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Rara avis in terris

En el interior de una noche, que debo rescatar de un olvido extraño para poder comenzar mi descripción, me hallé sumido en una casa enorme y colonial.
Rodeado como estaba por velas moribundas, tendido en un gran sillón victoriano junto a una mesa circular, me sumía a cada segundo más y más en el sopor del incienso que daba forma a mi imaginación, a contraluz del lejano techo de telarañas flotantes. Afuera, en el corazón del nocturno, la lluvia caía a trompicones. Las cortinas rojas y doradas desplegaban su presencia pesada sobre la alfombra, mientras las sombras producidas por la danza bélica entre cada vela de la habitación describían extrañas premoniciones en todo rincón. Libros del polvo me rodeaban, junto a cenizas derramadas que a veces se congregaban, en una sensación de presencia junto a la chimenea cubierta en mohosa humedad.
Obnubilado por un soberbio letargo, me hundía en mis largos ropajes negros y en la meditación, confusa operante de mi temor por los imparables truenos que iluminaban la carta sobre la mesa. Había sido escrita por la mano de un viejo conocido de una escuela oculta a la que asistí en mis años mozos como noble estudiante de artes esotéricas y olvidados cronicones que alguna vez fui. Impetuoso, él aún parecía mantener su vigor e interés por los misterios relativos de su propia impronta metafísica en este plano existencial. Por mi parte, acaecido yo, como un pueril habitante del más inhóspito vulgo urbano en costumbres y pensamientos de desánimo, nunca jamás iluminados nuevamente por la esperanza de mi alma y anhelante belleza de salvación etérea, mis costumbres no eran más las que una vez hubieran sido.
La expresión superficial de mi persona solamente denotaba en mí aún cierto gusto refinado por la exquisitez de las delicadas obras del espíritu, pero en el interior más profundo... mis acciones se confinaban únicamente ya a los placeres de la carne en su forma más denigrante y animalesca. Es claro decir que nada de esto expresaba un verdadero contento en lo más hondo de mi esencia humana, pero ni aún pudiendo mantener como sagrada esta pena constante por la humillación de todo lo virtuoso en mi corazón, los demonios con los que compartía morada simplemente parecían regocijarse sobre este punto doliente, utilizandolo de forma magistral como contraste fetichista para sus privados goces de reptante naturaleza.
La carta, al fin y al cabo el objeto primario de este indigesto relato, rezaba así:


"Querido Sr.

Entregado a usted y su delicada atención como respuesta a una apremiante necesidad de corresponder con mi amor por los valles ocultos del conocimiento, me he dado en la presurosa necesidad de apersonarme en su hogar el día 1 del mes entrante a la hora 1 de la madrugada y cargando conmigo el secreto número 1 de mis más anhelados descubrimientos de reciente procedencia.

Atte. Charlotte de Nereida"


Así, tal cual se conformaban en mis entrañas los temores nebulosamente infundados de pasados momentos del más heterogéneo horror, me vi a mí y mi noctámbula figura caída en abandono, entre las sombras de mis pesares y la habitación, esperando ya nada más que el inevitable e inminente golpe, triplicado en profundidad sobre la arcaica madera de mi puerta.
Um.
Um.
Um.
Me erguí, creyendo percibir lejanos lamentos entre los bailes de la lluvia y el bosque tras mi decaída morada y, con la pesadez manifiesta del más íntimo sentir, inundado por una apremiante necesidad de esconder la debilidad de mi voluntad, arrastré los ropajes negros a través del suelo y las cenizas. Para responder a aquella llamada de la noche y el tiempo, requerí de todo un valor ilusorio que, por momentos, deseaba con todo el corazón lograr convencerme de ser auténtico poseedor y ya, no más, un simple bufón de mis propios delirios.
Entonces respiré profundamente y me contuve de gritar, mientras sentía la presencia apremiante de mis amados demonios en su arrastre, infectos poseedores de mi corazón y profanadores del santuario abandonado, una vez impoluto hogar de mi alma caída hoy en el abismo espiralado de la pura totalidad.
La inmensa puerta de madera retorcida se abrió, dejando ingreso a un torbellino de rígidas hojas fallecidas que se entremezclaron con el polvo y las telarañas de dibujos hipnóticos, inmortales sobre todo el mobiliario.
-Charlotte, te esperaba-dijeron mis facciones decrépitas.
-Yo también-respondió él, al tiempo que cerraba su paragüas e introducía su persona en mi morada.
Cerré la puerta, no sin antes echar una última visión al dulce paisaje de aquella caótica pero silenciosa medianoche. Nuestro paso por las entrañas de la casa, hacía el estudio donde tenía todas las velas encendidas de que disponía, se vio dirigido por un enmudecimiento mortuorio, pero mentiría si negara que casi... casi podía... ser capaz de escuchar una fúnebre melodía de órgano en el aire, como si llegara desde los confines del bosque, depositada en el aire como un lamento y compuesta en una vieja capilla cercenada al olvido eterno.
La puerta de mi estudio fue cerrada con llave al tiempo que, haciendo pronto disimulo de mi impaciencia, dejé mi cuerpo caer como un peso muerto sobre el sillón otra vez. Olas de polvo se alzaron, enarcando como un retrato oval los limites de mi palidez anatómica que siempre insistí en recubrir de negro.
-Tengo aquí-dijo Charlotte, abriendo su bolso raído.-Toda la teoría del nuevo experimento en el que me veo envuelto.
-Permita.
Mi compañero me entregó las hojas y tomó asiento, sin mediar sobrada palabra, entre la formación aún lumínica y joven de ciertas sombras junto a la ventana. Podía percibir, por más que se afanara en dar una impronta de calma, la totalidad de su impaciencia mientras contemplaba la tormenta que no había osado amainar ni un milimetro desde su inicio. Bajando mi vista y palpando la desagradable suciedad de los papeles retorcidos y con tinta por todas partes que me había dado en aceptar, me embarqué en el intento de fundirme en su caótica composición.
En ellos, y a lo largo de una maraña de anotaciones al márgen, bocetos y párrafos enteros, Charlotte describía el hallazgo de un hecho tan importante como peligroso. De esta manera, se adjudicaba a sí mismo el título de "Descubridor de la conducta vibratoria del sonido como catalizador para la desintegración de un cuerpo en vida", explicando de forma teórica la manera en que una determinada y precisa nota de un antiguo y oculto alfabeto musical era capaz de desintegrar puntualmente el compilado de órganos y presencia energética que componían a una criatura andante, al parecer, humana o animal.
-¿Acaso te refieres a una exacta nota de vibración para cada criatura existente en el planeta entero?-fue mi primer pregunta.
Asintiendo, respondió sólo lo siguiente:
-Creo que encontré la mía.
Volví a los apuntes, cerrando los ojos sólo un instante por la presión que aquel segundo descubrimiento que acababa de revelarme inducía en mi concepción del futuro próximo y, por consiguiente, el motivo absoluto de su visita. En esos papeles se encontraba el saber básico que servía únicamente de introducción a la ramificación científica que presuponía la entereza real de una revelación semejante.
-¿Tienes este alfabeto musical enigmático y olvidado que mencionas?
-Sí.
-¿Me lo permites?
Con una rápida y huidiza semblanza de leve disgusto en su rostro, extrajo del bolso un enorme papel desplegable que tendió sobre la mesa y que contenía lo que parecía ser más bien un mapa estelar de alguna galaxia o composición microscópica de un sistema biológico, antes que una escala de tonalidades bajo las cuales podía llegar a componerse música que no había sido escuchada por oído humano jamás, si es que no por la antiguedad originaria de nuestra raza o, tal vez, una anterior. Me explayé sobre él, pero no fui capaz de conformar en mi entendimiento absolutamente nada más que una lejana familiarización con parecidos ordinarios y terrenales de símbolos conocidos sólo por viejos infolios que mi memoria desintegraba, poco a poco, en el proceso de la natural decadencia vejestoria.
-Quiero que toques esa nota por mí-dijo, firme y aparentemente cuerdo.
Lo observé con dureza, algo enfadado no tanto por su decisión de posible suicidio experimental sino por la responsabilidad que caía sobre mí por sorpresa y sin previo aviso. Era una decisión de dificil moral pero, al parecer, tan necesaria en aquel estado de progresión inventiva en que mi amigo se encontraba descendiendo como el aire mismo que respiraba.
-Esto significaría tu asesinato-dije.-Provocado por mis propias manos.
-Prueba y error, ¿recuerdas?
-Estás equivocado. Esto significaría, en tal caso de aparente gracia para ti, el error definitivo.
Desplegó sus brazos a ambos lados de su cuerpo y sonrió cuando dijo:
-Estoy al tanto de ello.
Miré en aquella composición que consideraba un mapa sideral de origen imposible para los límtes de nuestros atrofiados sentidos.
-Aún si aceptara esta carga que me has cedido sin molestarte en consultarme, ¿cómo voy a reproducir la nota que requieres con un instrumento ordinario? Sólo dispongo de mi viejo piano en el comedor.
De las sombras, sobre el rincón que había decidido ocupar en su encuentro con mi estudio, sacó a la luz un objeto de tamaño mediano que cargaba oculto por trapos húmedos y colgantes. Removió aquello y me enseñó el artefacto más extraño que jamás había contemplado en todos mis años de vida terrenal. Tenía válvulas, cuerdas hiladas como venas, huecos de cóncavo escape y perillas hechas de un material óseo de procedencia totalmente desconocida, probablemente mineral debido a algunos minúsculos destellos en ciertas protuberancias superficiales. Me lo tendió y lo tomé con ambas manos, temeroso siquiera de dejar la impronta de mis dedos sudorosos y terrarios sobre aquella materia de ajena realidad inhóspita.
-¿Cómo...?-balbuceé.
-No quisieras...-dijo Charlotte, sombrío.-... saber cómo me hice de él. Pero si, en cambio, te refieres al manejo operacional, bueno, es algo menos complejo de lo que aparenta ser.
Se lo tendí, admito, un poco tembloroso.
Él lo contuvo un instante, como a una criatura de angélica presencia pero sólo en superficial manifiesto, antes de llevarse un diminuto orificio membranoso, que me hubiese llevado meses de detenido estudio poder descubrir, a la boca. Sopló, entonces, con mediana fuerza al tiempo que algunas de las cuerdas temblaban de manera casi imperceptible y un sonido gutural, cavernoso y angustiante brotaba de algún hoyuelo imposible de determinar.
¡Oh, por favor, si alguna vez tuviese palabras para emular siquiera una límitrofe definición de lo que aquel canto abisal forjaba, rechinante, en las entrañas de mi aletargado espíritu! Pude verme, en un momento de insana inspiración, tendido bajo una arboleda submarina y oculta ante los ojos del mismísimo todopoderoso, rodeado de faunas emulaciones desgraciadas y funestas... en mi canto, oh, en el precioso canto que creí escuchar desde las alamedas y las proximidades malditas de mi presencia, en aquella tierra creada por y para el único e incognocible olvido. Mi conciencia, meditabunda entre valles de perfidia sin parangón, no era capaz de hallarse a sí misma, perdida entre oscuridades cósmicas, desperezadas únicamente por los imposibles tintineos del óxido, sobre los campanarios del mismísimo final. Y yo, maldito gusano de la tierra, retrocedí, cayendo en un vasto pasaje alucinógeno sobre mi sillón de polvorienta e inmensa desazón.
-Similar... fue el efecto sobre mí, la primera vez que escuché tocar esta música ancestral.
No podía elaborar pieza de vocablo alguna, sumido como estaba aún en aquel efecto devastador sobre mi sinapsis. Así que Charlotte, habló así:
-Esto que vienes a experimentar aquí y ahora es sólo una expansión secundaria, colateral, de los efectos congregados y devastadores que este instrumento, en su uso, es capaz de crear. Aquello que crees haber visto, en las penumbras de tu entendimiento, es sólo el deshecho de la marca de su paso a través de estas capas dimensionales que nos dan forma y concepción. No podriamos, ninguno de nosotros, en este estado de creencia de existir que habitamos y en el cual nos descascaramos a cada paso, ser capaces de darle alcance al verdadero poder espiritual que esta... oculta escala musical representa en el espacio y el tiempo. Imagina, por un segundo, mi querido amigo, en el estado actual que cargas, si este instrumento hubiese efectuado la sintonía precisa e indefectiblemente puntual que tu organismo necesita para ser compelido a otro estado de perpetua vivencia perceptiva, ¿qué es lo que entonces te habría ocurrido?
"¿Puedes entender, quizás ahora, el por qué necesito con tanto ahínco efectuar dicha sintonía personal, habiendo sido capaz de descubrirla?
Restregué mi lengua por mi cansino paladar y levanté mis párpados, pesados como hierro fundido.
-¿Cómo puedo deducir... mi propia nota?
Charlotte me tendió el instrumento nuevamente.
-Puedo hacerte un bosquejo del método que a mí me condujo hacia el resultado. Y ésa, es toda la seguridad que puedo ofrecer.
Tomé el aparato entre mis manos, ahora, con una plutónica parafernalia en mi accionar, ya mucho más cercana a la que Charlot mismo había tenido, momentos antes, para con el apocalíptico artefacto.
-Dime cómo representar tu nota-sentencié, funesto.
La forma en que hube de planificar la exacta disposición de mis dedos y mi boca no lo era todo, también debía ser acompañado por una precisa postura corporal antes de inhalar el aire que serviría como elemento catalizador. No osaré siquiera intentar describir aquello, lo siento. Sólo diré que fue allí, en presencia de las velas y las fantasmagóricas siluetas de mi estudio, que compaginamos aquella noche semejante acto ritual y cabalístico, que devino en las condiciones que desglosaré a continuación.
Primero, no hubo sonido alguno en el aire. Esto fue lo que creí percibir cuando al realizar, luego de una profunda inhalación, el soplo definitivo sobre aquella evocación de misterios insondables, no sentí absolutamente nada en los oídos. Creí que había hecho algo mal, tan imposiblemente seguro de los efectos devastadores que había tenido sobre mi conciencia momentos antes, al no percibir nada. Mis dudas se disiparon, al contemplar a Charlotte.
Un áurea luminosidad de oscurísima procedencia comenzó a desprenderse, según creían mis ojos, de los rincones de la habitación, como una ascensión que rodeaba el cuerpo rígido de mi viejo compañero. Ahora, conducido por mis incansables meditaciones nocturnas, creo que aquello no provenía de afuera sino que todo el tiempo fue parte de su propia composición espiritual y material, alternandose en una clase de fusión, sobre aquel espacio que su cuerpo ocupaba en aquel preciso instante de desplazamiento astral. En su arrastre metafísico, y definido por una extraordinaria escala de colores que jamás creí poder llegar a ser capaz de contemplar pero que sólo duraron en vigencia una milésima de segundo, todo su ser se contrajo en una forma algorítmica que precedía de su propio origen en los límites espectrales de la gran ecuación divina.
Charlotte fue polvo y espacio vacío. Y yo, atónito mientras contemplaba las marcas que había dejado su presencia sobre el suelo lleno de cenizas, observé que la lluvia había cesado en su caída.
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