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Erik Jan Hanussen EL Mentalista De Hitler

QUE ADOLF HITLER ES UN PERSONAJE HISTÓRICO ES INDUDABLE, PERO MUCHAS DE LAS FIGURAS QUE LO RODEARON HAM ESCRITO SU NOMBRE EN LA HISTORIA POR  DERECHO.
Este es el caso de Erik Jan Hanussen, un personaje muy poco conocido en nuestro país, pero que tuvo un papel muy destacado como asesor de Hitler, llegando a influir en algunos acontecimientos que desencadenaron en una guerra que asoló el mundo y dejó decenas de millones de muertos.

VIDAS PARALELAS
No deja de ser curioso que la vida de Hanussen y la de Hitler tienen muchos puntos en común. Por ejemplo, los dos nacieron el mismo año, 1889, con menos de dos meses de diferencia y en el mismo país, Austria. El auténtico nombre del mentalista era Harschel Chaim Steinschneider y vino al mundo en Ottakring, un  suburbio proletario de Viena. Su abuelo era rabino, su padre un actor de tercera que se fugó con una chica burguesa y se casó con ella.


El niño, que pronto perdió a su madre, se crió en un carromato de feriantes, sin pisar casi la escuela, pero aprendiendo muchas cosas que le resultarían muy útiles para su  futura profesión. Además, según cuenta él mismo en su autobiografía Meine lebenslinie, Harschel resultó muy precoz y con solo trece años aprovechó la ausencia de su padre para empeñar los muebles de la casa en la que habitaban entonces y fugarse con una actriz que le triplicaba la edad.

Después trabajó de titiritero, equilibrista, tragasables, periodista de gacetilla o ayudante de domador de leones. A finales de la primera década del siglo XX, malvive en las calles de Viena, como también lo hace un joven de provincias, aspirante a pintor, que ha suspendido dos veces el examen de acceso a la escuela de Bellas Artes.

Es fácil imaginarse a los dos muchachos tropezando uno con otro en uno de los concurridos cafés de la capital o coincidiendo mientras pasean por el Prater para no gastar sus pocas monedas. Pero pronto la vida de los dos, como la de millones de hombres en todo el mundo, se ve sacudida por el estallido de la Gran guerra.

Adolf se alista en el ejército alemán y sirve en el frente occidental, mientras Harschel entra en el austriaco y combate en el este. Ambos son heridos y ambos llegan a ser cabos primeros. Es en esa  época cuando el futuro Hanussen empieza a hacer sus primeros trucos de magia. Aprende tan rápido que  pronto sus superiores lo destinan al entretenimiento de la tropa.

También empieza a tener lo que él llama “mis intuiciones”: en una ocasión su compañía ha sido embarcada en un tren que se encuentra detenido en una estación y a punto de partir. Harschel siente un temor repentino y empieza a montar un escándalo fenomenal para impedir que el tren arranque. Incluso llega a tumbarse en la vía para impedirlo. En ese momento, un  obús hace volar por los aires el puente que estaba justo a la salida de la estación y por el que tenía que pasar el tren.

PREDICCIONES CERTERAS
En esos momentos se vive en Europa una auténtica fiebre por el ocultismo. El desastre de la Gran Guerra y la crisis económica posterior provoca una crisis espiritual que vacía las iglesias y llena los teatros y las consultas parapsicológicas de un público que busca entrever el mundo del más allá.

Se calcula que en 1930 en Berlín había más de 20.000 médiums, videntes, faquires, brujos y chamanes diversos, y Hanussen es el rey de todos ellos, el único que cuenta con el aval de un tribunal de justicia. Llena todos los días en sesión doble el mayor music hall de la ciudad, el Scala, y cobra cantidades desorbitadas por las consultas privadas, que tienen meses de lista de espera.

Pronto se convierte en multimillonario, adquiere una clínica propia, una flota de coches de lujo, varios pisos en los mejores barrios de la ciudad y un yate, el Ursel, que dicen que es más grande que el de Rockefeller. Conoce a todo el mundo y todo el mundo le conoce. Es amigo de Thomas Mann, Marlene Dietrich, Fritz Lang, Alfred Döblin y Peter Lorre.

También compra dos tabloides, el Bunte Wochenschau y el Hanussen Zeitung, que ofrecen sucesos y  contenidos relacionados con el ocultismo y que alcanzan una tirada conjunta decentenares de miles de  ejemplares.

El 25 de marzo de 1932, Hanussen  publicó en primera plana de uno de sus periódicos una predicción que provocó más de una sonrisa: en menos de doce meses, Hitler sería canciller. El líder nazi, que se presentaba a sus primeros comicios como candidato tras conseguir la ciudadanía alemana, acababa de perder la primera vuelta de las elecciones presidenciales contra el anciano mariscal Hindenburg por casi seis millones de votos.

Los nazis, necesitados de amigos y de buenas noticias, empezaron a cortejar al mentalista a través del con  de Helldorf, jefe de las SA en Berlín y uno de los pocos aristócratas que se unieron al NSDAP desde sus comienzos. El conde era un vividor cargado de deudas que había sufrido la vergüenza de tener que subastar su castillo familiar para pagar parte de ellas y encontró en Hanussen un amigo generoso que le prestaba grandes cantidades de dinero y que llegó a regalarle un Mercedes Benz.

Pronto el mentalista empezó a hacer generosos donativos al partido, llegó a uniformar a cuatrocientos miembros de las tropas de asalto, y  también a algunos dirigentes más destacados, como el siempre codicioso Goering y Ernst Rohm, el temible jefe de las SA, al que hacía acercarse a su barbería para entregarle su sobre semanal.

Además, Hanussen  organiza las fiestas más divertidas de Berlín, donde se mezclan actrices y políticos, judías y nazis, chicos con chicos, chicas con chicas, todos con todos. Poco a poco el mentalista va construyendo un archivo fotográfico que puede resultar comprometedor para muchos.

En mayo de 1932, Hanussen hace una profecía realmente sorprendente:
cinco días antes de una carrera en el circuito de Avus, anuncia que el príncipe Lobkowicz, uno de los  pilotos  que participarán en la prueba, tendrá un accidente y probablemente morirá a consecuencia de la colisión. El escándalo es fenomenal, pero la conmoción es aún mayor cuando el día de la carrera el príncipe pierde el control de su Bugatti en la tercera vuelta y se deja la vida contra unos postes de madera mal  colocados. Para muchos periódicos es la prueba definitiva de que Hanussen puede ver el futuro y le llaman  “El hombre que nunca se equivoca”.

ACERCAMIENTO AL NAZISMO
La prensa de izquierdas ve el asunto de una forma muy distinta y los comunistas, con Willy Münzemberg, su jefe de propaganda a la cabeza, son especialmente beligerantes contra el mentalista: para ellos resulta obvio que todo es una maquinación para convertir en una verdad indiscutible el anterior vaticinio de Hanussen  sobre la llegada al poder de Hitler. Llegan a acusar a los nazis de sabotear el bólido del príncipe Lobkowicz  para provocar el accidente y bautizan a Hanussen como “el Rasputín de Hitler”. El cómo y el cuándo del  encuentro entre Hitler y Hanussen son inciertos.

Hay autores que mantienen que coincidieron a través de amigos comunes a principios de los años veinte y  que habría sido el mentalista el que enseñó al futuro Führer a hipnotizar a las masas a través de la oratoria y la gesticulación histriónica que tan bien conocemos. Según esta teoría, el mentalista le habría dicho: “Si  realmente quiere llegar a algo en la política, Herr Hitler, debería aprender a hablar en público”.

Sin embargo, por atractiva que pueda parecer desde el punto novelesco la posibilidad de que Hanussen fuera el  esponsable de los dialéctica que llevó al pueblo alemán a la apocalipsis, es casi seguro que el primer  encuentro se produjo en junio o julio de 1932 en el hotel Kaiserhof, donde los nazis habían establecido su  cuartel general en Berlín.

Tampoco hay testimonios directos del contenido de la entrevista aunque, al  parecer, Hanussen leyó las manos del líder, le explicó su carta astral y ratificó la profecía que había  publicado en su periódico sobre la subida al poder de los nazis. El mentalista también aprovechó la ocasión para pedir apoyo para su proyecto de una universidad de lo oculto que, por supuesto, él dirigiría.

Hitler, en  contra de lo que muchos piensan, sentía un cierto rechazo hacia los temas esotéricos. No en vano, su brutal  narcisismo le hacía desconfiar de todo lo que no fuera su propia voluntad y, además, la idea de que dos  personas, por ejemplo, un ario y un negro, pudieran compartir el mismo destino solo por haber nacido el  mismo día y a la misma hora le parecía particularmente repugnante.

Pese a esto, parece que quedó  razonablemente satisfecho con la entrevista y dejó entreabierta la puerta a un nuevo encuentro. Muchos ironizan con que ese día el Führer debía de estar constipado: habitualmente se  jactaba de ser capaz de oler a un judío a 10 km de distancia y, en esa ocasión, había pasado horas  encerrado en una habitación con uno de ellos sin protestar.

Pero lo cierto es que Hanussen se había encargado de ocultar cuidadosamente sus orígenes semíticos. No los mencionaba en la autobiografía que había publicado, con gran éxito de ventas, en 1930, ni en ninguna de sus entrevistas. Mantenía, sin entrar en muchos detalles, que era hijo de unos aristócratas daneses que  habían fallecido hacía tiempo.

ENCUENTROS Y DESENCUENTROS
El encuentro parece que acabó por transformar al judío de Otakkring en un rendido admirador de Hitler. El 8 de julio, como si fuera una declaración de amor, una enorme foto del Führer ocupaba la primera página del Hanussen BW, que, por si fuera poco, cambió su tipografía habitual por la Fraktur, la gótica alemana que solían utilizar los periódicos del partido.

El apoyo del mentalista pareció traer buena suerte a los nazis: en las elecciones del 31 de julio de 1932 consiguieron un 37, 2% de los sufragios, el mayor apoyo que recibirían en unos comicios libres y con todas las garantías democráticas. Hitler se entrevistó con Hindenburg y exigió la cancillería.

 Sin embargo, el viejo mariscal no estaba dispuesto a aceptar sus imposiciones. Los 230 diputados del NSDAP los convertían en el partido más votado, pero quedaban muy lejos de los 305 que marcaban la  mayoría absoluta y el presidente prefirió mantener su confianza en Von Papen, a pesar de su casi nulo apoyo parlamentario. El bloqueo institucional abocaba el país a unas nuevas elecciones. Durante la campaña  electoral, los medios comunistas habían intensificado la campaña contra el Rasputín, el charlatán que había  seducido a los nazis.

La estrategia de Willy Münzemberg era presentar a Hitler como un ignorante  supersticioso que se ponía en manos del primer farsante que le daba la razón: “Hitler ha introducido la magia en la política; Hanussen, la política en la magia”, decían.

Los ataques no surtieron mucho efecto hasta que,  ya pasadas las elecciones, consiguieron dar con el auténtico punto débil del mentalista: el 16 de agosto el  Berliner am Morgen, el diario comunista de la mañana, se hace eco de la demanda presentada por un  periodista en la que acusa a judío, a pesar de que él mismo era uno de ellos.

El mentalista llega a un acuerdo  con su antiguo empleado, demanda al periódico y publica un desmentido, pero llega a la conclusión de que lo mejor es alejarse de Berlín hasta que las aguas se calmen.

Su primer destino es Dinamarca, la supuesta  patria de sus padres. Hanussen no consigue explicar por qué no habla una palabra del idioma, pero logra un gran éxito con sus actuaciones hasta que la policía empieza a investigarle por las consultas particulares y tiene que hacer las maletas. Tras pasar unas semanas descansando en Suiza, viaja a Francia. Por una vez, las cosas no ruedan como él quiere: el espectáculo representaciones.

HITLER AL BORDE DEL ABISMO
El 6 de noviembre tienen lugar las nuevas elecciones legislativas y salta la sorpresa: los nazis pierden dos millones de votos y 34 diputados. Algunos achacan el descalabro al apoyo del partido a la huelga de transporte convocada por los comunistas, pero muchos culpan a Hitler por su intransigencia, por su negativa a incorporarse al Gobierno si no es con todas las riendas del poder en su mano.

Por primera vez, se alzan voces dentro del partido que piden su sustitución por alguien más dialogante como Gregor Strasser, el líder de la izquierda del NSDAP. Hitler, presa de un ataque de histeria, confía a sus íntimos: “Si el partido se desmorona, en tres minutos me pego un tiro”. Hanussen tampoco está pasando un buen momento.

Los  comunistas insatisfechos por el resultado de sus campañas, intentan aliarse con su peor enemigo y envían una carta a Joseph Goebbels desvelando la ascendencia del mentalista y anunciando que tienen una  documentación que lo prueba.

El 12 de diciembre Der Angriff, el periódico que dirige el jefe de propaganda del partido, publica un artículo que describe a Hanussen como uno de los especímenes más aborrecibles de judío checo. Algo que causa un gran revuelo.

El conde Helldorf, aterrorizado por verse involucrado con un tipo así, demanda explicaciones de forma violenta al mentalista. Pero este se ha preparado para la ocasión: le enseña una partida de nacimiento falsificada que corrobora que es hijo de unos aristócratas daneses que murieron en un accidente y que luego fue adoptado por una pareja judía. Helldorf, satisfecho con las pruebas, consigue que Der Angriff se  retracte.

FINAL INCIERTO
El incendio del Reichstag supone el gran punto de inflexión, la muerte de la República de Weimar. A pesar de encontrarse aun lejos de la mayoría absoluta de la cámara, el miedo a un golpe de estado comunista y las promesas nazis consiguen convencer al resto de partidos de centro y de derechas de que es necesaria una ley habilitante que otorgue plenos poderes a Hitler.

El 23 de marzo de 1933, con los pasillos de la nueva sede del parlamento tomados por las SA y con la única oposición de los socialistas, Hitler se convierte en el dictador de facto de Alemania. Esta circunstancia, que en teoría debería haber encumbrado aún más a Hanussen, se descubre como su sentencia de muerte.
Las sospechas sobre sus orígenes judíos, la información que tiene sobre sus compinches nazis y sus  maquinaciones y el dinero que le deben muchos de ellos lo convierten en un personaje muy incómodo.
Dos días después, justo cuando Hanussen está a punto de salir para su actuación en el Scala, un pelotón de las SA comandado por Wilhelm Ohst, amigo del conde Helldorf y antiguo compañero de juerga del  mentalista, lo detiene en su casa.

El cuerpo de  anussen aparece un par de semanas después en un bosque cercano a Berlín. La prensa lo presenta como un ajuste de cuentas. Sus propiedades son incautadas, su  nombre borrado; el mentalista de Hitler, el hombre que, de una manera u otra, le había ayudado a conseguir el poder, se había convertido en una de las primeras víctimas de un dictador que sembraría la muerte, la guerra y la desolación en todo el mundo.
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