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Para reflexionar



La cumbre de la enseñanza levítica acerca de la necesidad de purificarse para entablar una buena relación con Dios es el ritual del día de la expiación. Ese día era tan importante en la vida judía, que los rabinos lo llamaban “el gran día” o simplemente “el día” porque conmemoraba el momento en que se hacía la expiación (limpieza) de los pecados (vv. 16, 21, 30, 33; Números 29:7–11) del pueblo.
Los israelitas tenían que guardar el descanso sabático y ayunar desde la tarde del día nueve, hasta la puesta del sol del décimo día del mes séptimo del calendario judío. La limpieza de pecados no se podía hacer sin el derramamiento de sangre (Hebreos 9:22). De allí que cada detalle del ritual tuviera un significado especial.
El día de la expiación ilustra en forma objetiva los elementos más importantes del evangelio, así como la manera en que el Señor Jesús consiguió la salvación para todos los que confían en él. Se puede decir libremente que esa fecha presenta el evangelio ilustrado, ya que toca los temas del pecado, el derramamiento de sangre, la redención, la limpieza, el perdón de pecados y la fe en Dios. Cristo, como Cordero de Dios, se ofreció en sacrificio para limpiarnos de todo pecado (Juan 1:29). Con su propia sangre efectuó nuestra purificación y redención eternas (Hebreos 9:11–14).
Dos preguntas que frecuentemente se hacen muchos cristianos sinceros al leer la ley de Dios es: ¿era diferente la manera de salvarse en el Antiguo Testamento con respecto a la era de la iglesia? En el tiempo de la ley, ¿la salvación era por obras, y en la actual era de la gracia, es por fe? La respuesta para ambas preguntas es un rotundo no.
Tanto en el tiempo que fue dada la ley como en todas las épocas, incluyendo la nuestra, las personas se salvan de la misma manera, por fe, como expresan las sabias palabras del Dr. Pablo Lowery, profesor del Seminario Teológico Centroamericano: “la salvación se recibe por la fe en lo que Dios dijo acerca de la sangre derramada”; la fe que salva no se deposita en la sangre en sí, sino en lo que Dios dijo que la sangre puede hacer.
La ley enseña que la limpieza de pecados se lograba por la fe en el derramamiento de la sangre de un cordero (compárese Levítico 17:11 con Hebreos 9:22) y el Nuevo Testamento dice lo mismo, que la fe en la sangre derramada por Cristo, el Cordero de Dios, es eficaz para salvarnos y limpiarnos de todo pecado (Apocalipsis 1:5b–6; Hebreos 9:26). Cuando creemos de todo corazón en el mensaje del evangelio (cuyo centro es la obra sacrificial de Cristo), entonces recibimos la salvación. Dios no cambia; es consistente en todo lo que hace y ha provisto la salvación del género humano siempre de la misma forma; él siempre ha dicho que el perdón y limpieza de pecados se reciben por la fe.
En la época del Antiguo Testamento, la gente se salvaba por la fe (no por obras) igual que hoy y siempre y ésta se basaba en la palabra de Dios, como en nuestro tiempo. No hay diferencia alguna. Lo único que es distinto es que hoy contamos con el canon completo de las Escrituras, que contiene la explicación detallada de nuestra salvación por medio de Jesucristo.
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