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Ironía. Los efectos negativos del egoísmo y la comodidad.



Vaya ironía. Decir “no tengo tiempo de nada” y hacer todo menos cualquier otra cosa que tenga mayor provecho para nuestra propia vida, que lo que se hace cuando perdemos tiempo. Decir que nos duele el hambre y la guerra del otro lado del mundo, e ignorar la que ocurre a la vuelta de la esquina. Declarar lo mucho que disfrutamos nuestra vida y estar más pendientes de lo que otros hacen. Querer que las cosas sean diferentes y hacer toda la vida lo mismo.

Creer que somos mucho más que cualquier otro, y no tomarnos en serio lo que somos capaces de hacer. Quejarnos de lo mucho que nos disgusta el egoísmo, y ser incapaces de compartir lo que tenemos. Pensar que merecemos todo, y no estar dispuestos siquiera a dar lo mínimo a cambio. Renegar respecto las arbitrariedades que nos perjudican, pero no decir nada, e incluso celebrar las que parecen beneficiarnos. Decir “yo te ayudo”, y no ser después capaces de sostener lo que decimos. Admirar a los que triunfan, pero no tener el coraje de hacerlo por cuenta propia y buscar razones ajenas al tema.

Envidiar lo que otros consiguen y no saber reconocer, que detrás de todo triunfo hay una labor de entrega y sacrificio titánicos, que han costado mucho más de lo que somos capaces de ver en ese momento. Decir que creemos en el esfuerzo y quererlo todo de un sólo golpe. Declarar que ganar no lo es todo, pero denostar a los que no lo consiguen, como si esto fuera otorgarnos el inmerecido triunfo personal que anhelamos. Complacernos del gozo inmediato y efímero, pero quejarnos desconsoladamente de lo poco que se nos valora personalmente. Querer plantarnos en dos y medio, para decir que nos preocupan los problemas ajenos, pero no ser siquiera capaces de identificar y resolver los nuestros.

Cuando pienso en todas estas cosas y más, me pregunto: ¿A todo esto cómo se le dice? ¿Por qué será que habiendo tantas soluciones por llevar a cabo, como problemas por reconocer, no hacemos ni lo uno ni lo otro? Miedo, mucho miedo, coraje, frustración e impotencia es lo que todas estas cosas me dan, y si el simple hecho de hablarlas puede hacernos sentir tan mal, no quiero ni imaginar lo que el efecto de todos estos males genera en nuestro diario vivir.

Lo triste es que en vez de encararlos, todos los hemos cultivado más de una vez, a veces por inercia, a veces incluso sin darnos cuenta, incluso estoy seguro, que el primero en decir “no, yo no”, es quien más veces ha incurrido en estas y muchas otras faltas más. Hay tanto que me preocupa y de lo que nadie habla en lo absoluto, cosa muy rara si caigo en la cuenta de que soy Politólogo y remedo de Escritor, (a veces incluso, imagino que alguien me lee).

Más no hablo de delincuencia organizada, narcotráfico y la creciente ola de inseguridad que esto ha desatado, o las implicaciones estructurales de las reformas educativa, energética, o hacendaria, tampoco de la comprometida posición económica de nuestro país a nivel internacional, o de las muy escasas perspectivas que tenemos a mediano plazo, porque mucho antes de atreverme siquiera a pensar respecto lo muy mal que vivimos en términos generales, existen tantas otras cosas que condicionan la vida de cualquiera en lo más inmediato, y que sin embargo, rara vez son motivo de discusión.

Tantos temas de los que muy poco se habla y tanto se vive, miserias todas relativas a exclusión, odio, iniquidad, incertidumbre y mentira, falencias de egoísmo y soberbia. Negación de la justicia, omisiones y despropósitos alimentados todos, por la falsa expectativa de poder ir en solitario por la libre, sin tener por ello consecuencias para todos. ¿La razón? Una mezcla de falsas impresiones, entre lo evidente que parece todo lo que a diario vivimos, y la reduccionista perspectiva individual de mercado, tan socorrida en la actualidad, desde la cual, lo que ocurre en lo personal, no interesa absolutamente a nadie, a no ser que el tema tenga efectos materiales inmediatos sobre la acomodaticia regularidad de lo que mejor hacemos; anestesiarnos con cualquier tipo de distractores, lo mismo da si se trata de una moda, un programa de televisión, el último chisme de farándula, la novela del momento, o la más reciente crisis de política internacional con todo y protestas incluidas.

Necios los activistas y disidentes que hoy paran el tráfico vehicular y prometen hacerme llegar tarde a casa. Exasperantes los manifestantes que gritan fuera de Palacio de Gobierno cualquier cosa, dan pena ajena por la mala imagen que dejan de nuestra ciudad entre propios y extraños. Si tienen hambre que coman pasteles –diría una reina hace siglos. Si tienen hambre que coman hamburguesas –dicen hoy. Si las calles son un asco y no se puede ni pasar por ellas, que no las usen, y si es muy necesario, para eso venden camionetas 4x4 ¿No? Ideas del estilo, son moneda común entre sectores clasemedieros y acomodados de la localidad.

Pero no para ahí la cosa, antes bien, por el contrario, otro tanto ocurre entre los desposeídos y los que protestan: El problema es de los ricos y poderosos, de los diputados y gobernantes, vivimos mal porque son todos, una bola de rateros; ¡Cuidado con la reforma energética! Lo que quieren es vender el patrimonio nacional al gran capital; En vez de estar pendejeando, deberían de preocuparse por la gente. Y me da por pensar: ¿Si la gente –sea rica o pobre–, no se preocupa por la propia gente, a qué tipo de razones puede apelarse en ambas posiciones?

Al punto que voy, es que se ocupe la posición que se ocupe, cualquiera tiene siempre algo que decir, sin embargo, todo lo que decimos querer, no es ni remotamente parecido a lo que podríamos y de hecho deberíamos estar dispuestos a hacer, si en efecto deseamos que las cosas de las que siempre nos quejamos, comiencen de una vez por todas a cambiar. Pero el tema no es ni de lejos tan sencillo de afrontar como de reconocerlo, porque exige como primera condición, que nos dejemos de prejuicios y decidamos trascender ese exiguo y muy deteriorado orden de relaciones, que algunos pomposamente llaman la ‘vida moderna’, e ir más allá de la lógica arribista del cortoplacismo y la comodidad.

Porque bajo este modo de encarar la vida, la más de las veces, a lo único que se llega, es a un escenario colectivo fragmentado, donde por regla general, son escasas por no decir nulas las decisiones que en provecho de todos se toman. Porque a lo más que se puede aspirar en un mundo donde buena parte de lo que sucede se sobre entiende, por lo obvio que parece, tanto como porque lo personal es cosa a la vez de todos y de nadie, es a creer que los problemas que a diario inundan la primera plana de los diarios, se encuentran totalmente desligados de las preocupaciones cotidianas de cualquiera. La lección es clara: pensar nada más en uno mismo y encima suponer en vez de constatar, paga siempre muy mal.
1Comment
l0s_0tr0s

el egoismo es un motor de de la humanidad mucho mas fuerte que la compasion
gracias, chau

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