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La exaltación del poder

Era desgenerado pensarlo, siquiera.

Residía allí, donde todos se reúnen a la hora estipulada a realizar actos repetitivos y, ridículamente aplaudidos y ovacionados. Montaba su obra, a la misma hora que él la veía, se amaban y no lo sabían. La realizaba con placer perverso y obsesivo, él la miraba y la amaba sin que ella lo supiese, nunca podría. A ratos él miraba hacia la calle, por la ventana a un lado de su cama, la vista era horrible, luces destellantes provenientes de autos despreocupados y de anuncios que nunca dormían y que parecían estar envidiosos de aquellos que lo hacían. No te dejaban dormir.

Quería salir un rato, la puerta se hacía lejana entre tantas sabanas pesadas y recuerdos olvidados por ella. Él los conservaba por ella. Ella no lo recordaba. Acariciaba las heladas mantas que se hacían tibias de a poco, se manchaba a si mismo con la condensación de su sudor y su exhalación.

Quería seguir saliendo, pero ella estaba en la televisión, desgranándose cada vez más entre los aplausos de quienes la amaban. Todas aplaudían a sus movimientos, manos grandes y velludas, masculinas y poderosas que sostenían cigarros caros y vasos de whisky a medio llenar. La película estaba a la mitad, aún faltaba lo bueno.

Él la seguía esperando, le guardaba el lado que ocupó por tanto tiempo en esa cama, que estaba en esa habitación blanca y propia de un manicomio, que estaba en ese departamento de los suburbios que nadie quiso comprar más que él. Nunca volvería a ese lugar, ahora estaba lejos, era una estrella inalcanzable para cualquiera, siquiera para él. Era un desgenerado. Ahora solo podría emocionarse con las escenas explicitas del cuerpo bronceado y mojado de aquella que fue su mujer, de aquella que compartió con él tantos momentos que ella ya había olvidado y que él recordaba por completo. Ahora solo queda el dolor de alguna vez haber amado, ahora solo queda jalársela una vez más viendo como ella no te recuerda, como ella es la reina del baile que siempre quiso ser, como es bañada una y otra vez. Toda la atención en ella, la misma que nunca él le dio, y ahora consigue dentro de la hora y cuarto que dura la película.

La exaltación del poder hizo que él se parase de la cama. De un salto se incorporó a la escena vista en la televisión desde la lejanía, se desvistió y se imaginó con ella en la inerte cama que sobrevivía a los arranques de recuerdos de él, durante las noches que pasaban sus películas por el canal Premium. Se desconoció a si mismo cuando vio lo qué hizo, se vio desnudo e indefenso, sin disfraz, potente ante sus deseos. Apagó la televisión, ordenó su cama y se acurrucó una vez más entre la vergüenza del que no habla y del abandonado, del deseo fortuito del placer pasado que ahoga en sus manos cada vez que recuerda algún ápice de la existencia de ella y apaga la luz, imaginando que estirará el brazo y encontrará aquel tórax que tanto desea.

“Era desgenerado pensarla, siquiera” dijo él mientras se acurrucaba con resignación.
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