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Expulsión y persecuciones en la Europa medieval-moderna



Las expulsiones masivas de pueblos enteros, han sido más o menos frecuentes en todos los rincones del orbe en todas las épocas. No obstante será un error encasillarnos a todos en un mismo lugar sin distinguir previamente entre unos y otros, y las razones que a ello los impulsaron.

Previo a 1492 habían sido los judíos expulsados de prácticamente toda nación europea e incluso de las regiones del norte de África. Como reconoce el insospechado historiador H.G. Wells: "La medida no era nueva ni fue inventada por los Reyes Católicos. En el año 1164 el sultán almohade Abdelmumen arrojó de sus dominios a todos los cristianos y judíos que no se convirtieron al islamismo. La intolerancia religiosa era absoluta y terrible bajo ciertos príncipes musulmanes".

No fueron similares las condiciones ni las motivaciones de las expulsiones sufridas por los judíos por parte de los egipcios -antes de Cristo- a las de Felipe el Hermoso de Francia o las de los Reyes Católicos. Algunas, sin duda, respondieron a intereses económicos y fueron dispuestas de la peor forma, como el caso de la expulsión sufrida en Francia, donde les serían expropiados todos los bienes, siendo perseguidos hasta el último día. Otras, empero, respondieron a motivos legítimos de estricta seguridad interior y exterior, como en la España de los Reyes Católicos, que sólo accedieron a la expulsión definitiva como último recurso. De algunos países europeos fueron expulsados dos y hasta tres veces: Francia (1182, 1306 y 1394), Alemania (1348 y 1375).

En el año 1290, los judíos fueron proscritos en Inglaterra, siendo aceptados nuevamente recién en el siglo XVII. Los califas musulmanes, a su vez, los habían expulsado en el año 1066 de sus dominios, al igual que en el siglo XIII, reinando los últimos califas abbbasidas de Bagdad bajo la protección de los grandes capitanes turcos. A la llegada de los almohades serán expulsados de la Andalucía mora, debiendo mudar el centro de la judería española a los estados cristianos del norte de la Península. Los judíos rusos habían sido expulsados por los cumanes en el siglo XII. También de otras regiones luego de 1492: de Viena en 1670, de Bohemia en 1744, de Rothemburgo en 1519, de Bremen, Lubeck, Colonia, Frankfurt, Worms, etc.

En España, recién en el año 1492 serán expulsados, luego de concederles reiteradas oportunidades, permitiéndoles vender sus bienes y propiedades y llevarse sus pertenencias -incluso para evitar envilecimiento en los precios de venta-, de modo que no quedasen en manos de terceras personas que podrían liquidarlos más tarde.

No debiera sorprender la expulsión definitiva de los judíos en 1492 pues, a fines de 1482, se había expulsado a los judíos de Andalucía, al año siguiente del Arzobispado de Sevilla y del obispado de Córdoba, y en 1486 de la Arquidiócesis de Zaragoza y de las diócesis de Albarracín y Teruel. Estos antecedentes de expulsiones parciales dan una pauta precisa de que el rigor fue aplicándose, gradual y lentamente, como advertencia de lo que estaba por venir, en caso de persistir en los asesinatos y las prácticas anticristianas. No hay que olvidar que, hasta el decreto de expulsión, los judíos seguían ostentando varios de los cargos más importantes de la Península. Los que regresaban para recibir el bautismo eran agasajados, siéndoles devueltos la totalidad de los bienes por los precios que hubiesen recibido. Hay que hacer nota que, a pesar de la disposición real que impedía a la mayor parte de los judíos llevar su dinero en forma de oro -disposición que abarcaba a todos los españoles, no sólo a los judíos- se registraría gran cantidad de casos en que lo hicieron, legal o ilegalmente".

Les fue otorgado un plazo de 4 meses -algunos sostienen que seis- para preparar su partida, tiempo en el que estuvieron bajo seguro real; es decir, nadie podía molestarlos. Es de destacar el gesto del Inquisidor General Tomás de Torquemada, añadiendo por su cuenta otros nueve días de plazo para compensar los retrasos habidos en la publicación del edicto.

Hay que admitir que la expulsión de los judíos de España fue una medida popular celebrada incluso por la Universidad de París (la Sorbona), que abiertamente felicitó a los Reyes Católicos. A su vez, Maquiavelo, Guicciardini, Pico Della Mirándola y muchas otras reconocidas figuras culturales del renacimiento, consideraron la expulsión como un "acto de buen gobierno". Reconoce el judeo protestante Henry Kamen que "no hubo nada más sorprendente ni extraordinario en la expulsión. A través de su historia, los judíos habían sido expulsados de la mayor parte de los países de Europa, por razones que iban generalmente del fanatismo a la codicia. España, o la sociedad medieval española, deben ser elogiadas por haber tolerado a esa minoría mucho más tiempo que otras naciones: la expulsión de 1492, por ejemplo, ocurrió 2 siglos después de la expulsión de los judíos de Inglaterra, decretada el 18 de Julio de 1290 por Eduardo I. Así que la importancia de la que tuvo lugar en 1492 no está en la expulsión en sí misma, sino en su contextura histórica. Del mismo parecer, Julián Juderías, escribe: "y así, la expulsión de los judíos debe juzgarse teniendo en cuenta lo que entonces se pensaba de los hebreos no ya en España, sino en toda Europa". Dice el santanderino Menéndez y Pelayo: "por mucho menos han expulsado a los judíos de toda Europa", agregando que "es muy fácil decir - como el Sr. Amador de los Ríos- que debieron oponerse los Reyes Católicos a la corriente de intolerancia. Pero ¿quién hubiera podido impedir que se repitieran las matanzas de 1391? La decisión de los Reyes Católicos no era buena ni mala: era la única que podía tomarse, el cumplimiento de la ley histórica".

Se ha hablado mucho -más por pasiones que por razones- sobre los móviles del decreto de expulsión de los Reyes Católicos que generaron la conversión en masa de judíos al cristianismo. Algunos han atribuido razones económicas al edicto, lo cual resulta absurdo, pues justamente al expulsarlos se perdía a importantes prestamistas de la Corona, dejando la península en una situación económica notablemente endeble que, además, perdía a decenas de miles de sus mejores tributarios. Cuando los hebreos fueron expulsados de España, el Sultán Bayeceto (1481-1512) se burló de aquella medida, diciendo que el rey de España quería empobrecerla prescindiendo de gente tan hábil para hacer dinero. Por eso observa bien el reconocido académico español Antonio Domínguez Ortiz cuando dice que "la mejor manera de establecer un impuesto sobre el capital no es suprimir el capitalismo y los capitalistas; sería matar la gallina de los huevos de oro".

Henry Kamen reconoce que "el rey sostuvo que las razones espirituales eran más importantes que las meras consideraciones materiales de la economía nacional". Esta política de anteponer siempre los intereses de la Fe -que eran alimento de la sociedad- a los financieros, se verá reflejada en su respuesta a las Cortes de Cataluña, que se oponían al establecimiento de la Inquisición en dicha ciudad por creer que iba a perjudicar sus actividades comerciales -dada la cantidad de conversos y judíos que allí residían-, trayendo como consecuencia una crisis económica: "Antes que nos hoviessemos deliberado en dar lugar en que esta Inquisición se fiziesse en ciudad alguna de nuestros reinos, movimos bien considerado y visto los daños e incrementos que desto se podía seguir y que a nuestros derechos y rentas reales le provendría. Pero que nuestra firme intención y zelo es anteponer al servicio de N.S. Dios al nuestro, queremos aquella en todo casa se faga, todos los intereses postpasados". Por esto dice el insospechado Joseph Pérez, que tal hipótesis, la de una supuesta codicia de los reyes, "no resiste al examen".

Existen una serie de estudios de gran aceptación, como los del historiador francés Jean Dumont, que rechazan la común creencia según la cual los judíos eran los principales financistas de los proyectos nacionales. Hace notar que el patrimonio de Abraham Senior, jefe de la comunidad judía y el más rico de ellos, rondaba el 1.500.000 maravedíes, mientras que el presupuesto castellano del estado era para entonces de 240.000.000 (341.000.000 en 1504). Otro gran financiero judío, Abrabanel, debía al estado 1.000.000 de maravedíes: "era, pues, el Estado cristiano el que le financiaba a él", concluye el historiador francés, agregando que los 2.275.000 maravedíes que ingresaron al Tesoro Real de los judíos que quedaban en deferencia, apenas si bastaron para sufragar los gastos de la expulsión. Este hecho ha sido probado y publicado por el historiador Azcona. En apoyo a su tesis se ha editado recientemente un estudio de la Universidad de Castilla La Mancha, donde se comenta la gran cantidad de judíos endeudados al momento de la expulsión, llegando a deber algunos de ellos importantes sumas de dinero a la Corona y a distintos prestamistas, que naturalmente no pudieron ser cobradas. Esto confirma, una vez más, cuán lejos estuvieron los Reyes de pretender algún rédito económico de esta medida.



Apunta el prestigioso periodista italiano Vittorio Messori: "Desde el punto de vista jurídico, en España, y en todos los reinos de aquella época, los judíos eran considerados extranjeros y se les daba cobijo temporalmente sin derecho a ciudadanía. Los judíos eran perfectamente conscientes de su situación: su permanencia era posible mientras no pusieran en peligro al Estado. Cosa que, según el parecer no sólo de los soberanos sino también del pueblo y de sus representantes, se produjo con el tiempo a raíz de las violaciones de la legalidad por parte de los judíos no conversos como de los formalmente convertidos, por los cuales la reina Isabel sentía una "ternura especial" tal que puso en sus manos casi toda la administración financiera, militar e incluso eclesiástica. Sin embargo, parece que los casos de traición llegaron a ser tantos como para no poder seguir permitiendo semejante situación. Añade la postulación (no hay que olvidar que ha trabajo con métodos científicos, con la ayuda de más de una docena de investigadores que dedicaron veinte años a examinar más de cien mil documentos en los archivos de medio mundo): "La alternativa, o convertirse o abandonar el Reino, que habría sido impuesta por los Reyes Católicos es una fórmula simplista, un eslogan vulgar: ya no se creía en las conversiones. La alternativa propuesta durante los muchos años de violaciones políticas de la estabilidad del Reino fue: ´o cesáis en vuestros crímenes o deberéis abandonar el Reino´. Como confirmación ulterior tenemos la actividad anterior de Isabel en defensa de la libertad de culto de los judíos en contra de las autoridades locales, con la promulgación de un seguro real, así como con la ayuda para la construcción de muchas sinagogas".

Hay que mencionar, por último, que gran parte de los judíos existentes al momento de la expulsión de 1492 eran prácticamente recién llegados, provenientes de otras naciones de las que habían sido expulsados o maltratados, o en busca, simplemente, de una mejor calidad de vida, económica y social. Este hecho hace concluir a Dumont que, en definitiva, España no era para ellos más que "un refugio interesado".

El Edicto de expulsión de los hebreos respondió, indudablemente, además del factor religioso, estrictamente a motivos sociales. La convivencia se había tornado francamente insostenible, especialmente de los asesinatos de los inquisidores Arbués, Juglar y al Santo Niño de la Guardia. No podía haber unidad nacional con quienes en primer lugar sembraban la discordia, burlando la eterna paciencia de los Reyes, el Papa y los clérigos. De esta forma lo entendieron todos: el pueblo, los nobles, los burgueses, los eruditos, los clérigos y los mismos monarcas.



Esta medida, es cierto, contribuiría notablemente a afianzar el problema que pretendían solucionar; pues ahora se quintuplicaba el número de conversos, de judíos secretos -que operaban en connivencia con los judíos públicos-, tan difíciles de detectar. Los judíos públicos abiertamente hostiles a la Iglesia ingresaban ahora al seno cristiano a fin de poder conservar su status social y fortuna. La opción dada a los judíos de convertirse para quedarse en la Península significó casi un suicidio tanto para la Iglesia como para el Estado, pues los judíos que ahora se convertían eran justamente los más obstinados y poderosos, los que habían resistido la asimilación hasta el último momento. Esta nueva camada de conversos, sin dudas, será la más peligrosa de cuantas hasta el momento se habían convertido. De la misma opinión, dice el hispanista inglés Stanley Payne que la conversión en masa de judíos no fue un avance en la resolución del problema religioso, sino que incluso lo agravó. Sin dudas, ignoraban el cuadro los Reyes Católicos. Esta decisión que a muchos, hasta el día de hoy, desconcierta, debe entenderse como subsidiaria de la voluntad, tanto de los Reyes como de la Iglesia, de procurar su asimilación dentro de la sociedad, aun acosta de ingentes esfuerzos. No existe positivamente ninguna mejor razón que esta para explicar tal medida.

No se deben olvidar las grandes expulsiones -además de persecuciones y asesinatos- registradas en los reinos protestantes entre sus sectas y hacia los católicos. Por nombrar sólo algunas, la muy conocida de 1685, cuando fueron expulsados de Francia setenta mil calvinistas, con similar suerte para los anabaptistas. Tiempo antes, en 1534, el sector radical de los anabaptistas había expulsado salvajemente de Münster a los católicos y a los luteranos. En Augsburgo, en 1528, según comenta el historiador protestante Janssen, centenares de anabaptistas fueron expulsados por orden del ayuntamiento; algunos fueron "quemados con hierro al rojo vivo, otros decapitados, y a otros se les arrancó la lengua".

Resultan oportunas, a este respecto, las palabras de Gratz: "Los líderes del catolicismo exigían sumisión absoluta a la ley canónica, pero, a cambio, les concedían el permiso para permanecer en los países católicos; Lutero, por el contrario, exigía su completa expulsión [...] Fue él quien colocó a los judíos al mismo nivel que los gitanos [..] Él fue la causa de que fueran expulsados por los príncipes protestantes.

No se menciona el hecho de que Israel judío ha expulsado, de un territorio que por derecho no le pertenece, a más de un millón de sus legítimos habitantes, como entre otros denuncia actualmente el historiador judío Israel Shamir. Más de medio siglo atrás, David Goldstein ubicaba en 900.000 el número de palestinos expulsados violentamente por los judíos en Israel. Compárese con los ochenta mil judíos expulsados de la España Católica, y compárese, también, con el notable trato dispensado por los Reyes Católicos.

Otro hecho que debilita notoriamente aquella tesis que sostiene que la medida de expulsión de los hebreros de la Península fue motivada por algún pretendido antijudaísmo, en sin dudas el de la expulsión parcial y luego definitiva de los moros. Si bien su actividad subversiva fue casi insignificante comparada a la ejercida por los judaizantes, hubo momentos de violentos enfrentamientos, especialmente por parte de los moriscos de Granada. Estos actuaron conjuntamente con piratas, musulmanes africanos y protestantes de las regiones sajonas, siempre prestos a apoyar cualquier incursión contra la España católica.

Anteriormente, en especial durante la guerra de Granada, numerosos destacamientos turcos habían combatido junto a los moros. El peligro morisco no fue de ninguna manera ilusorio. En el año 1570 se había dispuesto su expulsión a otras regiones de España, principalmente de Andalucía Occidental y Castilla. Aun así, lejos de aminorar su marcha, seguirán mahometizando secretamente, muchas veces con inaudita violencia, lo que motivará su expulsión definitiva en el año 1610.
Esto en vista, surgen preguntas como las siguientes: ¿por qué sólo se guarda memoria de la expulsión a manos de los Reyes Católicos, acontecida cinco siglos atrás?¿Por qué se ha omitido, en prácticamente toda publicación sobre el tema, las condiciones casi magnánimas de expulsión provistas por los Reyes Católicos a los desterrados, sin mencionar tampoco aquellas ejecutadas por otras naciones y religiones de la forma más denigrante?¿Quién ha mencionado, por ejemplo, la expulsión de los judíos en Ginebra ordenada por Calvino? ¿Por qué acaso no se dice que los Estados Pontificios no sólo jamás expulsaron a los judíos, sino que los recibieron cada vez que eran expulsados, dándoles asilo? Por eso resulta inadmisible que sean justamente una parte de los judíos quienes peor arremeten contra los pontífices de la Edad Media y Moderna.

Las persecuciones
Persecuciones, huelga decirlo, ha habido, al igual que expulsiones, en toda época y lugar, contra y entre distintos pueblos.
En cuanto a las sufridas por los judíos, débese ubicar en la vanguardia a algunas sectas paganas y mahometanas, y a ciertos jerarcas protestantes como Lutero, quien, según el historiador judío Poliakov, fue "probablemente el mayor antijudío de la historia", aunque no siempre había sido así. En un principio el contradictorio apóstata germano se manifestó "amigo de los judíos", a quienes debía en gran parte la Reforma. Su prosa, rebosante de servilismo y adulación hacia los hebreos como de desprecio hacia la Iglesia, lo demuestra claramente, como cita la Enciclopedia Judaica:
"Nuestros tontos, los papistas, los obispos, los sofistas y los monjes han tratado mal a los judíos, que un buen cristiano debería, propiamente, convertirse en judío y si yo fuese israelita y viese quienes administran y enseñan la fe cristiana, preferiría convertirme en puerco antes que llegar a ser cristiano".

Esta situación cambió radicalmente cuando la mayoría de los hebreos rehusó convertirse al luteranismo. Lo que no había tomado en cuenta el jerarca protestante, como remarza Lazare, es que los judíos "seguían siendo el pueblo obstinado de la Escritura, el pueblo del cuello rígido, rebelde a los requerimientos, tenaz e intrépidamente fiel a su Dios y a su Ley". A raíz de este rechazo, Lutero se convertirá en un feroz enemigo de los hebreos, publicando dos obras violentamente antijudías que clamaban por su exterminio, la quema de sinagogas, la persecución, etc. El primer escritor, o libelo, será "Sobre los judíos y sus mentiras" (1542), publicando poco tiempo después el "Schem Hamephoras". Lutero, según refiere el apologista Seckendorff, escribe respecto a los judíos: "Hubiera debido arrasar sus sinagogas, destruir sus casas, quitarles los libros de oraciones, el Talmud, y hasta los libros del viejo Testamento, prohibir a los rabinos que enseñasen, obligarlos a ganarse la vida por medio de trabajos penosos". En lo sucesivo, se referirá a los judíos, turcos y "papistas", como "mentirosos y demonios". Luego diremos algo más sobre la intolerancia protestante.

A su vez, la indignación popular y los levantamientos contra judíos fueron bastante comunes en las regiones dominadas por los reformistas. Poliakov refiere lo ocurrido en Inglaterra en 1753, cuando "estalló una revuelta popular de una violencia inusitada, pocas veces igualada en los anales de la historia inglesa". Caso particularme significativo si se observa que, desde mucho antes, no se registraban en las regiones católicas pogroms contra los hebreos.

Mencionemos también las cruentísimas persecuciones que los zares y miembros fanáticos de la Iglesia Ortodoxa Rusa y demás países eslavos perpetraron contra los católicos. Andrés Bobola, luego canonizado por la Iglesia, fue martirizado sádicamente por los cosacos en 1657. Sólo en el año 1768, bajo Catalina II, se asesinaron más de 200.000 católicos. Los pogroms contra católicos por parte de la Iglesia Ortodoxa Rusa siguieron su curso hasta ya bien entrado el siglo XX.

Es preciso recordar también, junto a Vittorio Messori, que la España musulmana no fue en absoluto el paraíso de la tolerancia que han querido describirnos y que, en aquellas tierras, tanto cristianos como judíos eran víctimas de periódicas matanzas. Un claro ejemplo de la barbarie mahometana tuvo lugar en el año 1480, cuando el turco Mohamed II conquistó la ciudad de Otranto, en el reino de Nápoles. "Casi la mitad de la población civil, 22.000 personas, fueron asesinadas a sangre fría, mientras el arzobispado y los sacerdotes todos eran muertos después de brutales torturas". El profuso historiador protestantes Janssen cuenta que, aun en tiempos de paz, los turcos sumaban anualmente 20.000 esclavos cristianos sometiéndolos a las torturas más inhumanas e incluso quemándolos vivos. Esto le hace decir: "Si así eran en tiempos de paz, ¿cómo serían en la guerra?. Conocido fue el salvaje canibalismo practicado en forma sistemáticos por los tártaros, especialmente con las mujeres hermosas y jóvenes.
Entre mediados y fines del siglo XVIII, el raja de Mysore Tippoo Said ejecutó a más de 100.000 cristianos, esclavizando a otros tantos y forzando a la circuncisión musulmana en un sólo día a 44.000 hombres. Los drusos, fanáticos musulmanes, junto con los turcos, asesinaron en el año 1860, en el Líbano, a 40.000 cristianos maronitas, y a casi todos los misioneros jesuitas y franciscanos.

Entre las numerosas matanzas y persecuciones de judíos por parte de los musulmanes, comencemos anotando, según orden cronológico, aquellas iniciadas en el año 720 por el califa de Damasco, Omar II; las del año 723 por el emperador de Bizancio, León III; y aquellas sucesivas perpetradas por la dinastía de los macedonios a partir del año 842 y por el califa abasida al Motawakel. Luego la del año 1013, motivada por la intervención de los judíos en las luchas internas por el Califato. El 30 de diciembre del año 1066, según comenta el insospechado Gerard Dufour, fueron asesinados más de 4.000 judíos por los musulmanes. "En 1258 el Khan Hulagu se apoderó de Bagdad. Lo que quedaba de las escuelas y organizaciones judías en Mesopotamia desapareció con sus depredaciones y matanzas. Las huestes de Tamerlan (1366-1405) incendiaron en todas partes las sinagogas, cerraron las escuelas y asesinaron en masa a los hebreos, por dondequiera que pasaron". En el siglo XII, con el hundimiento del califato y la llegada de los mahometanos almorávides, se persiguió, torturó y asesinó salvajemente tanto a judíos como a cristianos. El gran médico, filósofo y jurisprudente Ibn Rushd (1126-1198), el Averroes de los escolásticos latinos fue duramente perseguido por los almohades: censurado y encarcelado hasta el fin de sus días, sus libros fueron quemados y su nombre execrado.
Otra recordada masacre de judíos fue aquella perpetrada por tribus bereberes en el norte de África luego de 1492, razón por la cual muchos judíos volverían rápidamente a la nación que tan bien los había tratado, España, donde serían acogidos de buena gana nuevamente.

Dice un rabino cuyo padre había sido uno de los desterrados de 1492, que al llegar a África "los turcos mataron a algunos para robarles oro que se habían tragado para ocultarlo de este modo".

Las cruentas persecuciones de los romanos a los cristianos de los primeros siglos ha sido materia harto estudiada. Pero no menos salvaje fue el trato recibido a manos de los turcos y árabes, anterior al siglo X. Bástenos con mencionar que en 846, una de las cuadrillas musulmanas (perteneciente a la dinastía de los aglabies) profanó, saqueó y destruyó la Basílica de San Pedro en Roma.
Asimismo, es importante destacar el hecho de que las persecuciones cristianas registradas contra judíos fueron llevadas a cabo casi exclusivamente por parte del pueblo, a pesar de las disposiciones papales y reales que prohibían y castigaban tales actos. Contrariamente, las persecuciones e injurias a católicos por parte de protestantes, judíos y musulmanes, provenían y eran fomentadas, generalmente, desde sus máximas autoridades.

El mito de antijudaísmo español
Pocas acusaciones, ciertamente, tan insólitas como esta. Los judíos, como reconoce el rabino Newman, siempre ocuparon posiciones prestigiosas en la historia de España bajo los Reyes Católicos: "Desde el comienzo de la reconquista hasta la capitulación de la última fortaleza en la Península, en 1492, era posible hallar judíos en los reinos españoles, especialmente en Castilla, ocupando posiciones clave como ministros, consejeros reales, recaudadores de impuestos del Estado, financieros de empresas militares y mayordomos de las propiedades de la Corona y de la alta nobleza. Hasta el Edicto de expulsión -reconoce Henry Kamen- ocuparon los judíos algunos de los cargos importantes de la Península, agregando que a finales del siglo XV cinco conversos ocupaban las posiciones más importantes del reino: Luis de Santangel, Gabriel Sánchez, Sancho de Paternoy, Felipe Climent y Alfonso de la Caballería. Los judíos conversos, muy especialmente, como reconoce Simon Wiesenthal, escalaron todos los peldaños de la jerarquía estatal y eclesiática.



Los anales de la historia española del período, como el Libro Verde de Aragón, demuestran que en todas las épocas de la Inquisición, tanto bajo la dinastía de los Habsburgo como de los Borbones, las cortes populares y una gran porción de la aristocracia y nobleza española estaban colmadas de conversas y hombres que poseían alguna extracción judía en su sangre. El hereje y traidor a su patria Guillermo de Orange exclamaba indignado en su Apología de 1581: "Y ya no dudo más lo que todo el mundo creía: es decir, que la mayoría de los españoles, y especialmente aquellos que se tienen por nobles, tienen sangre de moros y judíos". Sentencia insospechada que prueba, una vez más, lo poco que serían practicados los estatutos raciales.

Ya se ha dicho que el mismo Fernando el Católico descendía de los Henríquez, de sangre judía, a través de su madre. Varios obispos preminentes y hasta inquisidores eran de ascendencia judía, como el caso del mencionado Tomás de Torquemada, Diego Deza, Manrique y el obispo de Granada, Hernando de Talavera. El obispo de Cartagena y Burgos, Salomón Ha Levi, había sido el rabino principal de Burgos. Fueron conversos varios de los más importantes secretarios de la corona, Fernando Álvarez, Alfonso de Ávila y Hernando del Pulgar. Conversos fueron también Ricardo Rojas, autor de La Celestina, el gran humanista Luis Vives, el beato Juan de Ávila, Fray Luis de León, Santa Teresa de Jesús, Diego Láinez, etc.

La cantidad de salvoconductos otorgados a los hebreos por parte de los Reyes Católicos y sus sucesores para su protección, así como la cantidad de procesos, penas y hasta ejecuciones aplicadas contra los "cazadores de judíos y conversos", dan muestra cabal de la falsedad de aquel denominado "antisemitismo español".



Todos los historiadores, e incluso varios rabinos, han coincidido en el hecho de que fue justamente España la nación que mejor trató a los judíos.
Así supo decir un rabino castellano del siglo XV en homenaje a España y su tolerancia: "Esta preheminencia, ovieron los reyes e señores de Castillla, que los sus judíos súbditos, memorando la magnificencia de los sus señores, fueron los más sabios, los más honrados judíos que quantos fueron en todos los regnos de la su transmigración, en quatro preeminencias: en linaje, en riqueza, en bondados, en sciencia".

En resumen, se puede afirmar lo siguiente:
1. Que las expulsiones de distintos pueblos fueron frecuentes a lo largo de la historia.
2. Que los judíos habían sido expulsados prácticamente de toda Europa, por parte de distintos pueblos, antes de que se ocuparan de ellos los Reyes Católicos, y lo serán aún después de otras naciones. Fueron expulsados y perseguidos tanto por paganos, como por protestantes y musulmanes.
3. Que las condiciones de la expulsión otorgadas por los monarcas españoles a los judíos fueron casi magnánimas, máxime si se comparan con todas cuantas hasta el momento habían sufrido.
4. Que las razones que motivaron su expulsión definitiva de España fueron legítimas (sociales y religiosas), en lo que coincidieron casi todos los hombres de aquella época. Nadie les había dado tantas oportunidades y concesiones como la España Católica.
5. Que los judíos raramente fueron perseguidos en España, y no por sus autoridades religiosas y estatales, sino por el pueblo; a diferencia de los reinos protestantes o mahometanos donde habían sido perseguidos y aniquilados, en varias ocasiones, a instancias de sus mismas autoridades.

En ningún lugar como en la España Católica se protegió tanto a los judíos.

FUENTES:
1) LA INQUISICIÓN: UN TRIBUNAL DE MISERICORDIA de Cristian Rodrigo Iturralde

2) LA INQUISICIÓN. ESCLARECIMIENTO Y COTEJO de Tomás Barutta

3) GALILEO Y LA INQUISICIÓN ROMANA de Guillermo Furlong

4) LEYENDAS NEGRAS DE LA IGLESIA de Vittorio Messori

5) ESQUEMA DE LA HISTORIA UNIVERSAL de H.G. Wells

6) LA INQUISICIÓN ESPAÑOLA de Henry Kamen

7) PROCESO CONTRADICTORIO A LA INQUISICIÓN ESPAÑOLA de Jean Dumont

8) HISTORIA DE LOS JUDÍOS de Vicente Risco

9) EL LIBRO VERDE DE ARAGÓN



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