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¿Quién mató a Aramburu?

Hay una historia oficial y varias historias paralelas; hay un cauce central y una suma abigarrada de relatos, algunos atendibles, otros desopilantes. ¿A quién creerle? ¿A quién no creerle? La historia oficial es la que contaron Norma Arrostito y Mario Firmenich en septiembre de 1974. Una está muerta y el otro hace años que es un muerto político. Arrostito conversó con el capitán de navío Aldo Luis Molinari, íntimo amigo de Aramburu. La charla se llevó a cabo en la Esma donde ella estaba secuestrada. Según Molinari, Arrostito tomó distancia de Firmenich. ¿Dijo la verdad o se vio obligada a decir otra cosa? Imposible saberlo.


Sótano del horror. Debajo de la casa de la estancia de los Ramus fue hallado el cuerpo del ajusticiado Pedro Eugenio Aramburu.


Las historias e historietas no oficiales provienen de diferentes vertientes, pero las más insistentes están relacionadas con el liberalismo en el cual militó Aramburu. En todos los casos, estos relatos imputan a Onganía y sus colaboradores. Algunos lo equiparan al caso “Zeta”; otros comparan este secuestro y muerte con el del líder democristiano de Italia, Aldo Moro.
El otro amigo de Aramburu, Bernardino Labayrú, asegura que quien sabe la verdad de lo que realmente ocurrió es Eugenio Aramburu, hijo del general. Sin embargo, en una de sus contadas entrevistas, Eugenio admitió que en sus líneas centrales, el relato de Firmenich es verdadero. No lo dice para congraciarse con Montoneros, todo lo contrario. “Son unos canallas, unos asesinos”, dice de ellos. Según su opinión, los criminales debieron admitir la estatura moral de su padre y a desgano y sin proponérselo reconocieron que valía más que ellos.
Eugenio se refiere al momento en el que Aramburu les ordena a sus verdugos que le aten los cordones de los zapatos. Y al instante en que les dice con voz firme: “Procedan”, una orden de la que él primero descreyó y cuya veracidad fue confirmada por el propio Perón, quien hasta se permitió hacer un comentario irónico al respecto.
Como se sabe Pedro Eugenio Aramburu fue secuestrado el 29 de mayo de 1970 por un comando integrado por diez hombres que luego serán conocidos como los jefes de Montoneros, la organización político-militar que nació a la vida pública con ese crimen.
El llamado operativo Pindapoy se cumplió en sus líneas principales. A las nueve y media de la mañana dos jóvenes vestidos con uniformes militares se presentaron en el departamento de Aramburu, ubicado en el octavo piso de Montevideo 1053. La señora del general, Lucía Herrera, abrió la puerta, los hizo pasar, los invitó a tomar asiento en los sillones del living y hasta les sirvió un café. Pedro Eugenio se estaba acicalando. Por el momento, nadie parecía desconfiar. Amigos de Aramburu dirán después que cualquiera podía acceder a su casa; incluso más de una vez la puerta de calle quedaba abierta o sin llave.
Aramburu saludó a los oficiales; éstos le informaron que habían sido asignados como sus escoltas. ¿Les creyó Aramburu? Lo más probable es que haya supuesto que efectivamente eran militares. Agradeció la oferta de escolta, pero por las dudas prefirió decirles que no los necesita. Los soldados insistieron. Ahora estaban solos con él, porque doña Lucía había salido a hacer las compras. Nunca más vería a su marido con vida.
En algún momento, Aramburu sospechó que algo raro está pasando, una sospecha que no involucraba a Montoneros porque todavía no existía, sino contra militares nacionalistas interesados en ajustar cuentas con él. Todas las dudas se disiparon cuando uno de los supuestos oficiales sacó la pistola y le ordenó que sí o sí debía acompañarlos. Los buenos modales se habían terminado.
Ignoramos lo que pudo pensar Aramburu en ese momento. Lo seguro es que no se resistió y que debió haber seguido pensando que se trataba de un operativo montado por el régimen de Onganía en represalia por la conspiración que él estaba montando para ponerle punto final a la dictadura a través de una coalición política pluripartidaria en la que participan, además, calificados dirigentes peronistas interesados en algo así como un “peronismo sin Perón”. Incluso en esos días, Aramburu había declarado que estaba dispuesto a conversar con Perón para arribar a un acuerdo que asegurara la gobernabilidad de la Nación.
Aramburu dejó su casa escoltado por sus secuestradores. Todo parecía cumplirse al pie de la letra. A la altura de la Facultad de Derecho hubo un cambio de vehículo y después la pequeña caravana enfiló por rutas alternativas a su destino en Timote, más concretamente el casco de la estancia La Cesma de la familia de Gustavo Ramus. Allí se iniciará el llamado juicio popular cuyo desenlace era previsible para todos. El 1º de junio, Aramburu fue asesinado por sus verdugos. Ellos hablarán de justicia popular y ejecución. Todas macanas. Fue un crimen. Al que luego le sucederán otros en nombre de la liberación nacional, el retorno de Perón o el socialismo.
Pasado el mediodía, la noticia del secuestro de Aramburu estaba en la calle. El diario socialista La Vanguardia, dirigido por Américo Ghioldi, denunciaba a los sectores nacionalistas del ejército. Algo parecido decían los amigos del general. En ningún caso, se responsabilizaba por lo sucedido a Perón o a los peronistas. Para los venerables “gorilas” de la Revolución Libertadora, esa vez el responsable no era el peronismo sino esa camándula de militares nacionalistas forjados al lado de Lonardi que ocupan cargos clave en el régimen de Onganía: Francisco Imaz, Mario Fonseca y Eduardo Señorans, entre otros.
Todos se preguntaban cómo era posible que a un ex presidente le hubieran retirado la escolta. También se preguntaban por qué motivos el teléfono del departamento de Aramburu estuvo sin funcionar en esas horas clave. Los operativos de rescate eran lentos e ineficaces. El subcomisario Osvaldo Sandoval, encargado de llevar a cabo la investigación en esos días, fue acribillado a balazos en una estación de servicio de Triunvirato y Olazábal. Se sabrá después que Sandoval estaba decidido ir a fondo con la investigación. También circulará el rumor de que Sandoval había visto con vida a Aramburu en el Hospital Militar, con lo que no sólo quedaban complicados los funcionarios de Onganía, sino que se venía abajo la teoría del secuestro revolucionario perpetrado por Montoneros.
Los secuestradores eran conscientes del paso que están dando. A Aramburu había que eliminarlo como represalia por el fusilamiento del general Valle, la proscripción del peronismo y el secuestro del cadáver de Evita. Pero también había que eliminarlo porque era el artífice de una salida política que para sus verdugos comprometía la perpetuación del régimen. Por un lado, la venganza; por el otro, una interpretación política de los acontecimientos que luego será una marca registrada de Montoneros: promover un acto político a partir de la muerte de un enemigo real y simbólico.
En aquel contexto, se incluía el cadáver de Evita. La necrofilia siempre estará presente. Cuatro años después, iban a secuestrar el cadáver de Aramburu para negociar con sus enemigos de turno. Por eso matarán a Rucci y a Mor Roig. O en versión retrospectiva, se atribuirán las ejecuciones de Vandor y Alonso. El operativo Pindapoy fue un anticipo de futuras acciones sostenidas desde una lógica perversa. Todo valía para cumplir las metas. Los acuerdos con Imaz no fueron diferentes a los entendimientos con Massera.
Cada uno puede hacer las disquisiciones políticas del caso con lo sucedido, pero lo cierto es que en términos prácticos lo que no pudo realizar Aramburu lo hará realidad tres años después Alejandro Agustín Lanusse a través del llamado Gran Acuerdo Nacional. Desde esa perspectiva, el asesinato de Timote no produjo los resultados deseables, pero desde la perspectiva de Montoneros el crimen no sólo dio nacimiento a la organización sino que la prestigió simbólicamente en el universo peronista de la resistencia.
Matar a Aramburu era un reclamo instalado con fuerza en el imaginario peronista. Los muchachos se presentaban como los grandes justicieros de la causa. Los símbolos y los mitos fueron decisivos para construir la entidad de la organización. Montoneros sabrá administrar con perversa eficacia esa simbología fundada en la venganza y la muerte. (Continuará).


Los símbolos y los mitos fueron decisivos para construir la entidad de la organización. Montoneros sabrá administrar con perversa eficacia esa simbología fundada en la venganza y la muerte.
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