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En algún lugar de Burgos

POR BÀRBARA MAS · 20 ABRIL, 2014

95.000 A.C.

Mi madre prometió enseñarme a tallar el cuarzo para fabricar un raspador. Necesitaba aprender a fabricar mis herramientas para poder trabajar bien la piel de cabra y elaborar así un saquito. Lo necesitaba para guardar y esconder las puntas de lanza que le robé a Mayrua hace dos lunas. Mayrua era estúpida. Siempre se metía conmigo porqué una vez, (¡solo una vez!) cazó una hiena ella sola y yo aún no he cazado pieza alguna para alimentar nuestras bocas. (Déjame decirte, Mayrua, que la carne de tu hiena era más rancia que tu espíritu).

Rivalidades a parte, mi madre demoraba la sesión de aprendizaje de talla lítica porqué estaba triste: su bebé había muerto a los pocos meses de nacer. Creemos que murió de frío, pero qué sé yo, no soy chaman. Solo soy un niño más de la comunidad y pocas veces me hacen caso… Vivimos en una cueva que nos da hogar a los veinte miembros que formamos actualmente la comunidad, aunque la dejaremos en breve, cuando los ciervos se desplacen en busca de mejores pastos nosotros iremos tras ellos.

En el grupo siempre somos muchos niños y, por rotación, dos de nuestras cinco madres deben estar siempre embarazadas, pues la mortalidad infantil nos acecha a menudo. Los adultos experimentan una gran tristeza por la pérdida de los pequeños, puesto que son ellos los símbolos de nuestra supervivencia. Cuando muere uno, solemos dejarlo sentado con sus juguetes de hueso y piedra, le dejamos collares y pulseras de plumas de ave y esparcimos flores de diferentes colores a su alrededor. Cuando muere un adulto no solemos dejarle nada. Ellos no juegan como nosotros, se pasan el día atareados con las actividades que mejor se les da, y pocas veces tienen tiempo para decidir cuáles son sus flores favoritas, o de cual espíritu animal sienten afinidad para tallar así su forma con huesos y piedras… Yo no quiero crecer… Total, que ayer dejamos al bebé en el fondo de la cueva, junto a los restos que quedan de nuestros antepasados. Cuando llegue la siguiente temporada, seguramente sus huesecillos habrán sido devorados por las hienas o los osos, que habitan la cueva cuando nosotros la dejamos.

Yo no sé cazar grandes mamíferos ni tengo interés en aprender, pero la pesca se me da bien. Hace poco ideé una lanza de madera a la que quiero adherir una de las puntas de sílex que pispé a Mayrua. No sé si será muy efectiva para pescar, quizá debería ser más alargada…

Moko, ¿qué estás haciendo?

Hola Mayrua…- la saludo sin ganas. Hoy está especialmente fea, bajita y robusta, con los pelos enredados y esa nariz chata que le ocupa media cara… Cuando sea adulta ninguno de nosotros la querrá fertilizar, ya os lo digo.- No estoy haciendo nada en concreto, solo estaba pensando.

Bueno. ¿Sabes donde están mis puntas de sílex? Me han dicho que tú me las robaste.

¿Yo?

Dámelas.

¡Yo no las tengo!

Si no me las das no vas a ponerte en la boca, jamás, ninguna pieza de carne cazada por mi. ¡Quedas avisado!

Me da igual. Le pongo cara de pena y se va refunfuñando. Espero que no las encuentre nunca. De momento están bien guardadas.

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