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La bestia Nazi que Aniquilaba a los Aliados





Tiger I
El indestructible monstruo nazi que causaba terror a los tanques aliados




La verdad oculta tras la bestia nazi que aniquilaba a los aliados:





«El tanque Tiger era una pérdida de tiempo»



James Holland desvela a ABC la cara más amarga del que, para muchos, fue el mejor carro de combate de la Segunda Guerra Mundial



Un mastodonte de 57 toneladas que era capaz de destrozar a los frágiles carros de combate aliados a una distancia de (atendiendo a las fuentes) hasta 3.000 metros. Una bestia que causaba terror en los aliados y que muchos historiadores definen a día de hoy como el mejor (y más letal) tanque de la Segunda Guerra Mundial. El «Panzerkampfwagen VI Ausf E» (nombre técnico para denominar al famoso «Tiger I» o «Panzer VI») fue el blindado más famoso de las fuerzas de Hitler. Y no es para menos, pues personajes como el popular comandante de unidades acorazadas Otto Carius llegó a definirlo en sus memorias («Tigres en el barro») como «el mejor de cuantos conocí en la guerra».



En principio los números avalan esta afirmación. Al fin y al cabo, el «Panzer VI» contaba con un blindaje de unos 100 mm en su parte frontal que lo hacía casi invulnerable a los cañones de los carros de combate enemigos más habituales (principalmente, los «T-34» soviéticos y los «Sherman» norteamericanos). Y otro tanto sucedía con su imponente cañón, un KwK 36 L/56 de 88 mm que, según explica el «Tank museum» del Reino Unido en su dossier «Tiger I», podía dañar a cualquiera de sus enemigos contemporáneos a «una distancia de unos 2.000 metros». «El cañón de 8,8 cm era lo suficientemente bueno como para derrotar a cualquier carro, suponiendo que se le acertase en el lugar correcto», añadía Carius.



Sin embargo, para autores como el reputado James Holland (historiador, escritor, colaborador de programas tan destacados como «Megaestructuras nazis» y autor, este último año, de «El auge de Alemania») el «Tiger I» no solo atesoraba bondades, sino también multitud de fallos que le convertían en una mole difícil de transportar y reparar. Así lo desvela en declaraciones a ABC: «Los “Tigres” eran una pérdida de tiempo.



Eran una gran arma, sí, pero únicamente cuando funcionaban y cuando había combustible para alimentarlos. Algo difícil en ambos casos»
. Por si fuera poco, y siempre en palabras de este experto, el blindado era sumamente difícil de reparar debido a la falta de recambios y solía atesorar multitud de fallos en la caja de cambios.







Primer contacto
Las bondades del «Tigre I» las dejó explicadas de forma pormenorizada Otto Carius en «Tigres en el barro». Y lo cierto es que no existe mejor personaje histórico para explicarlas, pues este oficial fue retirado del frente en enero de 1943 y transferido a un batallón recién formado con varios «Panzerkampfwagen VI Ausf E». Por si fuera poco, también tuvo el honor de ser uno de los grandes ases de los blindados germanos.

«A nivel estadístico ostenta el segundo puesto en la lista de carristas alemanes por carros enemigos destruidos, con más de 150, tras Kurt Knispel y por delante del más famoso Michal Wittman», explican los editores de «Tigres en el barro». La mayoría de sus bajas las logró en el 502º Batallón de carros «Tiger I».




Para cuando Carius (uno de los primeros en subirse a lomos de un «Panzerkampfwagen VI Ausf E» supo de la existencia de los míticos «Tiger I», la situación para Alemania no podía ser más penosa. Y es que, tras algunas semanas combatiendo en la Madre Rusia, los germanos se habían topado con un vehículo imposible de vencer. «El T-34, con su excelente blindaje, su configuración ideal y su espléndido cañón largo de 7,62 cm sería temido por todos y una amenaza para cualquier blindado alemán hasta el final de la guerra. ¿Qué se suponía que debíamos hacer contra tales monstruosidades que los rusos arrojaban contra nosotros en enormes cantidades? […] Con suerte, podíamos acertar al T-34 en el anillo de la torre y atascarla», determinaba el oficial. Para combatir a esas máquinas se creó el «Panzer VI».



La primera vez que vio un «Tiger», Carius se mostró, en cierto modo, decepcionado. Primero, por su falta total de estética. Y segundo, porque los ingenieros germanos no habían apostado por inclinar el blindaje, como sí hacían los rusos (una característica que favorecía que los proyectiles rebotasen contra el casco). «Su aspecto exterior era cualquier cosa menos bonito y agradable: resultaba tosco, casi todas las superficies planas eran verticales y únicamente la plancha frontal se había soldado oblicua. Solo un blindaje más grueso compensaba la ausencia de formas redondeadas», añade Carius en su obra. A primera vista, parecía una mole lenta y que ofrecía una gran superficie para ser impactada.






Imbatibles

Sin embargo, Carius pronto observó sus ventajas. Para empezar, y según el comandante de carro, a pesar de sumar 57 toneladas, era capaz de moverse con relativa rapidez. «Con dos dedos, literalmente, podíamos poner en marcha 700 caballos de potencia, mover 60 toneladas y conducir a 45 kilómetros por hora en carretera, o a 20 campo a través», desvela en sus memorias.



A su vez, el cañón era sumamente preciso gracias a que la torreta giraba mediante una caja de cambios hidráulica. «Los pies del artillero reposaban sobre una plataforma basculante: si hacía presión con la punta del pie hacia delante, la torreta giraba hacia la derecha; si hacía presión con la planta del pie hacia atrás, giraba hacia la izquierda. […] Así, el artillero experimentado no necesitaba hacer luego ajustes manuales», señala Carius.



Otras de las grandes ventajas que ofrecía el «Tiger I» era que, a pesar de no contar con un blindaje oblicuo, este sí tenía un grosor lo suficientemente espeso como para detener los proyectiles de la mayoría de los carros de combate enemigos. Tal y como explican los historiadores Tom Jentz y Hilary Doyle en su libro «El temible Tiger I», los 100 mm que cubrían la parte frontal del blindado y los 60 mm de los laterales le hacían casi invulnerable a la mayoría de cañones anticarron de 76 mm soviéticos y 75 mm norteamericanos.

Según las tablas de penetración estudiadas por los germanos, en la práctica un «Sherman A2» (una de las versiones más habituales) solo podía causar daños en el frontal del gigantes nazi si se hallaba, literalmente, a «0 metros».




Otro tanto ocurría con los «Cronwell» (sumamente utilizados por Gran Bretaña), que se veían obligados -siempre según los cálculos germanos- a disparar a quemarropa para poder causar daño a la parte frontal del temible «Tiger I». Los «Fireflys» ingleses (versiones mejoradas de los «Sherman» con un cañón de 17 libras) lo tenían más fácil.



«Es evidente que el 17 libras disparando proyectiles APCBC normales puede superar el blindaje frontal del Tiger I a la mayoría de alcances de combate, en acciones de carros contra Europa», afirmaban los germanos en un informe fechado en abril de 1944. Con todo, la suerte quiso que, después del Día D, apenas 109 blindados dispusieran de esta potencia.



A pesar de todo, Jentz y Doyle establecen también en su obra que los «Sherman» norteamericanos equipados con un cañón de 76 mm y los «T-34/85» soviéticos (estos últimos, una evolución mejor armada de los «T-34») tenían la capacidad de dañar a los «Tiger I», aunque a una distancia corta.

Así lo determinan apoyándose en las mencionadas tablas de daño elaboradas por los germanos. Según las mismas, el «T-34/85» podían causar problemas al «Panzer VI» a 500 metros si acertaba en su torre, a 200 si lo hacía en el morro, y a 100 si era en la plancha frontal del conductor. Mientras, los «Sherman A4» (una versión con el ya comentado cañón M1A1 de 76 mm) podían molestar ligeramente a este coloso en el caso de acercarse a él a un mínimo de 700 metros. Las distancias aumentan sensiblemente si el disparo se hacía contra su lateral.


Sherman A4:




Y letales
Sin embargo, los combates no eran como los vemos a día de hoy en las películas, sino que los vehículos se avistaban a unas distancias de, como mínimo, un kilómetro y medio antes siquiera de poder reaccionar. Y eso daba una ventaja clara a los nazis, que podían disparar en repetidas ocasiones hasta que los débiles (aunque más veloces) carros de combate enemigos lograban acercarse lo suficiente hasta ellos. Y es que, por mucho que películas como «Corazones de acero» traten de hacernos ver que las luchas se sucedían en una extensión de terreno irrisoria, la realidad era muy diferente.



De hecho, esa distancia hacía que las estadísticas fueran letales para los estadounidenses en lo que a resistir el impacto del cañón del «Tiger I» se refiere.




El historiador Bryan Perrett confirma en su libro «Tank Warfare» que los «Tiger I» podían destruir a los «Sherman» a una distancia de hasta 3.000 metros (aunque con algo de suerte, eso sí). Los autores de «El temible Tiger I», por su parte, son partidarios de que el «Panzer VI» podía destrozar el blindaje de la mayoría de los «Sherman» aliados a una distancia de entre 2.100 o 3.500 metros atendiendo a si les impactaban por el frente, o los flancos y la retaguardia. Con los británicos («Cromwell» y «Churchill») las cifras eran similares. Y otro tanto ocurría contra los «T-34».





James Holland y la otra cara del «Tiger I»










Los fallos, según Carius y los alemanes

Holland no es el único partidario de que el «Tiger I», aunque letal, sufría multitud de problemas a nivel mecánico. Uno de los primeros fallos de este blindado lo observó Carius, y lo explicó de esta guisa en sus memorias: «El cuidado de las baterías era de vital importancia, sobre todo en invierno. Teníamos que mantenerlas cargadas constantemente, lo cual hacíamos dejando el motor en marcha cuando no rodábamos mucho. De lo contrario, el motor de arranque no llegaba a encender el motor principal. Si esto ocurría, dos miembros de la tripulación debían saltar fuera del carro y hacer funcionar el motor con un sistema de arranque inercial, similar al que utilizaban los aviones antiguos, solo que situado en la parte trasera».

El mismo Carius también hizo referencia al principal fallo de los «Tiger I» nada más verlos. El mismo que narraba Holland a este diario apenas unas líneas más arriba. En palabras del as de los carros de combate germanos, «era preciso cambiar las cadenas de campo por unas más estrechas ya que las primeras sobresalían demasiado de los vagones y ponían en peligro el tráfico ferroviario en sentido contrario».



De hecho, los nazis se vieron obligados a construir vagones especiales para transportar a estos mastodontes a lo largo y ancho de Europa. Y aún así daba problemas el llevarlos de un lado a otro. Y es que, su gigantesco peso provocaba que fuera sumamente peligroso para los trenes cruzar los puentes. «Para no poner en peligro los puentes a su paso, al menos cuatro vagones de carga debían intercalarse entre dos carros “Tiger”», añadía el oficial.

Los informes elaborados por los alemanes tras los primeros combates de los «Tiger I» en la URSS confirman también los problemas mecánicos que sufrían.



El 29 de enero de 1943, por ejemplo, los responsables del 502º Batallón de Carros Pesados informaron al alto mando de que, en jornadas anteriores, «un Panzer VI se ha perdido por daños en la transmisión» tras recorrer una distancia de 65 kilómetros. Otro tanto ocurrió al día siguiente, aunque al desplazarse apenas 48 kilómetros. Por si fuera poco, aquel día el motor de uno de estos gigantes se incendió. A su vez, en el texto se especificaba que había que tratar estos tanques con cierta cautela: «La unidades de combate son en general de la opinión de que el Tiger puede hacer cualquier cosa. No comprenden que una nueva arma tiene deficiencias y puntos débiles».



El mismo documento hacía referencia también a los problemas que ocasionaba el tamaño de estos carros de combate a la hora de transportarlos en trenes: «Como resultado de los contínuos desplazamientos, el intenso castigo de trenes de rodaje y motores y falta de tiempo para servicios de mantenimiento, se producen daños, que hacen que las unidades Tiger estén averiadas cuando se las necesita».



El gran peso de este blindado también provocó la rotura de los equipos de remolque habituales. «Es casi imposible remolcar un Panzer VI por terreno difícil si no se emplean tres o cuatro remolques», explicaba el jefe de taller en un documento elaborado tras varios combates el 29 de enero. Por si fuera poco, cualquier vehículo dedicado a esta ingrata tarea solía acabar sumamente dañado después de tirar de este gigante.






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