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Los incas, parte 1



¿Quiénes fueron los Incas? ¿Fue éste imperio un modelo de justicia social dedicado filantrópicamente al arte y al desarrollo cultural o espiritual del individuo y de la sociedad? Dejemos la palabra a un testigo presencial de aquella realidad; el célebre jesuita José de Acosta (1540-1600):
"El totalitarismo del imperio inca, ajeno al mundo circundante, flotando en una cierta intemporalidad, se diría pensado para durar indefinidamente. Aquel mundo hierático y compacto, alto y hermoso, mayor que media Europa, y con un ejército perfectamente organizado, tan adiestrado en la defensa como en el ataque, fue conquistado rápidamente por un capitán audaz, Francisco Pizarro, con 170 soldados. Parece increíble".

Son muchos los que se maravillan de la extensa red de caminos, puentes y calzadas construidas por los incas, que conectaban de punta a punta el imperio. Así también, otros se obnubilan ante algunas de sus sencillas construcciones, como templos y palacios y la afamada Machu Pichu, aunque no lograran el refinamiento de la arquitectura maya o azteca. Otros, en cambio, se admiran de sus variadas expresiones artísticas vertidas en todo tipo de cerámicas, estelas y murales. Lo que tal vez no muchos se detengan a meditar es la verdadera finalidad de aquellas construcciones y redes, ni tampoco cuál fue su costo. Se rinden ante la estética del arte, pero no se repara en lo que de verdad reflejan sus rasgos; que no son ciertamente la expresión de un pueblo boyante y próspero, sino de uno abatido, desfallecido, postrado, triste. Y a decir verdad, nos corregirá algún entendido en esta disciplina, no tratamos aquí con obras sublimes realizadas por alguna exquisita técnica desconocida por la humanidad. Su importancia reside solo en cuanto a reflejo característico de una cultura. Ni más ni menos.



En cuanto a sus inmensas edificaciones, no debemos confundir el espíritu motivador de estas acciones. No hay que detenerse demasiado en estudios del período y de esta cultura para advertir que estos respondieron a razones plenamente materiales y económicas más que a cuestiones religiosas, humanitarias, comunitarias, interconectares de distintas ciudades, tuvieron como objeto principal recoger en forma sencilla y rápida los altísimos tributos exigidos a las regiones sometidas, constituyendo a la vez un eficaz método de vigilancia y control sobre éstos - pues este acceso directo y fluido, sin obstáculos a las distintas regiones, permitía a los ejércitos imperiales reprimir en forma inmediata cualquier insurrección o motín detectado contra el gobierno central incaico-.

El eficiente y relativamente ligero servicio de comunicación y correo entre todas las regiones del imperio fue notable, pudiendo recorrer 1250 millas en cinco días. Hay quienes atribuyen a los incas la creación de lo que hoy denominamos servicio de correo Express, aunque lo cierto es que este sistema había sido utilizado ya por varias culturas preincaicas como los moches. El sistema era bastante simple, organizado mediante una suerte de postas y carreras de relevo. Quienes trabajaban en ello eran llamados chasquis; que eran hombres -elegidos entre los más rápidos- que se ubicaban en distintos puntos del imperio por una determinada cantidad de tiempo siendo luego, cuando les llegaba una encomienda, relevados por otros.

¿Quiénes construyeron estas obras monumentales y a qué costo?, podrá preguntarse seguidamente. Nadie más que los eternos desgraciados que conformaban la masa del pueblo y los esclavos; al costo de la muerte o de un agotamiento extremo, espiritual y físico que los llevaba inexorablemente a ella. Refiriéndose a las construcciones de los peruanos y al esfuerzo estoico de los trabajadores/esclavos que transportaban pesadísimas piedras por ríos y fatigosos caminos, dice Prescott: "(...) en él vemos la obra de un despotismo que disponía absolutamente de las vidas y haciendas de sus vasallos (...) cuando ocupaba estos vasallos en su servicio les estimaba en poco más que los animales, en cuyo lugar les empleaba".

Lo cierto es que el pueblo era sometido a todo tipo de trabajos forzados, durísimos todos, en interminables jornadas donde no existían los descansos ni días libres. Aunque lo más doloroso para estos eran los traslados forzados a regiones extrañas e inhóspitas, en climas o temperaturas a los que no estaban habituados -motivo por el cual muchos morían- y la separación abrupta de su familia, de sus padres e hijos, sabiendo casi con total certeza que jamás volverían a verse; al menos con vida. La reproducción de la escena conmovería al hombre más inmutable.

Las deportaciones en masa fueron muy frecuentes, mudando por distintos motivos a unas poblaciones a tierras de otra y viceversa. Uno de ellos, sino el principal, estaba relacionado al control de las poblaciones vencidas en guerras, que eran desparramadas por todo el imperio a fin de forzar su mezcla con pueblos/habitantes considerados "fieles", y a su vez, los pobladores de las provincias fieles eran enviados a las comarcas levantiscas o recién conquistadas a fin de predicar lealtad con su ejemplo". En los hechos, estas fuerzas "fieles" constituían una suerte de policía de inteligencia/pensamiento del Estado, que informaba sobre cada movimiento, sospechoso o no, de los nuevos "ciudadanos". De esta suerte, dice el catedrático Luis Alberto Sánchez, "la población se dividía en llactarunas (o nativos) y mitimaes (o trasplantados). Se atribuye al gran número de mitimaes el sello de tristeza en la música, expresión y canciones incaicas".

Breve historia:
Anterior a los Incas había florecido en esas regiones culturas como la Nazca (II-VIII d.C), Moche (I-VII d.C), Chavin (III-IX d.C) y Tiahuanaco (IV-X d.C), entre las más sobresalientes del antiguo Perú -consideradas por algunos autores como más relevantes que los incas, particularmente las últimas dos.

Parece haberse probado suficientemente que el incaico fue un imperio fundado por extranjeros y no por hombres oriundos de esas tierras.

El imperio inca llegó a ser en tamaño casi cinco veces más grande que el de los mexicas. En su máximo esplendor (siglo XV), ocupó gran parte de la cordillera de los Andes, desde el norte de Chile y Noroeste argentino hasta el sur de Colombia, cubriendo los territorios actuales de Bolivia, Perú y Ecuador. Se estima que contó con una población cercana a los tres millones de habitantes. La capital, desde donde todo se regía y partía la organización, era Cuzco. Con el fin de lograr administrar eficazmente todo el territorio a él sometido, el vasto imperio se dividió en cuatro regiones de acuerdo a su ubicación cardinal: Chinchay-Suyu, Anti-Suyu, Cunti-Suyu y Colla-Suyu. En relación a los emperadores, son conocidos -o mejor conocidos- los últimos cuatro, aunque fueron 12 en total -o 13, dependiendo el autor- quienes construyeron aquel imperio.
Por orden cronológico: 1) Manco Cápac; 2) Sinchi Roca; 3) Lloqui Yupanqui; 4) Mayta Cápac; 5) Cápac Yupanqui; 6) Inca Roca; 7) Yáhuar Huaca; 8) Viracocha; 9) Pachacuti Inca Yupanqui (1438-1471); 10) Topa Inca Yupanqui (1471-1493); 11) Huayna Cápac (1493-1525); 12) Huáscar y Atahualpa (1525-1532).

Según la tradición incaica, los incas descendían de Manco Cápaz, hijo del Sol, que se estableció en Cuzco en el siglo XIII. El imperio logró su máxima expansión territorial con Huayna Cápac, que había sucedido en el trono a otros dos reyes históricos del período como Pachacuti Inca Yupanqui y Túpac Inca Yupanqui. A su muerte se originó la, tal vez, más cruenta guerra civil y fraticida que conoció el mundo precolombino. Poco antes de su deceso, había decidido dividir el imperio entre sus dos hijos en partes más o menos equitativas: el reino de Cuzco debía ser para Huáscar y el de Quito para Atahualpa. ¡Gran error! Atahualpa, inconforme con lo que le tocaba, comenzó una guerra sin cuartel contra su hermano a fin de obtener la totalidad del dominio del imperio, logrando finalmente vencer y tomar como prisionero a Huáscar, a quien torturó salvajemente antes de ejecutar -al igual que a todos sus familiares-. Es en este preciso momento de guerras, intrigas e inestabilidad política y social, que llega Pizarro y un puñado de hombres, y con la ayuda de tribus descontentas del incanato, conquistan el Perú.



Al igual que los otros pueblos mesoamericanos, vivieron en permanente estado de beligerancia. El servicio militar era obligatorio, y según se estima, la décima parte de la población estaba constantemente guerreando. Normalmente, antes de conquistar un pueblo por las armas se intentaba ganarlo por la persuasión o el temor, lo que pocas veces les funcionó. Reconoce Prescott, tan poco simpático a la causa española, que los incas proclamaban paz y civilización con la punta de la espada". Una vez conquistados los pueblos, se pasaba a la siguiente etapa:

Por regla general, se mantenían en vigencia los clanes locales, pero se los debilitaba al hacerlos depender de la autoridad administrativa de los incas, imponiéndoles el culto del Sol y el empleo de la lengua de los conquistadores, el quichua. Los hijos de los jefes locales eran trasladados al Cuzco en calidad de rehenes y allí recibían una educación adecuada a su categoría. De este modo, los incas se aseguraban súbditos sumisos por doquier. En aquellos casos en que, pese a todas estas precauciones, se hacía sentir una resistencia local, trasplantábase a la población entera a regiones alejadas del imperio; era lo que se llamaba el sistema mitimac. La nobleza, clase de la cual provenían todos los funcionarios y delegados de los Incas, así como los oficiales del ejército, comprendía en primer lugar a los miembros de la familia del Inca; se asimilaban a ella los antiguos jefes de las naciones sometidas y sus descendientes; pero jamás se les atribuía cargos importantes.


Las armas de las que se valían eran hondas, boleadoras, mazas de piedras y metal, y solo raramente, utilizaron el arco y flecha, algo más propio de regiones del norte. Para procurar su defensa contaron con escudos y cascos de cuero y vestidos rellenos de algodón, que intentaban amortiguar los impactos enemigos.

Rasgos salientes del imperio incaico:
Los incas, al igual que los aztecas, no se limitaban a apropiarse de la tecnología, mujeres y bienes materiales de los vencidos, sino que suprimían las identidades de estos pueblos conquistados sin dejarles, muchas veces, siquiera el idioma, como sucedió de hecho con la imposición del quechua. También les imponían su organización social -los ayllus- y su religión; su dios el Sol, ordenando su veneración y la construcción de templos en su honor. Los dioses propios de los pueblos conquistados pasaban así, en el mejor de los casos, a ser una suerte de dioses o divinidades menores. La blasfemia a este dios -que pasaba a ser así el titular- era castigada con la muerte. Aun las ofensas menores -de los pueblos conquistados hacia la nueva divinidad-, señala un historiador sajón, eran castigadas con la misma pena, comentando seguidamente que "en las rebeliones y alzamientos se hicieron los castigos tan ásperos, que algunas veces asolaron las provincias de todos los varones de edad sin quedar ninguno". Guamán Poma de Ayala cita el mandato de Tupac Inca Yupanqui para con los pueblos conquistados: "Mandamos que en nuestro reino ninguna persona blasfeme al Sol mi padre, ni a la luna mi madre, ni a las huacas ni a mí el Inca ni a la Coya, pues los haría matar... Mandamos que no haya ladrones ni asaltantes y que en la primera falta se les castigue con 500 azotes y en la segunda falta fuese apedreados y muertos y que no se entierren sus cuerpos; que se los coman las zorras y los cóndores".

Uno de los principales cuidados de los incas al momento de la conquista de un nuevo pueblo/cultura era destruir íntegramente su memoria -oral y artística- y/o tergiversar completamente su historia y tradiciones -lo que Von Hagen denomina "selectividad histórica de los incas". A este propósito se ordenaba primeramente la ejecución de los jefes vencidos y de aquellos encargados de transmitir oralmente a los suyos la historia de su propio pueblo. A veces, a los jefes conquistados que encontraban más dóciles, pusilánimes y ambiciosos, los enviaban por un tiempo a Cuzco, la capital del Imperio, donde se los adoctrinaba en el "Nuevo Orden", y luego, ya "lobotomizados", eran devueltos a los suyos en calidad de espías.
En el mismo sentido, al igual que los aztecas y mayas, se realizaba una quema y destrucción de gran parte de sus símbolos tradicionales.
Los incas pretendieron hacer creer a todos -lo lograron por mucho tiempo- que antes que ellos llegaran a la región todo era salvajismo. Prueba misma de la maliciosa intención del imperio andino, es que poco y nada se sabe actualmente acerca de culturas como los nazcas, Mochis, chavín, Teotihuanacos, etc. No obstante, afortunadamente, la arqueología y el fatigoso trabajo de los antropólogos y etnólogos han logrado rescatar parte de su memoria, denunciando el embuste y desenmascarándolo gradualmente, siendo cada día más clara la poca originalidad manifestada por los incas en casi todos los rubros.

Característico del incanato fue arrogarse la invención de la tecnología y saberes de los pueblos subyugados. Entre otras precisiones, estos estudios arrojan que los moches -anteriores a los incas- contaban con una completa y acentuada organización social que, entre otras cosas, permitió la construcción de numerosos caminos -adoptados y continuados luego por los incas- y del templo Huaca del Sol, que demandó cientos de miles de trabajadores y el empleo de 130 millones de ladrillos de adobe. Al igual que estos, contaron los nazcas con un régimen de dominación basado en la religión y el poderío militar. El imperio de Tiahuanaco fue la cultura dominante entre 1000 y 1300 en Perú y Bolivia, y se les atribuye la construcción del más notable centro ceremonial de los andes. Por su parte, el imperio Chimú (1000-1466) retomó el trabajo de sus antecesores mochicas y continuaron sus redes de caminos y organizaron mejor el sistema de courier existente. Los chimúes fueron los últimos en ofrecer viril resistencia a los invasores incas.

En este terreno, muy particularmente, merecen especial reconocimiento españoles y misioneros, que se interesaron profundamente -y a veces admiraron- por la Historia y costumbres de los vencidos -publicando cientos de obras al respecto-, respetando incluso parte esencial de su organización y costumbres. Si por ellos no fuera, nada sabríamos hoy de esas gentes que habitaron nuestro continente con anterioridad a 1492.

Pasando a otro terreno, el incaico fue un imperio férreamente estratificado y dividido en clases sociales. Los incas y la nobleza jamás se mezclaron con las naciones que conquistaban, ya que estas no eran consideradas parte integrante del imperio sino naciones anexadas de razas y culturas inferiores. Los conocidos yanaconas, por ejemplo, eran mayormente una clase hereditaria de sirvientes y esclavos provenientes de los descendientes de pueblos conquistados por las armas.

El Estado intervenía absolutamente en todo, hasta en los más mínimos detalles de la vida pública y privada de la población; desde el trabajo que cada individuo debía realizar hasta cualquier cuestión ligada al matrimonio o al estilo de vida que llevaba cada individuo. Entre otras cosas, el Estado prohibía al pueblo casarse con mujeres de distritos que no fueran del suyo. Si a los 20 años el hombre no se había casado aún, el Estado le obligaba a hacerlo, escogiéndole a tal efecto una esposa. Las niñas y mujeres agraciadas físicamente detectadas por los curacas (jefes de los clanes), eran llevadas forzadamente a Cuzco para formar parte de un grupo que los incas denominaban Mujeres Elegidas, donde se las entrenaba en el tejido y en los servicios religiosos, siendo luego destinadas a los distintos templos del sol del imperio. Había cerca de 15.000, pero no todas fueron ocupadas en cuestiones referentes a la religión. Aquellas consideradas no aptas eran destinadas como concubinas del rey, prostitutas o esposas de altos oficiales.

Régimen político y religión:
El terror fue uno de los recursos psicológicos más redituable por los incas para afianzar la gobernabilidad y unidad del imperio. Cualquiera podía ser acusado de rebelde y/o traidor; cualquiera que osara quejarse de la tiranía del Sapa Inca y sus funcionarios. No ignoraba el pueblo -el inca se aseguraba que así fuera- que este tenía en sus mansiones, según nos comenta un historiador indígena admirador de los incas, "tambores hechos con la piel de los principales traidores y rebeldes. El tambor era de cuerpo entero; a estos se les llamaba runatinya (tambor de piel humana, de hombre desollado). Parecía vivo y con su propia mano tocaba la barriga. El tambor era la barriga (...) y con otros rebeldes hacían de su cabeza mates para beber chicha; flautas de los huesos y gargantillas de los dientes y muelas". El control de la población era tan prioritario para el incanato, que Huayna Cápac creía imperativo proceder con tal brutalidad que "sus indios soñaran con él cada noche".


El imperio Inca era regido por un sistema absolutista teocrático, a cuya cabeza se ubicaba el rey inca, que guardaba para sí múltiples funciones: era jefe militar, jefe político y jefe religioso a la vez. Sus atribuciones y poder eran similares -o tal vez mayor- que las de su par del imperio mesoamericano, y, al igual que este, el emperador era considerado como la personificación del dios sol en la tierra; un dios que siempre urgía de sangre humana so pretexto de mantener en paz la naturaleza y evitar el Apocalipsis. Hasta los nobles de más alto grado debían ir descalzos y con una carga a sus espaldas como señal de sumisión al todopoderoso monarca, que además, a fin de manifestar su superioridad en todo sentido frente al pueblo, ostentaba sus riquezas y modo de vivir. Existían algunos adornos exclusivos para uso del monarca, como las plumas de los pájaros llamador coraquenques, cuya caza era penada con la muerte por este motivo, y otros propios de los nobles, como el uso de aretes muy pesados de oro macizo (a quienes los españoles llamaban "orejones". Usaban las prendas sólo una vez -luego de lo cual eran quemadas- por considerarse indigno del hijo del dios Sol, el Sapa Inca. Cita Prescott a un cronista, posiblemente indígena, que muestra el temor que generaba el poder ilimitado del Inca:

"Porque el Inga dava á entender que era hijo del Sol, con este título se hacía adorar, i governava principalmente en tanto grado que nadie se le atrevía: i su palabra era ley, y nadie osaba ir contra su palabra ni voluntad: aunque hobiese de matar cien mill indios, no havia ninguno en su reino que le osase decir que no lo hiciese".

Cuando el Inca moría, además de todas sus riquezas materiales -que eran puestas consigo en el ataúd- llevaba consigo las vidas de varios de sus sirvientes y concubinas; siendo éstos inmolados inmediatamente después del fallecimiento de su soberano para que los acompañasen al "más allá". A veces el numero de estos sirvientes y concubinas superaba los mil. Este era el "premio" para aquellos pobres desgraciados que tan bien habían servido a su señor.

Cuantitativamente -al menos comparado con los aztecas- no fueron tan frecuentes los sacrificios humanos durante la regencia incaica -aunque si fue usual entre los predecesores de la región, como cuenta Garcilaso de la Vega. Al igual que los mayas, tuvieron estos especial predilección por el sacrificio de niños. Juan de Betanzo informa que para la fundación de Coricancha, en tiempos del Inca Yupanqui, se sacrificaron doscientas criaturas.

A diferencia de los aztecas, estos apenas produjeron notables lugares de culto fuera del conjunto de templos de Tiahuanaco o del Cuzco. Prosiguiendo con las comparaciones, los incas, como los aztecas, contaron con un importante cuerpo sacerdotal, numeroso y fuertemente jerarquizado. Si bien adoraban al dios sol (Inti), dios oficial del Imperio, veneraron también numerosas divinidades.

Para aquellos que no guardaran los preceptos establecidos para las fiestas, como ayunos y otros sacrificios se reglamentaba:
"Hordenamos y mandamos en estos rreynos y señoríos que se guarde y que se cumpla so pena de muerte los que no las guardaren".

FUENTES:
1) LOS INCAS de Victor Wolfgang Von Hagen

2) LAS CULTURAS PRECOLOMBINAS de Henri Lehmann

3) HISTORIA DE LA CONQUISTA DEL PERÚ de Guillermo Prescott

4) BREVE HISTORIA DE AMÉRICA de Luis Alberto Sánchez

5) LA POBLACIÓN INDÍGENA Y EL MESTIZAJE EN AMÉRICA de Ángel Rosenblat

6) NUEVA CORÓNICA Y BUEN GOBIERNO de Felipe Guaman Poma de Ayala

7) 1492, FIN DE LA BARBARIE Y COMIENZO DE LA CIVILIZACIÓN EN AMÉRICA de Cristian Rodrigo Iturralde

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