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¿Por qué nadie quiere ser de derecha?



Un fenómeno particular se da en nuestro país (y quizá también en otros países de América Latina) y es que no hay dirigentes ni fuerzas políticas relevantes que se asuman de derecha. Todos suelen utilizar eufemismos como “centroderecha”, “progresista” e incluso “centroizquierda” para disimular la real posición en el espectro político de fuerzas e individuos conservadores, reaccionarios. Algunos llegan a afirmar que se ubican en el “centro” o a negar la existencia de ideologías de derecha e izquierda (lo que vendría a ser lo mismo, en distintas palabras, puesto que el camino del “centro” solo puede transitarse en la retórica, jamás en la práctica), pero lo cierto es que nadie se anima a asumir que es de derecha. ¿Por qué?



La costumbre de definir posiciones políticas en un arco de derecha a izquierda tiene su origen en la Revolución burguesa ―vulgarmente llamada por la historiografía liberal como “Revolución Francesa”―, más precisamente el 11 de septiembre de 1789. Al reunirse ese día los diputados en la Asamblea Nacional Constituyente para discutir sobre si Luís XVI debía o no tener poder de veto, los diputados adictos al rey (mayormente alto clero y aristócratas) ocuparon bancas a la derecha, mientras los representantes que se oponían al poder monárquico (en su mayoría miembros del Tercer Estado, como se denominaban entonces las clases populares hegemonizadas por la burguesía en ascenso) se ubicaron del lado izquierdo del presidente de la Asamblea. En una palabra, de una parte (a la derecha) los reaccionarios, los conservadores; de otra (a la izquierda), los revolucionarios y los reformistas.



Así quedó definido, en todas partes, de una vez y para siempre, el arco político de derecha a izquierda. Sin embargo, la derecha argentina (tanto la fascista como la liberal) se ha hecho odiar históricamente entre golpes, dictaduras, genocidios, ajustes y otras maldades, y esto ocasionó que nadie quiera asumir en el presente que ocupa esa posición en el arco político. Ningún dirigente político se anima a reconocerse de derecha, salvo los que no tienen relevancia.



En lugar de blanquear la posición que ocupan en la práctica y hacerla coherente con su discurso, usan eufemismos. Estos son algunos ejemplos:

La “extrema izquierda” que afirman representar los variados trotskismos: el PO, el PTS y demás (Jorge Altamira, Néstor Pitrola, Cristian Castillo, entre otros). Son los que se hacen llamar “la izquierda” pero que, a pesar de las bravuconadas, difícilmente podrían calificar como tal; el trotskismo no es revolucionario (nunca hizo ni participó en ninguna revolución) y tampoco es reformista (no se tiene noticia de que haya gobernado y gestionado para cambiar la realidad), por lo que no podría estar a la izquierda según la definición de 1789. Pero bien podría estar a la derecha: al plantear cuestiones divorciadas de la realidad efectiva u objetiva, el trotskismo se asegura de que nada cambie y esta es una práctica conservadora. Por estas y otras razones, Fidel Castro definió al trotskismo, ya en la década del 1960, como “el instrumento vulgar del imperialismo y de la reacción.”

El “socialismo” de figuras como Hermes Binner, Margarita Stolbizer y Roy Cortina, entre otros. Legítimos herederos de los “socialistas” gorilas que se unieron al embajador de Estados Unidos Spruille Braden para intentar derrotar a Perón en 1945 y luego apoyaron todos los golpes fascistas desde 1955 en adelante, estos son los que brindaron su apoyo a Capriles Radonski contra Hugo Chávez en Venezuela y hoy defienden la “mano invisible” del mercado, además de otras delicias. De socialistas les queda apenas el nombre, por una cuestión de registro de marcas, pero califican como derecha tanto por ser conservadores como por ser reaccionarios.

La “centroizquierda” o “progresismo” de los barrios paquetes de la Ciudad de Buenos Aires, representado por personajes como Victoria Donda, Humberto Tumini, Pino Solanas y otros. Pese a tener solamente planteos antiestatales y, por lo tanto, liberales, afirman ser “progres” y de “centroizquierda”, sin que nada en su discurso y/o práctica lo ratifique. Son meros peones del poder fáctico dedicados a cooptar algunos elementos de las clases medias urbanas y evitar que se plieguen a la lucha de las clases populares. Por retórica y práctica política, se ubican en la derecha liberal.

El “centro” antipolítico, cuyo máximo exponente en nuestro país son Mauricio Macri y su partido PRO. En realidad no es más que la derecha liberal y neoliberal, el Estado mínimo y el sometimiento a las potencias occidentales, sobre todo a los Estados Unidos. Este “centro” tiene discurso de derecha y práctica de derecha, pero se hace llamar “centro” (o a veces “centroderecha”, cuando se le hace demasiado difícil disimularlo) porque le da vergüenza ser lo que realmente es. Cierta vez, al ser confrontado por si era de derecha, Mauricio Macri evadió la pregunta con otra: “¿El Metrobus es de derecha?”. El Metrobus es una de sus obras y con ello pretende negar la existencia de ideologías de derecha e izquierda, para meter a todos en un mismo saco y disimular los baches propios.

Es necesario, por todo lo expuesto, aclarar posiciones en el espectro político para restar confusión en las identidades. Llamar las cosas ―y los partidos― por su nombre puede ayudar a evitar que bajo un poncho “revolucionario”, “socialista” o “progresista” se oculte el puñal de un proyecto de país basado en la exclusión de las mayorías. La reacción neoliberal no vendrá con un cartel que anuncie “este proyecto es de derecha”. Lo más probable es que venga disfrazada de lo opuesto.

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