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¿Patria o buitres?

“La patria es el refugio de los sinvergüenzas” (Samuel Johnson).



Después de trece años en el poder, ya en el crepúsculo de una gestión que conoció tiempos mejores, la Señora encontró la consigna adecuada, tal vez la última antes de que baje el telón y deba enfrentarse a la verdad del espejo, sin maquillajes, sin oropeles y lejos de los aplausos obsequiosos, las sonrisas cómplices de los cortesanos y el parloteo inocuo de los incondicionales.
“Patria o buitres”, es la frase mágica desempolvada de las andrajosas faltriqueras de un nacionalismo que a lo largo de su azarosa historia sólo se mantuvo leal a su íntima y empecinada condición de anacrónico y reaccionario. Lo maravilloso no es que se hayan acordado del estremecedor grito ritual; lo maravilloso es que todavía haya quienes se dejan seducir por ese agónico llamado de la selva, ese retorno a los tiempos de la tribu, cuando la receta infalible para ahuyentar el miedo a la oscuridad y el terror que inspiraban los castigos de los dioses, consistía en inventar un enemigo para descargar allí el resentimiento, la frustración, el miedo y, sobre todo, la incapacidad para ejercer los atributos de la sensibilidad y la inteligencia.
En pleno siglo XXI, la Señora lanza al espacio sideral una consigna que el siglo XX aprendió a despreciar por infame, por mentirosa y, sobre todo, porque los pueblos pagaron un precio muy alto cada vez que quedaron encandilados o sometidos a la melodía pastosa y marcial de un cántico de guerra que se inicia anulando el derecho a pensar y concluye enfangado en la más honda y decepcionante derrota.
Lo que más sorprende es el carácter gratuito y grotesco de la consigna. En tiempos lejanos el ritual era igual de tramposo, pero muchos creían sinceramente en él y no eran pocos quienes estaban dispuestos a jugar su vida en nombre de una causa que se presentaba como justa, heroica y liberadora. El nacionalismo, la religión del nacionalismo, en sus versiones maniqueas y fanáticas, supo tocar una cuerda sensible de la condición humana, su costado más primario y más instintivo, que siglos de civilización nunca pudieron terminar de controlar. Ésa fue su eficacia y ése fue y es su peligro. Millones y millones de personas en el siglo XX murieron en nombre de esa peste emocional, millones de personas en la actualidad están muriendo en el planeta en nombre de Dios, la tierra y la sangre. En nuestros pagos, a nadie con dos dedos de frente se le puede ocurrir que vamos a emprender una gesta revolucionaria contra el imperialismo yanqui y el capital financiero. La primera que no cree en semejante disparate es la Señora, quien más allá de su encendida retórica posee razones materiales y contables para estar del lado de quienes ahora presenta como enemigos irreductibles.
La retórica patriotera ha sido siempre una estafa emocional, la coartada preferida de los corruptos, la baraja marcada de los irresponsables. Los buitres, como escribiera Alejandro Katz en un artículo de esta semana, sólo revolotean en el aire cuando huelen a carroña y, por supuesto, todos sabemos que desde hace años en este bendito país el olor a podrido es nuestra marca registrada.
No, no hay buitres en el cielo azul; hay sinvergüenzas y corruptos en la tierra. En todo caso, ventajeros de oficio, trepadores sociales, baqueanos en el arte del oportunismo, de la tramoya y la trapisonda, de la camándula y el cuento del tío. Luis Alberto Romero, en una de sus recientes publicaciones, menciona al pasar al modesto y desgarbado abogado de una provincia sureña que aprovechó la ocasión para enriquecerse como un jeque petrolero; o como el desvergonzado muchacho de la guitarra, veloz para los números, ligero para lo ajeno, eficaz para engordar cuentas corrientes y que llegó a las más altas cumbres de la política cebado en el almíbar de su sonrisa y la pétrea consistencia de su rostro. “Soy una profesional exitosa”, sintetizó la Señora con rigor hegeliano para explicar el inexplicable origen de su fortuna.
Vivimos tiempos de desilusión y desencanto. Tal vez no sea lo peor que pueda pasarnos. Someterse al encanto del espejo como la heroína del cuento no es un destino deseable para nadie. No sé si las ideologías han muerto o están dormidas, pero a la vuelta del camino aprendí que toda alienación deshumaniza. Las consignas guerreras, los cánticos de combate, la pretensión de someter a las masas a la unanimidad de una causa dejó amargas lecciones en el siglo XX. Hoy no hay margen para reeditar esas pesadillas. ¿Y entonces? El sustituto es la farsa, la mascarada, la manipulación grosera de sentimientos atávicos.
En otros tiempos hablar mal de los Estados Unidos significaba un riesgo, en algunos casos algo más que un riesgo. Hoy sale gratis. Insultar a los yanquis es lo más cómodo y barato del mundo, una manera fácil de posar de rebelde o una excelente cortina de humo para rehuir nuestras culpas y responsabilidades. Las adhesiones que conquista son cada vez más modestas, los entusiasmos duran menos, pero el populismo criollo sigue creyendo en la fórmula mágica.
Dadme un enemigo y os daré un presidente, dijo un político demagogo que adoraba gesticular desde los balcones mientras la masa aullaba en la plaza. “Las masas”, palabra bendita que pone de rodillas a los aspirantes a dictadores de la historia. No hay individuos, no hay personas, mucho menos ciudadanos, hay masas que se manipulan desde el balcón, desde el discurso, desde la demagogia, desde la emocionalidad más cursi y primitiva.
En los juicios de Nuremberg, el señor Hermann Goering -que algo sabía de estos temas- se dio el lujo de darle algunas lecciones prácticas de poder a sus jueces. Básicamente les dijo que pudimos hacer todo lo que hicimos porque el pueblo alemán siempre estuvo con nosotros, no nos dio mucho trabajo convencerlo de que había que ir a la guerra, todo se redujo a una fórmula sencilla y eficaz: inventar un enemigo y convencerlos de que cualquiera que diga lo contrario es también un enemigo.
Benito Mussolini, que tantas enseñanzas y ejemplos brindó a políticos latinoamericanos, se quejaba de que el pueblo italiano no poseía el sentido heroico y trágico del alemán. Sin embargo, movilizó a multitudes y durante más de una década los italianos estuvieron chochos de la vida con su Duce. Quienes lo recuerdan, ponderan su carisma y su verborragia electrizante. Sesenta años después miramos esas escenas y nos parece estar presenciando las morisquetas de un payaso, pero por esas morisquetas -las de él y las de Adolfo Hitler- millones de personas marcharon a la muerte.
Hoy estamos vacunados contra semejantes delirios. Pero el populismo criollo añora esos tiempos. Morir cara al sol les parece una de las aventuras formidables de la condición humana. Lo siento por ellos, pero eso ya no es posible. Nadie tiene ni deseos ni ganas de hacerse matar por semejante causas. El hedonismo, la afirmación del individualismo, la presunción de que los dolores y los placeres hay que agotarlos en esta vida, no sé si son respuestas satisfactorias al ser humano, pero por el momento son buenos antídotos contra los delirios y, sobre todo, contra las manipulaciones de los aspirantes a dictadores.
“Patria o buitres”, en ese sentido, es un anacronismo y una extravagancia. Una consigna percudida y hueca que sólo a fantoches como Luis D'Elía y Hebe Bonafini puede entusiasmar. Sin ánimo de pecar de optimista, digo que la guerra de Malvinas fue el último amague que nos comimos en este juego de reeditar épicas farsescas. Hoy, por esta consigna no se llena Plaza de Mayo, mucho menos la avenida 9 de Julio. Sus pretensiones por lo tanto son más modestas: los patios de la Casa Rosada. No da para más, no puede dar para más. Todas esas pasiones instintivas, primarias, ese nacionalismo pendenciero y juguetón, lo conquistó el fútbol. Allí empieza y concluye la actual épica nacionalista: una mojada de oreja a los brasileños, un chiste de mal gusto a los alemanes, alguna chicana a los ingleses y cada uno a su casa, porque a las diez de la noche pasan mi serie preferida por televisión, la final de la Copa Europa o Marcelo Tinelli nos brinda lecciones de buen vivir.
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