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Los aztecas, parte 2

Link a la primera parte: http://www.taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/18554308/Los-aztecas-parte-1.html
Link a la tercera parte: http://www.taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/18564076/Los-aztecas-parte-3.html


3)Situación Social
Es difícil, como iremos constatando a lo largo del ensayo, poder referirnos aquí a una misma sociedad, puesto que en los hechos convergieron dos mundos completamente distintos: uno lleno de prebendas y otro lleno de sufrimiento, famélico, sin derechos y con un sin fin de obligaciones. Por dar algunos ejemplos concretos de esta realidad, hay que señalar que los nobles tenían tierras propias, suntuosas casas (generalmente de dos pisos), esclavos para que les trabajasen los campos, estaban exentos de cargas impositivas y de los trabajos manuales; podían practicar la poligamia, portar joyas, enviar a sus hijos a las mejores escuelas (el pueblo no tenía acceso a la alta educación), no podían ser juzgados por tribunales ordinarios y así otros tantos beneficios. ¿El pueblo? Poco; muy poco a decir verdad. La única verdadera diferencia entre el cuidadano raso del imperio azteca con un esclavo era que este último era utilizado exclusivamente para los sacrificios religiosos. La condición de las masas era tan miserable que terminaban por venderse como esclavos a los pillis (nobles, burócratas). Naturalmente, esta injusta situación trajo consigo la generación de cierto resentimiento entre clases, pues los macehuales (gente del pueblo, obreros, campesinos, artesanos) producían y tributaban mientras los pillis vivían del tributo, dedicándose al ocio y a algunas tareas administrativas. Unos sudaban, sangraban y morían, mientras otros dormían, correteaban y cobraban por ello. 20.000 personas murieron en sólo dos años a causa de los trabajos forzados que demandó la construcción de la pirámide de Huitzilopochtli.


Cuenta Diego Durán que en los distintos pueblos mesoamericanos, especialmente entre los mayas:
"Comer maíz y frijol todo junto era un manjar, para los indios es costoso y no a todos le alcanza para poder hacerlo, y más si tiene hambre; sacar un puño de frijol para comer es sacarle un puño de pestañas. Y así, si comían frijol no comían maíz".

Naturalmente, su indignación y descontento no podrá ser expresado públicamente, pues eso implicaba ir contra el sistema sobre el que se erigía el imperio y podía considerarse un acto de sedición, castigado con la muerte. Si esto no es el fiel reflejo de una despótica oligarquía, entonces deberíamos preguntarnos: ¿qué lo es?

Como si fueran pocas las hasta ahora injusticias y degradaciones enumeradas hacia el pueblo, nos encontramos con que tampoco le estaba permitido usar ropas de algodón y mantos largos; "debían vestir con lienzos tejidos de hilo de lechuguilla y otras fibras ásperas". No se les permitía engalanarse con pedrería, aunque pudieran comprarla. También tenían prohibido colocar almenas en los muros de sus viviendas. Generalmente iban descalzos ya que su situación no les permitía costear el uso de sandalias (estaban hechas de piel de anima. Los nombres usaban corrientemente unas confeccionadas en oro). Cuando se desencadenaban guerras, algo harto frecuente, eran forzados a combatir; generalmente enviados como carne de cañón a las primeras líneas de la refriega.

El grupo más numeroso del pueblo lo constituían los mayeques (o masehuales), que describe Zurita como "labradores que están en tierras ajenas, porque las otras dos formas de tributarios queda declarado; y estos no las tienen sino ajenas; porque a los principios, cuando repartieron la tierra los que la ganaron, como se ha dicho, no les cupo parte... No se podían ir estos mayeques de unas tierras a otras, ni se vio que se fuesen o dejasen las que labraban, ni que tal intentasen, porque no había quien osase ir contra lo que les era obligado; y en estas tierras sucedían los hijos o herederos del Señor de ellas; y pasaban a ellos con los mayeques que las habitaban". Vemos entonces que en la práctica pueblo y esclavo fueron básicamente sinónimos. "Cuando el señor muerte y deja hijos -sigue Zurita- está en su mano repartir tierras patrimoniales y dejar a cada uno de ellos los mayeques y tierras que les pareciere, porque no son de mayorazgo, y lo mismo lo demás que tenían tierras y mayeques". La historiadora mexicana Rodríguez Shadow distingue entre la masa del pueblo llano seis clases de explotados: calpulleque, teccalleque, mayeque, tlacohtin, tlachtin de collera, mamaltin. Encontramos su descripción bastante precisa:

Calpulleque:eran los campesinos que cultivaban su parcela y pagaban tributo directamente al estado con las obras comunales.
Teccalleque:este sector social estaba formado por los miembros del barrio que trabajaban una parcela familiar y que entregaban tributo a un administrador nombrado por el gobierno.
Mayeque:eran los campesinos sin tierra a quienes se les cedía el derecho de cultivar en la tierra de los nobles.
Tlacohtin:en este estrato estaban agrupados todos aquellos que por deudas, embriaguez, comisión de delitos, por venderse ellos mismos o por terceros debían entregar al estado o a particulares su fuerza de trabajo a cambio de comida.
Tlacohtin de collera:este sector constituía una variante del anterior; estaba compuesto por los individuos que habían faltado al cumplimiento de sus funciones de esclavo y que, por ello, podían ser conducidos al mercado donde solían venderse como "carne" de sacrificios.
Mamaltin:esta era la condición de todas aquellas personas que eran capturadas en la guerra. Podían explotarse como fuerza de trabajo o podían ser llevados a la piedra de los sacrificios.

El ascenso social era prácticamente imposible e impensado, como reconoce entre otros el insospechado etnógrafo Soustelle y, en realidad, por su condición original, tampoco significaba ea estos grandes beneficios. En teoría, cualquier hombre que hubiera hecho acción de gran mérito -particularmente en la guerra- podía escalar en la pirámide social. Uno pensaría que, por ejemplo, un acto heroico en batalla -como el arrojo solitario frente a multitud de enemigos o salvar la vida de uno o más compañeros, de igual o mayor rango- traía consigo gran reconocimiento y recompensa. Pero no; este reconocimiento del rey -que solo raramente concedía- era simbólico y no acarreaba al hombre llano ningún beneficio ni cambio sustancial a su vida, más que un permiso para utilizar prendas de algodón y beber pulque públicamente, permitiéndosele también comer y bailar entre los principales; pero, como bien apunta un historiador, "seguían siendo macehuales". Sus derechos, por así decirlo, eran, en teoría, poder intervenir en la designación del cacique -que generalmente se olvidaba de ellos al momento de ser electo, tal como sucede en los regímenes partidocráticos vernáculos- y asistir a las ceremonias religiosas. Cuando morían, los macehuales solo podían ser cremados, mientras los estratos sociales altos eran sepultados".

Por lo tanto, no es de extrañar que ante este cuadro, aquellos pobres desgraciados se volcaran de lleno al suicidio y la bebida, convirtiéndose la embriaguez en un rasgo distintivo, casi patológico, de los estratos bajos.

4)Leyes, delitos, castigos:

Cada ciudad principal tenía un juez supremo nombrado por el rey que, según Prescott, tenía jurisdicción para iniciar y concluir las causas civiles y criminales, de cuya sentencia no podía apelarse a ningún otro tribunal ni al monarca. En los procesos no se utilizaban abogados, considerándose a los testigos como prueba principal y elemento esencial del proceso -además del juramento del acusado-. Las leyes aztecas se promulgaban y recopilaban en pinturas jeroglíficas. Los nobles y el resto de las clases dirigentes y/o privilegiadas eran juzgadas en privado, mientras los plebeyos eran juzgados, sentenciados y flagelados públicamente.

Parece que a diferencia de los incas, la codificación punitiva azteca no establecía el castigo específico para cada delito, dejándose a criterio del juez de turno, que además de la pena de muerte podía ordenar la tortura o mutilación del acusado, como así también su destierro y la confiscación de sus bienes. Resulta de interés una observación que al respecto hace un estudioso del derecho azteca:
"En el procedimiento penal, los delitos se perseguían de manera oficiosa, de tal forma, que cuando la falta era más grave, el proceso se tornaba más sumario; sistema criticado por los modernos penalistas, quienes aseguran que la defensa del inculpado se veía afectada por la brevedad del proceso.
(...) Reinaba la pena de muerte, utilizada de muy diversas maneras y para diversos delitos. Para aplicarla se empleaba la hoguera, horca, ahogamiento, apedreamiento, golpes de palos, degollamiento, empalamiento o desgarramiento del cuerpo, además podía haber aditivos infamantes, incluso contra los familiares hasta el cuarto grado, haciéndose extensiva una amonestación verbal a los parientes del delincuente. Aunado a lo anterior, no había distinción entre autores y cómplices, todos recibían la misma sanción".

Como bien apunta el historiador y filósofo Alberto Caturelli, la desigualdad social entre los aztecas es patente incluso en las leyes imperiales, donde el castigo del adulterio era penado con la muerte para los plebeyos y permitido a los estratos privilegiados.

Casi todos los delitos eran considerados atentatorios contra la sociedad y eran castigados indefectiblemente con la muerte. No obstante, no juzgamos aquí como injustas todas sus leyes, pues existían indudablemente algunas justas y útiles, como por ejemplo aquellas que tendían o intentaron proteger la institución del matrimonio - siendo, aparentemente, difícil obtener el permiso para el divorcio- y la procuración regular de cierto orden. Lo que aquí condenamos es la severidad que traía aparejado el castigo de casi todo delito y la finalidad por la que muchas veces se utilizaba: ensanchar las filas de víctimas para sacrificios humanos. La desproporción entre el delito y el castigo era alarmante, siendo un claro ejemplo de ello la ley que ordenaba la pena máxima para quien robara siete mazorcas o vistiera brazalete de oro (sin ser noble) y/o cometiera otras infracciones menores como las mentadas. A los niños desobedientes de 11 años, comenta Von Hagen, los padres los castigaban clavando y pinchando su cuerpo con espinas hasta que sangrara o mismo haciéndolos inhalar humo. A los doce años, el castigo estribaba en desnudarlos y dejarlos en la tierra boca abajo un tiempo largo con sus manos atadas por la espalda. El mismo etnólogo, que vivió y visitó en numerosas ocasiones aquellas regiones para sus investigaciones, señala -citando en su apoyo al Códice Florentino- que no pocas infracciones menores eran castigadas con cruentísima saña, torturando al individuo, clavándole espinas en todo el cuerpo hasta que la sangre brotara a raudales.

Por cierto que los niños y los menores de edad no escapaban al rigor de los mexicas:
" (...) los pinchazos en el cuerpo con púas de maguey, hacerlos aspirar el humo de chiles asados, atarlos durante todo el día a un árbol en la montaña e incluso reducirlos a esclavos".

Casi todos los transgresores de la ley eran castigados con la muerte u otras severísimas penas. El adulterio se penaba con la muerte, aunque en ocasiones se dejaba que el castigo lo aplicara el mismo marido, quien arrancaba a mordiscos la nariz a su esposa y al amante. Otros pueblos imponían castigos aun más severos, como el caso de los purépechas que, en caso de que los adúlteros hubieran asesinado al marido, el varón era quemado vivo mientras le arrojaban agua y sal hasta su muerte. Aunque entre los aztecas, si el adúltero o transgresor pertenecía a las clases principales, solo raramente se le aplicaba la ley común y ordinaria; se conmutaba el delito por una pena menor o se lo condonaba. Ciertamente que "pertenecer", entre esos indígenas, tenía sus innegables privilegios.

Varios autores coinciden en que entre los aztecas existían cuatro formas de ejecuciones muy comunes. Al adúltero hombre se los expulsaba de la ciudad y se lo daba a perros y auras para que lo devoraran vivo; a la mujer se la estrangulaba. A los fornicarios (cualquiera su especie) se lo apaleaba y luego se lo quemaba, siendo sus cenizas luego arrojadas al viento. Las mujeres adúlteras, nos dice el historiador José Tudela de la Orden, "eran descuartizadas, estranguladas, quemadas, o dejadas vivas a la voluntad vengativa del marido". A los sacrílegos se los arrastraba con una soga en el pescuezo y se los ahogaba en lagunas. La blasfemia o mismo poner en duda la eficacia de la oración, era castigada con la muerte.
Finalmente, a los delincuentes más graves o prisioneros de guerra se los sacrificaba abriéndoles el pecho y sacándoles el corazón, pero también podía ser ejecutado de las siguientes formas: degollado, quemado, aspado, desollado, empalados, despeñados, asaetados, entre otras cosas. También existía pena de muerte para los delitos de asesinato, traición, aborto provocado, incesto, violación, robo con fractura. Una acción fraudulenta, como alterar en un mercado las pesas y medidas establecidas con anterioridad, era también castigada con la muerte del ejecutor del delito. Incluso la embriaguez era considerada un grave delito, merecedora casi siempre del castigo de muerte, salgo para los ancianos, guerreros y nobles. Parece que las leyes aztecas permitieron a veces el consumo de alcohol dentro de las casas, pero no se consentía la embriaguez pública, por ser considerada una de las principales causas de escándalo y desorden, que muchas veces llevaba a rencillas y asesinatos. Por este motivo, el consumo de pulque fue escrupulosamente controlado; los "borrachos escandalosos" eran trasquilados en la plaza pública. A los que se embriagaban habitualmente les era derribada la casa, los privaban de los oficios públicos que tuviesen y se les inhabilitaba para tenerlos en adelante. Según el Códice Mendocino, había pena de muerte para el mancebo del Calmecac, el sacerdote y la mujer moza que se emborrachaban. Según Francisco Clavijero, la embriaguez en los jóvenes era castigada con la pena capital: el varón era molido a palos en la cárcel y la joven apedreada hasta morir. Al que decía mentira importante que perjudicara gravemente la fama o vida de otro, se le cortaba parte del labio y las orejas. No obstante, las leyes vigente de Alcohuacan eran iguales o más severas que las de los mexicanos. Por ejemplo, a los ladrones del campo se los castigaba con la muerte y al sodomita pasivo se le arrancaban las entrañas. También los pródigos eran castigados con el último suplicio. Según Von Hagen, para los aztecas no existía ningún delito tan grave y aberrante como la hechicería, que se castigaba con especial dureza: al castigo de muerte le precedían interminables torturas. El escándalo público fue severamente sancionado por casi todos los pueblos nahuas. Cuenta Fray Motolinia que mientras recorría uno de los admirados mercados de Texcoco, una mujer fue condenada a muerte por las autoridades del lugar por dar escándalo público. Al parecer la rencilla había surgido entre dos mujeres por algún desacuerdo respecto al precio o calidad de un producto, llegando a la agresión física cuando una propinó un golpe a la otra, quedando todos los presentes sorprendidos.

No obstante, conviene señalar que varias de esas leyes y castigos aplicados por los aztecas, venían de larga data en la región. Los propinados por los tepanecas a los infractores eran severísimos, especialmente cuando estuvieron regidos por tiranos como Tezozómoc y Maxtla.
Incluso, como cuenta el notable historiador indígena Fernando de Alva Cortés Ixtlilxóchitl, el respetado y justo soberano de Texcoco y emperador de los chichimecas, Netzahualcóyotl, fue responsable de la promulgación y confirmación de una serie de leyes no menos severas, entre las que encontramos las siguientes: el castigo de extraer las entrañas al encontrado culpable del delito de sodomia -homosexualidad-. Al traidor se lo hacía pedazos por sus coyunturas y su casa saqueada, quedando sus hijos y los de su casa como esclavos hasta 4ta generación. A los que usaban divisas o mantas de los reyes lo mataban a porrazos en la cabeza; en México le cortaban una pierna. Los adúlteros que mataban al adulterado eran quemados vivos lentamente mientras le echaban sal y agua para que sufriera más hasta que moría; si era mujer, moría ahorcada. Los encontrados borrachos, si eran plebeyos, le trasquilaban la cabeza y su casa era saqueada y tirada abajo. Al soldado que desobedecía se lo degollaba, al igual que al que birlara un cautivo a otro. Incluso dispuso que se castigase con la muerte a los historiadores que pintaran hechos falsos.


Otro importante historiador indígena, Bautista Pomar, desde su Relación de Texcoco, confirmando lo anterior, brinda algo más de detalle en cuanto a los castigos aplicados a los culpables del delito de traición:
" (...) porque el que era hallado o tomado por principal en este delito lo despedazaban vivo, cortaban por sus coyunturas con unos pedernales agudos, y tiraban con los miembros pedazos que cortaban, a la gente que a la mira se hallaban, procurando por esta vía eternizar en la memoria de los hombres tan espantable castigo, para que no se atreviesen jamás a intentar semejante cosa; y a los demás que hallaban culpados en ello eran ahorcados, y los bienes muebles de los unos y de los otros eran dados a sacomano, y las casas derribadas y sembradas de salitre, y las tierras confiscadas por el rey, quedando todos sus descendientes infames... eran tan abominable este delito".

Al menos durante la regencia del texcocano Netzahualcóyotl, los castigos se aplicaban a todos por igual, sin importar parentesco, género o condición social. Y para que el mensaje quedara claro, no dudó el monarca en ejecutar él mismo la sentencia de muerte de uno de sus hijos, encontrado culpable del delito de homosexualidad. No fue el único caso. Huexatzincatzin, hijo del soberano Netzahualcóyotl, fue condenado a muerte por su padre al haber sido encontrado fornicando con la mujer legítima de este, que era hija del rey de México. Tampoco se salvó la adúltera de la muerte, a pesar de su condición real, siendo ejecutada con todos los implicados en el delito directa o indirectamente. Los ladrones, cuenta el mismo autor, eran ahogados con lazos que les echaban a los pescuezos hasta morir.

También encontramos leyes similares entre los tlaxcaltecas (que condenaban a muerte al hijo díscolo, rebelde y/o perezoso) y la mayor parte de las culturas de la región.
Casi todos los soberanos mexicas se caracterizaron, como hemos dicho, por una extrema sanguinariedad en sus acciones, particularmente durante la guerra y sobre los pueblos sojuzgados. Aunque podríamos destacar entre todos estos al tirano Moctezuma II, quien no vacilaba un instante en ejecutar y torturar a una persona por los motivos más insólitos, incluso a los de su círculo más íntimo.

Una conocida anécdota tomó lugar en vísperas de la llegada de los españoles a la capital mexicana. Moctezuma, supersticioso en exceso, se encontraba tan preocupado por los signos desfavorables que las profecías mencionaban, que raramente lograba conciliar el sueño, y cuando lo hacía, soñaba cosas terribles, como la destrucción de su imperio y su propia muerte. Ante este cuadro de incertidumbre y pánico, había mandado a buscar, sin perder tiempo, a los ancianos más sabios de la capital, para que le ayudasen a interpretar el verdadero valor de los signos de sus sueños y de las profecías. El caso lo cuenta con minucioso detalle Diego Durán, informado por los mismo indígenas, de cuya obra transcribimos algunos pasajes:

"Moctezuma habiendo estado atento a lo que los viejos y viejas habían dicho, viendo que no era nada en su favor, sino que antes argüían a los malos pronósticos pasados, con una furia y rabia endemoniada, mandó que aquellos viejos y viejas fuesen echados en cárcel perpetua y que les diesen de comer por tasa y medida hasta que murieran.
(...) Los sacerdotes de los templos, que también habían sido avisados que hiciesen memoria de los sueños que soñasen, de las visiones que viesen en los montes, en los collados, en las cuevas, en los ríos o en las fuentes, viendo lo que pasaba con los viejos y viejas, habiendo soñado muchas cosas y visto y oído otras en sus oráculos y sacrificaderos, hiciéronse de concierto entre todos de no declarar cosa ninguna, temiendo no les sucediese lo que a los viejos y viejas.

(...)El rey, viendo que acudían a decirle cosa ninguna, los mandó llamar y con palabras blandas les empezó a decir: "¿Es posible que no habéis soñado ninguna cosa ni visto?". Ellos le respondieron que no. Moctezuma les tornó a decir que les daba término de quince días para que advirtiesen en lo que soñasen, viesen y oyesen. Ellos, habiéndose unos a otros, se tornaron a concertar entre sí de no le declarar cosa ninguna, que aunque más amenazas les hiciese.

Cumplidos los quince días los mandó llamar y ellos temerosos parecieron ante él. El cual les dijo: "¿Habéis advertido lo que os mandé?". Ellos le respondieron: "Señor poderoso, si por quebrantar tu mandamiento merecemos muerte y ser aniquilados por tu poderosa mano, ¡cuánto más lo mereceríamos, si ofendiendo tus orejas, te dijiésemos alguna mentira! Lo que te sabemos decir y certificar es que nosotros no hemos visto, ni oído, ni soñado cosa que toque a tu persona, ni a lo que deseas saber".

El les respondió con rostro enojado y airado: "No es posible sino que vosotros, o no me queréis decir la verdad, o menospreciáis mis mandamientos, o que no tenéis cuenta con lo que toca a vuestros oficios, que es mirar y velar en las cosas de la noche". Y, llamando a los carceleros, los mandó echar a todos atados en jaulas y que muriesen allí de hambre.

Ellos le respondieron que, pues tanto insistía en querer saber su desventura, que lo que hallaban por las estrellas del cielo y por todas las demás ciencias que sabían: Que había de venir sobre él una cosa tan prodigiosa y de tanta admiración, cual nunca había venido sobre hombre, y mostrando enojo e ira uno de los más ancianos que allí estaba preso, dijo que lo oyeron todos: "Sepa Moctezuma que en una sola palabra le quiero decir lo que ha de ser de él. Que ya están puestos en camino los que nos han de vengar de las injurias y trabajos que nos ha hecho y hace. Y no le quiero decir más, sino que espero lo que presto ha de acontecer".

(...) Todo lo cual le fue contado y dicho a Moctezuma y, sin mostrar ninguna pesadumbre, antes rostro sereno y alegre, pretendiendo sacar de ellos todo lo que deseaba, dijo a los señores: "Ruego que vayáis allá y le tornéis a preguntar qué modo de gente es la que viene, qué vía o qué camino trae y qué es lo que pretende".

Ellos fueron a cumplir su mandado y llegados a las cárceles, no hallaron hombre en ellas. Los carceleros temerosos de la ira del rey, viendo que los presos se les habían ido, dejando las cárceles cerradas, como estaban con sus piedras y cerraduras, se fueron a postrar delante del rey y a mostrarle su inocente y no haber sido causa de su ida, sino haber sido por sus artes y mañas.

Moctezuma los mandó levantar diciendo que no se les diese nada que él los castigaría, y mandando fuesen a todos los lugares de que aquellos hechiceros eran naturales, que les derribasen las casas, les matasen a sus mujeres e hijos y les cavasen los sitios de las casas hasta que saliese al agua de ellos: que todas sus haciendas fuesen saqueadas y robadas de los muchachos y que, si ellos pareciesen o fuesen hallados en algún templo, fuesen apedreados y echados a las bestias. El cual mandato fue luego cumplido.

Echando sogas a las gargantas de sus mujeres e hijos fueron arrastrados por toda la ciudad, y sus haciendas saqueadas y robadas de los muchachos y mozos de las ciudades de donde eran vecinos, y sus casas derribadas y cavadas los sitios hasta descubrir el agua. Los hechiceros nunca más fueron hallados, ni se tuvo más noticia de ellos, aunque en busca de ellos se puso toda la diligencia posible".


Por todo lo visto, y luego del estudio paciente y minucioso de esta cultura, concluye Caturelli:
" (...) No parecen estas "leyes" ni justas ni discretas, sino propias de una atroz tiranía totalitaria, expresión coherente de una visión místico-mágica del mundo".


FUENTES:
1) 1492, FIN DE LA BARBARIE Y COMIENZO DE LA CIVILIZACIÓN EN AMÉRICA de Cristian Rodrigo Iturralde

2)LAS CULTURAS PRECOLOMBINAS de Henri Lehmann

3) THE AZTEC: MAN AND TRIBE de Victor Von Hagen

3)LA ORGANIZACIÓN POLÍTICA Y SOCIAL DE LOS AZTECAS de Manuel Moreno

4)THE ANCIENT SUN KINGDOMS OF THE AMERICAS de Victor Von Hagen

5)HISTORIA DE LOS INDIOS DE LA NUEVA ESPAÑA de Fray Toribio de Motolinia

6)DE TEOTIHUACAN A LOS AZTECAS de Miguél León Portilla

7)HISTORIA ANTIGUA DE MÉXICO de Francisco Clavijero

8)LA CIVILIZACIÓN AZTECA de George Vaillant

9)LA VIDA COTIDIANA DE LOS AZTECAS de Jacques Soustelle

10)LAS ANTIGUAS CULTURAS MEXICANAS de Walter Krickeberg

11) RELACIONES DE TEXCOCO Y DE LA NUEVA ESPAÑA de Pomar-Zurita

12) LA MUJER AZTECA de María Rodríguez Shadow

13)HISTORIA DE LA NACIÓN CHICHIMECA de Fernando de Alva Cortés Ixtlilxóchitl


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