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Mi primer libro :3

¡Hola a todos!
He empezado un libro, que me gustarían que leyeran. Esta es solo de las primeras partes. Léanselo y digan que les parece. Es fantasía.






Capítulo 1
La noche había caído tan pesada como cae una piedra al lago. El ambiente era húmedo y oscuro, perfecto para dormir profundamente y no despertar hasta el día siguiente. Las calles estaban solas, y solo las alumbraban las velas del interior de las casuchas. No se podía ver ni un alma divagando por los caminos de piedras. La gente a esas horas ya estaba profunda, descansando para el siguiente amanecer, y trabajar de sol a sol.
De pronto al final de la vieja calle apareció una muchacha de abundante y enredada cabellera pelirroja. Su rostro blanco estaba casi oculto por la mugre, y casi no se distinguían sus pecas que resaltaban sus verdosos ojos. La joven se cubría con una vieja y oscura capa. Andaba descalza, y sus pies estaban marcados por la brusquedad de las piedras.
La muchacha se dirigió hacia la primera casucha y llamó a la puerta. Una mujer de unos cuarenta años le abrió somnolienta, al verla su semblante se volvió serio y le lanzó una mirada de desprecio.
-¿Qué quieres?- Le preguntó de mala gana.
-Buenas noches señora, perdone que la moleste a altas horas de la noche, pero es que parece que lloverá y no tengo techo dónde cubrirme… Además hace casi dos días que no como… Si usted fuera tan amable de…- La joven no pudo acabar de explicarse porque la mujer la interrumpió.
-Puedes dormir en el establo de los cerdos, allí hay agua… Después te daré un poco de pan que sobró de los perros…- Le ofreció la señora como si estuviera obligada a hacerlo.
-Muchísimas gracias señora…- Agradeció la joven apenada.
Tal y como había dicho la señora, la muchacha durmió junto con los cerdos y comió los sobrados de los perros. La joven no se quejó, dado que era uno de los mejores recibimientos que había tenido, pues en otras partes la habían echado de mala manera nada más por ser una sin techo.
A pesar de tener un techo donde dormir, la chica no fue capaz de pegar ojo, sus pensamientos no la dejaron descansar:
<>.
<< ¿Mañana que comeré? ¿Qué haré? Debería buscar trabajo en el pueblo… Aunque seguro no me lo darán por ser pelirroja. >>
<< ¡Por qué diablos tuve que ser pelirroja! >>.
Sin pensarlo, impulsada por la rabia, mando un puñetazo al suelo con todas sus fuerzas, e inexplicablemente toda la tierra que la rodeaba tembló por unos instantes. Atónita sin creer lo que había pasado, miró al suelo, y comprobó que este se había roto en dos en el lugar donde ella había golpeado. Después temblando se miró la mano y vio sorprendida que no tenía ninguna señal, ni siquiera un simple aruñazo, o la piel rojiza e irritada.
De repente entró en el establo el marido de la señora de la casa. Al ver aquel panorama, enrojeció de furia.
-¿Qué has hecho?- Gritó con todas sus fuerzas para manifestar su enorme enfado.
La muchacha sorprendida y atemorizada alcanzó apenas a balbucear unas palabras.
-Yo… Yo… No sé lo que ha pasado.
El hombre que portaba una vela, se acercó más a ella, y al ver con la luz que la joven era pelirroja se enfureció aún más.
-¡Eres una bruja! ¡Una maldita bruja!- Gritó de nuevo.
-¡No! ¡No soy una bruja!- Se levantó ella también. No soportaba escuchar que la llamaran bruja. Por culpa de esas estúpidas creencias se encontraba como estaba, sin hogar, sin comida, sin familia…- ¡Dice que soy bruja solo porque soy pelirroja!
-¿Así? ¿Y entonces que ha pasado aquí? – Replicó el hombre aun furioso.
-¡Ya le he dicho que no lo sé! ¡Pudo ser un terremoto!
-¡No! ¡Fuiste tú! Porque eres una bruja.
-¡Las brujas no existen!
-Me da igual, vete de mi casa. ¡Ya!
-Será de su establo, porque me han tratado como un animal. Pero no importa, ya me voy, no vaya ser que me contagie de tanta estupidez.
La muchacha aun con un poco de orgullo y dignidad salió de las tierras del señor, dolida por las palabras de este. Ya no le preocupaba donde dormir pues ya era la madrugada y pronto saldría el sol.
<>-Pensaba mientras caminaba dirigiéndose a la salida del pueblucho. Decidió ponerse la capucha por encima del cabello, para que la gente no viera que era pelirroja., pues el sol ya había salido y se podía ver claramente.
Ya estaba casi a las afueras del pueblo cuando vio una figura negra acercarse a lo lejos que venía a caballo. El animal iba bastante rápido. A la joven le pareció extraño su jinete, iba encapuchado y ocultaba su rostro. La muchacha siguió adelante. En breves momentos el jinete y el caballo pasaron por su lado, dejando caer un cargamento que llevaba el animal.
La joven se dispuso a recogerlo y llamó al jinete para entregarle las cosas. Se había caído un pequeño cofre de oro, decorado con bellas pinceladas hechas a mano. Observó que el cofre no tenía cerradura, solo un emblema en la tapa, que parecía ser un cuervo negro. La muchacha iba abrirla, pero entonces llegó el jinete. Ella sin pensarlo se lo entregó con suma delicadeza. El desconocido lo recibió también, y sus manos se rozaron. Las manos de aquel jinete eran masculinas, por su fuerza, con unos dedos largos y finos.
-Gracias.- Agradeció el desconocido aun ocultando su rostro. Su voz era extrañamente agradable, era masculina pero era hermosa. La joven levantó la cabeza y lo miró extrañada. Después contestó.
-De nada.
-Es agradable encontrarse con muchachas como tú, educada, prudente y bellas.- Le dijo amablemente, y aun que la joven no podía verle el rostro juraría que había sonreído.
-Muchas gracias. Para mí también es agradable encontrarme con alguien que no llame bruja.
El desconocido rio. Su risa era encantadora, y contagiosa. La muchacha sonrió, aunque lo que había dicho no era un chiste ni mucho menos.
-Dime, ¿qué tendría de malo ser una bruja?- Le preguntó el jinete cuando paró de reír.
La joven se quedó pensativa, y tras unos instantes de reflexión contestó.
-Supongo que nada. Así podría vengarme de toda la gente que me ha dado la espalda.
El jinete volvió a reír, y la muchacha volvió a sonreír.
-¿Cuál es tu nombre?- Le preguntó el desconocido.
-Kiara. Me llamo Kiara.
-Precioso nombre. Dime Kiara, ¿por qué ocultas tu hermoso rostro con esa capa tan horrenda?- Dijo mientras con suma delicadeza le apartaba la capucha de la cara.
Kiara lo miraba sorprendida, era la primera vez que alguien la trataba con tanta ternura y amor.
-¿Y tú? ¿Por qué te ocultas?- Le preguntó ella también, disponiéndose a retirarle la capa también, pero este con amor se lo impidió.
-Yo sí que tengo algo que ocultar, no como tú.
-De mí no hace falta que te ocultes. Yo no juzgo, no soy como los demás.
-Eso no lo dudo. Pero es mejor que dejemos así, hasta siempre Kiara.
El jinete entonces se dirigió a montar en su caballo de nuevo, pero la muchacha lo interrumpió.
-¡Espera! – Gritó Kiara, el desconocido se giró.- No tengo a dónde ir, soy una sin techo. Puedo acompañarte a dónde sea que vayas, te ayudaré, e iré a pie.
El desconocido se apiadó de aquellas palabras y se acercó a la joven. Se agachó, y de la capa sacó un pequeño anillo que parecía de plata.
-No te puedo llevar conmigo. Pero en su lugar te daré esto.- Le entregó el anillo y después con ternura se lo colocó en su delicado anular. – Te protegerá, ya verás que tu suerte cambiará. Dime, ¿cuántos años tienes?
-Tengo catorce.- Respondió Kiara con la voz entrecortada.
-Pues te esperan un montón de años llenos de buena suerte. – El encapuchado se levantó, y antes de que Kiara pudiera decir nada el jinete ya estaba montado en el caballo lejos de donde ella estaba.
















Capítulo 2
El sol ya estaba escondiendo de nuevo entre las frondosas y espesas montañas. Kiara aún seguía caminando con el estómago vacío. Hacía horas que no comía nada, su última comida habían sido las sobras de los perros de esos dos señores que habían sido muy maleducados con ella. Cada vez tenía más sueño, y a medida que el sol se escondía más frío tenía. No entendía nada, según ese amable desconocido, con ese anillo su suerte cambiaría, pero llevaba todo el día caminando y ni si quiera había encontrado gente.
-¡Esto no sirve de nada! ¡Es un estúpido anillo normal y corriente!- Grito mientras tiraba el anillo con todas sus fuerza. Este fue rodando cuesta abajo, hasta que llego a los pies de alguien. La persona lo recogió y lo miro con curiosidad. Kiara estaba tan enfadada y perdida en sus pensamientos que ni si quiera se había enterado que había una persona allí.
-Perdona muchacha, ¿este anillo es tuyo? Estaba rodando solo.- Preguntó el hombre. Kiara lo miró. Era un hombre bastante mayor, ya canoso, algo bajito y robusto.
-Sí es mío.- Contestó la muchacha arrebatándole el anillo de mala manera.
-Ya veo. Pues es muy bonito, deberías cuidarlo más.
-Ya, gracias.- Respondió Kiara sin darle importancia al consejo del señor.
-¿Cómo te llamas muchacha?
-Kiara.
-Entiendo. Esto… ¿Dónde están tus padres?- Aquella pregunta se la hacía ella una y otra vez. ¿Dónde estaban sus padres? Sus primeros recuerdos son en un viejo pueblucho mendigando, no tiene recuerdos de ellos, pero a ella ya no le importaba. Daba por hecho que la habían abandonado y que no la querían.
-Eso quisiera saber yo.- Contestó por fin después de una larga pausa.
-¿Eres una…?
-¿Una sin techo? Sí.
-Dime una cosa muchacha, ¿quisieras trabajar para mí? Tengo un hostal en un pueblo muy cercano, puedes ser la chica de servicio de habitaciones. Te podría pagar con comida y con un techo.
Kiara aceptó, era la mejor propuesta que le habían hecho en años, y no podía desaprovecharla. Un techo y una comida digna a cambio de mantener limpias unas habitaciones no sonaban tan mal.
Emprendieron juntos el viaje hacia el pueblo, que al parecer quedaba bastante lejos. Pero el señor le repetía una y otra vez a Kiara que a la mitad del camino irían a caballo. Durante el viaje Kiara no paro de pensar en ese misterioso jinete, y en su regalo. ¿Sería gracias al anillo que se le presenta esa gran oportunidad? ¿De verdad funcionaba, y su vida cambiaría? Lo único que sabía con certeza era que se sentía más segura, y exactamente no sabía por qué.
<>.- Pensó.- <Ya era casi la madrugada. Kiara no se había dado cuenta que llevaba toda la noche caminando, estaba tan pérdida en sus propios pensamientos que ni se había enterado. Pero pronto empezó a sentirse cansada. Los ojos empezaban a cerrárselos solos.
-Disculpe señor, pero llevamos toda la noche caminando, y la verdad creo que no puedo más.- Le comunicó Kiara con mucho respeto. Se sentía avergonzada por la actitud con la que se había dirigido antes al señor, que había sido tan generoso y hospitalario con ella.
-Pensé que no te darías cuenta.- Sonrió el señor.-Se ve que eres una chica trabajadora, has podido resistir toda la noche. Mi enhorabuena. Tranquila estamos muy cerca de donde dejé los caballos, si quieres puedes dormirte en ellos.
-Muchas gracias.- Agradeció Kiara con humildad. Era la primera vez que la felicitaban por algo, tal vez valía mucho más de lo que ella creía.
El señor no mentía, los caballos estaban cerquísima. Los dos animales eran bastante altos, se veía que eran de pura sangre nada más por su porte. Uno era más grande que el otro, y oscuro como la noche. Su crin era brillante y sedoso, se notaba que estaba muy bien cuidado. El otro era más pequeño y se veía más delicado, era blanco, pero en una de sus patas tenía una mancha negra. Kiara se maravilloso al ver esos caballo tan espectaculares, y saber que montaría en uno de ellos le ponía los pelos de punta.
-Sube, sin miedo. En un abrir y cerrar de ojos estaremos allí. Tú descansa, que el viaje ha sido muy largo.- Le recomendó el señor amablemente.
Kiara con suma delicadeza se subió al caballo blanco. Después empezó a acariciarlo y a susurrarles en el oído. El señor al ver como trataba el animal se quedó atónito, muy pocas personas conseguían subir a un caballo a la primera como había hecho la muchacha, y mucho menos saber relacionarse con él.
-Dime una cosa Kiara, ¿habías montando en caballo antes?
-No, es la primera vez que monto.
-¿Y cómo sabías cómo subirte al caballo, o cómo calmarlos y relacionarte con él?- Preguntó el señor aun asombrado.
-Supongo que solo es sentido común.
Aquellas palabras dejaron aún más perplejo al señor. Nadie que él había conocido hasta entonces sabía cómo tratar a un caballo solamente por sentido común. Sin decir nada más, el señor se dispuso a ponerles las riendas y los frenos a los caballos, cuando fue a ponérselo al animal donde estaba montada Kiara, la muchacha lo detuvo.
-¡Espere! No le ponga le ponga eso.- Dijo Kiara señalando el freno. El señor se sorprendió aún más.
-¿Cuál? ¿El freno?- Le preguntó.
-Sí, eso.- Le respondió Kiara con seguridad y miedo hacían el objeto. El hombre incrédulo le preguntó por qué no quería que se lo pusiera.
-¿Por qué no quieres que se lo ponga?
-Porque al caballo no le gusta, y le da miedo.
-Pero, ¿cómo sabes eso, si ni siquiera sabes qué es?
-No sé qué es, pero al caballo le asusta.
-¿Cómo sabes eso?
-Pues porque…- Entonces la muchacha se dio cuenta que no sabía por qué. Bueno en realidad sí, pero era algo tan absurdo, solamente lo había sentido.- Cuando lo vi, por un momento sentí un pánico terrible, lo empecé a odiar. Fue como si hubiera sentido lo que el caballo sintió.
El hombre se rascó la cabeza en señal de desconcierto, no entendía como una niña de catorce años que jamás se había montado en un caballo sabía tantas cosas sobre ellos solo por corazonadas. Aun así el señor no le puso el freno al caballo, solo las riendas, acto seguido
comenzaron el viaje.
Kiara quedo dormida en el caballo. El descanso fue increíblemente fascinante, jamás había dormido tan bien. Se había sentido como si estuviera descansando en las mismas nubes. Cada paso del caballo había sido como un arrullo que ella jamás recibió, cada suspiro del animal era como una relajante canción, y el suave pelaje era como abrazar una manta hecha de lana calentita. Pero lo mejor de todo fue que durante ese descanso se sintió amada y querida por el animal. Sintió el caballo la había mimado y le agradaba tenerla a su lado, o encima.
Cuando por fin despertó se sintió tan ligera y hábil como una delicada paloma. Después se percató que ya habían llegado al pueblo, en el cual los habitantes ya estaban despiertos y habían empezado su jornada. Los niños corrían en la plaza, las madres cosían o recogían agua del pozo, los hombres cargaban a hombro las cosechas o llevaban los burros cargados hacía sus casas. En aquel pequeño pueblo se respiraba alegría por cada rincón, y sus habitantes se veían felices y tranquilos, pero sobre todo amables y hospitalarios. No sabía por qué pero Kiara podía percibir los sentimientos de los habitantes, los cuales eran bastante buenos.
Pronto llegaron a la puerta del pequeño hostal, donde ahora trabajaría y viviría Kiara. A primera vista no parecía muy acogedor, dado que su fachada estaba muy vieja y desgastada, la madera estaba roñosa, y el letrero se sostenía gracias a dos tornillos antiguos y oxidados. Pero por dentro era más bonito, el piso estaba cubierto con una hermosa y delicada alfombra de lana teñida de roja. Todo estaba impecable, y era bastante luminoso lo cual le daba un toque más agradable. Dentro había dos chicas jóvenes de unos dieciséis años cada una. Una era alta, guapa y delgadísima, blanca y de cabello cobrizo, sus ojos eran de un color miel bastante clarito. La otra era más bajita de cabello negro y algo menos agraciada que la otra. La chica más bajita le dedicó una maravillosa sonrisa de bienvenida a Kiara, mientras que la otro solo la miró. La muchacha pelirroja respondió a la sonrisa con otra sonrisa, y a la mirada con otra mirada intimidante.
-Buenas días Rebecca y Samira. Os presento a Kiara, trabajará con nosotros.- Presentó el señor amablemente.- Kiara, Rebecca es la más amable y sonriente, y Samira la más tímida, pero en el fondo es un amor.
A Kiara no le pareció que Samira fuera tímida, más bien le pareció antipática.
-Bueno chicas, cuidad bien a nuestra nueva compañera. Enseñarle todo lo que deba saber y darle un lugar.- Les ordenó el señor.
-Sí don Vicente.-Respondió obediente Rebecca.- Tranquila Kiara, te ayudaremos a que te sientas cómoda.
Entonces Rebecca le dio un pequeño codazo a Samira en el costado para que reaccionara. Samira entonces le lanzo una mirada fulminante, pero Rebecca la miró enfadada intimidándola.
-Sí…Te ayudaremos…- Dijo Samira sin ganas.


Capítulo 3
Kiara empezaba a acostumbrarse a su nueva vida. No era muy difícil su trabajo, solo debía limpiar los aposentos de los clientes, hacer un par de recados al día y cuidar de los caballos de los clientes y de Don Vicente en el establo. Acababa exhausta, pero valía la pena, al final del día disfrutaba de una deliciosa cena y una cama cálida y cómoda. Pero lo que más le agradaba de todo era sentirse segura que el día de mañana no pasaría hambre, pues antes, cada noche se rompía la cabeza pensando en que iba a hacer al día siguiente para poder llevarse algo de comer a la boca.
También tenía que reconocer que Rebecca y Don Vicente habían sido muy amables con ella, eran como la familia que nunca tuvo. Rebecca era como su hermana mayor, la cuidaba y la protegía. Don Vicente era como un padre, sabio y paciente le enseñaba todo lo que debía saber.
Cuando se sentía sola bajaba a los establos y cenaba allí con los caballos. Sentía que ellos eran los únicos que podían comprenderla, y aunque los animales no hablaran, ellos eran capaces de transmitirles lo que sentían a Kiara. Una noche fría de invierno la muchacha bajó para cenar con los caballos, se sentó al lado de Dulce, la yegua en la que se había venido montada al pueblo por primera vez. Kiara la sintió distinta esa noche, la sentía apagada, sin fuerzas. Entonces la yegua levantó la cabeza y miró fijamente a la joven a los ojos, Kiara pudo observar en el brillo de sus ojos desaliento, y cansancio, como si estuviera enferma. Sin dudarlo dos veces subió corriendo las escaleras, y gritando empezó a buscar a Don Vicente. El señor se encontraba en la recepción.
-¡Don Vicente venga! No hay tiempo, ¡venga!- Le gritaba Kiara mientras lo empujaba hacia los establos. El señor sin entender nada decidió seguir a la muchacha.
Cuando llegaron al establo los dos se quedaron paralizados ante aquella desoladora imagen, Dulce estaba tumbada en sobre la paja con la respiración alterada. Justo entonces, alarmada por los gritos de Kiara, entró Rebecca. Al ver lo que ocurría salió corriendo a buscar un veterinario, Don Vicente la acompañó, Kiara se quedó en el establo junto a la yegua acariciándola.
-Tranquila hermosa, todo saldrá bien. Pronto te sentirás mejor.- Le susurraba Kiara al oído a Dulce. Con ternura y delicadeza la muchacha le acariciaba la tripa.
<>.-Pensó Kiara.- <>.
Movida por el amor y la compasión, la muchacha abrazó a la yegua. De repente algo extraño sintió, sentía como si algo dentro de ella se lo estuviera transmitiendo a Dulce. Se sentía aferrada al animal, como si estuvieran pegadas, después parecía que la yegua le estaba absorbiendo algo de dentro. Kiara insólita, no sabía que ocurría, para ella fue eterno ese momento, pero al final se separó de ella. Entonces Dulce levanto la cabeza más animada, relinchó de alegría y se levantó. Era como si Kiara la hubiera sanado. La muchacha no podía creer lo que había ocurrido, ¿lo habría imaginado?
Kiara estaba perdida en sus pensamientos, cuando oyó que alguien partía un trozo de paja. Giró la cabeza, y vio a Samira que la estaba espiando. La mujer al ver que Kiara la había pillado se fue. ¿Habría visto como sanaba el caballo? ¿Le diría a don Vicente de lo ocurrido? No podía permitirlo, sin pensarlo más la muchacha se levantó, pero justo entonces aparecieron don Vicente, Rebecca y el veterinario.

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