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Oscar Carotto, el artista justamente olvidado




Oscar Alberto Carotto (Rosario, Argentina, 3 de mayo de 1963), cuentista, ensayista, novelista, narrador, historiador, editor y músico argentino, integrante del conocido grupo literario “Hacete hervir y tomate el caldo” (una comunidad de intelectuales un tanto chuscos que se dio a conocer en el panorama cultural rosarino a mediados de los `80), co-fundador de la revista “Confusas” y autor de una treintena de libros entre los que podemos destacar “El Che, la historia”, “Che, historia de una pasión revolucionaria”, “Che, correte que me caigo” y “Aunque naciera de nuevo ni en pedo beso otro sapo”.

Metódico y quisquilloso, nunca llegó a tocar una obra propia en un escenario, fue tan celoso y aplicado en la preparación de sus recitales que sus compañeros abandonaban las sucesivas formaciones de bandas fatigados por las largas jornadas de práctica, sin lograr jamás complacer al perfeccionista insaciable, de allí su renombre como ensayista.


Niñez




Nació el 3 de mayo de 1963, en la Maternidad Martin de la ciudad de Rosario.
Su padre, Giuseppe Carotto, lo reconoció luego de algún tiempo (37 años), aconsejado por los tíos Pedro y Carlos, hermanos de su madre (de la de Oscar) y propietarios de un gimnasio y una escuela de boxeo respectivamente.
Su madre, Carolina Soledad Acuña, era cantante en el “Telarañas Show”, renombrado antro prostibulario del barrio Pichincha de Rosario, lugar donde Oscar dio sus primeros pasos, auxiliado por la tía Rita que lo cuidaba entre bambalinas mientras Carolina realizaba su acto o atendía algún cliente.





Inicios musicales



El éxtasis musical lo impregnó a temprana edad, participando de los ensayos de su madre o cantando en los andenes de la estación Rosario Norte a cambio de unas monedas que los parroquianos le ofrecían para que se calle, ya por entonces podía apreciarse que, a pesar de tener menos oreja que un ofidio, el arte y la armonía serían rotundos en su vida.
Al descubrir sus prematuras dotes Carolina decide recluirlo en un internado, con el anhelo de iniciar al infante en sus primeras instrucciones artísticas, animada además por el resto de los convivientes de la pensión donde residían que ya no soportaban los alaridos del pequeño genio.


Su paso por el Closed Doors Art School fue determinante en la formación del polifacético artista rosarino. Aprendió a lavar retretes, barrer, tender camas, pelar verduras, hacer mandados, lavar y planchar, para pagar la cuota mensual de su estadía en aquel centro de altos estudios ya que su madre no volvió a aparecer por allí desde el día en que lo inscribió. Pero a pesar de lo duro de su instrucción, el pequeño Oscar siempre encontraba un momento en las frías noches que padecía en su diminuto claustro, para ejercitarse en el canto monotonal o estudiar a los antiguos (Lupín, Don Nicola, Patoruzú, etc.) vivificantes prácticas solo interrumpidas por el Padre Julio empecinado en introducir a Carotto en la ejecución de la flauta dulce.

Ya en su pubertad, su espíritu se inundó de anhelos de aventuras y se escapó del internado, colaboró también en su decisión la promesa del Padre de Julio de volver esa noche a su habitación junto a otros párrocos amigos para ensayar una tocata con trombón incluido.



Ansias de libertad



Para subsistir en las rudas calles rosarinas tuvo que valerse de ingeniosos embustes denominados “filos mishios” o “filos mochos” (pequeñas puestas en escena de situaciones fingidas con el objetivo de engañar a los recién llegados a la conocida ciudad portuaria y hacerse de su dinero) verdaderas obras de arte por su ocurrencia y agudeza, que algunos jueces penales no supieron apreciar tildándolas de estafas o simples fraudes. Fue en aquella época que el púber Oscar pudo hacerse de una modesta fama de cuentista, de reconocimiento y observación por parte de algunos círculos literarios y encumbradas sociedades del hampa. Estas prácticas picarescas lo dotaron de un estado atlético envidiable, ya que no todos los participantes de su improvisada actuación se tragaban el libreto y, a continuación y de modo espontáneo, procedían a disponer las acciones para el total quebrantamiento de sus huesos, a lo que el hábil artista respondía poniendo distancia con un violento raje. Fue en estas circunstancias que llegó a batir la marca de los 5000 metros llanos en el caso de un punto paraguayo que peló una faca en plena representación.
Las lesiones recibidas a lo largo de su trayectoria como cuentista lo obligaron poner punto final a su carrera artístico/deportiva en abril de 1977, siendo aún adolescente.


El Arte como destino


Inquieto y famélico remontó las calles de su ciudad natal en cuanto consiguió su primera salida condicional de “La Redonda” (sonado centro correccional de Rosario), buscando trabajo para satisfacer sus necesidades básicas.

Aprovechando sus conocimientos musicales obtuvo el puesto de chelista en un cuarteto sinfónico que animaba las tertulias de la cantina “la Rivera”, en las cercanías de la Estación Rosario Central, donde cada noche hacía las delicias de los concurrentes con un repertorio que incluía clásicos como “Sacá la mano, Antonio” o “¿Qué tendrá el petiso” (la revolución por aquellos tiempos). Los bohemios e intelectuales que frecuentaban el recinto pasaron con el tiempo a formar parte de su círculo más íntimo, influyendo en su razonamiento y consecuentemente en su obra. Su primera novela “Payana” data de aquella época, algunos detractores de la producción de Carotto sostienen que se trata de una copia burda de “Rayuela” de Cortázar, a lo que el autor simplemente responde: “hay que ser muy bruto para confundirse, se trata de otro juego”, y con respecto a que puede ser leída salteando y alternando capítulos del mismo modo que la obra de don Julio dijo: “Para conseguir ese efecto en realidad me inspiré en los volúmenes de Elige tu Propia Aventura”

El amor


Es en La Rivera donde Oscar conoce a Claudia Renzi, protagonista de su primer romance. Lo de ellos no pudo ser un amor a primera vista porque Claudia no entraba en una sola mirada. Podríamos decir que para conocerla había que explorarla.
Cuando Carotto descubrió esos 210 kilos de ternura admitió para sus adentros que aquella mujer no pasaría inadvertida por su vida, ni por ningún radar costero.
Claudia fue la musa de los inicios de su obra, la inspiración de decenas de poesías que mas tarde fueron compiladas en los anuarios del Animal Planet donde le brindaron justo reconocimiento.
El artista quedó absolutamente hechizado por los encantos de aquella mole almibarada. Y también por la cadena de supermercados del padre. Y por su inmobiliaria, y por su agencia de autos también. A fuerza de ser honestos, el joven Oscar sufría de lo que podríamos llamar “síndrome del hechizo fácil”, fruto de años de correr la coneja.
Luego de algunas semanas de noviazgo, los tórtolos se casaron. Debido a las dimensiones de la consorte lo hicieron en iglesias separadas.






Con el tiempo las fisuras y los choques de temperamentos no se hicieron esperar, indudablemente influyó el hecho de que procedieran de estratos tan diferentes, él era un modesto intelectual delictuoso y ella una chica de mundo, viajada. En su adolescencia, Claudia había formado parte de un intercambio cultural (la canjearon por 34 vascos) lo que le permitió conocer los remilgos de la sociedad europea de la que Carotto no tenía siquiera la mas tibia sospecha.
La inminente separación ocurrió de manera moderada y adulta: Oscar se escapó por la ventana aprovechando el sueño profundo de su cónyuge llevando consigo parte de la herencia que ella acababa de cobrar, en calidad de compensación por lucro cesante.

Decidió entonces poner distancias con aquel entorno que lo abrumaba, con los recuerdos de su deshecha relación (y sobre todo con la incomodidad de escapar incesantemente de sus ex parientes políticos y sus matones alquilados) y abordó el Central Casilda con destino Buenos Aires, ciudad omnívora de pasiones donde dilapidó toda su fortuna mal habida en cabarutes de medio pelo y escolasos clandestinos.

Muchos artistas deben su éxito a su primera esposa, y su segunda esposa al éxito. No es el caso de Carotto; porque en sus elecciones amorosas siempre primó el afecto, la pasión y la ternura. Por otra parte, Oscar Carotto jamás obtuvo éxito.

Conoció a Lucía Iturri en un casting para el musical de “El diluvio que viene”, en septiembre del año 1987. Los dos acarreaban pesadas mochilas cargadas de desilusiones y desencantos, la de Lucía también traía un termo y un mate, motivo por cual Oscar se acomodó a su lado y amargo va, bizcochito viene, surgió el amor.
Prontamente se mudaron a la pieza de pensión donde se alojaba Lucía (esa misma noche), y allí convivieron hasta que la dueña del inmueble descubrió la presencia del intruso y su renta impaga, circunstancia que arrojó a los tórtolos a los vaivenes de la cochina calle.





Dado lo apremiante de la situación, y luego de cavilar unos momentos, Oscar convenció a Lucía a iniciarse en la prostitución. Pero este emprendimiento quedó trunco desde un principio, no por la negativa de Lucía quien en realidad lo recibió con animado entusiasmo, si no por la nula recepción de la oferta sexual que el enflaquecido cuerpo de la dama recibía.
Entonces Lucía le propuso a Oscar que fuese él quien se prostituyera, y así lo hizo, a regañadientes se incorporó a la orquesta sinfónica de la ciudad de Buenos Aires y aceptó un trabajo como crítico musical en una revista de chimentos. Su labor como crítico la sobrellevaba con entereza, dadas las famélicas circunstancias, pero su trabajo en la sinfónica le derruía el espíritu lentamente. “ – He vendido mi alma al diablo, Lucía. No creo poder soportarlo” - gimoteaba con frecuencia. Lucía le suplicaba resignación y sacrificio.


El fruto de su pluma


Su trabajo en la actividad editorial lo fue aleccionando en lo que sería su labor futura más reconocida: el engaño escrito.
Comenzó por comentar conciertos y recitales a los que jamás había asistido, continuó escribiendo el horóscopo y la sección de economía, y se hizo popular inventando escándalos en el ambiente artístico.
Esta notoriedad gráfica le permitió abandonar el trabajo que tanto lo mortificaba en la sinfónica, alquilar un departamento de pasillo en Monte Grande y comprar su primera y única moto (una Vespa). Carotto creyó entonces tocar el cielo con las manos.
Para aprovechar ese momento de benevolencia económica decidió expandirse e independizarse: volvió a Rosario, compró una vieja fotocopiadora usada y comenzó a publicar pasquines musicales a los que llamó Cancioneros®.
Si bien hay que reconocer que los comienzos fueron duros, lo cierto es que los momentos posteriores también lo fueron. La quisquillosidad de algunos músicos por las extracciones armónicas fallidas publicadas lo pusieron en forma nuevamente a fuerza de corridas y rajes repentinos.
Para evitar estos descontentos, decidió que lo mejor sería escribir sobre gente ya fallecida, que no pudiesen reclamar ni objetar sus apuntes, así fue que escribió “El Che, la historia”.





Sus magras arcas no le permitían realizar una gran inversión para apoyar este proyecto, pero Carotto tenía la seguridad de que ésta obra sería crucial en su vida, y estaba dispuesto llevar a cabo aquella edición a como diese lugar. Fue así que visitó antiguos amigos del hampa en Pompeya y en Lanús y firmó un contrato para compartir los réditos de la obra. Quizá Oscar pecó de ingenuo o descuidado al no advertir que le pidieron que rubricara aquel contrato con sangre. De más está decir que Carotto no vio un solo peso de la venta del best seller más vendido en Argentina a principios del siglo XXI.


Reconocimiento público


De todos modos la popularidad de su obra sirvió para poner su nombre en boca de todos. Tuvo un inmediato reconocimiento público. Todos reconocían párrafos enteros robados a Pacho O'Donnell, a Felipe Pigna y a Félix Luna. Quizás el hurto menos feliz fue aquello de “lo esencial es invisible a los ojos” de el Principito.
Agobiado por las deudas y perseguido por la crítica (y viceversa) Carotto tuvo aún un trance más amargo que digerir; perdió a Lucía. Nunca supo donde la dejó, aquellos trajines promocionando el libro lo habían tornado descuidado: hoy amanecía en Venado Tuerto, se acostaba en Funes, un desayuno de trabajo en Cañada de Gómez, en fin, los avatares de engullir distancias lo habían tornado despreocupado. Y Lucía, para ser francos, no era una mujer que se caracterizara por ser hiperactiva, quien sabe, tal vez se sentó en algún cordón y se la llevaron los cartoneros. Lo cierto es que Oscar quedó solo, abandonado y sin fe, sin un duro para comer, y sin catre pa`dormir.


Como tenía algunos conocidos que frecuentaban el bar “el Cairo” comenzó a hacerse ver por allí para hacerse pagar una hamburguesa, un café o jetear un cigarrillo. Su rápida y aguda capacidad de percepción le hizo advertir que el turismo incipiente le abría una nueva oportunidad y se abocó a alquilar sus servicios como guía haciéndose pasar por integrante de la sonada “mesa de los galanes” del negro Fontanarrosa (llegó a cobrar 5 euros la selfie). Lamentablemente este emprendimiento también quedó trunco cuando el propio Roberto Fontanarrosa lo exiló a patadas del recinto.

En la actualidad, Oscar Carotto se dedica a la edición de folletines santorales, reside aún en la ciudad de Rosario a la espera de alguna oportunidad en la política o cualquier otra actividad inmoral que le brinde su justo reconocimiento.


http://books.google.com.ar/books/about/El_Che_1928_1967.html?id=WEfjAAAAMAAJ

http://www.editorialintelectos.com.ar/ampliar.php?type=prod&id=157

http://www.libreroonline.com/argentina/libros/175985/oscar-carotto/che-el-la-historia.html
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