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Peronismo: nombre de la mafia.


El nombre de la mafia
Publicado el 21 de Julio de 2013

Tal vez su creador se inspiró en el corporativismo fascista, pero la criatura se le escapó de las manos y el peronismo se convirtió en el nombre argentino de la mafia. En Sicilia está la Cosa Nostra, en Nápoles la Camorra, en Calabria la ‘Ndrangheta, en Apulia la Sacra Corona Unita… y en la Argentina el peronismo. Quienes traten de entender este fenómeno político no necesitan acudir a Mussolini, ni revisar la supuesta genealogía histórica Rosas-Yrigoyen-Perón, ni someterse al suplicio de la prosa de González (Horacio) o de los mamotretos de Feinmann. Les propongo esta alternativa: vuelvan a ver de un tirón las tres partes de El padrino, la impresionante saga de Mario Puzo y Francis Ford Coppola. Allí está todo, claro como el agua clara.

Allí están la organización vertical, las lealtades personales, el sistema clientelar, la recaudación extorsiva, el asistencialismo, el control territorial, la violenta discusión del poder, el relato justificador de la defensa del grupo contra las amenazas externas, la idealización de la familia y su proyección social, la gran familia, y al mismo tiempo el reconocimiento explícito de que en el fondo todo es cuestión de negocios. ¿Acaso barras, punteros, intendentes, no son la réplica de los soldados, los capodecime, los caporegime? ¿No es posible reconocer en la historia peronista a cada capo de tutti i capi, a cada don? ¿No se valió cada uno de ellos del apoyo de un notable consigliere? Jorge Asís, el brillante causeur de la picaresca peronista, escribió hace poco que el peronismo tuvo tres grandes capos (líderes, dijo él): Perón, Menem, Kirchner, y dos armadores de transición: Cafiero y Duhalde. Como en la mafia, los momentos de liderazgo fuerte son momentos de estabilidad y buena marcha de los negocios. Pero cuando esos liderazgos se debilitan sobreviene un desorden violento cuyos efectos, también como en la mafia, padece toda la sociedad. Cafiero y Duhalde trataron en su momento de moderar esos efectos. En los sangrientos setenta no hubo nadie en condiciones de jugar ese papel. “La violencia es mala para los negocios”, dice Michael Corleone. Por eso los Montoneros nunca pudieron infiltrar realmente el peronismo: su estética fascista y su ética stalinista nada tenían que ver con los negocios, que son la razón de ser de la mafia, del peronismo. Aún cuando familias rivales matan a su hijo Santino y atentan contra su propia vida, Vito Corleone llama a los suyos a la calma, procura evitar las venganzas. Uno se acuerda de Menem y su reacción frente a los tres atentados, uno de ellos contra su hijo. “No es nada personal”, dice el fundador de la familia que anima la saga, “son solo negocios”. Del mismo modo, los enfrentamientos violentos entre peronistas no tienen nada de personal: simplemente se están reproduciendo, explicó alguna vez en tono similar Antonio Cafiero.

Hay varios aspectos, sin embargo, que distinguen al peronismo de la mafia. En primer lugar, digamos que la mafia es un emprendimiento privado. Ha buscado aprovecharse de las debilidades del Estado, y de otras instituciones, como la Iglesia Católica o los sindicatos, cada vez que pudo, pero nunca se confundió con ellas. El peronismo en cambio es la mafia como estructura organizadora y orientadora del Estado, y de cuantas instituciones de la sociedad civil pueda echar mano, siempre con la vista puesta en el objetivo común de todas las mafias: los negocios. Toda la historia del peronismo está marcada por los negocios oscuros realizados al amparo, en complicidad, o a expensas del Estado. Otro elemento diferenciador es la falta de códigos. No existe en el peronismo el famoso código de secreto de la mafia, la omertà. A la corta o a la larga, en el peronismo todo se sabe, como lo prueban las columnas que Asis viene escribiendo desde los albores del kirchnerismo. Tampoco se distingue el peronismo por los códigos de honor, como el que obedece Frank Pentangeli, un caporegime resentido que promete revelar ante la justicia los negocios oscuros de los Corleone pero se arrepiente a último momento y, avergonzado, responde a una sugerencia de la famiglia y se quita la vida. ¿Fariña, Elaskar, Codarin? Bueno, no pidamos tanto: no son peronistas propiamente dichos, no pertenecen a la familia, son sólo associate, giovanne d’onore…

La tercera parte de El padrino, en la que la belleza y la tragedia se combinan como en una ópera, pone el acento en un tema que recorre toda la trilogía, y que consiste en la imposibilidad del don de legalizar su situación, de blanquear sus negocios, por más que lo intente: Michael Corleone recorre el mismo camino de su padre Vito, y fracasa como él. Los dos sucumben a una forza del destino más poderosa que sus poderosas voluntades. Lo mismo que les pasa a los peronistas cuando quieren reconvertirse en un partido democrático.




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