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Justificación de las creencias y del conocimiento

Desde tiempos remotos las cuestiones referidas al conocimiento humano han mantenido en vilo el pensamiento de reconocidos filósofos que a éstas se han entregado. Tal es el caso de Descartes y Hume que, además de compartir cierta proximidad cronológica, comparten una actitud orientada hacia la búsqueda de fundamentos en cuanto al conocimiento se refiere. Aun así, estos filósofos han conducido el hilo de su pensamiento por diferentes vías, desencadenando una pronunciada disimilitud epistémica entre ambos.
Descartes inicia un proceso dubitativo en pos de una certeza absoluta y propone como fundamento infalible el «cogito ergo sum» traducida como «pienso, por lo tanto existo», es decir que el conocimiento encuentra su justificación en el propio pensamiento.
Ahora bien, ¿Qué causa nuestras ideas y cómo podemos estar seguros de que ellas son adecuadas y nos traen la verdad? Para responder esto Descartes necesita la causalidad para completar su tarea. Específicamente recurre a ella para restaurar su confianza en su actividad de inteligir las cosas acerca del mundo, recurriendo a Dios, para garantizar el eslabón causal entre el mundo externo y las ideas de su mente acerca de él, dicho de otra forma es Dios quien está causando estas ideas.
Este argumento en primera instancia no nos satisface, puesto que ¿Cómo el filósofo que más duda de todo no duda también de la existencia de Dios? Tal vez si a ésta se hubiese enfrentado su principio de certeza epistemológica no hubiese deferido demasiado del “sólo sé que no se nada”, porque llegaría indudablemente a que la justificación del conocimiento quedaría coja.
En este punto es conveniente abrirle paso a la perspectiva de Hume, quien en su propósito de dar cuenta de los límites del entendimiento humano se preguntó al igual que el filósofo que ya se ha mencionado la cuestión acerca de la naturaleza de nuestras ideas.
¿Cómo le baja los pantalones el empirismo al racionalismo por medio de la causalidad? Acaso Hume ¿Tenía la intención de (al delinear los límites del conocimiento por fuera del pensamiento) enterrar un posible conocimiento que tenga lugar pura y exclusivamente en los procesos mentales del ser humano?
A diferencia de Descartes, establecerá que el conocimiento no está justificado, y esto es en primera instancia porque todo conocimiento está limitado por la experiencia, es decir que la experiencia que yo tuve me permitió a mi generarme determinadas expectativas acerca del mundo, y esto es porque la regularidad que existe entre los fenómenos del mundo (principio de uniformidad de la naturaleza), nos hace creer que existen conexiones necesarias entre estos fenómenos; y esto es así porque admite también que todos nuestros razonamientos acerca de los hechos están fundados en la causalidad. Decimos entonces que las relaciones que se establecen están fundadas en el supuesto de una naturaleza uniforme (que lo acontecido en el pasado, se proyecta de igual modo en el futuro) y que al tratar de dar cuenta de dicho supuesto se sumerge uno en un círculo vicioso: si queremos demostrar la uniformidad en lo tocante a los hechos, necesariamente se requiere de la experiencia, por lo tanto al querer mostrar con inferencias de vínculo causal que la naturaleza se desarrollará conforme al pasado, necesariamente se incluirá el supuesto dentro de la inferencia que se quiere manifestar, desencadenado así un argumento vicioso cuya justificación queda aún limitada.
Entonces, si admitimos que el conocimiento sienta sus raíces en el campo de la empiria, de lo sensible ¿Es posible encontrar puntos de convergencia si se analizan ambas posturas que en un primer vistazo parecen repelerse? En todo caso, ambas posturas han asumido el hecho del conocimiento pero no logran justificarlo: por un lado Descartes nos ofrece una justificación que no puede sostenerse con firmeza, puesto que Dios es aún un tema de discusión y si fuese certera su existencia nadie dudaría de él –siguiendo el trazo de su propio método- y Hume, por otra parte, nos brinda una respuesta escéptica al problema de la justificación, advirtiendo la imposibilidad del conocimiento racional pero rescatando el sensible (en lo dicta nuestra relación con lo sensible), lo que cierra la puerta a la universalidad epistémica y, en su lugar, nos deja a nosotros las dificultades de la subjetividad, y si en su caudal se mecerá nuestro conocimiento, entonces puedo prescindir de prólogo o de introducción alguna, si es ella la apoya el cuchillo en la visión hacia la descripción del entendimiento humano, se prescinde pues, de aquella ambición de mantener los ojos alejados de la persona para poder analizarlo. El contexto dispara desde todos los puntos cardinales, nos lanza a la particularidad de cada hombre, como la semejanza en un círculo de parecidos, y a tener la perspectiva de encajonar elementos dentro del círculo. Crea puntos positivos y negativos que, en todo caso, no necesariamente deben tomarse como distintos y separados.
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