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Macedonio Fernandez - Textos

Macedonio Fernandez (1874 - 1952), fue un escritor que abarcó varios géneros: cuentos, poesías, ensayos, artículos periodísticos y filosóficos y otros textos que son de naturaleza inclasificable. Su influencia posterior es indudable. Fue intimo amigo de Jorge Guillermo Borges ,padre de Jorge Luis, con quien eventualmente entabló una cercana amistad. Borges resultó el principal promotor de la obra de Macedonio, posteriormente recopilada en varios volúmenes póstumos.





Creía yo

No a todo alcanza Amor, pues que no puede
romper el gajo con que Muerte toca.
Más poco Muerte logra
si en corazón de Amor su miedo muere.
Mas poco Muerte logra, pues no puede
entrar su miedo en pecho donde Amor.
Que Muerte rige a Vida; Amor a Muerte.




Hay un morir

No me lleves a sombras de la muerte
adonde se hará sombra mi vida,
donde sólo se vive el haber sido.
No quiero el vivir del recuerdo.
Dame otros días como éstos de la vida.
Oh no tan pronto hagas
de mí un ausente
y el ausente de mí.
¡Que no te lleves mí Hoy!
Quisiera estarme todavía en mí.

Hay un morir si de unos ojos
se voltea la mirada de amor
y queda sólo el mirar del vivir.
Es el mirar de sombras de la Muerte.
No es Muerte la libadora de mejillas,
esto es Muerte: Olvido en ojos mirantes




Súplica a la vida

Luz de la vida
engañadora
voluble oleaje de la existencia
con brisa amarga
o embriagadora
hinchiendo el seno de somnolencia
de un siglo nuevo
a la ribera
cruel o sonriente ¿Quién lo supiera?
el alma frágil
nos has traído
sobre la cresta de una quimera.

Los otros vasos
si quieres llévanos.
De la celeste pasión la copa
hasta los bordes
tan solo déjanos,
y en el engaño de los engaños
mecidas siempre
de un sueño único
juntas, doquiera
y hasta la playa del suspiro único
estas dos almas
llévanos. Sea.




A manos temblorosas cayó el ahora de lo que tembló en el presentir

Ya es este el día, el presentido día
que temblaba en nosotros al pensado
entre los por venir del amor nuestro.
Día que habría de brillar sólo para uno de los dos
y en que vería mis dedos infelices llegándose a sus ojos
sin mirada, para correr los párpados. Que cubrieran
de miradas a los que ya eran ojos sólo para ser vistos.




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Un paciente en disminución


El señor Ga había sido tan asiduo, tan dócil y prolongado paciente del doctor Terapéutica que ahora ya era sólo un pie. Extirpados sucesivamente los dientes, las amígdalas, el estómago, un riñón, un pulmón, el bazo, el colon, ahora llegaba el valet del señor Ga a llamar al doctor Terapéutica para que atendiera el pie del señor Ga, que lo mandaba llamar.
El doctor Terapéutica examinó detenidamente el pie y “meneando con grave modo” la cabeza resolvió:
-Hay demasiado pie, con razón se siente mal: le trazaré el corte necesario, a un cirujano.




Artificios


-Mujer, ¿cuánto te ha costado esta espumadera?
-1,90.
-¿Cómo, tanto? ¡Pero es una barbaridad!
-Sí; es que los agujeros están carísimos. Con esto de la guerra se aprovechan de todo.
-¡Pues la hubieras comprado sin ellos!
-Pero entonces sería un cucharón y ya no serviría para espumar.
-No importa; no hay que pagar de más. Son artificios del mercado de agujeros.



Colaboración de las cosas


Empieza una discusión cualquiera en una casa cualquiera pues llega un
esposo cualquiera y busca la sartén ya que él es quien sabe hacer las
comidas de sartén y ésta no aparece. Crece la discusión; llegan parientes.
Se oye un ruido. Sigue la discusión. Se busca una segunda sartén que acaso
existió alguna vez. El ruido aumenta. Tac, tac, tac. No se concluye de
esclarecer qué ha pasado con la sartén, que además no era vieja; se
escuchan imputaciones recíprocas, se intercambian hipótesis; se examinan
rincones de la cocina por donde no suele andar la escoba. Tac, tac, tac. Al
fin, se aclara el misterio: lo que venía cayendo escalón por escalón era la
sartén. Ahora sólo falta la explicación del misterio: el niño, de cinco
años, la había llevado hasta la azotea, sin pensar que correspondiera
restituiría a la cocina; al alejarse por ser llamado de pronto por la
madre, después de haber estado sentado en el primer escalón de la escalera,
la sartén quedó allí. Cuando trascendió el clima agrio de la discusión
conyugal, la sartén para hacer quedar bien al niño, culpable de todo el
ingrato episodio, se desliza escalones abajo y su insólita presencia a la
entrada de la cocina calma la discordia.

Nadie supo que no fue la casualidad, sino la sartén. Y si es verdad
que puede haberle costado poco por haber sido dejada muy al borde del
escalón, no debe menospreciarse su mérito.



Cuento de literatura no literaria
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En aquel bar, restaurante y confitería vastísimos, abundantes de lo más variado y caprichoso, servía desde veinte años a multitud de clientes renovándose, con una solicitud y presteza incansables, Tomás, una santidad de lo servicial y de cordialidad y simpatía a todo cliente y sus gustos y antojos, que le alegraban siempre y no le irritaban nunca por exigentes y laboriosos de satisfacer y combinar. El gusto de cada uno, de infinita variedad, todos tan legítimos y con los que somos poco tolerantes a menudo, era su Pasión.
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¡Podrá creerse que hubo quien a sabiendas marchitó por un momento, hirió y desmayó esta actitud humana tan hermosa, esta real y constante caridad, esta magnífica postura de ser genuinamente hombre! Ser un humano cual Tomás es ser hoy un inmenso revolucionario, un invitante máximo a la recuperación humana, ya quizá desesperada en medio de tantos discursos, cataduras y aposturas de benevolencia y ciencia, cuando sólo se practica servir bombas, mentiras y despojos, en guerra y en paz igualmente.
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Hacer, preparar niños que sean como Tomás es el único camino de recuperación, si todavía es posible; el único recurso casi artificioso que, entre tantos planes ostentosos, insinceros, afiebrados, más o menos ignorantes, puede conducir a esa obra sin la cual no habrá salvación, es forzar las cosas y situaciones a maneras y arreglos que a su vez fuercen a la cordialidad en la convivencia.
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El cliente que viene entrando con amigos al Bar es tipo de la desmoralización de la época, no un malvado, pero sí tocado de algún vicio de maldad. Es viejo cliente como sus amigos, clientela afectuosa con Tomás. Pero quiérese creer que ha llegado para la psicología o muy sólida o clara de Agustín Llanos un momento de serle irritante la felicidad de cumplir pedidos en Tomás, y se ha propuesto turbarla, sin consultar a sus amigos, quienes han solido elogiar la constante amabilidad de Tomás.
-¿Y usted qué pide, don Agustín?
-Pues me traes una tajada bien tostada de hielo rodeada de garbanzos del puchero de ayer.
-Pero esto –balbuceó Tomás- no lo sabemos preparar aquí; yo voy a ver, a preguntar, pero no habrá quizá…
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Tomás temblaba, palidecía; se apoyó en una silla; se sentó de golpe y cayó sin vida.
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Sirviendo complacido a todos, gustoso de verlos llegar directamente a las mesas suyas, aunque cansado, asediado de atenciones al fin de la tarde, su sonrisa de bueno, su semblante dirigido a Agustín, recibió la muerte, de éste.
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¿Tiene perdón una torpeza tal, cuando nos asedian los simuladores del Servir en todas las profesiones y actividades, un porciento terrible de simuladores del hacer y del dar, del traer verdad, del intentar el bien?
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¿No es policial el dolor y muerte de ese hombre tan bueno? Hay sucesos que por su intensidad sentida son policiales, mas les falta la exterioridad violenta.
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Yo quisiera que su publicación en Crónica de Policía hiciera sentir más netamente lo que vale el dolor moral y lo que puede dañar y torturar la torpeza, el descuidar los sentimientos ajenos.
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Como yo debo también consideración a los sentimientos de los otros, aliviaré los del lector declarándole que lo relatado no ocurrió. Pero afirmo que me dolería mucho menos que Tomás hubiera muerto de un tiro o un accidente; lo que me subleva es esa muerte por desquiciamiento interior, vacío instantáneo de la Ilusión de Servir que daba calor a su vida entera.



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1Comment
L3L0

😉

[quote]No me lleves a sombras de la muerte
adonde se hará sombra mi vida
donde sólo se vive el haber sido
No quiero el vivir del recuerdo

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