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Julio Verne: Las pifias del capitán Grant

Muchos de nosotros tuvimos durante años a Julio Verne, no sólo por un gran visionario que anticipó el futuro, sino también por un escritor muy hábil para trasladarnos con nuestra imaginación, gracias a sus descripciones, a lugares tan exóticos como el Celeste Imperio de su novela Las tribulaciones de un chino en China. No dudamos ni por un instante de la exactitud de dichas descripciones, o las de cualquier otra de sus novelas no futuristas. ¿Queremos someter a prueba al genial escritor? Otra de sus obras, Los hijos del capitán Grant (bajo estas líneas, afiche publicitario de la versión fílmica de la novela), está ambientada en las pampas argentinas. No he leído la novela, pero el escritor Alvaro Yunque lo hizo por mí. Así describe sus impresiones en su ensayo Calfucurá. La conquista de las Pampas:







En uno de sus libros, Los hijos del capitán Grant, Julio Verne coloca a sus protagonistas en las palpas. Es curioso seguirlos en sus viajes desde Talcahuano (puerto de Chile) hasta la costa del Atlántico (provincia de Buenos Aires), al través de la cordillera. La enorme distancia, en aquel año 1865, los personajes de Verne la recorren en apenas 30 días. ¡Un récord! No bien descienden la precordillera hallan a un indio patagón -necesariamente gigante, ya que así los vio Pigafetta, el autor del Diario en el viaje de Magallanes. El patagón habla castellano. Según Verne, los "rastreadores" constituyen bandas, son "bandoleros de la llanura"; Calfucurá, jefe de los indios poyucas, es un hombre falso, de dos lenguas y dos corazones; al Río Colorado (Colu-Leuvú), le llama Cobu-Leubú que no significa "río colorado" sino "gran río"; los indios pampas -como si fueran quechuas del Inca- construyen puentes colgantes y en la Patagonia, además de los gorriones y otras aves, los anglofranceses de la expedición verneana encuentran "monos titíes", como si se hallaran en el trópico, no en una región de nieves.







"Pampa", según Verne, es palabra de origen araucano y quiere decir: "llanura de hierbas" ("'Pampas' es propio de la lengua quichua, general en el imperio peruano, en que significa 'campo raso'"-Padre Lozano, Historia de la Conquista del Paraguay)... Todo es fenomenal en la pampa de Verne: Un rayo fulmina 500 animales. Se ve a lo lejos un destacamento de diez indios, van armados de lanza, cuchillos, boleadoras y lazos... Ni hondas -que estarían de más poseyendo la bola- ni lazos -que como montaban en pelo no podían llevar- usaron los pampas. Verne los describe como indios, con pieles de guanaco y carnero, los llama "gauchos" y, según Paganel, el sabio de la expedición, "los gauchos son campesinos inofensivos". Otro de los personajes opina que los "gauchos son decididos y temibles bandoleros". Los excursionistas comen avestruces, y no sólo el alón, se lo comen íntegro, comen "pecaríes" y "tatos" (tatúes, peludos, mulitas). De las "galeras" da esta explicación: "grandes carretas tiradas por bueyes". Un fortín está defendido por trece milicos -o seres trajeados de tales- porque si el mayor tiene 20 años el menor sólo tiene 7. Su uniforme: camisa rayada, sin pantalón... ("La bondad de la temperatura -nos advierte- autorizaba, por otra parte, la ligereza de esta costumbre"). En el fortín, los expedicionarios se enteran de que hay "guerra civil" entre argentinos y paraguayos, y que por eso no han encontrado indios en las pampas. Todos los indios se han ido siguiendo la pista del general Flores (El Presidente del Uruguay). Allá se encuentran Calfucurá, Catriel, Yanquetruz y demás caciques... Hay más dislates históricos, tantos, que es mejor no detenerse. Los europeos siempre han sabido así la historia de América. Verne, que ha citado antes a D'Orbigny, cita ahora a Guinnard, y da sobre éste datos: Que volvió a Francia en 1861 y es miembro de la Sociedad de Geografía. Lo es también su colega Verne. Quizás en esa sociedad de París ha aprendido esto: que un ombú tiene 33 metros de alto, su tronco mide casi dos metros de diámetro y la circunferencia de su sombra 120 metros. En él viven refugiados, como en una casa de departamentos, los expedicionarios de Verne, pues una inundación los acosa. Y con la inundación aparecen al pie del ombú bandas de "caimanes" que "batían el agua con sus colas formidables y atacaban el ombú con los largos dientes de sus mandíbulas inferiores". Un impresionante espectáculo...de trópico. El gigantesco ombú se incendia, pero la inundación lo desarraiga y lo lleva a tierra firme. Sus pasajeros se salvan. No se salvan la geografía, ni la botánica ni la historia de América. Así ocurre generalmente, no sólo en Julio Verne, sino en otros escritores de Europa, más responsables, que sobre cosas de América escriben.







Sería curioso formar un "disparatario" de lo que escritores europeos han escrito sobre el nuevo continente. Nombres célebres figuran en él. Se me ocurre ahora recordar a Walter Scott: "las vastas llanuras de Buenos Aires-dice el novelista inglés- no están pobladas sino por cristianos salvajes, conocidos bajo el nombre de "huachos", cuyo principal amueblado consiste en cráneos de caballos, cuyo alimento es carne cruda y agua, cuyo pasatiempo favorito es reventar caballos en carreras forzadas... Desgraciadamente, prefirieron su independencia nacional a nuestros algodones y muselinas"...







¿Mi humilde opinión?: siempre tuvimos a Verne por un gran escritor, dotado de una asombrosa imaginación. Eso, ni más ni menos, es lo que fue. Como todo escritor imaginativo y que escribe sobre el futuro, supo anticipar con acierto algunas cosas del mismo, algo que también supo hacer, por ejemplo, Arthur C. Clarke. Pero esa misma imaginación por lo visto le sirvió para rellenar los baches que había en sus conocimientos, muy exiguos, por lo visto, en lo referente a Sudamérica; y por las dudas, no pongamos la mano en el fuego sobre la exactitud de las descripciones del Celeste Imperio de Las tribulaciones de un chino en China o de la Rusia zarista de Miguel Strogoff. No olvidemos, después de todo, que se trata del mismo escritor con el que descendimos al fondo de la Tierra, adonde encontramos un mundo donde incluso sobrevivían los dinosaurios. Exigir demasiada coherencia histórica, geográfica y/o biológica a alguien así sería, quizás, absurdo. Pero siempre supo hacernos disfrutar. Así que sigamos disfrutandolo, sin exigirle más que diversión... Y definitivamente, abstengámonos, piadosamente, de Los hijos del capitán Grant.


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