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Epitafio para una Humanidad muerta

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EPITAFIO PARA UNA HUMANIDAD MUERTA

«Aquí yacen los restos de una criatura que pareció comulgar con los humanicidas»

Por Alberto JIMÉNEZ URE
(@jurescritor/[email protected])

Una y sucesivas veces, lo he comprobado: la Humanidad que hoy confiere distinciones a quienes son sus peores hijas e hijos está muerta. Sin misericordia expuesta para precipitar mofas, hoy sólo es un rígido cuerpo en acelerada descomposición al cual sagaces ventrílocuos mueven y dan voz pese a sus fétidas emanaciones. No se suicidó: la corrompió y abatió una minoría de sociópatas que gusta infligir «crueldad extrema» a quienes, ingenuamente, presumen que sus agresores y asesinos serán castigados en otro e inmaterial mundo «que no tiene los vicios del tangible» donde la mayoría padece fortuitas penurias.
La «non sancta», empero sí inteligente congregación del género tuvo por deber corregir a esas y esos distorsionados, pero eligió tenderles pulcrísimas alfombras a su paso. Irrefutable que son peligrosos, muy hostiles: tanto como cualesquiera otros, que al cabo vulnerables. Si yo infiriera que la Humanidad pudo también pertrecharse para enfrentar a sus sepultureros, legitimaría con ello sus execrables comportamientos. El indulto no castra al delincuente y lo fortalece. También, al pensar que fue mejor muriese gloriosa y pacíficamente (es decir: indefensa) pronto recuerdo a mi cerebro que los tiempos de hacer el ridículo son para púberes. Nada atribula más a quienes adherimos al «Principio de la No Violencia» que hallar resquicios para el perdón o excluir el recurso de la vindicta por cuanto es «venganza» y ello enciende alarmas.
Admito me sentí orgulloso de formar parte de esa ya difunta fraternidad. Creí en ella hasta cuando comenzó a mostrar indicios de que fácil, progresiva y denigrantemente se rendía a los pies de sus verdugos. No discernió sobre la posibilidad de blindarse, optó por entregarles las llaves de los depósitos donde resguardaba «dignidad y concordia». Ufanos, los bárbaros sodomizaron a las guardianas de esos tesoros preñándolas con las partículas del «odio» que expelen sus «falotrastros». Cuando la Humanidad a la cual suplantan muestra agonía, mediante sus aborrecibles actos las bestias trajeadas de mujeres y hombres se consagran virtuosas.

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