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Los acueductos romanos, maravillas de la ingeniería



Los antiguos acueductos romanos están entre las obras de ingeniería más extraordinarias de la historia. El administrador del suministro de agua de Roma, Sexto Julio Frontino (35-c.103), dijo lo siguiente sobre esas construcciones: “A los beneficios tan numerosos y tan necesarios de tantos acueductos, van pues a comparar las pirámides que no sirven obviamente para nada o también las obras de los Griegos, inútiles, pero celebradas por todas partes”.

¿Por qué hacían falta los acueductos?

En el pasado, las ciudades se levantaban donde hubiera agua, y Roma no fue la excepción. En un principio, el río Tíber, así como los manantiales y pozos cercanos, suministraban suficiente agua a la ciudad. Pero a partir del siglo IV antes de nuestra era, Roma creció con rapidez y aumentó su necesidad de agua.

Puesto que había pocas casas con agua corriente, los romanos edificaron cientos de baños termales, tanto públicos como privados. El primer baño de la ciudad se alimentaba del Aqua Virgo, un acueducto inaugurado en el año 19 antes de nuestra era. Su constructor fue un buen amigo de César Augusto, Marco Agripa, quien dedicó gran parte de su fortuna a mejorar y ampliar el sistema de suministro de agua de Roma.

Los baños llegaron a ser lugares de encuentro; los más grandes tenían jardines y bibliotecas. Como el flujo de agua que llegaba de los acueductos no se podía detener, se le dejaba correr hacia el alcantarillado. Eso lo mantenía limpio de residuos, incluidos los que procedían de las letrinas de los baños.

Su construcción y mantenimiento

¿En qué piensa cuando oye la expresión acueducto romano? ¿En una hilera de arcos que se pierden en el horizonte? En realidad, los acueductos eran principalmente subterráneos. Solo un 20% del recorrido era sobre arcos. Así se ahorraba dinero, se protegía al acueducto de la erosión y se reducía al mínimo el impacto sobre los campos y las zonas pobladas. Por ejemplo, el Aqua Marcia, que se terminó en el año 140 antes de nuestra era, medía unos 92 kilómetros (57 millas) de largo, pero solo tenía 11 kilómetros (7 millas) de arcos.

Antes de construir un acueducto, los ingenieros evaluaban la fuente de donde planeaban tomar el agua: la cantidad de agua que se producía, su claridad y su sabor. También evaluaban la salud de las personas que bebían de ella. Una vez aprobada la fuente, se decidía la ruta, la inclinación, la anchura y la longitud del canal. Para la construcción se usaban esclavos. Las obras podían durar años y ser muy costosas, sobre todo si había que construir arcos.



Además, había que proteger los acueductos y darles mantenimiento, para lo cual, la ciudad de Roma llegó a emplear hasta setecientas personas. Cuando se diseñaba un acueducto se pensaba en el mantenimiento que necesitaría en el futuro. Por ejemplo, para acceder a los tramos subterráneos, se perforaban pozos de inspección. En caso de grandes reparaciones, los ingenieros podían desviar temporalmente el agua del tramo afectado.

Acueductos de la ciudad de Roma

A principios del siglo III ya existían once acueductos que abastecían a la ciudad de Roma. El primero, el Aqua Appia, se construyó en el año 312 antes de nuestra era, y solo tenía 16 kilómetros (10 millas) de largo, la mayoría bajo tierra. El Aqua Claudia, del que aún se conserva parte, medía 69 kilómetros (43 millas) y tenía 10 kilómetros (6 millas) de arcos, algunos de ellos de hasta 27 metros (90 pies) de altura.

¿Cuánta agua llevaban estos acueductos a la capital del imperio? ¡Muchísima! Tan solo el Aqua Marcia transportaba unos 190 millones de litros (50 millones de galones) diarios. Cuando el agua llegaba a las zonas urbanas —gracias a la gravedad— se dirigía a tanques de almacenamiento. De allí salían ramales hacia otros tanques o directamente a la gente. El sistema de distribución llegó a ser tan grande que se cree que suministraba unos 1.000 litros (265 galones) diarios por habitante.

El imperio siguió creciendo, y como dice la obra Roman Aqueducts & Water Supply (Los acueductos romanos y el suministro de agua), “adondequiera que llegaban los romanos, llegaban sus acueductos”. Hoy día, los turistas que visitan Asia Menor, Francia, España y el norte de África todavía pueden admirar estas antiguas maravillas de la ingeniería.
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