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Nuevo cielo (cuento de suspenso)

¿Día? 14: Me di cuenta muy tarde de que esta terrible situación no iba a terminar rápidamente como pensaba y la ayuda que tanto espero nunca va a llegar, así que hoy decidí empezar a redactar estas palabras para que ustedes sepan lo que me tocó vivir. No recuerdo la última vez en la que tuve un lápiz en mi mano, es innecesario contarles cuánto me cuesta darle forma a las líneas y garabatos que dibujo intentando dejar testimonio del crítico estado de los humanos y su mundo.

¿Día? 15: Traté de grabar en el papel la razón de mi llegada a este refugio pero solo tengo un vago recuerdo de la tranquilidad que invadió mi cuerpo en el preciso momento donde pude abrir una de estas puertas. En mi memoria solo se mantiene intacto el terror generado por el mundo exterior.

¿Día? 17: Volví a despertar en esta casa desconocida, pequeña y en muy mal estado, con pocas habitaciones pero con un ambiente tan hostil y brutal como el campo de batalla de una guerra fría y eterna, una guerra sin enemigos definidos donde todo lo que se acerque tiene la muerte asegurada sin importar nación ni creencia, aquí dentro se respira la humedad de una impenetrable tumba y el vehemente miedo del preso segundos antes de ser ejecutado, sé que hay formas inquietas bailando y corriendo por los rincones de esta guarida cuando apago la llama de mi inmortal vela y cada uno de esos seres me observa con una ferocidad capaz de aterrar al león más grande de la selva, no los veo ni los oigo pero sé que ahí están, aunque no tengo pruebas sé que ahí están, al alcance de mis sentidos pero nunca de mis manos. Con increíble vergüenza admito que no tengo el coraje suficiente para mirar hacia la oscuridad de forma directa a pesar de que la tentación sea exageradamente fuerte, le temo a cosas que aún no descubro si son reales o si sólo son infernales reflejos de mi desgastada mente que exige su muy merecido descanso definitivo.

¿Día? 19: A esta altura no me atrevo a decir si lo que cuento son días, semanas o años, ya no sé cuándo termina un día y cuándo empieza otro. Mi cansancio produce fallas en mis piernas y varias veces me he dejado caer al suelo sin la más mínima intención de volver a levantarme. Comencé a dividir mi tiempo en lo que llamo “jornadas”, cada jornada empieza cuando despierto y termina cuando duermo, aunque “dormir” sea una definición muy alejada de lo que realmente hago. Creo que fue por la jornada número 9 cuando perdí la noción del tiempo por culpa de ese maldito fulgor marrón y rojo que tiñó lo que alguna vez fue un precioso y sereno cielo azul, desde ese momento empeoró todo, pasó muy rápido y sin previo aviso, ni siquiera estoy seguro de saber bien lo que sucedió en este pueblo (o lo que queda de él), tampoco me interesa entenderlo, sólo quiero que este sufrimiento generado por la intriga y el terror termine de una vez.

Jornada 21: Revisando las hojas de este diario encontré palabras que no recuerdo haber escrito pero indudablemente fue mi puño el que las dibujó en el papel:

“¿Cuánto tiempo más durará esto? Dudo que mi mente y mi cuerpo resistan mucho por mucho más lo que estoy viviendo. ¡Por Dios! ¡Cómo deseo morir! Me resulta imposible explicar con palabras la necesidad que siento de tener el valor para darle un fin a esto, morir sin la culpa de ser un cobarde que tomó el camino fácil, olvidar lo que me queda por vivir si es que el mundo vuelve a la normalidad alguna vez. Todavía me considero joven aunque ignore el hecho de haber pasado semanas, años, siglos o eones encerrado en este refugio improvisado.”

Suena más cuerdo de lo que suponía estar y me sorprende que todavía conserve el interés por respetar signos y reglas de gramática a pesar de la fatalidad del ambiente.

Jornada 22: No hay diferencia entre el día y la noche, todo es rojizo, marrón, bordó ¿quién sabe? es un color extraño. Solo una palabra puede ser válida y correcta para describirlo: sombrío.
Todo lo alcanzado por este moribundo brillo proveniente del cielo adquiere un aspecto violento y agresivo, las flores dejan de ser símbolo de ternura, los animales ya no se ven amistosos, el agua se asimila a la sangre, todo se vuelve aterrador.

Jornada 28: Gracias a las tablas que cubren cada una de las ventanas y puertas perdí todo contacto con el brillo del cielo, estoy sólo con el viejo revolver .38 que encontré en un mueble de la habitación a la cual no quiero volver a entrar por motivos que aún desconozco. Estoy muy bien abastecido de comida, agua y velas, de hecho es más probable que se termine mi vida antes que la comida y espero que así sea.

Jornada 30: Desperté agitado y empapado de un frío sudor ocasionado por una pesadilla aún peor que la que estoy viviendo y malgasté 5 balas de las 6 que tenía al dispararle a las sombras que jugaban a mi alrededor en una especie de primitivo ritual en el que yo era la atracción principal.
Tomé la decisión de que la última bala sería la que ponga fin a mi desagradable estadía en este castillo del horror. La bala se convirtió en mi tesoro más preciado, ahora ella es mi amiga, no la suelto ni la pierdo de vista en ningún momento, es mi salvación y mi final.

Jornada 38: Grito mi nombre para no olvidarlo, le hablo a las formas de la oscuridad sin recibir respuesta, me divierto y lloro imaginando cómo van a despedazar mi cuerpo las despiadadas criaturas del exterior cuando logren entrar a mi precaria fortaleza (todavía no lo intentaron, quizás no saben que estoy acá). ¿Tienen dientes y garras? ¿Son de este planeta? ¿Son mamíferos? ¿Tendrán piedad cuando me encuentren indefenso, asustado y débil? ¿Me concederán el placer de una muerte rápida e indolora? ¿Me comerán cuando sea solo un pedazo de carne inanimada? No conozco sus rostros, la estructura de sus cuerpos, su idioma, ni su relación con el siniestro brillo del cielo.

Jornada 42: Desde las calles llegan ruidos de todo tipo, rugidos parecidos a los del animal más salvaje jamás imaginado, zumbidos de coches, risas de niños que causan los peores escalofríos que alguna vez haya sentido, sonidos metálicos de herramientas trabajando, lo único que no escucho son voces humanas. No noto conexión entre los sonidos, estoy convencido de que no hay comunicación entre estos seres, solo son sonidos al azar.

Jornada 43: Me encuentro en una poco confiable armonía con los entes de oscuridad que habitan conmigo, su naturaleza malvada se ocultó tras un fabuloso manto de palabras amigables. Me hablan con buenas intenciones, apoyan mi decisión de jalar el gatillo, quieren verme descansar, intentan ayudarme convenciéndome de que el suicidio no es algo muy grave después de todo.

Jornada 47: Las voces se fueron dejándome hundido en una profunda tristeza, estoy otra vez solo con mi arma, mi tentadora amiga metálica y las ilusiones que genera mi mente rota. Ya no hay individuos capaces de juzgar mis actos y pensamientos, mis pecados se convirtieron en divertidos recuerdos de tiempos mejores, donde todavía existían razones para vivir, donde todavía el cielo era azul, lo que hace tiempo hubiera lamentado ante un sacerdote hoy es reminiscencia de mi muy lejana felicidad.

Jornada 49: Entré en la habitación prohibida con la intención de encontrar respuesta a muchas preguntas. El picaporte estaba helado y eso multiplicó la sensación de ser el último ser humano con la temperatura corporal mayor a la de un cadáver. Sólo encontré oscuridad y silencio, sentí perderme en la inmensidad del espacio abierto, vi un agónico mundo flotando en un espacio negro y a la humanidad dar sus últimos y lentos respiros, me vi a mi mismo morir ahogado en estanques llenos con la sangre de mis hermanos decapitados por las filosas espadas de guerreros de antaño, vi el Sol apagarse y volver a encenderse del color del inmundo nuevo cielo, vi legiones de bestiales jinetes pisar nuestro suelo con desquiciada furia, jinetes que cabalgaban el gran cosmos montando animales asquerosamente rabiosos y sedientos de muerte y dolor, animales con tantos ojos como dientes, con tanto veneno como sangre e intenté detenerlos disparando mi oxidada arma casi sin balas pero cargada con la impotencia y la angustia de ver morir a todo lo que alguna vez amé, todo lo que creé, todo lo que vi nacer. Vi la casa arder en arcaicas llamas mientras yo me incineraba atado al pánico y las inseguridades que no me permitieron marcharme a tiempo, llegó a mi nariz el hedor de los putrefactos restos de todos los muertos que alguna vez descansaron en la tierra de pacíficos cementerios, oí el sofocante ruido de las mandíbulas de incontables insectos devorar los cultivos de nuestro mundo con la misma facilidad y rapidez con la que un huracán arrasa con un pequeño pueblo costero, escuche más de mil voces rogando piedad y llorando del espanto y cada una de ellas era mi propia voz siendo gritada por distintas gargantas, gargantas que nunca antes habían pronunciado una sola palabra, degusté el repugnante sabor de cenizas que supieron ser carne y hueso de poderosos dioses, mis extremidades sintieron el sordo temblor causado por los aplausos de colosales tribunas repletas de abominables engendros aún más grandes que el mismo Cronos que disfrutaban de tan nefasto show.

Jornada 50: Desperté en el suelo de la habitación prohibida con la seguridad de haber perdido la razón por la intensidad del terror causado por mi ¿viaje mental? Encontré mi reflejo en un espejo bajo la tenue luz de mi última vela, corrí aterrado al verme tan joven y limpio como el día en el que entré a esta casa, estoy muy confundido. Esto me llevó a cuestionarme cuánto tiempo llevo en la casa, si realmente esto está pasando, si me volví loco de remate y todo fue una ilusión, si solo es una pesadilla, mis piernas no paran de temblar. El temor y la incertidumbre terminaron de destruir la poca sensatez que conservaba.

Llevo 22 jornadas sin ver el perverso tinte del cielo y más de 4 considerando la posibilidad de salir a la calle y enfrentarme al vil brillo que destrozó la vida de todo el universo.

Ya no tengo velas y no creo soportar un solo minuto más en la oscuridad absoluta, cuando reinan el silencio y la oscuridad mi cabeza suelta todos sus demonios presos de mi cordura (o lo que queda de ella) y ellos me aturden con interesantes profecías acerca de mi final.

Impulsado por un valor increíble tomé mi revolver, cargué la última bala mientras le dictaba instrucciones sobre cómo atravesar mi cráneo sin fallar luego de que yo le dé la orden apretando el gatillo y arranqué las tablas que separaban mi ser (ya no estoy seguro de ser una persona) del mundo exterior.

Las cosas que vi fueron las que me mandaron al lugar donde estoy ahora mismo. No podría describirlas, solo intentar recordarlas me hace estallar en el más ridículo e infantil llanto. Estoy confundido, no sé por qué falló la bala si el arma estaba pegada a mi cabeza. Quizás la humedad acumulada en la munición fue la culpable de mi fracaso, quizás sólo imaginé jalar el gatillo pero nunca lo hice, quizás ya no soy una entidad concreta y el proyectil siguió su recorrido a través de mí fantasmagórico cuerpo, quizás esto es una pesadilla, quizás nunca existí, quizás sigo encerrado en la habitación prohibida observando al mundo morir y al universo teñirse de un espantoso rojo.
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