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La mujer que denunció el feminismo, Esther Vilar

La idea principal del libro El Varón Domado escrito por Esther Vilar es que la mujer no es oprimida por el hombre, sino que en realidad es la mujer la que controla al hombre para manejar la relación, y esto es algo de lo que el hombre muchas veces no es consciente. Para ello la mujer atrapa al hombre usando estrategias de seducción. 


El libro que suelta las mayores verdades universales. Cuesta creerlo que lo haya escrito una mujer



El libro completo se puede leer y descargar legalmente del siguiente link:


http://es.wikimannia.org/images/Esther-Vilar_El-Varon-Domado.pdf



Principales conceptos:


El hombre fue entrenado y condicionado por la mujer, 


de manera no muy distinta a como Pavlov condicionó sus perros, para convertirlos en sus esclavos.

Y acá va la revelación mas brutal y relevante de este libro:


Como compensación por su labor los hombres son premiados periódicamente (dosificando cuidadosamente) con el uso de su vagina.




Esther Vilar recibió decenas de amenazas de muerte por parte de feministas después de publicar "El Varón Domado"


Otras estrategias de la mujer son el uso de halagos, administrados cuidadosamente para controlar al hombre, y la utilización de los hijos como rehenes.


Hagan lo que hagan para impresionar a las mujeres, los varones no cuentan en el mundo de éstas. En el mundo de las mujeres no cuentan más que las mujeres.


Este libro está dedicado a las personas que no aparecen en él: a los pocos hombres que no se dejan amaestrar y a las pocas mujeres que no son venales. Y a los seres afortunados que no tienen valor mercantil, por ser demasiado viejos, demasiado feos o demasiado enfermos.


Las mujeres saben exactamente lo que esperan de un varón; por eso saben también cómo tienen que decidirse. Se puede presumir que jamás ha ocurrido que una mujer haya preferido un hombre pobre de veinte años a un hombre rico de cuarenta. 




link: https://www.youtube.com/watch?v=uKLJhinP4h4 





No hay duda de que de todas esas cualidades del varón la curiosidad es la más acusada. Se trata de una curiosidad tan diferente de la de la mujer que la cosa requiere imprescindiblemente algunos comentarios. 




La mujer no se interesa en principio más que por cosas que puede aprovechar directa y útilmente para sí misma. Cuando una mujer lee un artículo político, es mucho más probable que esté intentando capturar a un estudiante de Políticas que interesándose por la suerte de los chinos, los israelitas o los sudafricanos. Si consulta en un diccionario el artículo dedicado a un filósofo griego, eso no quiere decir que se le haya despertado repentinamente el interés por la filosofía griega, sino que necesita alguna palabra relacionada con aquel filósofo para resolver un crucigrama. Si está estudiando los prospectos de publicidad de un nuevo automóvil, es que se lo quiere comprar, y no que esté platónicamente interesada por sus posibles novedades técnicas. 




Se considera digno al joven que funda una familia y se dedica desde aquel momento, durante toda su vida, a la alimentación de su mujer y de sus hijos, ge-neralmente por medio de actividades sin interés o monótonamente repetidas. La sociedad excluye y desprecia al varón que no se ata, que no engendra niños, que vive unas veces aquí y otras allí, que hace unas veces una cosa y otras veces otra -según le interese, y para alimentarse a sí mismo y sólo a sí mismo-, y que, cuando encuentra a una mujer, se enfrenta con ella como un hombre libre, y no con la uniformidad del esclavo. 




No tenemos ni idea de cómo sería un mundo en el cual los varones aplicaran a la solución de problemas reales la fantasía que dedican a fabricar ollas a presión que se calienten todavía más deprisa, jabón en polvo o detergentes que laven todavía más blanco, terciopelos que destiñan todavía menos y lápices de labios aún más beso-resistentes. Un mundo en el cual, en vez de engendrar niños (los cuales engendren niños a su vez) y empujar así constantemente a la vida, vivieran ellos mismos. Un mundo en el cual, en vez de empeñarse en estudiar la «enigmática» psique de la mujer-que les parece tan enigmática sólo porque, enigmáticamente, es un objeto en el que no hay nada que investigar-, estudiaran su propia psique, o la posible psique de posibles seres vivos de otros planetas, y se pusieran a pensar en caminos para entrar en relación con éstos. Un mundo en el cual, en vez de fabricar armas para la guerra, armas que no tienen más objetivo que proteger la propiedad privada (sólo útil para las mujeres), construyeran astronaves casi tan veloces como la luz, para llegar a otros mundos y enterarnos de cosas que ni siquiera somos capaces de soñar. 




Por eso la instancia decisiva para ella serán siempre mujeres, y nunca varones, pues sólo las mujeres pueden juzgar de si representa bien o mal el papel de mujer (se enseña a los varones pequeños que el papel de mujer es minusvalente y que, por lo tanto, su elogio no interesa.) 




El hombre domado se vuelve elogio-adicto.




[…] pues las mujeres tienen poco sentimiento, ya por la sencilla razón de que no pueden permitirse tener mucho. El sentimiento las podría tentar, por ejemplo, a aceptar un varón inaprovechable para sus fines (un varón que no se dejara esclavizar), o bien podría hacerles insoportable la presencia de un varón -los varones les son, en realidad, completamente extraños- y obligarlas a vivir exclusivamente con mujeres. 




Como en cuestión de sentimientos se limita a la imitación o ficción, conserva siempre la cabeza despejada y puede aprovecharse de los sentimientos de su interlocutor. 




Sería muy útil para los hombres saber que una mujer puede tener pensamientos helados y clarísimos mientras se le velan los ojos con las lágrimas. 




Del mismo modo que no se pueden permitir grandes sentimientos, las mujeres renuncian también a una libido intensa (si no, ¿cómo se podría explicar que las chicas se nieguen al amigo que les gusta, pero sigan hablando de amor con él y respecto de él?). 




Jamás ha valido nada, en cambio, la castidad del varón (como a las mujeres no les importa nada el varón, tampoco les importa su castidad). 




Mientras que el varón nunca se viste de tal modo que su aspecto pueda producir excitación sexual en el otro sexo, 


la mujer empieza a componerse en forma de cebo ya desde los doce años. 




Pues sin dinero, o, por lo menos, sin perspectivas de tenerlo, no hay varón que consiga una mujer ni, por lo tanto, satisfacción sexual. 




Es verdad que en las relaciones entre los sexos hay operaciones de crédito: en determinadas condiciones, una mujer estará dispuesta, mientras su hombre se encuentre aún en la fase de formación profesional, a ganarse ella misma su pan y ponerle mientras tanto su cuerpo a disposición, como adelanto por futuras contraprestaciones. 




Desde el punto de vista económico sería mejor para el varón satisfacer con prostitutas su impulso sexual, en vez de precipitarse en el matrimonio (prostitutas en sentido convencional antiguo: en sentido estricto, la mayoría de las mujeres son prostitutas). 




Cuando la prostituta se agota, no hay nadie dispuesto, esperando ese momento, ni hay en nuestra sociedad varón alguno capaz de dejarse explotar por una ex-prostituta convencional igual que por una ex-modelo fotográfica. 




Las mujeres no tienen, en verdad, ninguna necesidad furiosa de satisfacción sexual (si la tuvieran, habría mucha más prostitución masculina); pero, por otra parte, tampoco les molesta el acto sexual, como muchos afirman. 




El sexo es, desde luego, un placer para las mujeres, pero no el mayor. La satisfacción que produce a la mujer un orgasmo se encuentra en su escala de valores muy por debajo de la que le procura, por ejemplo, una cocktail-party o la compra de un par de botas acharoladas de color calabaza. 




La mujer necesita hijos -como veremos más adelante- para poder realizar sus planes. 




La mujer puede mentir con toda tranquilidad. Como no está inserta en el proceso del trabajo, su mentira no perjudica más que a individuos sueltos -generalmente a su hombre-, y, cuando (rara vez) la descubren, no dice haber mentido ni engañado, sino que se ha servido de la «astucia femenina». Mientras se limite a aplicar la «astucia femenina» (salvo si la cosa tiene que ver con una infidelidad sexual, único delito que no le perdonará el marido), nadie se escandalizará por su falsía. 




En el caso de ésta la situación es exactamente inversa: lo oculta todo a su hombre, no sólo su posible interés por otro varón o el interés de éste por ella. Si otro, o incluso otros dos varones se interesan por ella, ese interés se tiene que comercializar en el acto. Así tendrá sentido. El varón al que se confiesa ha de entender que, llegado el caso, habrá otros que se ocupen de alimentarla. Este descubrimiento aumentará instantáneamente su propia productividad, y le pondrá de nuevo a la altura deseada. 




Pero, por lo general, las mujeres no cantan al varón, sino al amor (lo cual repercute en última instancia en beneficio de ellas mismas, puesto que el varón las necesita para el amor). 




Dicen los varones que la publicidad manipula a las mujeres y abusa vergonzosamente de su ingenuidad y su credulidad (quieren decir: su estupidez) para aumentar las ventas. Valdría la pena que los hombres que así hablan se preguntaran alguna vez quién es realmente el manipulado: ¿el ser cuyos secretos deseos se descubren, se miman y se satisfacen, o el que (por conservar o conquistar la benevolencia de aquél) tiene que descubrir, acariciar y satisfacer esos deseos? Siempre fue meta suprema del varón satisfacer los secretos deseos de la mujer amada.




La mujer es aguda, graciosa, inventiva, imaginativa, cordial, práctica y siempre hábil: eso dice la publicidad. 




La mujer es el cliente, y el varón es el vendedor. No se gana uno un cliente diciéndole: mira, esto es bueno, tienes que comprártelo. Se le dice: eres estupenda, ¿por qué te vas a rodear de cosas de poco valor? Te mereces este comfort, y además te corresponde. De modo que, aparte de todas las demás razones, el varón tiene que elogiar a la mujer porque la necesita como cliente. 
El que los niños sean sumamente dignos de amor no justifica, ni de lejos, traerlos a este mundo. Porque el que hace niños hace adultos, o sea, varones y mujeres. Ahora bien: la mayoría de los varones adultos vive en el infierno, y, en cuanto a la felicidad de las mujeres, es una felicidad tan primitiva y grava tanto a otros que tampoco puede haber motivo suficiente para hacer mujeres. 




Puesto que la mujer es para él, ante todo, la excusa de su sumisión, no puede utilizar más que una a la vez (en toda sociedad industrial el hombre es tendencialmente monoteísta, o sea, monógamo); una pluralidad de dioses (de mujeres) le pondría inseguro, le dificultaría la autoidentificación y le remitiría a aquella libertad de la que siempre está huyendo. 




Suponiendo que hubiera en nuestro planeta un excedente de varones y que por cada mujer vivieran, por ejemplo, tres hombres coetáneos de ella, la mujer no tendría, desde luego, el menor inconveniente en tener un hijo de cada uno de los tres y hacer que cada varón trabajara para el hijo correspondiente (o sea, los tres para ella). Podría manipular cada uno de esos varones contra los otros dos y aumentaría así enormemente sus rendimientos, y, con ellos, su propio comfort. Contra lo que se suele creer, la mujer está mucho más predestinada a la poliandria que el varón a la poliginia. 




A veces, de todos modos, las mujeres ven, en efecto, más claramente que los varones. Ello se debe a que, a diferencia de éstos, las mujeres pueden juzgar sin sentimiento. 




Se siente superfluo, su existencia entera le parece absurda, porque cree que su mujer no le necesita. Este hombre se ha quedado sin la felicidad del esclavo, sin la única felicidad dada al varón después de su doma. 




Y, de hecho, desde Edward Albee hasta Jacqueline Susann, la mayor parte de la literatura norteamericana vive de darle vueltas a la cuestión de si un varón sigue siendo un varón cuando no consigue alimentar a tenor de su posición social a la mujer que ha elegido. Y, desde luego, la respuesta es negativa. 




Norteamérica cuenta con el porcentaje de divorcios más elevado del mundo; las posibilidades que tiene allí un recién nacido de crecer con su padre y su ma-dre son más reducidas que en el resto del mundo. Pero eso no impide que la norteamericana sea la más prolífica de todas las mujeres de países muy industrializados. La cosa no es sorprendente, porque en los EUA los hijos son un efectivo seguro de vida. El padre norteamericano paga las pensiones alimenticias más elevadas del mundo, y, además, las paga puntualmente, porque el retraso se paga con penas de prisión. 




Para la mujer, amor quiere decir poder; para el varón significa sometimiento. Para la mujer, el amor es un pretexto de la explotación comercial; para el varón es una coartada emocional para justificar su existencia de esclavo. «Por amor» hace la mujer las cosas que le son útiles, y el varón las que le perjudican. La mujer deja de trabajar «por amor» cuando se casa; el varón, cuando se casa, trabaja «por amor» para dos. El amor es para las dos partes lucha por la supervivencia. Pero una de las partes sobrevive sólo si vence, y la otra sólo si pierde. Es una ironía el que las mujeres se hagan con sus mayores ganancias en el momento de mayor pasividad, y que la palabra «amor» haga irradiar de ellas el halo de la generosidad incluso cuando más despiadadamente están engañando al varón. 




Y los esfuerzos del varón amaestrado para esclavo no le adelantarán nunca más que en el sentido de su doma, jamás en el de su beneficio. El varón seguirá rindiendo cada vez más, y cuanto más rinda, tanto más se alejará de él la mujer. Cuanto más se le rinda, tanto más exigente se hará ella. Cuanto más la desee, tanto menos deseable será él para ella. Cuanto mayor sea el comfort con que la rodee, tanto más comodona, tonta e inhumana se volverá ella, y tanto más solo se quedará él. 




Sólo las mujeres podrían romper el círculo infernal de la doma y la explotación. No lo harán nunca, porque no tienen ningún motivo racional para hacerlo. Y no se puede confiar en sus sentimientos, pues las mujeres son frías emocionalmente y no sienten compasión. Y así el mundo se irá hundiendo progresivamente en esa cursilería, en esa barbarie, en ese cretinismo de la feminidad, y los hombres, soñadores admirables, no se despertarán nunca de sus sueños. 


Jamás imaginó que su primer libro provocaría semejante conmoción mundial. Pero eso fue lo que generó "El varón domado": un escándalo, además de un fenómeno de ventas. La más sorprendida fue la misma autora, Esther Vilar, ciudadana alemana nacida en la Argentina que, tras recibirse de médica, viajó a Alemania. Comenzó a trabajar en un hospital de provincia, lo que le dejaba mucho tiempo libre para leer. Surgió así una vocación por la escritura que no tardaría en desplazar a su primera profesión. A los 35 años, Vilar se tomó entonces un año libre para escribir. El resultado fue el libro de la polémica.
"Estaba harta de esa lucha de las feministas contra los hombres", dijo Vilar. "Alguien tenía que levantar la voz por ellos", añadió, perpleja por lo que consideraba un cuadro "poco realista" del tema, por la visión "totalitaria y fundamentalista" que exhibía el feminismo. La idea central de su libro es que, contrariamente a lo que la mayoría cree, las mujeres no son sojuzgadas por los hombres, sino que son ellas las que controlan a los hombres, para sacar ventaja de ellos sin que se den cuenta.
"La mujer es una empedernida explotadora que obtiene su bien capital de su mera anatomía", dice en el libro. "Los hombres han sido acostumbrados y condicionados por las mujeres, en forma no muy diferente a lo que hacía Pavlov con su perro, para convertirse en sus esclavos. 
En compensación por su trabajo las mujeres les dan a los hombres un uso periódico de sus vaginas", 
apunta Vilar en un párrafo crudamente gráfico. En otros pasajes, señala que las mujeres administran los elogios hacia el hombre como otra forma de asegurarse su control.

Por supuesto, todo el mundo se lanzó a comentar el libro. Bandos a favor y en contra se trenzaron en discusiones interminables. Vilar incluso recibió amenazas. "A pesar de lo que escribí, nunca imaginé el poder al que me iba a enfrentar. Parecía que sólo se podía criticar a las mujeres en voz baja", dijo recientemente.2005
Si bien el nombre de Vilar quedó en la Argentina asociado a su primer libro, continuó escribiendo y sus obras siguieron dando lugar a la polémica. En "La matemática de Nina Gluckstein", retrata a una mujer cuya historia demuestra que se puede vivir eternamente enamorado de la misma persona. "Speer" es una obra de ficción basada en la vida del arquitecto de Adolf Hitler. "El matrimonio es inmoral" plantea la cuestión del amor frente a la ley, al señalar que el casamiento "es un contrato, y sin ese papel las cosas funcionarían mejor". Para Vilar, firmar un documento escrito "con alguien que dice que confía en tí más que nadie en el mundo es de por sí inmoral". Algunos otros títulos publicados son "El varón polígamo" y "Por favor, Mozart no!"
Al cumplirse más de 25 años del lanzamiento de su primera obra, Vilar hizo una versión revisada, oportunidad en la que le preguntaron si aún existe "el varón domado". "Existe, pero un poco diferente", dijo. "Ahora hay más mujeres que trabajan. Somos más independientes; hemos cambiado un poquito pero no hasta el extremo de no compadecernos a nosotros mismas", añadió.
En el prólogo de la nueva edición, Vilar sostiene que, por absurdo que parezca, los hombres necesitan el feminismo más que sus propias esposas. "Las feministas son las únicas que aún describen a los hombres como a éstos les gusta verse a sí mismos: egocéntricos, obsesionados por el poder, despiadados y sin inhibiciones en lo que se refiere a la satisfacción de sus instintos", explica.
Vilar, siempre mordaz, no duda en afirmar que hombres y mujeres "de ninguna manera pueden ser amigos, a menos que sean homosexuales". Otro tema, seguramente, para discutir en torno a una mesa de café. .
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Herrnnan88

Reclaman igualdad y ser tratadas como semejantes. Pero si la haces pagar la mitad de la cena te tratan de rata y de que no sos caballero 🤷‍♂️´ Logica feminista.

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blackbirbb

Y además están los boludos que la van de caballeros gritando a los 4 vientos que de ninguna manera van a dejar que pague una mujer, cuanto nos falta para avivarnos...

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Herrnnan88

@blackbirbb Ni hablar. Con mi novia pagamos entre los dos o paga a veces ella y a veces yo. Conozco muchos que cuando van al boliche, apenas encaran a una mina le dicen: "queres tomar algo?". Las minas están muy mal acostumrbadas.

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