La leyenda de la Vaca y el Toro

En los campos desprovistos de la finitud de las paredes y el aire que ocupa espacio como agua en el mar, vuelcan su vida ciertos personajes de singular universo recubiertos de la mas simpleza campesina. Lombardo era uno de ellos, vestido en su disfraz de toro. Designado por las labores del lápiz, el papel y la clasificación del mundo como nato en raza Brangus; de pelaje largo oscuro brillante. Sus cuernos finos y cortos de color blanco con puntas grises y una nariz prominente que desde sus fosas marcaban un vital color rosa. Los días y las noches transcurrían con Lombardo en un pueblo alejado del avance de la civilización, lejos de toda intimidante domesticación. Anécdotas se cuentan por montones de ese peculiar territorio; cantos que detallan los misterios, los encantos, las hazañas y leyendas, allá en aquel lugar que el tiempo decomiso de realidad.

Lombardo vivía su libertad por toda la amplitud de su mundo, vagaba libremente por lo ancho y basto territorio. Hermosa cantera de bosques, ríos, pampas y ciénagas. Cuenta la historia que Lombardo, a pesar de su fortuna existencia, un día en su terruño encantado lloró. Lamentó porque aun en la dicha de librarse de su esclavo destino de bovino no había podido encontrar eso que llaman amor.

-Amor- se preguntaba Lombardo. ¿Que es eso del amor? ¿Que es eso que recitan las canciones? ¿Porque se festeja el amor con festines, con días, noches, lunas, soles y lluvias?
Con su cara al viento trataba de buscar una explicación que justifique su preocupación. Atormentado Lombardo sentía como su libertad se desintegraba, perdía paulatinamente su significado, las noches y los días pesaban cada vez mas, su campo alguna vez fértil se transformo en desértico habitad. Donde antes no alcazaba la mirada para determinar donde terminaba el horizonte se erguía el desinterés por la aventura. Sofocado por la angustia de no saber que es que el viento había traído a sus oídos, una noche de luna llena disidió recostarse al lado del lago que daba vida a las sombras. Y reflejando su cara en el espejo nocturno dejó verter gotas de sus ojos. La luna al ver tal desdichado ser decidió romper su pacto de inmutabilidad, y como otras tantas veces preguntó al solitario necesitado: ¿Por que tanta tristeza en donde reina la abundancia?

Noche tras noche el toro recostado y la luna en sus diferentes luces componían y descomponían mundos, supuestos, melodías, paráfrasis, epístolas y ademanes de porque las criaturas aman. En su desdén nocturno Lombardo imponía su congoja y en lo cual La Luna impecablemente transformaba en delicadas caricias el desasosiego provocado por los pasajes melodramáticos de la triste criatura. Ella vertía en el espejo de agua lineas de risa, canto y llanto; entibiando así la fría mirada del alma en pesadumbre que brillaba desde los ojos del titan triste.

Juntos hablaron del destino, porque las seres toman formas y nombres, cumplen funciones, aman y viven. Juntos recurrieron a sus antepasados, como ellos vivían y si el destino marcaba sus vidas. Lombardo descubría mantos de su realidad y se preguntaba que si él tenia destino o el destino era nada mas que herencia. Cuestionaba su libertad, su dichosa realidad, ya que en su pesar resolvía que no había lugar para ella. Destinado a vagar por siempre en si mismo comprendía el significado de su soledad. La Luna se transformo en su compañera, noche tras noche, año tras año. Y en días que cielo nocturno no conciliaba con la luz de plata, las estrellas brillaban con mas tenor para deleite del solitario toro.

En una tarde de mayo Lombardo recorría el bosque buscando alimento de un viejo nogal. Ya cuando los rayos del sol inclinados marcaban el comienzo del atardecer, el toro sentía que algo lo inquietaba, sensación extraña en el, acostumbrado a rutina de la memoria de los vientos. Ofuscado resolvió que tal vez enfermaba. Apresuro viaje hacia el lago donde noche tras noche encontróse con La Luna. Pero sonidos estrepitosos como salidos de otro mundo atormentaban su salida, languidecían su caminar, así como salido de un psicodélico cuadro, una imagen; no extraña, sino que impertinente, desarmaba su viaje de regreso, rompía con todo halo de pulcritud estanca que da la costumbre. Estruendoso impacto causo la rotura de su tiempo-espacio, y en una mirada sintió que algo le faltaba, que algo se le comenzaría a perder. Presuroso levanto sus pensamientos y regreso al encuentro con la luna. Ansioso de entablar con ella una des las charlas mas maravillosas desde su amistad con ella. Muy marcado fue el encuentro entre ellos. La Luna que ya le había contado cánticos la paciencia y la soledad, conociendo el nuevo resplandor de sus ojos decidió vestirle de nuevos poemas y prosas que hablaban del encuentro entre dos seres. Adorno su cornamenta con las mas brillantes notas de música, vistió su piel con serenatas de varios idiomas, cubrió sus labios con rocío y rimas. Lo amo tanto esa noche que no cabía mas espacio para otra pincelada mas en su pintura hecha carne y vida. Lombardo durmió esa noche embriagado en el alcohol que dan los amores fugaces.

Temprana la mañana Lombardo decidió incursionar nuevamente en el bosque pensando plenamente en un nuevo encuentro. No conocía aun el estigma de las posibilidades erróneas, pero tal fue su suerte que volvió a encontrarse que aquella criatura que había provocado el estancamiento de su pensar, el letargo de su caminar. Fue así que sumergido en el encanto de sentirse pleno con las posibilidades decidió entablar conversación con su par debajo de un roble añoso. Zarina, así dijo llamarse, era otra alma solitaria que vagaba por el encantado territorio. No conocía muy bien las extensiones de este pero dijo comprender que el bosque era rico en alimentos, música e imágenes los cuales satisfacían sus placeres y daban lugar a su creatividad. Zarina como Lombardo era un toro femenino, es decir una vaca. Llegó a este mundo como vaca, inculcada por sus padres como Charoláis cattle. Su piel marcaba un suave rosa delator donde no era cubierto por su pelaje corto. Particularidad en ella eran los colores que teñían su pelo; blanco crema y un armonioso rojo atardecer. Era una criatura que poseía dos colores a contrapunto de sus pares que solo poseían uno. En su cuello blanco se destacaba un collar de color violeta chocolate. De cuerpo estrecho apoyado en sus firmes patas.

Zarina y Lombardo entablaban extensas charlas sobre sus gustos. Gustos tan deliciosamente descubiertos mutuamente, porque es así que dos seres en blanco van llenándose de escritos, risas y dibujos, concibiendo sus mundos y supuestos, estrellas que alcanzar, planetas por recorrer. Día a día el toro realizaba el mismo viaje hacia el bosque para su encuentro con la vaca; y noche tras noche volcaba su felicidad en La Luna. Después de ya un tiempo de encuentros, el cornúpeta con confianza ya establecida, osó en invitar a salir a la becerra de los margenes del bosque. Zarina acepto vigorosamente el viaje fuera de la seguridad de su frondosa selva. Cada nuevo día era una expedición diferente, un ensueño distinto tanto para Zarina como para Lombardo que veía como la compañía de ella atribuía de otras formas a las cosas ya conocidas. Ambos viajaban entre los los ríos, se presentaban a los valles, subían los montes, suspiraban las lagunas, respiraban los vientos, acariciaban los desiertos, nutrianse del alimento y los colores que da la tierra. Arropados en una escalada hacia lo alto, en aires fuertes que hacen dudar el contrapeso, ya en lo alto rocoso alejados del todo, inmersos en ellos surgió de entre sus labios la palabra deseo.

Fin (?


Adaptación de:
La vaca y el toro - Autor anonimo
La leyenda del hada y mago - Walter Giardino