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Que difícil es ser hombre en el siglo XXI.

Nicole dice que “en términos de masculinidad hay un par de principios básicos que son que él (la pareja) va a trabajar duro, va a proteger y va a proveer (de lo necesario)”.

Aimée dice de su padre que “es un tipo que llora en las películas y que está bastante en contacto con su lado femenino, pero también es el típico tipo masculino porque se va a pescar, cuenta chistes groseros y es un poco guarro en público”.

Lo curioso de ambas afirmaciones es que Nicole y Aimée viven en el siglo XXI y son universitarias excelentemente cualificadas académicamente y pertenecen a la burguesía sudafricana. Son dos de las muchas chicas de ese mismo sector social que el profesor Richard Quayle, de la escuela de psicología de KwaZulu-Natal, ha entrevistado para su estudio Men and Masculinities. Sus dos testimonios cierran lo que las mujeres de su casta le piden a un hombre “dentro”, en el ámbito de lo íntimo y lo familiar: cobertura económica, profesionalidad, protección física y poca intervención en los campos que consideran exclusivos de la mujer, es decir, la sensibilidad en general, que en todas sus declaraciones, necesita ser excusada y contrapesada con comportamientos supuestamente masculinos. Curiosamente, “fuera”, en el ámbito social y de trabajo, las demandas son casi opuestas. Se busca (se exige) alguien sensible, pasivo, que “sepa perfectamente dónde están los límites” (aunque sepa actuar con autoridad en el caso de una posible aventura sentimental). El comportamiento grosero del padre de Aimée difícilmente sería aceptado en ese contexto, por masculino que les parezca en casa.

Quayle afirma, en resumen, que el papel que se exige al hombre varía según el contexto, con lo cual no es raro que se le pida en el transcurso de su vida diaria la adopción de varios “roles”distintos (sean estos máscaras o no, no parece importar a quien los demanda). Por otro lado, esos papeles son en parte dictados por las mujeres. “Los nuevos modelos de identidad (como el construccionismo social o los modelos dialógicos)”, explica a El Confidencial, “argumentan que todo el mundo, incluidas las mujeres y los niños, se experimentan a sí mismos de manera flexible, y se les requiere que actúen como ‘Jeckyll & Hyde’ para adaptarse a las demandas de contextos distintos. Por ejemplo, un niño puede comportarse de manera diferente en el patio del colegio y en las clases; una mujer debe comportarse de manera diferente con las amigas mujeres en un spa, que en el trabajo, etc. Este es un patrón normal de identidad en la experiencia de la vida. Así que lo que hacemos en nuestro artículo es sostener que las demandas de masculinidad son diferentes para el hombre en distintos contextos y que, pese a los avances hechos por el feminismo, en algunos contextos se demandan formas muy pasadas de moda y hegemónicas de masculinidad”.

Desde su punto de vista, la diferencia cultural o económica entre países no influye demasiado y se muestra seguro de que “si se repitiese esta investigación en otros países, emergerían patrones similares”. Argumenta que “el éxito de la serie de novelas Crepúsculo demuestra muy claramente que incluso los países más educados en la igualdad de géneros están deseando suspender sus ideas igualitarias y sus papeles sexuales en ciertos contextos (en este caso en el concepto del romance)”.

Este imperativo de dualidad parece estar provocando más de una disfunción entre los hombres educados en un paradigma menos bipolar. “El problema es que parece”, dice Juan, español licenciado de cuarenta y cinco años, informático freelance y soltero, “es que lo que es natural en un sitio no lo es en otro y al final las posibilidades de meter la pata se multiplican. Trata a tu mujer como a tu jefa y te llamará calzonazos. Trata a tu jefa como a tu mujer y estás en la calle. No existe un punto medio ni una posibilidad de actuar según un código de valores propio que valga para todo. Y entonces te tienes que replantear lo que a mi generación, los de cuarenta y tantos, todavía se nos explicaba, que había una manera de ser correcta y que esa era la válida estuvieses donde estuvieses”. La solución, según él, es “o buscarte curros como el mío, donde la identidad personal de los jefes está difuminada y, si puedes, quedarte soltero o aprender a bailar en el baile de máscaras. Hay a quien se le da muy bien, pero corres el peligro de perder tu propia identidad”.

Mario, compañero suyo desde la infancia, abogado, casado y con dos hijos, le da la razón: “a mí eso me pasa todo el rato. Me encuentro preguntándome ¿qué haces? Diciéndome: este no eres tú. Eres uno con tu jefa, otro en la cena de empresa, un tercero con el cliente y, si te queda tiempo, intentas recordar en casa cómo se supone que eras de verdad. Al final, no lo sabes”. Él echa de menos intensamente una mayor claridad que parece contrapuesta a los tiempos que corren. “En mi casa, de chaval, sabía quien era. En mi juventud, pese a que es una época de construcción, creía saber hacia donde iba. Ahora no tengo la más remota idea. Tres fotos de mi vida en momentos distintos del día te darán a tres hombres diferentes”.

A ello se une, dicen, que numerosos ambientes de trabajo se han convertido en territorio casi exclusivamente femenino. “Eso crea problemas”, comenta Mario, “porque lo cierto es que gestos y maneras momentáneas que entre hombres no tiene importancia y se olvidan en un momento, no se perdonan nunca entre las mujeres y estarán siempre ahí, pendiendo sobre tu cabeza”. Además, dice, “en casa soy como el rey, que reina pero no gobierna. Lo cierto es que paso por allí para dormir y poco más, aporto el dinero, pero mi mujer manda”.

Quayle, en su estudio, no parece demasiado preocupado por ese creciente estrés de una masa enorme de machos en plena reconversión. “Nuestro interés”, dice, “es saber hasta que punto estas demandas pueden enfatizar los viejos modos no igualitarios de masculinidad en ciertos contextos. No conozco muy bien el contexto español, pero ciertamente en Sudáfrica esta es una cuestión importante para problemas serios como la violencia doméstica y el SIDA/ VIH, y existe claramente una fuerte necesidad de que los hombre comiencen a funcionar de una manera más sensible e implicada en la familia y las relaciones íntimas”.

Desde España, Fermín Bouza, sociólogo y catedrático de Opinión Pública de la UCM, sí reflexiona sobre esa presión social/ familiar. Resalta que es “una de las paradojas sociales que hay que estudiar a la luz de la disonancia cognitiva”. La gente, explica, tiende a situarse, actuar y vivir “en contextos en los que se sienten cómodos con sus principios e ideas, que coinciden con ellos más o menos. Intentan estar en consonancia, quedarse donde van a ver lo que quieren ver y oír lo que quieren oír”. El problema llega cuando, como en los casos de Mario y Marcos y en otros tantos, “se exige que se actúe de distinta manera según el contexto". Y llega la disonancia, que “crea patologías sociales y psicológicas que son casi clínicas”, dice Bouza. “Es sin duda malo para la salud mental”.

En cuanto a la influencia de la mujer en la creación de las ideas de masculinidad que sostiene el sudafricano, se muestra de acuerdo: “en el espacio público cotidiano y en la regulación de costumbres, la mujer siempre ha sido de algún modo el guardia de tráfico”.

En este contexto dual y de conflicto, explica, la capacidad de adaptación es clave: “la humanidad es complejidad; nos hacemos cada vez más complejos, que no más inteligentes, con lo cual la persona individual debe realizar un esfuerzo cada vez mayor de adaptación. El cambio es continuo y es fuente de patologías graves”. Por otro lado, parece que ese cambio es cada vez más rápido. Según el sociólogo, en su labor como docente los cambios de rol se pueden advertir en lapsos temporales pequeñísimos. “Cada año, prácticamente, pueden observarse pequeños cambios en la forma en que los alumnos hablan, visten... y en la forma en la que hay que hablarles a ellos”. Una mutabilidad que él dice llevar bien pero, reconoce, crea problemas a muchos profesores por la constante exigencia de replanteamiento.

Sin embargo, aunque en efecto las situaciones cambian de manera vertiginosa, algunos de los patrones que el grupo de control tratado por Quayle demanda son, como se ha visto, arcaicos y fosilizados. Parece como si uno de los extremos del espectro mutase a toda velocidad mientras el otro permanece fijo. Para el sudafricano, optimista, la cosa puede cambiar, y afirma que “los psicólogos evolutivos y biólogos argumentarían que hay rasgos de la vieja masculinidad hegemónica que son biológicamente automáticos e innatos, pero yo soy de la opinión de que casi todas las expresiones de comportamiento e identidad son construidas socialmente”, aunque reconoce que “ver una identidad como natural o inevitable es un instrumento muy importante del comportamiento social. Por ejemplo, si una pareja camina por la calle y un ladrón les asalta, parece natural que la mujer huya, pero, ¿parecería igual de natural si lo hiciese el hombre?

Desde su punto de vista, la clave no parece estar en tratar de evitar la mutación que se lleva a cabo en el mundo público, acaso imparable, sino en modificar el arcaico mundo familiar hacia formas más comprensivas: “para que el hombre actúe de acuerdo con una nueva masculinidad en contextos familiares o románticos, es también necesario desarrollar nuevos ideales de masculinidad en esos contextos y que las mujeres abandonen algunos ‘disfrutables’ rasgos de los viejos papeles sexuales, como la expectativa de ser protegidas físicamente. Sin duda necesitamos nuevas masculinidades y feminidades, las viejas versiones están relacionadas con el patriarcado y un poder masculino, los cuales –en todos los países del mundo- necesitan todavía ser intervenidos”.

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