había dejado arriba de una silla.
-Si es mía, mil gracias- le dije al pibe que se tomó el trabajo de traérmela
-De nada flaco- dijo y bueno le di 10 mangos como señal de mi agradecimiento.

Esa última partida que era como un “desempate” la perdí, y me fui a mi casa triste quizá por haber perdido y contento por haber perdido tiempo jugando al ajedrez.

En el camino fui pensando como uno valora los objetos, la había dado 10 mangos a este pibe, pero si hubiera perdido la mochila, cómprame una nueva me hubiera salido supongamos 400 pesos. Obviamente la misma mochila no existe pero quizá pudiera comprar una mochila usada a mitad de precio o menos, 150 mangos capaz, pero yo le di diez. Él no me dijo nada, se fue. Se fue a comprar un alfajor o un cigarrito, que obviamente, tiene un sabor diferente, como quien come una manzana de un manzano. Yo con mi mochila que ahora vale 10 pesos más llegamos a mi casa.

Patee una factura de la luz que estaba en el piso, y si era mía. Decía mi nombre y estaba en el zaguán de mi casa, y me di cuenta de algo. El pibe que me trajo la mochila no lo conocía, ni de vista, y aunque la biblioteca estaba enfrente de la plaza habían pasado 4 horas de que había salido. –Tu documento estaba adentro- me dijo alguien de dentro mío, claro, mi documento, mi documento es un nombre y un número, y la foto es de cuando tenía 8 años, encima me encontró en la plaza no la trajo hasta mi casa. Empecé a sospechar.

Entre y quise escuchar música, y pensé en la posibilidad, podía escuchar música, podía no escucharla, leer, bañarme, comer, podía. Puse a Bob Dylan me prendí un habano, perfectamente negro de terminación, elegante firme pero no duro, de un estupendo olor a tabaco fresco y pensé en Martinez, probablemente, podría ser lo que quisiera, dicen que hizo la carrera de contador publico en la Matanza y que fue también mochilero, poeta, albañil, papa Noel en alguna navidad, fue policía, fue viajero, fue ladrón, hoy es viejo solamente.

Pensé en que yo también podría ser mochilero, poeta, albañil o papa Noel en alguna navidad pero soy empleado, soy estudiante, soy quizá Frogone. Él verbo ser controla mi vida, mi amor es un fue que me sedujo en un será pero nunca pasa por un es.

Para llamar la atención de mi destino sonó el timbre, mi casa no era muy concurrida como entenderá el lector, hace 2 años que estoy viviendo solo, y no era el alma del barrio. Salí a ver quién era.

-Si buen día- dije sin abrir la puerta
-Buen día es la casa de Frogone Gonzalo- dijo la voz detrás de la puerta, una voz sensata poseída por la burocracia, fría, la de un cartero.

Abrí la puerta y lo vi, el hombre se parecía a la voz. Me entrego un sobre, certificado y con aviso de retorno, venia de Recoleta. Miles de estampillas coloreaban su contorno, y sentí esa incertidumbre de esperar la nota de una prueba, de esperar el resultado de un test de embarazo, de esperar el resultado de algo que espero que cambie algo, una herencia, una carta de algún pariente millonario. Obviamente el sobre era algún impuesto de algo, que ya ni recuerdo, pero lo que si recuerdo y siento, esa ansiedad, esa sensación de no poder cambiar el resultado, es eso o la muerte, y al final la paz, sea cual sea el resultado.

Dormí y me desperté mil veces esa noche, aunque parezca estúpido (hasta para mi lo era) alguien dentro de mí me contaba y preguntaba el hecho de la mochila, de cómo pudo volver a mí, quien le había dicho que yo estaba allí, me di cuenta de que, o tenía una explicación idiota y súper simple, o era esos hechos fenomenológicos mágicos que ocurren en sueños, vidas que se cruzan por un café, besos adjetivos que se transforman en verbos, crímenes perfectos descubiertos, el morir en una caída, dormir pensando en la muerte y despertar sabiendo que la vida es corta. Hasta que apareció el despertador, disfrazado de villano, le toco su turno, tiro porque le toca, y yo me acorde que era domingo.

Me dieron las diez y las once, no parafraseando a Sabina, sino que el despertador no paraba de sonar y yo que camine por ese limbo despierto dormido y no se me ocurrió mejor idea que sacarle la batería. Cuando me desperté a la una de la tarde tenia once, si once llamadas perdidas de Martínez. Ayer le había dado mi número de celular para que me llame si tenía una urgencia, se ve que si la tenía.
-Gonza como estas, te estuve llamando-

-Si lo note Martínez querido, que te paso?- dije y tuve que repetirle la pregunta.
-¿Te acordas que ayer te hable de un libro, de Borges?- me contesto, yo esperaba un incendio, a mi vieja secuestrada.
-Emmmm mira creo que sí, Alot o algo así-
-Si ese mismo, el Aleph, necesito hablar con vos- me dijo casi con un tono de urgencia.
-Mira hoy no voy a poder Martínez tengo que ir a lo de mis viejos lo dejamos para mañana te parece- exclame, no me moría de ganas de estar 4 horas hablado con Martínez, pero en verdad tenía que ir a la casa de mis viejos.
-Mañana me contas Gonza- se despidió Martinez ignorando los chau o el nos vemos.
-Nos vemos Martinez-

Fue como evocar a un fantasma, la copa rota del juego, me hizo rememorar de pibe, cuando era fanático, cuando creía en el amor, cuando pensaba que la gente hace los cosas por ideales por sentimiento y no por guita, cuando no pre-sentia, cuando me la pasaba leyendo doctrinas, ideales, fantasmas modernos, y uno de ellos era Borges, en todo su sentido, ya había leído el Aleph, pero juego el juego de los imbéciles, hacerme el gil y hacer como que no lo sé, para contradecir al interlocutor, pero Martinez no era principalmente un gil, era perpetuo, era eterno, hasta podría decir que era un sueño, hablaba pero en silencio, y no estoy entrando o no quiero entrar en el terreno de las frasecitas, una mirada de Martínez era un grito, un sermón, era un espejo a todo, tuve que ir a ver a mi familia, espero que se resalte el tuve.

Llegue y me puse a cocinar, era domingo, domingo de pastas, almorzamos y dormimos la siesta correspondiente, a la tarde fui a jugar al futbol con mis compañeros de colegio y algún colado. Volví a mi casa, y en el camino volvieron los fantasmas, el presentir, el amor. Me choque la mirada con Antonella, entre Munilla y Machado, era mi novia de pibe, de la juventud, hoy la veía como eso, mi novia de chico, solamente. Estaba como la recordaba, mas precisamente como recordaba el recuerdo de ella, la vi caminando, perdida igual que yo, y vi en ella algo de Martínez, parecerá tonto, algo eterno, algo lucido, vivía por Moron sur, llegando a la base, no recuerdo que nos paso, el tiempo estoy seguro, pero simplemente dejamos todo y yo sigo solo, espero que ella también.

-Como te extraño-me dijo ignorando el hola, el como estas, la formalidad.
-Hola Anto, yo también.- le dije, en verdad la extraño, es increíble, lo se, pero la extrañaba después de 10 años. En su momento creí que lo nuestro era simplemente conocernos y no estar juntos, pero el tiempo es tirano y cruel, cada día que pasaba la extrañaba más. Creía también en la paz, en lo eterno, en su mirada pero se me presentaron las agonías, los éxtasis, las alegrías intensas y las tristezas profundas, el adiós.
Nos besamos, sentí esa ironía riéndoseme en la cara, saber que alguien esta a tu lado pero que nunca lo podrás tener. Era tiempo de no pensar en nada, mi boca bailaba con la suya en ese momento no hay tiempo, no hay fracasos somos solamente dos estando, simplemente siendo. Estuvimos así 15 minutos, en mi mente capitalista es un vicio el tiempo, la necesidad de prejuzgar todo, de medir y comparar. Siguió y fuimos a tomar un helado a Montebianco allá por Larralde. Por más que odiáramos los recuentros había mucho de que hablar, principalmente de nuestras carreras de facultad, libros, amores, familias. Se hacían las 12 y me fui a mi casa.
Me es necesario contar lo que sucedió al llegar a mi casa, no es algo extraño pero necesito contarlo como catarsis, apenas entre, en el zaguán, había un paquete, no era un sobre, más bien era una caja grande con algo pesado dentro, un libro mas precisamente, lo abrí y supe conocer su gracia. El Aleph de Jorge Luis Borges, el libro que me estaba diciendo Martínez, no era de la misma editorial del cual lo había leído yo, este parecía más viejo, era casi una reliquia. Adentro tenia una nota que decía “No ignores el todo, el río esta en todas partes a la vez”, la use como señalador. Me perdí en su lectura, ignore a mi celular que ya había sonado mil veces y me perdí, me sentí joven, imbécil. Senti que pasaba cada vez mas el tiempo, pero lo ignore, y me dormí, y el sueño fue un laberinto, una vida, en el había una muerte y un nacimiento, un amor y mil desamores, recuentro y soledades, en el sueño vi a un monarca y su ADN, mi viejo, logre también tener miedo y triunfar, romper una puerta y juntar sus pedazos, sentí una astilla clavarse en mi pecho, tuve pero luchar por cada gota de oxigeno, me sentí asmático. Soñé un libro, un volumen eterno cíclico y circular. Y en su contenido el personaje, era héroe y villano a la vez, en un capitulo salvaba a la humanidad de la terrible invasión de seres extraterrestres, en el siguiente destruía un continente simplemente para reír, en las ficciones cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras. Martínez podría ser un genio pero nunca seria una ama de casa, en este libro Martínez me salvaba la vida y me dejaba morir de hambre, todos los desenlaces ocurren; cada uno es el punto de partida de otras bifurcaciones .Alguna vez, los senderos de ese laberinto convergen; por ejemplo, usted llega a mi casa, pero en uno de los pasados posibles usted es mi enemigo, en otro mi amigo. Desperté sobresaltado, la barba me corto un dedo, era ahora de afeitarme, mire el celular, Anto había estado llamando, yo ya no quería verla.
El libro, fue el libro, Martínez, alguien me dijo que tenía también conocimientos en magia negra, en ataduras, me sentí con ganas de insultar, de salir a la casa a pelearme, de ir a verla a Antonella y besarla, a su vez sentí ganas de asesinarla, sentir el placer del fin, del fin eterno. Y pensé en ir a buscarlo a Martínez, me vi al espejo y me convencí.
Llegue a la casa de Martinez, vivía en 9 de Julio y Pellegrini, del lado sur de Moron, estaba tomándose un vino, tinto obviamente, y fumaba cigarrillo armado con un olor a chocolate vainilla en verdad desopilante.
-Veo que te alguien se empeña en corregir mi soledad, que te trae por acá-
-Si Martínez como va, que estas tomando- le dije mirando su vaso, era un vino tenue, perverso, negro rojizo, no son simples adjetivos, esto era su vino, no era barato.
.Rutini nene, lo único decente que puedo encontrar caminando a 3 cuadras a la redonda-
-Martínez necesito saber la verdad, quiero ver el laberinto-
— ¿Que laberinto? -
—El laberinto de los senderos que se bifurcan-
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