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Las matanzas nazis en Grecia y la deuda

segunda guerra mundial
De Distomo a Kalavrita, las matanzas nazis en Grecia que espolean a Tsipras


guillermo d, olmo golmo / madrid
Día 24/03/2015 -



El Gobierno de Syriza contraataca en las negociaciones sobre el rescate desenterrando lo más traumático del pasado alemán, los crímenes del III Reich.


Se estima que 250.000 griegos murieron durante la ocupación alemana.

El Gobierno griego reclama 162.000 millones de indemnización.

De Distomo a Kalavrita, las matanzas nazis en Grecia que espolean a Tsipras


El Gobierno griego ha decidido contragolpear a Alemania donde más duele, en el recuerdo de las atrocidades del nazismo.
En su encuentro de ayer con la canciller Angela Merkel, el primer ministro Alexis Tsipras volvió a poner sobre la mesa la reivindicación de que Berlín pague reparaciones por los estragos causados por ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial.
El asunto se ha convertido en el arma que esgrime el Gobierno de Syriza en busca de una reducción de la montaña de millones con la que Alemania ha contribuido a su rescate y ha reabierto el debate más peliagudo para la sociedad germana, el de la culpa.

Aunque voces como la de Bela Anda, que fue portavoz de Gerhard Schröder, han acusado a Tsipras de intentar un «chantaje moral», otras han afirmado la legitimidad de la causa griega, algunas, para incomodidad de Merkel, desde el SPD, el partido en el que se apoya su «gran coalición».

Los historiadores se afanan todavía hoy en cuantificar el dolor y destrucción causados por las fuerzas de Adolf Hitler en el territorio griego ocupado entre 1940 y 1944. Autores alemanes como Ulf Brunnbauer han hecho un llamamiento a la colaboración entre los investigadores de ambos países, algo que, a día de hoy, parece más probable que el entendimiento entre ambos gobiernos.

Se estima que 250.000 griegos murieron durante la ocupación, la mayoría de ellos de hambre. Por ello y por préstamos forzosos que el banco nacional hizo al III Reich, Grecia reclama unas reparaciones cuyo valor, no oficialmente confirmado, algunas fuentes sitúan en torno a los 162.000 millones de euros.

Pero, más allá de lo económico, está la sensación del daño moral, un sentimiento que Syriza ha sabido explotar para, no sin grandes dosis de nacionalismo, aglutinar a sus fieles en torno a la nueva causa nacional. El primer acto como primer ministro de Tsipras lo deja patente. Recién nombrado jefe de Gobierno, se desplazó a un memorial en las cercanías de Atenas en el que homenajeó a las víctimas del nazismo que allí perdieron la vida.

Son dos los topónimos que zahieren la memoria colectiva griega de aquellos años. Distomo y Kalavrita. En el primero de estos lugares, el 10 de junio de 1944, unidades de las SS comandadas por Fritz Lautenbach fueron puerta a puerta, sacando de sus casas a los vecinos. Como represalia por una reciente acción de la resistencia contra los invasores, asesinaron a 214 personas, entre ellas mujeres y niños. Según testimonios de los supervivientes, los nazis «pasaron a bayoneta a los bebés en sus cunas, acuchillaron a mujeres embarazadas y decapitaron al cura del pueblo». Un reportaje publicado entonces en la revista Life dio cuenta de aquel crimen y puso los pelos de punta a lectores de medio mundo.
Germanofobia

Matanzas como esta alimentaron una visceral germanofobia y una sensación de injusticia no reparada que los años de políticas de austeridad impuestas desde Berlín y Bruselas han resucitado. Este es el combustible de la llama de Syriza y uno de los motivos que explican la proliferación en los últimos años de una de las imágenes que más espeluzna al alemán medio, la de Angela Merkel caricaturizada como si de Hitler se tratara en las manifestaciones sureñas contra la troika.

«Aunque nos paguen, nunca les perdonaré; siempre veré a Alemania como el diablo». Son palabras a la BBC de Yorgos Dimopulos. Su padre fue una de las 498 víctimas del furor nazi, que prendió fuego a la población de Kalavrita el 13 de diciembre de 1943. Todos los varones mayores de 12 años perecieron. Las mujeres y los niños menores de esa edad fueron encerrados en la escuela local, que hoy es un museo que recuerda al padre de Yorgos y a los demás. Algunos de sus huesos están ahí. Lo que seguro que no imaginaban es que más de setenta años después, su tragedia convertiría en el argumento de presión de una Grecia endeudada con una Alemania que ha pasado de enemigo a socio.
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