La Triste Vida de un Cerdito







Poco recuerdo de mis primeros días de vida, fui el más pequeño de mi camada pero aún así mi mamita y mis hermanitos me querían mucho. Me preocupaba un poco porque mi mamá no se podía levantar pero ella nos decía que no nos preocupáramos y que siguiéramos jugando. Nos contaba varias historias pero con frecuencia nos advertía que algún día nos tendríamos que separar de ella para ir a un lugar mejor donde podríamos correr sin que se nos acabara el espacio con pastos verdes y grandes charcos de lodo para refrescarse. Me gustaba mucho escucharla. Un día conocí a los humanos, me gustaba que vinieran porque siempre traían mucha comida, suficiente para mis hermanitos, mi mamá y yo. Nos cuidaban mucho, limpiaban nuestro lugar y algunas veces hasta nos daban ración doble.


Pasaron varios días y los humanos separaron a mis hermanitos y a mi de nuestra mami, ella solo sonrió y soltó una lágrima, supongo estaba feliz por nosotros pero yo estaba triste porque no fue con nosotros. Creí que por fin iríamos a los pastos verdes tal como nos contaba nuestra mamá pero nos colocaron en cuartos separados y me sentía algo solo, al menos podía conversar un poco con dos de mis hermanos a través de una rendija. Platicaba con ellos preguntándoles que creerían que pasaría después e imaginamos que estábamos cada vez más cerca de los pastos verdes, por fin para jugar todo el día corriendo y saltando por doquier. Mi cuarto era algo grande para mi pero seguía teniendo el cuidado de los humanos que me lavaban y alimentaban, aunque a veces me golpearan porque me asustaba con el agua o porque me daban ganas de ir al baño cuando ellos limpiaban.

Mis hermanos crecieron mucho, más que yo, me sentía muy orgulloso de ellos y al mismo tiempo me entristecía porque yo no crecía lo mismo y eso que comíamos iguales porciones. Incluso el mayor de mis hermanos ya tenia muy poco espacio entre él y la pared. Poco tiempo después los humanos se llevaron a mi hermano, —Seguro se lo llevaron a los pastos verdes— pensé yo y me entusiasme tanto que hasta comía más rápido para alcanzar a mis hermanitos en tamaño. Ellos se fueron pocos días después que mi hermano, ya no cabían en sus cuartos, me quedé solo. Por alguna razón apenas creí la mitad que ellos. Eso me puso muy triste, creí que nunca los alcanzaría a los pastos verdes para volver a jugar con ellos como cuando éramos pequeños. Se me quitaron las ganas de comer y ya solo comía la mitad de mi ración.

Pasaron pocos días, me encontraba durmiendo cuando escuché que se abría mi puerta ¡Eran los humanos! Me entusiasme tanto, me levanté y di uno que otro brinco, creo que el humano sonrió por mi actitud y no era para menos pues por fin iba a alcanzar a mis hermanos. Me ató a un lazó y me llevó con él, pasé por el cuarto de mi mamá pero ya no estaba ahí, estaba una de mis hermanitas con ocho pequeños cerditos, no me dio tiempo de saludarla pues el humano me iba jalando de la correa y me desilusioné un poco porque ella no estaba en los pastos verdes con mis hermanitos como pensaba yo. Por fin llegamos a otro cuarto, era el cuarto del humano supongo, estaba muy limpio y todo se veía blanco. Lo vi sacar un instrumento puntiagudo el cual me clavó en mi pierna, no me dolió mucho, lo sentí como un piquete de una hormiguita pero casi al instante comencé a sentir mucho sueño, demasiado sueño hasta que caí al suelo en un sueño muy profundo.

Soñé que estaba por fin en los pastos verdes, corría detrás de mis hermanos y brincaba por las largas e interminables praderas, estaba muy contento cuando sentí un dolor insoportable, desgarrador, quería gritar pero no pude. Afortunadamente duró muy poco, de pronto todo fue paz y tranquilidad, sentí elevarme por los aires y pude abrir mis ojos pero lo que vi solo logro que me sintiera muy mal: vi mi cuerpo, siendo mordido y desgarrado por un monstruo metálico cuyos dientes remolían mi carne sin piedad ni cansancio. Otro monstruo metálico alzaba su mano para ofrecerle al que me comió otro de mis compañeros que parecía dormido. Este lo aceptó y lo destrozó sin piedad tal como hizo conmigo. Lloré, todo se desvaneció y me encontré en un vacío oscuro, fue el final, no me gustó nada este pasto verde, no era como lo imaginé.





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Escuché una voz, era mi madre, me sentí feliz pero no pude verla, ni moverme de donde estaba. Ella me explicó que los humanos nos utilizan a los cerdos para alimentarse y alimentar a los de su especie. El monstruo que me devoró era un demonio que masticaba la carne para procesarla y colocarla en tubitos para que así se la pudieran comer ellos. Mis hermanos fueron degollados y cercenados, despojados de sus vísceras y expuestos al público para ser cambiados en partes por trozos de papel o piedras redondas. Malditos humanos, los odio. Espero renacer en uno de ellos para tener el poder de quitarles a sus hijos, cercenarlos y descuartizarlos, venderlos por partes a cambio de miserias efímeras y solo reír con su dolor. Sí, lo haré.


¿Vos quieres una salchicha?