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Interior vs. Buenos Aires

Los costos de la pelea Interior vs. Buenos Aires

Habiendo nacido, y crecido, en el interior conviví por mucho tiempo con la idea de que “Dios es argentino, pero vive en Buenos Aires”. Luego de residir en el exterior y gran parte de mi vida en la ciudad de Buenos Aires llegué a la conclusión de que esa frase contiene verdades y falacias, pero que la antinomia Interior-Gran Buenos Aires persiste y constituye un obstáculo para el desarrollo integral y sustentable de nuestro país.

Esta antinomia se origina en las grandes diferencias económicas que existen entre estas regiones, por la centralización de muchas decisiones tanto públicas como privadas en la región metropolitana y por las dificultades de comunicación entre los centros urbanos del interior.

A modo de ejemplo, basta con mencionar que la superficie de lo que denominamos Gran Buenos Aires (integrado por la ciudad de Buenos Aires y los 19 partidos de la Provincia de Buenos Aires que la rodean) es de 3.880 kilómetros cuadrados (equivalente al 0,14% de la superficie del país), pero en ella habita casi el 32% de sus habitantes y concentra más del 45% del valor de la producción del país. Cuando la comparación se efectúa en términos de ingresos por habitante, la ciudad de Buenos Aires muestra un ingreso promedio cercano a los 40 mil dólares por año, mientras que en el resto del Gran Buenos Aires ese promedio se reduce a poco más de 10 mil dólares, en la Pampa Gringa a poco más de 11 mil dólares, y en el resto del país a sólo 8 mil dólares.

Esta comparación sería incompleta si a estos datos no le agregamos a) el hecho de que en varias provincias el nivel de ingresos del 10% de los que más ganan supera en casi 20 veces al 10% de los que menos ganan; b) que el nivel de precios no es el mismo en cada región del país, por lo que al medir los ingresos en dólares se exagera su poder de compra en Buenos Aires y se lo subestima en el interior del país; y c) que el total de empleados públicos (nacionales, provinciales y municipales) se eleva en la actualidad a 3,3 millones de personas y que en diez provincias supera el 35% del total de los asalariados, lo que resulta insostenible en el mediano plazo.

Estas tendencias son de larga data y responden tanto a factores estructurales como a los efectos de las políticas económicas que se implementaron en los últimos 150 años.

El porcentaje de la población del país que habita en el Gran Buenos Aires creció sostenidamente desde 1860 hasta 1970, año en que -según los censos- alcanzó su máximo (35,75%), declinando a partir de allí hasta un mínimo de 31,61% en 2001. El censo de 2010 mostró una pequeña recuperación, elevando la participación al 31,92%, explicada casi en su totalidad por la inmigración desde otros países de América Latina.

La ciudad de Buenos Aires alcanzó su apogeo en las primeras décadas del siglo XX, cuando su población se ubicó en torno al 20% del total del país (19,94% en el censo de 1914), declinando desde entonces hasta representar sólo el 7,2% hoy a pesar del mayor número de inmigrantes.

Estos cambios estructurales de la localización de la población argentina están relacionados con cambios en la estructura económica del país.

La población total creció a medida que se incrementaba la actividad económica y se asentaba en los lugares de mayor crecimiento económico. Estos cambios generaron importantes corrientes migratorias internas, que modificaron en forma bastante brusca la estructura poblacional y social.

Durante la época colonial la población se asentaba básicamente en las rutas hacia las regiones ricas del Alto Perú y del Paraguay. En el período 1860-1910, con el crecimiento de la producción agropecuaria y el comercio con Europa, la población se asentó en la llamada Pampa Gringa y en la ciudad de Buenos Aires.

A partir de mediados de 1940, la implementación de políticas de “sustitución de importaciones” se reflejó en migraciones internas hacia el Gran Buenos Aires, puesto que estas políticas perjudican las exportaciones y favorecen el asentamiento de la producción cerca de los centros de consumo (siendo el Gran Buenos Aires el gran centro de consumo).

Entre fines de las décadas de 1970 y 1980, con la mayor apertura económica y la creación del Mercosur, vuelven a crecer las exportaciones y aparecen otros centros alternativos de consumo, lo que generó un nuevo cambio poblacional en detrimento del Gran Buenos Aires y en favor de la Patagonia y las provincias del interior.

Las políticas de sustitución de importaciones implementadas a partir de 2002 se reflejaron nuevamente en un crecimiento del Gran Buenos Aires y en una declinación relativa del interior (con la excepción de la Patagonia, cuya población siguió creciendo más que el promedio nacional pero menos que en las décadas anteriores).

La situación de las provincias más lejanas a Buenos Aires se agrava por altos costos de transporte para colocar sus productos en ese centro de gran consumo, o para exportar sus mercancías, y elevados impuestos para financiar los altos niveles de gasto público. Así, la única forma en que se generen actividades productivas sustentables sería con otras ventajas competitivas (abundancia de recursos naturales, bajos costos energéticos o salariales, etc.). Pero si estas ventajas son restringidas por las políticas económicas (regulaciones, intentos de fijar costos energéticos y salariales nominales uniformes en todo el país), pocas empresas se instalarán en estas provincias y el resultado será la emigración y/o el incremento del empleo público.

Nuestro país necesita encarar con urgencia un esquema gradual de reformas estructurales que faciliten el desarrollo económico y productivo de las provincias más rezagadas. Este esquema se debería basar en las ventajas comparativas y en los recursos naturales de cada región, debería contemplar los aspectos ambientales de este desarrollo, debería fijar salarios que tomen en cuenta la productividad y los niveles de precios de cada región, y debería disminuir la carga impositiva en estas regiones al crecer las actividades productivas.







Una Argentina promedio


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