¿No sabes si hablarle? Leé esto...

Siento que nadie sabe que aún vivo. Miro a través de la ventana y el tiempo parece transcurrir normalmente, pero puertas adentro todo cambia: las horas se vuelven interminables, los minutos insoportables, mi propia mente me engaña.
El teléfono suena, sólo es otra publicidad. Vuelvo a sentarme mientras las voces de mi cabeza no paran de hablar. Escucho a mis antiguos amigos hablar sobre mí, sobre cómo nuestras vidas se han separado y no temen en decir cuánto me odiaban por una u otra cosa.



Son las 00:00hs y apago todas las luces, excepto la de mi escritorio. Sigo pensando en cómo llegué a este lugar, solitario como la última hoja de un roble en otoño, esperando a caer. No creo que haya sido causa de la suerte, nunca creí en ella. Tampoco creo que sea culpa de un ente físico, todo el que alguna vez me conoció sabe que la soledad siempre fue una característica sobresaliente en mí; incluso cuando reía en la escuela o la facultad, por dentro siempre me sentí vacío, como si no perteneciese a ese momento.



He decidido sellar la puerta, nunca recibí visitas. Tengo la alacena llena de alimentos no perecederos, no tengo por qué salir a comprar, aunque no tengo la necesidad de cocinar seguido, nunca tengo hambre. Sin embargo, siento cómo hay voces que me susurran del otro lado.
No necesito saber qué pasa afuera, por lo que tapé las ventanas y corté el cable del teléfono; no pertenezco a aquel mundo, no necesito saber nada de él. Mi celular no es más que un pisapapeles sin batería.



No pienso en nada más que en el pasado. Pienso en cómo desperdicié tantos momentos con aquellas personas que consideré amigos, intentos fallidos de encontrar alguien de quien recibir cariño, tiempo estudiando sobre cosas que ahora no hacen nada más que desperdiciar espacio en mi cerebro. Puedo rescatar canciones que escribí, que mi guitarra sin cuerdas ahora no puede volver a ejecutar, como así tampoco mi voz lo puede hacer. No he hablado en más de dos semanas, no recuerdo cómo suena mi voz, y no quiero intentarlo sólo para complacer una tonta duda que acaba de surgir en mi mente.
Quiero olvidar todo eso, pero no puedo. Hay algo que me impide descansar, un enigma que me ha acompañado desde hace cuatro años. Ahora veo mis brazos y piernas, son mucho más pálidos y delgados que en aquellos tiempos, cuando oía a los gorriones cantar. Recuerdo que ese año la conocí, y desde entonces no pude pasar un día sin pensar en ella. Rápidamente nos hicimos amigos; tuvimos muchas cosas en común, quizá demasiadas, como si hubieramos sido una misma persona. Luego de un mes empezó a salir con un chico que no era precisamente buena persona, incluso llegó a ser detenido por tráfico de drogas varias veces antes de tener 18 años. A pesar de que me sentía fuertemente atraído hacia ella, nunca pude decírselo. No es una novedad, creo que no expresar lo que sentía fue la marca de agua de mi vida.



Las voces en mi cabeza no paran de hablarme sobre esos días, ahora lo recuerdo: un día no la volví a ver, y no supe hasta luego de una semana que había sido asesinada por su novio.
Ese fue el último día que lloré, que expresé tristeza a los ojos del mundo. Supe que su asesino se encontraba detenido, y no dudé en ir a la comisaría en la que se encontraba. No lo encontré, así que me hice pasar por un familiar y supe que fue liberado hace menos de una hora. Siempre supe de informática, y en este país con sólo saber el nombre de una persona se puede saber su dirección. Luego de media hora, estuve en la puerta de su casa, y toqué el timbre. Él abrió la puerta.
Al verlo, no pensé en lo que hice, sólo jalé del gatillo de mi USP .45 cinco veces, la misma cantidad de puñaladas que él le dio a ella en su corazón. Esa noche fue la última vez que sentí felicidad, al verlo desplomarse inerte sobre el suelo, junto a los alaridos de una mujer semidesnuda que se veía desde la entrada.



Fui sentenciado a diez años de prisión domiciliaria, tuve un buen abogado. Así es como llegué a donde estoy ahora.
El mundo fuera de este departamento no tiene nada para ofrecerme desde que ella partió. Durante ese año siempre soñé con que nuestros labios se encuentren, algo que nunca pasó. Quizás tuve que haberle dicho lo que sentía por ella, aunque ello hubiese destruido nuestra amistad. Creo que ese es el pensamiento que ocupa el 80% de mi mente, nunca lo superaré.



Guardé la pistola que usé aquella noche, nunca fue hallada por la policía cuando requisaron mi hogar; debieron haber revisado mejor el armario.
Muchas voces me dicen que sólo necesito una bala. Algunas me dicen que merezco morir, otras sólo me dicen que he sufrido demasiado. No creo que haya algo más por lo que volver a salir. Quise quitarme la vida, poner un fin a todo… pero no lo conseguí. El arma se atasca cada vez que jalo el gatillo, los cuchillos no cortan mis brazos, no puedo romper el espejo del baño, no hay manera de hacerlo.
Todo tiene un significado: ahora sé que he muerto el día que me enteré de esa noticia, horas antes de haberlo matado. Estoy viviendo en mi propio infierno, una eternidad sumido en los recuerdos de la vida que alguna vez viví.
Sólo soy un poeta que nunca pudo llevar a la luz sus sentimientos, un músico que nunca dio a conocer sus melodías, un hombre que murió por un corazón roto. Si tan sólo hubiese dicho lo que sentía…



¿Cuál es el mensaje de esta historia? Nunca sabes que deparará el futuro, no hay forma de saber si alguna vez volverás a ver a esa persona. Aprovecha cada momento, toma riesgos. No seas el protagonista de mi cuento, no seas como yo. Buenas noches