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[Megapost!] 5 Creepypasta





Se escondió en el armario de la habitación de los pequeños. Vio sus pequeños cadáveres desmembrados, manchando los Plumones azules. Pulso a pulso trataba de controlar la respiración. Le dolían los ojos por el sudor que se escurría por la frente y quería llorar, quería gritar, patalear y desgarrarse el alma, pero no, DEBIA mantenerse en silencio.
De repente, uno. No, eran do- tres. Si, eran 3 quienes buscaban rápido. ¿De donde habían salido? Solo el Diablo sabía, ya que ni Dios querría que seres así existieran.
Los veía por detrás del mueble aquel, mientras de forma muy sigilosa, tomaba el Bate que usaba su hijo para jugar junto a su hermana en el patio.
Ahí lo tenía, frente a frente, pero Aquello no lo veía. Lamentablemente, tenían un olfato agudo, y de un golpe abrieron la puerta del cubículo, hasta ese momento, seguro.
Los reflejos derivaron en un letal batazo en la cabeza hacia aquello, y bum, a correr carajo.
Del cráneo del golpeado salía sangre a chorros, pero se levantó sin problemas e instó a los otros dos, no sé de qué forma, a correr tras ella.
Bajó las escaleras y llego a la cocina. Habían alcanzado a arañarla, aparte de los golpes y mordidas del forcejeo anterior. No sabe como llegó a eso, solo sintió a los niños gritar de forma aguda. Corrió a verlos pero “aquello” la intercepto, lanzándose, mordiendo, forcejeando. Como pudo se soltó y se percato que había dos más. Desfigurados y sedientos de sangre, agiles y violentos, los ojos rojos irradiaban ira y pus… y la querían a ella.
Recordó la Broken Butterfly calibre .43 que mantenía su Expareja debajo del velador. Era solo una carrera, una carrera más y acabaría con ellos de un solo disparo. Tomó aire y apenas comenzó a correr, las bestias se lanzaron a su carrera. Llegó y con un movimiento agil bloqueo la puerta con el Bate que traía. Ellos golpeaban cada vez más duro, fuerte, rompiendo la puerta, astillando, entrando, sangrando, odiando como jamás odiaron en vida.
Y, ahí estaba, una preciosa Magnum, cargada con seis dosis de potencia y 3 cargadores más. Hasta una sonrisa de satisfacción se coló en la cara de Michelle.
La puerta explotó en una ráfaga de sed de sangre, la que fue apagada momentáneamente por un Balazo certero en plena cabeza. Uno menos. Gruñían y arañaban el suelo. Por la ventana no se veía nada salvo la oscuridad de la noche. Vaya, 1:30 de la mañana y pasa esto. Aunque se escuchaban ruidos… que carajos, ¡no había tiempo para pensar estupideces!
Cargó el 2do casquillo y ya se veía peleando con los dos que quedaban. Forcejeo y golpes, pensar en sus hijos la hacia obtener Adrenalina preciada para seguir teniendo fuerzas.
Bum, un disparo y el cerebro reventado de uno de ellos yacía en el sueño.
Uno contra uno, ella contra la pared y el tratando de morder donde sea, con tal de saborear la sangre. Ella soltó el arma y no sabia que hacer ahora.
Ya lo sabía. Se lanzó al suelo y se dejó abalanzar por la bestia aquella. Tomó el revolver y apunto hacia su hombro. Su propio hombro.
Dolió, demasiado, pero el tercero recibió la bala en el corazón después de atravesar el hombro de Michelle. Todo había terminado, por ahora.
Michelle se sentó y lloró. Lloró por sus hijos, por no tener a alguien que la cuidara, por tener que sacrificarse a si misma para sobrevivir a algo que apenas entendía y que había comenzado solo hace 20 minutos.
Tomó La Magnum y la cargó. Caminó despacio, aquejada por el dolor en su hombro y la pelea que la dejó sin energías. Pero no importaba, ya había pasado, sus vecinos le prestarían ayuda. Todo estaba bien.
Al salir, esos ruidos que oía, y a los que no había prestado atención, se volvían una pesadilla más.
Vio atónita a sus vecinos, corriendo, gritando, algunos totalmente destripados en su jardín, por obra y gracias de… ellos. A lo lejos, veía como una horda de esos Demonios venia corriendo a toda carrera, gritando, babeando, sedientos. ¿Eran decenas? No. Cientos. Quizás miles.
Cerró los ojos y lloró en silencio. Se esforzó por nada, pensó. Pero no. No se dejaría abatir tan fácilmente. Si derroto a tres, ¿porque no podría cargarse a unos cuantos más?
Se puso de pie y pasó una bala. Esperó, paciente, en frente de la puerta, en medio de la desesperación y las tripas de los vecinos.
¡Pobre de aquellos que se acerquen a la casa de Michelle!


Sea un pueblo o una ciudad, en todo asentamiento humano hay leyendas urbanas. Estas leyendas suelen girar en torno a cosas que todos conocemos, con las que hemos tenido contacto muchas veces durante nuestras vidas. Aunque su origen sea el mismo, las «subleyendas», creadas a partir de la original, eventualmente pierden la poca veracidad que puedan tener. Sinceramente, ¿quién tiene miedo de algo cuya historia cambia totalmente con tan sólo desplazarte unos cuantos kilómetros?, y ¿cómo puedes sentir «respeto» a algo en lo que no crees en absoluto?
Aun así, siempre hay excepciones. Siempre.
En todo lugar existe gente de la noche. Por supuesto, nos referimos a cualquiera que mora a altas horas de la madrugada, como prostitutas, gente de negocios turbios, jóvenes que se han propuesto no dormir o simplemente quienes trabajan cuando cae la oscuridad. Mucha gente al compartir un espacio de tiempo tan fijo y característico como lo es la noche empieza a entender cómo funcionan las cosas. Seguro que más de uno sabe a qué horas no debes pasar por un lugar, a riesgo de ser atracado o verte envuelto en algo que definitivamente no te interesa.
La noche es un mundo tan completo que ahí tampoco faltan historias, leyendas, relatos de lo que le pasó a la amiga de un conocido. La mayoría no son más que mentiras, evidentemente. Bulos que toman más y más tamaño y complejidad. Aunque, como ya se ha dicho, siempre hay excepciones.
Ésta es la única historia que oirás un millón de veces de la misma forma. Nada, fuera de la persona que lo sufriera en sus carnes, cambia; y da igual que bajes a preguntar a la calle, porque siempre te contarán lo mismo:
Es de noche, quizá la una, dos o tres de la madrugada. Acabas de terminar cualquier asunto que tuvieras (el trabajo, una noche de copas…) y quieres volver a tu casa. Estás cansado, hace frío y hay niebla; una niebla casi sólida. Puedes ver las siluetas de los edificios a lo lejos, pero no mucho más.
Te frotas las manos y las metes en los bolsillos. Estás solo, pues, ¿quién iba a salir con este frío y esta niebla? Además, el silencio es mortal. No se mueve nada, y lo único que oyes son tus pasos. De momento.
Llegas a esa calle. Sí, esa calle o callejón largo que no tuerce en ningún momento y que se extiende indefinidamente. Está iluminado, bien, pero no ayuda con la cantidad de niebla que hay. Tú te pones a caminar sin pensarlo mucho, porque este es un lugar tranquilo, ¿no?
Intentas distraerte. Escuchando música, tarareando, contando las baldosas. Te distraes, hasta cierto punto.
Paras y miras a tu alrededor, ¿qué fue eso? Lo que escuchaste era un sonido extraño que rompió tu concentración. No hay nada detrás, ni nada a los lados. Quizá un animal…
Sigues tarareando, pero, en efecto, lo vuelves a oír, y te vuelves a girar y buscar de dónde proviene el sonido, por pura curiosidad. Y vuelves a fallar en descubrirlo. En cierto modo decepcionado, sigues caminando.
Esta vez lo oyes más cerca; lo aprecias, porque realmente parece que suena más cerca. Pero lo ignoras, y de repente el tramo parece alargarse. No tardabas tanto en recorrerlo, piensas.
¿Qué es ese sonido? A la siguiente vez lo crees identificar: es un castañeteo que sonó incluso más cerca ahora. Es un castañeteo, ese sonido que hace la gente con los dientes cuando siente verdadero frío. Estás incómodo, muy incómodo. Aceleras el paso; extrañamente, el sonido no desiste, sino que te acompaña, como si estuviese detrás de ti. Siguiéndote. 
No te quieres girar. Sólo pones un pie delante de otro esperando llegar a un sitio donde haya alguien más, donde haya algún sonido además de ese castañeteo, que es cada vez más fuerte, y más y más. Es obvio que te está provocando, como invitándote a desviar los ojos del camino. Espero que no lo hagas.
Generalmente, si lo ignoras y llegas al final de la calle sin correr, te librarás. Será un mal rato, pero no te pasará nada. Por eso, NO DEBES hacerle caso; se alimenta de tu atención, y cuanta más le prestes más poder tendrá. Sólo una nota: si llegas a sentir un dedo tocándote la nuca, un dedo frío y seco, no gritespor lo que más quieras. No te contengas más y empieza a correr todo lo que puedas hasta el final de la calle. Es arriesgado, pero mejor que nada.
La gente que ha sufrido este acoso nunca vio qué les perseguía. Los que lo sepan… o ya no están entre nosotros, o no se atreven a decirlo.




Pablo subió tranquilamente a la camioneta, ignorando que el conductor tenía malas intenciones. Lo conocía del pueblo, aunque nuca había intercambiado con él más que algún saludo.
El ómnibus que iba hasta el pueblo no había pasado. Pablo había esperado al lado del camino desde el atardecer y ya se elevaba la luna por el horizonte cuando la camioneta se detuvo frente a él. El conductor se llamaba Anselmo. Al abrir la puerta sonrió extrañamente, con cierto aire de desprecio; Pablo no lo notó.
—Menos mal que pasó —dijo Pablo—, si no tenía que seguir a pie, y deben de ser como treinta kilómetros desde aquí, ¿no?
—Por ahí sí —dijo Anselmo, con aquella sonrisa fija en el rostro. El camino era de tierra y cruzaba por campos solitarios y bosques profundos. El vehículo, precedido por dos largos haces de luz que se fundían en uno, bajaba y subía por el camino desparejo, doblaba hacia un lado, más adelante hacia el otro, perturbando momentáneamente con su luz amarilla el gris que desparramaba la luna sobre todas las cosas.
Atravesaban las sombras de un bosque que llegaba hasta la orilla del camino y que formaba una especie de túnel al juntar sus ramas allá arriba, cuando Anselmo detuvo la camioneta, y buscando en su cintura encontró la culata de un revólver; acto seguido apuntó a Pablo.
—¿Qué pasó? —preguntó Pablo.
—Lo que pasó es que me enteré de que andas queriendo conquistar a mi esposa —le respondió Anselmo, apuntándole con el revolver a la altura de la cabeza.
—¿Qué? Estás mal informado, o te equivocas de hombre… yo no tengo nada que ver con tu esposa, es más, ni me saluda, nunca hablé con ella. Te lo juro por mi madre.
Anselmo dudó, los celos lo volvían un ser irracional; pero sabía que su fuente no era muy confiable, y Pablo parecía sincero. Dejó de apuntarle y le dijo que se bajara. Apenas pisó el camino la camioneta arrancó, alejándose con su luz y perdiéndose enseguida tras una curva.
Pablo no podía creer lo que acababa de suceder. Pateó una piedra y se desahogó: «¡Maldito loco de mierda!».
Respiró hondo unas veces y pensó en todo el camino que le faltaba. Ahora tenía que seguir a pie, y tal vez con suerte algún vehículo lo arrimaría hasta su hogar. Unos días atrás se le había roto el celular, se acordó al tantear el bolsillo.
La noche se iba poniendo más fría. Se subió el cuello del abrigo, colocó sus manos en los bolsillos de éste y comenzó a andar a paso firme. Mirando de reojo a los inmensos árboles que se alzaban a metros de él, pensó que todo un ejército podría ocultarse allí, detrás de los troncos, y mientras pensaba en eso, creyó vislumbrar algo como una cabeza, un bulto arredondeado asomando tras un tronco. El bulto se separó del árbol y comenzó a moverse de forma irregular.
El sonido que produjo el bulto al desplazarse hizo que Pablo se diera cuenta de que estaba viendo algo que se movía en el suelo del bosque. La poca luz del lugar le había hecho percibir mal la distancia, y creer por un instante que aquello estaba junto al tronco, y no varios metros atrás, en un terreno que se iba elevando. Ante esta revelación, se dio cuenta de que estaba viendo a una liebre. Sonrió y siguió su camino, al igual que la liebre, la cual se alejó caminando entre los árboles, levantando la parte de atrás con cada paso.
Llegó a una parte donde el bosque estaba un poco más alejado del camino y vio la redondez de la luna desplazándose entre nubarrones blancos. De repente un resplandor azul iluminó todo, como lo hace un relámpago, y por un tiempo igual de breve. Pablo dejó de caminar y miró en derredor, y después levantó los ojos hacia el cielo. «Qué diablos fue eso», pensó. Pero tras girar hacia todos lados inútilmente, siguió su camino, volteando cada tanto y echando miradas a su entorno.
Al salir a un lugar abierto se sintió mucho más aliviado. El bosque quedó atrás, y ahora el camino estaba rodeado de campos bien iluminados por la luna. Al alcanzar la cima de una loma del camino, vio que más adelante, en la bajada, había un vehículo volcado con las ruedas hacia arriba. Se acercó un poco más y se detuvo al reconocer el vehículo, era la camioneta de Anselmo.
No quería cruzarse con aquel tipo de nuevo, pero al pensar que tal vez estaba herido y necesitaba ayuda, fue hasta la camioneta siniestrada y se inclinó para ver su interior.
El conductor no estaba y el parabrisas tenía un gran hueco. Miró hacia adelante y lo vio. Anselmo había salido despedido, y ahora estaba sobre un charco oscuro, boca arriba, con la cara bañada en sangre y los ojos bien abiertos.
Pablo se agachó y estiró su brazo hasta el cuello de Anselmo; estaba muerto. Se apartó del cadáver y miró hacia un extremo del camino y luego hacia el otro, con la esperanza de ver la luz de un vehículo, pero nadie circulaba por allí en ese momento.
Se le ocurrió que tal vez en la camioneta había un celular. Una de las ventanillas de la cabina estaba abierta. Se arrastró adentro del vehículo y revisó la guantera. Tanteó algo que no era un celular, era el revolver, Anselmo lo había puesto allí después de amenazarlo. Siguió buscando pero sin suerte.
Apenas salió volteó hacia el cadáver. Era muy probable que tuviera un celular en su abrigo, pero tras considerarlo brevemente resolvió no revisar al muerto.
De pronto el paisaje quedó rojo, una luz de ese color lo iluminaba todo. Pablo se restregó los ojos y giró la cabeza en todas direcciones. Las nubes y la luna estaban rojizas, el campo era un escenario pesadillesco y el camino parecía una cinta carmesí desplegada sobre él.
Tras unos segundos la noche volvió a la normalidad. Pablo asoció aquel fenómeno al relámpago azul que había ocurrido antes, mas no se explicaba qué podía generar tan extrañas luces, qué energía tan poderosa podría producirlas.
En su confusión pensaba en mil cosas, cuando por el rabillo del ojo vio que algo se movía, y al volver la cabeza vio que Anselmo se iba irguiendo hasta quedar sentado. Lo vio mover la cabeza como buscando algo y fijó sus ojos en él, entonces lanzó un grito espantoso y la sangre brotó de su boca y corrió espesa por su mentón. Con unos movimientos frenéticos se puso de pie y se tambaleó un poco, luego se abalanzó hacia Pablo, quien recién ahí reaccionó y se echó a correr, mas lo hizo en dirección contraria a su destino.
Anselmo corría tras él lanzando gruñidos. Al darse cuenta de su error, Pablo se detuvo y esperó a su perseguidor, esquivándolo después con un rodeo, y ahí corrió con todas su fuerzas. Alcanzó la camioneta y se metió por la ventanilla. Tomó el revólver de la guantera y apenas salió Anselmo lo alcanzó. Desde el suelo le apuntó a la cabeza, Anselmo se inclinó hacia él con la boca abierta, lanzando una especie de rugido furioso. Retumbó un disparo y Anselmo cayó con un agujero en la cabeza. Pablo se levantó y se alejó corriendo, con el revolver en la mano.
Se detuvo cuando ya no tenía aliento. Se inclinó hacia adelante y apoyó las manos en las rodillas, tosió un poco y volteó hacia donde venía; la camioneta y su dueño habían quedado muy atrás.
Seguía recuperando el aliento, cuando súbitamente el paisaje se fue oscureciendo, como si una gran sombra avanzara por el cielo. Miró hacia arriba y lo que vio lo aterró completamente. Miles de naves volaban en formación por el cielo. No eran aviones, no emitían sonido alguno, sólo avanzaban ordenadamente. Tenían forma oval y eran oscuras. Pablo tembló de terror ante semejante espectáculo, se estremeció de pies a cabeza, y la formación interminable de naves seguía pasando sobre él, y pronto abarcaron todo el cielo y se movían silenciosas. Todo indicaba que no eran algo de este mundo, de este planeta.
Pasados unos minutos horrendos la formación se fue alejando y ensombreció otra parte del campo, avanzando hacia el horizonte. Pablo siguió caminando, aunque de tanto temblar las piernas apenas le respondían.
Divisó por fin los perfiles del pueblo. No brillaba ni una luz allí, todo estaba oscuro. Al ingresar a la calle principal, vio que en las veredas y en las entradas de las viviendas había gente mirando hacia arriba y murmurando. Las mujeres abrazaban a sus esposos y algunos niños se prendían de las piernas de sus madres, mirando para arriba también.
La luz roja había despertado a muchos, y al salir de sus hogares buscando la causa, vieron las naves extraterrestres.
Alguien reconoció a Pablo y se le arrimó a preguntarle:
—¿Viste los platillos voladores?
—Sí, cómo no verlos, ocuparon todo el cielo.
—¿Y en la cuidad también se cortó la luz? Aquí no funciona ningún aparato electrónico, ni los autos funcionan.
—Cuando pasé por la ciudad había luz, pero eso fue de tarde, me vine a pie casi todo el camino.
—Será que nos están invadiendo… que van a destruir la Tierra.
—No sé. Ahora me voy para mi casa.
—Sí, ve, ve, que tus padres deben estar preocupados.
Pablo tomó la calle de su casa. Sus padres y su hermano menor estaban afuera, escudriñando el cielo. Al verlo su madre corrió hacia él con los brazos abiertos.
—¡Estábamos tan preocupados! —exclamó al abrazarlo.
Entraron y Pablo se dejó caer en el sofá, su hermano fue a traerle agua.
—No puedo creer lo que está pasando —comenzó a decir su padre—. Bueno, sí lo creo pero es algo que nunca pensé que sucedería… ¡Extraterrestres! Porque eso tiene que ser, aquellas naves y esas luces que se vieron, debieron de ser de un rayo o algo así.
Pablo terminó de beber el agua, su hermano se había sentado a su lado, sus padres estaban frente a él, en otro sofá.
—¿La electricidad se cortó después de que se vio la luz azul? —preguntó Pablo.
—Sí, estábamos mirando la tele. ¿Crees que fue eso lo que produjo el apagón? —le preguntó su hermano.
—Sí, pero lo que me preocupa más es la luz roja, porque enseguida de la luz pasó algo increíble, y tiene que ser por la luz, no hay otra explicación.
Su familia lo escuchaba atentamente, y en ese instante, desde la calle, llegó un grito espantoso. Él, su padre y su hermano salieron.
Por la calle avanzaban unas figuras decrépitas, un pequeño grupo de zombis, salidos del cementerio del pueblo. Algunas personas corrían en dirección contraria lanzando gritos.
—¡Los extraterrestres! —dijo el hermano de Pablo.
—No, son muertos reanimados por la luz roja —dijo entonces Pablo, y de la cintura sacó el revólver con el que liquidara al zombi de Anselmo, y continuó diciendo—: ¡Traigan las escopetas, y las municiones! ¡Hay que defenderse!
Su padre entró corriendo a la casa, seguido por su hijo; en la casa había tres escopetas pues eran aficionados a la caza. Pablo comenzó a dispararles a los zombis, unos instantes después se le unieron su padre y su hermano.
—¡Hay que darles en la cabeza! —gritó Pablo.
Todas las ciudades, en todo el mundo, estaban en igual situación, sin energía eléctrica y con zombis caminando por las calles, el caos y la confusión reinaban en el planeta.




-Este chico si que es irresponsable- Me quejaba yo por las 2 horas que se demoraba mi amigo Dayer, quien con su voz de ”niño bueno” nos dijo ”a las 10 am estoy en el parque”,  y solo estabamos yo y mi otro amigo Jose Luis.
A Jose Luis no parecia importarle mucho, el se distraia viendo a los niños jugar futbol, ”que mal juegan” me decia. En un momento de aburrimiento, decidimos echar una siesta en el parque mientras esperabamos que Dayer llegara, después de todo, sin el no podiamos ir a un lugar, que no especifico pero solo digo que el solo nos podia dejar entrar. Antes de echarme a dormir, pude notar a una chica hablando por el telefono publico, solo me fije, no le preste atención y me heche a dormir.
Una rama que me cayó del arbol bajo el cual dormia me hizo saltar de golpe. Lo primero que hize fue fijarme la hora.
-25 minutos y ese idiota no llama- dije yo volviendo a quejarme del irresponsable de mi amigo.
-Dale mas tiempo, y no me hables que quiero dormir- me dijo Jose Luis, quien fue el primero en llegar, y claro, el primero en cortar su sueño.
En eso al voltearme para volver a mi siesta, veo que la chica seguia hablando por el teléfono público, lo raro era que desde que la vi, ella no hablaba, parecia más bien que estaba escuchando. Ya habian pasado 25 minutos o mas desde que la vi, quien sabe desde que momento haya estado ahi, y de por si no es normal que una persona este tanto tiempo en un teléfono público.
-Cuantas monedas habrá gastado- me dije pensativo, y decidí en vez de dormir, observarla.
Mis ojos se rendian ante el sueño, pero yo seguia mirandola. Habrían pasado unos 15 minutos más pero ella seguia ahí, en el teléfono público, sin hablar y sin depositar monedas.
-Oye Jose Luis, ¿te has fijado en esa chica de aya?- le dije a mi amigo mientras lo sacudia para llamar su atención.
-Que tienes esa chica- me respondió.
-Esta parada ahi hace mas de 40 minutos sin decir nada.
-Tal vez esta hablando con su novio, dejala en paz ademas a ti que te interesa lo que haga.
Poco despues de que Jose Luis dijera eso, pude notar que la chica colgó el telefono, solo después que una sonrisa se marcara en su rostro.
-Mierda, vamos a ver- le dije a Jose Luis, empujándolo para que avanzara.
Pero grande fue mi sorpresa cuando nos dimos cuenta de que el teléfono que ella estaba utilizando estaba descompuesto y al parecer, hace mucho tiempo.
-Tal vez es una enferma mental- me dijo Jose Luis sin importarle mucho.
Unos minutos después llego mi amigo Dayer y nos fuimos a ese lugar, del cuál no les puedo dar información.
Al día siguiente, fui a llamar desde un teléfono público a mi papa ya que necesitaba que me lleve a un lugar que no conocia para una entrevista de trabajo. Como yo vivía cerca de la ubicación del teléfono público desde donde llamaba esa misteriosa chica, pasé por ahi solo ppor curiosidad.
Ahí estaba. La misma chica hablando o escuchando, o creyendo escuchar desde el telefono. ”Esta loca” pensé, y busqué otro teléfono público desde donde llamar a mi padre. Pero mi naturaleza desde pequeño siempre había sido la de ser curioso, siempre me atrajo el misterio, el terror y cosas que necesiten valor para demostrarse, esta era una de ellas y yo lo sabía, como tambien sabía que ella no estaba loca, o por lo menos no tanto. Al día siguiente decidi sentarme en el parque y ver si llegaba. Llegé a las 9 am puesto a que las dos veces que la vi fue poco después de las 10 am y a las 10:30 am, entonces creí que vendría más temprano. Hasta que a las 9 y 35 llegó. Tomó el telefono, y púso una moneda. Se quedo callada. Puse a andar un cronometro para tomar el tiempo en que demoraba esa llamada. Mis ojos eran seducidos una vez más por el sueño pero mi convicción era mas grande y luche por mantenerme despierto hasta que esa chica soltara el teléfono.
Exactamente a la hora volvió a sonreir y soltó en telefono. 1 hora. 1 hora que demoró la llamada y solo púso una moneda. La curiosidad me mataba, entonces decidí esperar hasta que se fuera de mi vista, para correr al teléfono y esta vez hacer yo una llamada. Hize lo mismo, puse una moneda y espere. El telefono como siempre apagado ¿cual era el truco?, como tenia una hora decidi dejar el telefono de tal manera que no se corte la llamada, despúes de todo como esta alogrado nadie se preocuparia de devolverlo a su sitio. Minutos antes de que llege la hora, volví y cojí el teléfono. Ya solo faltaban segundos para cumplir la hora y descubrir si ciertamente esa chica era una enferma mental, o si el teléfono, pues, no era inservible despúes de todo. Fué grande mi sorpresa cuando al cumplirse la hora escuché una voz gruesa que me hizo saltar.
-Pardos- dijo la voz que no volvió a repetir ruido alguno. Me quedé con el telefono en la mano. Una voz. Una hora despúes una voz me dijo ”Pardos”, pero ¿que significaba lo que me dijo?
Al llegar a casa me llamaron los de mi entrevista de trabajo, y me dijeron que me habían aceptado, que empezaria a trabajar la proxima semana y que el día de mañana debia acercarme para firmar el contrato. Estaba realmente contento por la nueva oportunidad que se me daba cuando sono mi celular, pero esta vez eran de otra empresa, de Pardos Chicken, y como tambien habia enviado mi curriculum a ellos, me llamaron para una entrevista. Pero ya tenia trabajo asegurado, deberia decirles ”no gracias” o simplemente colgarles. Cuando hiba a hacer eso, me acorde de la voz del teléfono público. ”Pardos”. No perdia nada en ir e intentar.
Fue lo mejor que pude hacer. Resultó que el puesto que me ofrecian tenia mas beneficios que el trabajo al que ya me habían aceptado y tenia mucha mejor paga. Así que decidi quedarme con Pardos. Estaba realmente agradecido con la voz del teléfono público que decidi volver a visitarlo. Ese mismo día se me habian perdido 5 soles, pero no les di importancia, todavia tenia un sol para llamar desde ese teléfono público. Hize lo mismo, deposite la moneda, deje el teléfono, me fui a descansar, y volvi en una hora. Al llegar, volvi a escuchar la voz, solo que esta vez me dijo con un tono entrecortado ”En-el-patio”.
Colgé. Rápidamente fui a casa y vi el patio. No había nada, excepto algo brillante en medio del pasto, una moneda de 5 soles, seguro se me debio haber caido mientras llegaba a casa y no lo escuche porque el pasto no hizo sonar su caída. Estaba tan agradecido con ese telefono, que comenze a utilizarlo para todo. Si se me perdia algo recurria a el, si debia tomar una decision recurria a el, ya casi se había convertido en un amigo intimo para mi, aunque claro, no le conté a nadie lo del teléfono, ni si quiera a mi familia. Todo hiba bien, de maravilla, hasta que llegó ese fatidico día. Bueno, yo hiba a comprar tranquilamente a la tienda que estaba a la vuelta de mi casa cuando me tope con ella. Era la chica que vi por primera vez usando ese telefono público. Yo segui caminando pero ella se me puso en medio y me dijo ”No vuelvas a usar mi telefono” y se fue. Bah! no le hiba a hacer caso, es un teléfono público y todos tienen derecho a usarlo. Además si lo volvia a usar que hiba a hacer ¿llamar a la policia? por un momento vacilaba con esos pensamientos sin darme cuenta en el lio que me había metido.
Ese mismo día, después de usar el telefono para saber que juego descargar a mi computadora, vi a esa chica de lejos. Ella estaba mirandome atenta desde una esquina, y wao, si que parecia fuera de orbita. Estaba como drogada, tenia una mirada fuerte, y al ver que yo la vi, corrio hacia mi. Rayos estaba sangrando, tenía cortes por todos sus brazos y piernas. Ella corria de una manera alocada, a la par gritaba desmesuradamente ”MI TELEFONO MI TELEFONO DEJA MI TELEFONO TE LO ADVERTI” mientras corria como si no le importara que un carro la atropellara al cruzar la pista, como si yo fuese su objetivo, su prioridad para clavar esas tijeras que llevaba en su mano. Sin pensarlo dos veces corri. No podia volver a casa, ella me seguiria y sabria donde vivo, ¡seria peor!.
Eran aproximadamente las 6 de la tarde y no había casi ningún alma en la calle a quien pedir ayuda. Pero como yo era muy rápido logre perderla, fue en ese momento que una idea llego a mi mente. ¡Ya se! me dije, utilizaria el telefono para saber como deshacerme de ella o como calmarla, lo que sea que me diga el teléfono sera sobre ella y me ayudará, después de todo, siempre me dice cosas que debo saber. Deposite una moneda, lo deje colgando, rápidamente me escondí en el parque, en una pequeña habitacion donde se hallaban las herramientas del conserje de la municipalidad y cerré con llave.
Al pasar una hora decidí asomarme a ver si la chica estaba por ahi, al ver que no estaba, corri rápidamente al teléfono público. Solo faltaban dos minutos. ¡Rayos! debi salir cuando solo faltaran segundos. Espere dos minutos con el corazon en mi mano, volteando y girando a ver cada calle y cada extremo de la pista haber si se acercaba esa extraña muchacha deseando escuchar esa gruesa y entrecortada voz emergiendo del teléfono público. Llegó el momento y pegue mi oido al teléfono, dandome cuenta lo mucho que había llegado a depender de el ultimamente y que por culpa de ese teléfono mi vida estaba colgando de un hilo.
Escuche su voz, esa voz que siempre me había ayudado, esa voz que me tenía encadenado a su dependencia, voz sabia a la que recurria en momentos de necesidad, me alegre al oirla una vez más, aunque al terminar de escucharla me di cuenta de que todo era en vano, y que esa voz me podia decir que camino tomar pero no alterar el camino, mostrarme la manera de resolver el problema, pero no resolverlo. No recuerdo nada más despúes de haber escuchado la voz salir de el teléfono público, tal vez todo paso tan rápido que ni siquiera lo sentí, solo recuerdo lo que la voz me dijo: ”Detras-de-ti”.


Todo comenzó a las 7:50 de la noche. A esa hora y en mi habitación, sólo pensaba en que al día siguiente tenía algunas cosas que hacer en la universidad, tenía un evento importante y debía estar muy arreglada para ello. Ya había acomodado mi cabello en una especie de rollo sostenido por pinzas para que cuando me levantara se mantuviera lacio y bien peinado, por lo que procedí a pintarme las uñas. Realmente en mi mente estaba repasando todo aquello que debía exponer frente a un frío jurado de directores y profesores, sólo me estaba enfocando en eso, y eso era lo único que me importaba en ese momento; pero algo que era importante en una presentación era la buena y limpia imagen. Pinté las uñas de mis manos de un color rojo, tan brillante y profundo como la sangre, ése era el color que más me gustaba. Después de eso, aún repasando en mi cabeza el contenido, miré las uñas de mis pies, las cuales estaban un poco largas para mi gusto. Odiaba tenerlas largas, no me sentía con complejo de águila, así que tome el cortaúñas y con cuidado corté cada una de las uñas de mis pies.
Fue hasta después de que las corté todas que me di cuenta de la situación…
Todo el contenido de mi exposición salió de mi cabeza dejando sólo la carrasposa voz de mi abuela resonando en ella: «Hija, no te cortes nunca las uñas de noche».
Me quedé mirando el vacío por un momento, siempre había creído en mi abuela y en sus supersticiones, y siempre había tenido en cuenta cada una de ellas, salvo por esa noche que la olvidé. Recordé cómo inocentemente había preguntado por qué era malo eso, y que la respuesta no me había gustado para nada, me había causado miedo, y eso era lo que tenía en ese momento, miedo. Suspiré mirando la pared. ¿Y ahora? Mi abuela nunca me había dicho qué hacer si las cortaba, pero sí me había dicho esto:
«Después de las 8:33 p.m., no vayas a cortar tus uñas, ni las de las manos ni las de los pies, pues después de esa hora, ese instrumento de plata estará maldito. Maldito para todo aquel que lo presione sobre su carne y sus uñas; será más afilado y más brillante, y traerá consigo algo terrorífico, algo fuera de este mundo. Recuerda esto: “después de las 8:33, corta tus uñas y vas a temer. Alguien tocará tu puerta, un regalo dejará; no lo abras hasta que amanezca, no seas curiosa. No mires hacia atrás si sientes que algo se acerca, pues el dueño de la caja piensa sorprenderte. No cortes tus uñas de noche, no, si esperas a la muerte”».
Solté el cortaúñas rápidamente y miré las uñas reposar sobre el suelo. El corazón me latía con fuerza, mi abuela no mentía nunca. ¿Y si llegaban a tocar mi puerta? ¿Y si me encontraba con una caja? ¿Justamente en ese momento tenía que vivir sola? No dejé de mirar las uñas, tenía mucho miedo, el corazón no dejaba de latirme rápidamente y sentía que algo malo iba a suceder, pero, ¡espera! No cortes tus uñas después de las 8:33. Corrí a mirar el reloj de la sala y me detuve en seco frente a él observándolo. Marcaba las ocho en punto. Cerré los ojos y solté una bocanada de aire al mismo tiempo que mantenía mi mano derecha sobre mi pecho. Lo había hecho antes de las 8:33, estaba segura, no me pasaría nada.
Repentinamente me rugió la panza, era momento de hacer algo de cenar y luego irme a la cama para estar descansada al día siguiente. Caminé hacia la cocina y encendí la televisión para mirar las noticias, fui hasta el refrigerador y saqué dos huevos para freír. Aparentemente, había habido un incidente en Colorado, algo relacionado con un tiroteo; la noticia parecía indignante, pero más indignante fue lo que dijeron antes de ir a comerciales.
«Ya que son las 8:50 de la noche, vamos a una pausa comercial».
Después de las 8:33, corta tus uñas y vas a temer…
Me quedé paralizada, el corazón volvía a latirme con fuerza y volvía a tener miedo; pero esa vez el miedo fue aún más fuerte, de aquel miedo que te ataca con tal intensidad que te impide mover tus músculos e inmediatamente cierra tus cuerdas vocales, dejándote mudo y paralizado. Habían pasado sólo unos minutos desde que miré el reloj de la sala, ¿tenía mal la hora? Suspiré y temblando un poco caminé hacia mi habitación. Lentamente llegué, con el corazón acelerado y las manos sudando. Eran las 8:50 aún. No podía ser, miré el aparato sorprendida y con algo de desesperación busqué en mi gaveta varios de los relojes que tenía. Tomé uno y lo miré, las 8:50; tomé otro y lo miré, las 8:50; tomé otro, ¡las 8:50! Sin evitar la desesperación arrojé el reloj hacia la pared haciéndolo pedazos y tomé rápidamente mi celular para llamar a mi madre. Pero después de marcar el número, algo resonó en mi cabeza: alguien tocaba el timbre. Me paralicé por completo y el teléfono se resbaló de mis manos cayendo al suelo.
Alguien tocará tu puerta…
Algo me decía que no abriera la puerta, o que la abriera, tomara mis cosas y saliera de ahí lo más rápido que pudiera, pero algo también me decía que ya era muy tarde. Lentamente cerré los ojos, apenas podía respirar, sentía el corazón latiéndome en todo el cuerpo y las manos me sudaban. Pero nunca había sido cobarde, y no podía serlo ahora; quizá era el momento de que mi abuela se equivocara y quizá estaba exagerando. Me levanté despacio y caminé, tratando de calmarme con cada paso que daba hacia la puerta. El timbre sonó tres veces y después cesó. Lentamente coloqué mi mano sobre la perilla, pensando que nada iba a pasar, que seguro era una de mis amigas o mis vecinas fastidiosas, y que nada de lo malo que había pensado me sucedería. Suspiré, cerré los ojos y abrí la puerta.
Un regalo dejará…
Había una caja. El corazón en ese momento me latió tan fuerte que lo escuchaba resonar en mi cabeza, inmediatamente comencé a llorar con desesperación, las manos me sudaron más y más, el miedo me invadía tanto que sólo quería llorar, llorar y esconderme, taparme los ojos y pensar que nada de eso estaba sucediendo, despertarme de esa pesadilla. La caja era negra, un negro perturbador e inquietante; quería patearla, pero temía empeorar las cosas. ¿Qué debía hacer? ¿Qué era esa caja? ¿Qué había dentro de ella? Eso era lo peor, lo que podría haber en su interior. Quería saberlo, ¿y si era una broma? Tenía amigas muy bromistas, pero el susto que tenía no me hacía creer que era una broma. Me incliné y tomé la caja. Estaba algo pesada, lo cual aumentaba mi curiosidad.
No la abras antes que amanezca, no seas curiosa…
No podía abrirla, quería, pero no podía. Dejé la caja sobre la mesa y fui hasta la cocina por un calmante, tomé agua y me lo tragué. Pensé por un momento que debía esperar a que amaneciera, quizá así no me pasaría nada. Sí, eso era, debía esperar. El hambre se me había quitado, sentía la casa más sola que nunca, sentía frío, sentía que cada pasillo era más oscuro de lo normal. Entré al baño y me miré al espejo; tenía el rostro rojo, los ojos llorosos, los labios pálidos, y aunque no podía verlo mi corazón seguía acelerado. Después de que me cepillé, salí y comencé a cerrar las cortinas, entonces el corazón me empezó a latir fuertemente de nuevo. Sentí como si alguien estuviera detrás de mí, parado, respirando; sentía su respiración tal y como si fuera una persona, cercana, fría. Respiraba como los sádicos que aparecían en películas. Nunca había estado tan asustada en mi vida, las lágrimas se me salían y todo el cuerpo me temblaba.
No mires hacia atrás si sientes que algo se acerca, pues el dueño de la caja piensa sorprenderte…
El dueño de la caja, ¿quién era? Sentía que alguien estaba detrás de mí, ¿qué podía hacer? El corazón me seguía latiendo con fuerza, el susto iba más allá de lo que podía imaginar. De repente lo pensé. Yo no podía morir, no esa noche, y menos así. Si no podía mirar lo que estaba atrás, tenía que escapar. Con todo el valor que pude reunir cerré mis ojos con fuerza y corrí hacia la derecha. Abrí los ojos y seguí corriendo rumbo a las escaleras, sentía cómo esa cosa me seguía, aún sentía el frío, aún las piernas me temblaban, aún sentía el miedo, y aunque corría aún lloraba con algo de desesperación. Por más que corría, eso que me seguía no se detenía; llegué hasta las escaleras aún sin voltear y fue cuando mis piernas me fallaron, y entonces caí. Rodé por las escaleras, sentí el miedo junto con el dolor. Las pinzas que sostenían mi cabello se estaban incrustando poco a poco en mi cabeza, haciéndome sentir un dolor inmenso que superaba incluso el miedo. Al final de las escaleras no dejé que el dolor me paralizara, me levanté como pude y corrí hacia la salida. Estaba desesperada, y cuando vi la puerta más cercana a mí tropecé, cayendo al suelo. Giré mi cabeza y observé: había tropezado con la caja y ésta se había volteado, abriéndose. ¿Qué había dentro de ella? Habían dedos, dedos de pies mutilados y ensangrentados, también había uñas. Pegué un grito de terror, alejándome con desesperación de ahí; sentí mi frente húmeda, estaba sangrando gracias a las pinzas que me habían lastimado. Pero más fuerte que ese dolor, fue el que sentí al observar que me faltaban todos los dedos de mis pies. Abrí los ojos de par en par y lo último que vi fue un rostro tan blanco como el papel, y unos ojos más rojos que mi pintura de uñas. Luego de eso, me desmayé.
No cortes tus uñas de noche, no, si esperas a la muerte.
Mi abuela una vez me dijo: «No cortes tus uñas de noche», y en mis años de vida siempre tuve presente eso, hasta que un día lo olvidé. La abuela nunca se equivoca. Ahora les digo a ustedes, no corten sus uñas de noche, siempre habrá un amanecer.






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