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Las clases de Cortazar en Berkeley






LAS CLASES DE JULIO CORTÁZAR



“Un rojo” en Berkeley









Curiosidades del genial escritor que, aun dando clases en una universidad de élite de California, nunca dejó de reírse de sí mismo


LAS CLASES de Julio Cortázar en la universidad de Berkeley no son magistrales ni académicas, tienen el tono de una prolongada conversación sobre el origen de sus ficciones, los recursos centrales de su obra y las distintas etapas de la trayectoria que lo consagró en la literatura argentina y latinoamericana.
Luego de rechazar invitaciones de otras universidades de Estados Unidos por razones ideológicas, a fines de 1980 aceptó la invitación de su amigo Pepe Durand para dar ocho clases de dos horas cada una, y dos conferencias, también integradas a este volumen que recoge sus exposiciones y diálogos con un centenar de alumnos del Departamento de Español y Portugués. Viajó con Carol Dunlop, dentro de un periplo que los llevó por México y, a juzgar por una carta a Félix Grande, buscaba sanear “las secuelas de diez años de una vida en común que se resiste a aceptar que a lo hecho, pecho”.
COMPROMISO POLÍTICO
Gran parte de su conversación está teñida por la afirmación de su conciencia social, el compromiso político con los movimientos de izquierda en América Latina y la denuncia de los crímenes de las dictaduras, desde la posición de un escritor sin otras ambiciones teóricas que las de fundamentar su camino personal y el de una generación que abrió a la literatura la experiencia política del continente, bajo el resguardo de la libertad para contar la realidad sin quedar sujeto a sus versiones más pedestres. Ajeno a la solemnidad y al rigor, disfrutó introducir la informalidad y algunos temas de la confrontación ideológica en las aulas norteamericanas, con el sesgo juvenil que lo acompañó siempre.
La mirada de Cortázar sobre su propia obra recorre las preocupaciones formales por el cuento fantástico y las oportunidades de revertir las convenciones sobre el tiempo y el espacio, relatos en donde “los personajes estaban al servicio de la trama”; el pivote que significó escribir “El perseguidor” en 1956, ya radicado en París, por la preocupación existencial y la relevancia del personaje en el relato, camino que se prolongó en Rayuela (1963), y bajo el impacto ideológico de la revolución cubana, los cuentos y novelas que acompañaron la última etapa de su producción, marcada por la conciencia de su pertenencia a la realidad social y política que lo reclamaba.
La actitud lúdica y metafísica frente a la literatura, el cuento fantástico y el realismo, el humor, la música, el erotismo, son tópicos que Cortázar transita con la lectura de fragmentos de sus textos, confesiones sobre las experiencias que los originaron, comentarios valorativos y referencias a otras obras, no muchas, de la tradición literaria y de sus contemporáneos. Los diálogos con los estudiantes no son muy relevantes porque el nivel de sus interlocutores es básico y solo en escasas ocasiones la intervención de un alumno dispara una reflexión de interés, en un disperso abanico de temas y autores.
SECRETOS DE RAYUELA
El mayor aporte de estas clases desgravadas es la confirmación de la sintonía de Cortázar más que con los problemas de la juventud, con su manera de abordarlos: el rechazo a las convenciones, la discusión de los supuestos de la lógica, el valor de la espontaneidad, de la irreverencia, y las celebraciones del azar que encontraron en Rayuelasu ícono más notable. En estas clases cuenta su génesis desordenada y el modo en que armó los fragmentos y anotaciones que había escrito a lo largo de muchos años: “fui a la casa de un amigo (Eduardo Jonquières) que tenía una especie de taller grande como esta aula, puse todos los capítulos en el suelo (cada uno de los fragmentos estaba abrochado con un clip,) y empecé a pasarme entre los capítulos dejando pequeñas calles y dejándome llevar por líneas de fuerza: allí donde el final de un capítulo enlazaba bien con un fragmento que era, por ejemplo, un poema de Octavio Paz, inmediatamente le ponía un par de números y los iba enlazando, armando un paquete que prácticamente no modifiqué. Me pareció que ahí el azar —lo que llaman el azar— me estaba ayudando y tenía que dejar jugar un poco la casualidad: que mi ojo captara algo que estaba a un metro pero no viera algo que estaba a dos metros y sólo después, avanzando, iba a ver”.
Uno de esos fragmentos es un ensayo de un uruguayo llamado Ceferino Piriz, enviado a un concurso organizado por la revista de la Unesco, en el que Cortázar intervino como jurado de preselección. Piriz proponía organizar la sociedad por ministerios de colores: el Ministerio del Blanco, el Ministerio del Negro, del Amarillo, de modo que uno se encargaba de las gallinas blancas y de la nieve, otro de las gallinas negras y del carbón, por ejemplo; también propuso un Ministerio de lo Pequeño, encargado entre otras cosas de las abejas y microbios, y un Ministerio de lo Grande, responsable de los rascacielos, las ballenas, las jirafas.“Ya que los franceses no le iban a dar el primer premio; se lo dieron a un ensayo muy cuerdo y muy mediocre”“me llevé el texto a mi casa y dije: yo te voy a dar mi primer premio, te voy a poner en mi libro”. Y allí quedó, completo, en las páginas de Rayuela. Cortázar nunca supo que Ceferino Piriz vendía carísimo un libro de su propia autoría, El Juez del Pueblo, entre otros trastos de su puesto en la feria de Piedras Blancas, y guiados por Rayuela dos estudiantes uruguayos, Eduardo Mizrahi y Rodolfo Lluveras, dieron con él en la primavera de 1968 (Mizrahi brindó testimonio de ese encuentro en el diario Página12, 18 de diciembre de 2013). “Muchos lectores quedaron completamente desajustados cuando llegaron a esa parte —comentó Cortázar en Berkeley— y de golpe se dieron cuenta de lo que estaba tratando de mostrarles: cómo un cerebro humano puede articular lógicamente algo que en el fondo es una locura. Lógicamente también se puede pensar que nuestra articulación de la sociedad es otra locura, lo que pasa es que no hay nadie que venga y nos diga: ‘Ustedes están completamente locos’, Puede ser que algún día en el futuro alguien demuestre que estábamos locos, que la nuestra es una sociedad de locos que podría ser diferente; yo por lo menos quisiera que fuera muy diferente porque creo que sería mejor”.
No escasean en el libro otros datos de interés sobre la obra cortazariana, el origen de cuentos célebres como “Casa tomada” (pesadilla de una mañana de verano que lo llevó a saltar de la cama a la máquina de escribir), “La noche boca arriba” (consecuencia de un mes y medio de hospital después de un accidente en moto en las calles de París, por no atropellar a una anciana), “La autopista del sur”, sus famas y cronopios, el collage de El libro de Manuel, que reconoce fallido, escrito en la urgencia política. Las dos conferencias integradas al Apéndice: “La literatura latinoamericana de nuestro tiempo” y “Realidad y literatura. Con algunas inversiones necesarias de valores”, exhiben el entusiasmo de Cortázar por la producción literaria del continente, de fuerte compromiso social, que la experiencia de las últimas décadas se encargó paulatinamente de apagar hasta convertirlas en piezas representativas de una época. Muchas de sus afirmaciones hoy lucen ingenuas, pero Cortázar tuvo la virtud de saber reírse de sí mismo con un aliento de íntima libertad que treinta años después sobrevive a sus mejores intenciones, junto a los logros de su enorme talento.
JULIO CORTÁZAR. CLASES DE LITERATURA. BERKELEY, 1980. Alfaguara, 2014. Madrid, 312 págs. Distribuye Random House Mondadori.


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