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Lo humano en su dimensión moral

La moral de esclavos debe ser superada
La mano del piadoso nos quita siempre honor;

mas nunca ofende al darnos su mano el lidiador.

Virtud es fortaleza, ser bueno es ser valiente;

escudo, espada y maza llevar bajo la frente;

porque el valor honrado de todas armas viste:

no sólo para, hiere, y más que aguarda, embiste.

Que la piqueta arruine, y el látigo flagele;

la fragua ablande el hierro, la lima pula y gaste,

y que el buril burile, y que el cincel cincele,

la espada punce y hienda y el gran martillo aplaste. 




Poco importa lo que creas bueno o malo, justo o injusto; poco importa tu moral o la de tu vecino. Sólo importa quien tiene la fuerza para imponer su moral, sólo importa quien tiene la fuerza para imponer su política. Por ello la lucha es una condición indispensable para prevalecer o simplemente sobrevivir. "Humano eres si obedeces al que se impone, bestia si desobedeces", dice el hombre de la superioridad moral, embajador del bien y del mal, el que dice lo que está bien y lo que está mal.

La humanidad es un concepto biológico. No debería ser otra cosa. No obstante se le ha otorgado, mediante particular idealismo, una faceta que tiene que ver con lo moral y por lo tanto ha de asumirse, aunque sólo como concepto... para dilapidarlo. Existen hombres humanos, muy humanos, y otros... inhumanos. Desconozco cómo se concibe la idea de alguien que pueda ser hombre y a la vez inhumano y desconozco cómo de repente los hay humanos e inhumanos. Desde luego existen aquellos que son capaces de concebirlo. Lo conciben mediante una visión que alcanza lo patológico: aquello que no se rige bajo los preceptos morales que yo sigo, que son la bondad absoluta, son elementos más semejantes a las bestias, elementos sin alma, elementos sin ningún tipo de humanidad y todas aquellas cualidades propias de los hombres, humanos enfocados hacia el Bien. Esta idea es en sí misma criminal, pues es más fácil matar a una bestia que a una persona. Cuando se concibe una realidad así las carnicerías sólo necesitan un empujón para generarse.


Las matanzas morales adquieren dimensiones grotescas en la historia, son repugnantemente bellas pues el sinsentido de las acciones criminales esconde algo artístico, por caprichoso, por inmensamente aciago, por inevitable aveces y porque en ocasiones así debe ser, porque así está mandado, al no haber alternativa para dirimir las diferencias. Y no denoten en mi cierto grado de morbosidad o de contumelia infligida, pero es que no dejo de entrever en la tragedia una obra de arte sobre aquel aspecto más oscuro de lo humano, aunque también de lo más luminoso. El hacer del hombre es el arte de la historia, y en ese hacer se ha mascado siempre la tragedia: ¿acaso no es la sangre cayendo a borbotones, el crujir de los huesos y las vísceras desparramadas en el campo de batalla el hilo conductor de nuestra vida y de todo arte? ¿No es acaso todo lo que sea paz, arte aséptico o utopismo una reacción al hilo esencial, una visión poco realista de lo humano? El dramatismo de la historia es una hermosa obra de arte, la mayor obra que en ningún teatro ha podido imitarse, pues tal es su dificultad. El planeta Tierra, escenario de nuestras tropelías, matanzas y hecatombes, también el escenario de héroes, de amoríos y de esperanzas, un planeta perdido en un lugar remoto del universo, dibujando un espantoso espectro, como el hipnotizante zumbido del fuego. ¡La democracia y la corrección políticas han acabado con todo ese hacer de grandes hombres que hacían de sus decisiones, de sus acciones y de las consecuencia de éstas una obra de arte! La política ha perdido todo su colorido, la historia se ha vuelto aburrida, ¡es hora de que surja alguien capaz de ser protagonista de los sucesos, de generar grandes cambios y de agitar el tiempo, alguien capaz de hacer de su vida un arte y de la historia el nuestro! La Gran Política se echa de menos... Y lo echo de menos por ausente, no por nostalgia. Nuestro presente necesita de grandeza, tanta mediocridad harta.


El día que se comprenda de una vez que aquello que llaman inhumanidad, refiriéndose a algo que carece de las cualidades bondadosas del hombre, el día que aquello que llaman inhumanidad sea eliminado semánticamente como una actitud fuera de lo humano, cuando se entienda que es precisamente lo inhumano una enunciación esencialmente humana por excelencia, la moral caerá hecha añicos, como un cristal se hace añicos contra una roca, y por ende todos estarán preparados para entender completamente la dimensión humana de la persona, en un sentido biológico y psicológico, alcanzando la dimensión moral de lo humano, si ha de tenerlo, otro cariz; un cariz más amoral, entendiendo el hacer humano de una forma ajena al bien y al mal.


Y es que no creo en hombres malos ni en hombres buenos, sólo en hombres que actúan según sus preceptos o los de otros, o bajo su capricho: capricho del que luego se sienten culpables, por esa imposición de lo moral y de una sola forma de lo humano. Digamos que creo en hombres que hacen en cualquier momento lo que creen que es lo correcto, o lo necesario, o lo que tenían que hacer. Y es que si moral ha de haber, hemos de tener en cuenta que nuestra moral es nuestra propia conducta,nuestro propio hacer, y entonces la dimensión moral alcanzará su grado originario: el de costumbre. Y entonces la bondad alcanzará otro valor, el de la acción, el de la estética y el de la expresión de lo bello, habiendo ya no hombres encumbrados en la bondad o en la maldad por servir ciertos preceptos o por propio endiosamiento, sino hombres y mujeres naturalmente diferenciados entre el bien y el mal por su propio hacer, por su propia costumbre, y no por imperativo moral.


Así entiendo yo una mirada más allá del bien y del mal, así observo ese laberinto semántico, que tanto enloquece a los hombres, que tantos monstruos internos ha generado, penetrando y corrompiendo la conciencia humana. Así dilapido yo esa concepción de lo moral que tanto daño ha penado, hace y seguirá penando, en pos de mantener a los hombres divididos entre el bien y el mal, una moral que no se genera en el propio hacer humanos, sino que manda al hombre como afrontar su propio hacer.
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