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Reflexiones Doctrinales: Perversión Democrática (6)


– VI –

La democracia en concreto

No quedarían completas las anteriores reflexiones, si todas estas críticas teóricas a la perversión democrática no encontraran su fundamento in re, su sostén en la realidad, su corroboración en los hechos. Pues ¿de qué valdría probar un mal en el orden de los conceptos si aplicado resulta que el mal denostado es un cúmulo de bienes? Si por los frutos los conoceréis, “los frutos podridos de la democracia”, como dijera Hugo Wast, prueban que el árbol que los engendra tiene raíces funestísimas. Es cosa de marxistas —cuando se ven acorralados por la triste realidad del experimento soviético o algún otro similar— andar diciendo que el comunismo es teóricamente perfecto, y que sus excesos prácticos no invalidan la pureza de sus principios. Y es cosa de lelos andar quejándose de los innúmeros perjuicios ocasionados por las praxis democráticas, pero hacernos creer que los mismos no prueban la negra fundamentación ideológica en que se alimentan y nutren. Deber de la inteligencia que busca la verdad entera, es no sólo theorizar —ciertamente lo primero— sino constatar y verificar en los hechos lo que la reflexión pura ha juzgado como valor o disvalor de determinado objeto de análisis. Esto es lo que marca no sólo el sentido lógico y epistemológico de una investigación, sino también el sentido ético de quien la lleva a cabo.

Por eso, vuelve a desbarrar estrepitosamente Beccar Varela cuando reprocha mis referencias “a las democracias actuales”, pues según su peculiar óptica eso equivaldría a ir “patinando del concepto en abstracto hacia las aplicaciones prácticas”, abandonando “el plano de las definiciones y pasando al de la práctica”. En todo lo cual ve “un error lógico” que cometo para dejar de lado “el plano de la teoría, en el que se sabe en falso”, y pasar “al plano de la práctica” (Cosme Beccar Varela, “Respondo al Profesor…”, ibidem).

De acuerdo con este novedoso enfoque gnoseológico, cumplir con los requerimientos elementales del método inductivo-deductivo equivaldría a escaparse por la tangente. Pero negar el principio de que el efecto contiene a la causa sería el norte de toda logicidad intelectual. Probar la validez de un discurso con hechos, ya no con palabras, implicaría un imperdonable abandono de las abstracciones. Violar la realidad por la cual operatio sequitur esse, traería fama y segura monta de sesudo escudriñador.

Aumenta y potencia la patochada del crítico la sostenida afirmación de que coincide plenamente conmigo en el repudio a las “democracias concretas”, pues “no hay ninguna democracia concreta que esté organizada en forma legítima ni que produzca funcionarios aceptables. Todas son censurables en mayor o menor grado” (Cosme Beccar Varela, “Respondo al Profesor…”, ibidem). ¿Y de dónde saldrían estas misteriosas perversiones prácticas de la democracia? ¿Cuáles serían las causantes de esta sistemática corrupción empírica? ¿De do proceden los motivos y las razones que de un modo unánime y reiterado tornan impura una estructura de poder, un modo de gobierno, una modalidad práctico-política? No hay múltiples pornografías concretas ilegítimas por protestar, mas dejando a salvo la teoría que legitima el ser pornográfico. Desde que el ser precede al hacer, y la inteligencia a la voluntad, la teoría según la cual es legítima toda aborrecible prostitución con fines comerciales, vuelve perversa las múltiples pornografías concretas. El efecto contiene la causa. La operación sigue al ser.

Por eso Alberto Falcionelli, en su enjundiosa obra sobre la democracia, después de los necesarios prolegómenos teóricos, toma el toro por las astas y “pasa revista” a las diferentes formas concretas del fenómeno, para concluir en la perversidad operativa de todas aquellas. Sea la “democracia laica, laicista de vocación”, la “democracia progresiva de derivación americana”, la “democracia social o socialdemocracia”, la “democracia socialista”, la “democracia popular” o la “democracia cristiana”, a todas las une el común denominador de su connatural estulticia. A todas las reconocibles o por reconocer, ya que “democracia y métodos democráticos hubo y hay en cantidades, casi diría incalculables. Se los concibe, promueve y difunde (id est, impone) de modos tan disímiles que ni siquiera Dios Nuestro Señor, si fuese democrático, reconocería a los suyos”.(32)

No es una excepción sino la regla el caso peculiar de la democracia en nuestro país, en su versión contemporánea si se desea circunscribir el juicio didácticamente. Por eso he dicho, he probado documentalmente y me reitero ahora que “la democracia en la Argentina agrega un plus a su connatural perversión, que no debería pasar inadvertido para un argentino de honor por ser el fruto de la derrota de Malvinas” (Antonio Caponnetto, “La confusión…”, ibidem). Pero para Beccar Varela —que entre otras ignorancias ignora el maldito accionar del Imperialismo Internacional del Dinero; que entre otras omisiones omite denunciar regularmente los planes de la judeomasonería; y que entre otros silenciamientos silencia la acción devastadora del capitalismo británico en estas tierras, a partir de la derrota de Caseros— la alusión a la guerra justa de Malvinas y a las consecuencias trágicas de su fracaso, en todos los órdenes, es nada más que “una frase demagógica”. “Hay que recordar —agrega— que esa guerra fue decidida y estúpidamente perdida por el gobierno militar” (Cosme Beccar Varela, “Respondo al Profesor…”, ibidem).

Latiguillo demasiado parecido y por lo mismo, demasiado falso y demasiado ruin al que esgrimen las izquierdas de todo pelaje. Si en los indefendibles años del Proceso hubo una decisión que no fue estúpida, consistió la misma en decidirse a recuperar por las armas el suelo austral despojado. Y si hay algo que no merece el injusto calificativo de estupidez, es una derrota que significó sangre patricia derramada, muertes cristianas y heroicas, y conductas ejemplares providencialmente desgranadas por tierra, aire y mares nuestros. Todo ello y tanto más, digno de encomio y de epinicios sones, desestupidizan aquella derrota, a pesar de las miserias y de los errores que quieran señalarse.

Pero quien no está para conmoverse sino para desdeñar la epopeya vandeana —lejos, ¡ay! en tiempo y espacio— mal podrá estar dispuesto para contemplar las grandezas de nuestra cercana y reciente gesta malvinera. Quien no ha inteligido el sentido teológico de aquella contienda —honda y bellamente explicado entre nosotros por Alberto Caturelli— tampoco podrá inteligir, como quería Donoso Cortés, la cuestión teológica que se esconde tras el drama político de nuestra derrota. Y esa cuestión teológica es el satanismo desatado explícitamente con la reinstalación formal y plena de la democracia en 1983. La Argentina derrotada debía ser exactamente la antítesis de la que prometió ser en la madrugada victoriosa del 2 de abril. Debía ser endemoniadamente lo contrario de lo que despuntó en aquellas jornadas de crispación y bizarría: una nación hispanocatólica, mariana y épica, batalladora, rezadora, aguantadora y resistente. De asegurarse este cambio de natura, esta crudelísima infección hasta los tuétanos, esta subversión de todas las esencias, se ocupó con creces la democracia “moderna, eficiente y estable” anhelada por los oscuros jerarcas del Proceso y consumada por quienes le sucedieron. Bien puede columbrar un argentino con honor que no hay encerrona demagógica en la afirmación que hice y nuevamente hago. Cabe, pues, agregar este plus particularmente doliente,con llanto y luto en las palabras: la democracia argentina es la destrucción de la patria.
* * * * *

Aquí cesan por hoy estas reflexiones doctrinales. Insisto en precisar que no van dirigidas a quienes no las merecen ni pueden entenderlas, sino a aquellos amigos, camaradas y discípulos con quienes preferimos la Verdad en soledad al error en compañía, según conmovedora enseñanza de Santa Teresa de Jesús.

Aquí cesan por hoy estas reflexiones doctrinales, sin mengua de que haya otras mañana, cuando las circunstancias lo reclamen o el testimonio lo exija. Insisto en precisar que no van dirigidas a esos católicos inficionados de la herejía modernista, aunque algunos de ellos hayan portado leones rampantes en sus banderines, u ocupen ahora eclesiales cargos, que más confunden con los de una empresa filantrópica que con los de la Esposa de Cristo. Están dirigidas a los bautizados fieles, a los creyentes leales, a los hijos veraces de la Iglesia semper idem.

Aquí cesan —reitero por tercera vez consecutiva— estas reflexiones doctrinales. No sacarán provecho de ella los heresiarcas, incapaces del sí, sí; no, no, pero siempre prontos a la obsecuencia pública con los artífices de la tiranía democrática. No sacarán provecho los novadores, los snobistas, los esclavos de las modas culturales, los pastores sin lucidez ni coraje, los convencidos de que la tradición bimilenaria del catolicismo puede tirarse por la borda. Habiten estos en la curia porteña, en los obispados provinciales o escondidos a hurtadillas en los entresijos de Roma. Sacarán provecho en cambio, si el Señor de las Batallas lo permite, los miembros del resto fiel y corajudo, que no quieran ofrecerle a Dios y a la Patria la oblación de una boleta en una urna, sino el cansancio de una marcha sin regreso, con polvo, sudor y hierro, como la del destierro cidiano que retratara Manuel Machado.

“Afuera es Noviembre, hace frío, cae una lluvia vieja y sucia”, me recuerda poéticamente el buen Broussain. Lo acepto así, pues hay razones para percibir esta nubarrada vetusta y cochambrosa.

Pero se esfuma agosto cuando cierro estas líneas. “Agosto, luz segura”, cantó Fernández Unsain. O empieza septiembre, según se mire. Y otro es el poeta que auxilia mi esperanza en el alba marchita de una primavera que tarda. Pienso en Hernando de Acuña, y en aquellos versos maravillosos que compuso después de la victoria de las armas imperiales contra los luteranos, junto al rio Albis:

“Ya se acerca, Señor, o ya es llegada
la edad gloriosa en que promete el cielo
una grey y un pastor solo en el suelo,
por suerte a vuestros tiempos reservada.

Ya tan alto principio, en tal jornada,
os muestra el fin de nuestro santo celo
y anuncia al mundo, para más consuelo,
un Monarca, un Imperio y una Espada”.


Un Monarca, un Imperio y una Espada, tal la síntesis del ideal político plenamente católico. Nuestra Señora de Luján nos haga fuertes para conservar esta esperanza. Fuertes para predicarla, para enarbolarla desafiante, para sostenerla en el almenar caído de la tierra yerma. Fuertes para vivir y morir por ella.
Antonio Caponnetto.


Buenos Aires, agosto 30, 2007.


* * * * *


Notas:

(1) Stan Popescu, “Autopsia de la democracia. Un estudio de la anti-religión”, Buenos Aires, Euthymia, 1984, pág. 122.

(2) Germán Flores, “Lucha mediática entre Caponnetto y Cosmu”, cfr. http://chestertonspace.blogspot.com

(3) Ibidem.

(4) Ibidem.

(5) Mircea Eliade, “Historia de las creencias y de las ideas religiosas. De la prehistoria a los misterios de Eleusis”, Madrid, Cristiandad, 1978.

(6) Cfr. Alexis de Tocqueville, “La democracia en América”, Madrid, Guadarrama, 1969, pág. 366 y ss.

(7) Cfr. Juan Pablo II, “Centesimus annus”, principalmente capítulo V.

(8) Pierre Grimal, “Diccionario de mitología griega y romana”, Barcelona-Buenos Aires-México, Paidós, 1994, art. Zeus.

(9) H.D.F.Kitto, “Los griegos”, Buenos Aires, Eudeba, 1982, pág. 182.

(10) Tucídides, “Historia de la Guerra del Peloponeso”, Madrid, Hernando, 1967, vol. II, pág. 84 y ss.

(11) Heródoto, “Los nueve libros de la historia”, Buenos Aires, El Ateneo, 1968, v. I, pág. 107 y ss.

(12) Federico Hegel, “Lecciones sobre la filosofía de la historia universal”, Madrid, “Revista de Occidente”, 1974, pág. 79-97, y Antonio Caponnetto, “Los arquetipos y la historia”, Buenos Aires, Scholastica, 1991, pág.119-121.

(13) Que sepamos, hay cuatro ediciones de esta obra, a la que remitimos efusivamente. La primera publicada en Buenos Aires, por los Cursos de Cultura Católica, en 1932. La segunda, bajo el mismo sello editorial, en 1941. La tercera publicada por Theoria, Buenos Aires, 1961, y la cuarta en el volumen III de la Biblioteca del Pensamiento Nacionalista Argentino, Buenos Aires, Dictio,1974. Cada una de las mismas ofrece ampliaciones y correcciones. También puede leerse por Internet en www.juliomeinvielle.org

(14) Cosme Beccar Varela, “Respondo al Profesor Caponnetto aunque me ignore”, cit.ut supra, ibidem.

(15) Cfr. Bernardino Montejano, “La democracia. Según el magisterio de la Iglesia”, Buenos Aires, Speculo Justitiae, 1966, pág. 17-18.

(16) San Pío X, “Notre Charge Apostolique”, II, 24.

(17) Pío XI, “Mit Brennender Sorge”, I, 2, 12.

(18) Estudiando la posición de Santo Tomás al respecto, señala con su habitual precisión el Padre Osvaldo Lira: “Es decir, que [el Aquinate] no la considera [a la democracia], propiamente hablando, como una forma de gobierno, sino como un mero ingrediente de la única forma viable de gobierno [el régimen mixto], lo cual es muy distinto. Porque en el primer caso se trataría de un ens quod, mientras que, en el segundo, no pasa de ser un simple ens quo. O, si se prefiere, en la primera hipótesis la democracia viene a constituir una realidad existente, mientras que en la segunda se limita a ser un mero factor o principio en cuya virtud una realidad es existente” (Cfr. su “Catolicismo y Democracia”, Santiago de Chile, Corporación de Estudios Nacionales, 1988, pág. 131).

(19) Fulvio Ramos, “La Iglesia y la Democracia”, Buenos Aires, Cruz y Fierro, 1984, pág. 90-95.

(20) Cfr. León XIII, “Diuturnum illud”, 4; y Pío XII, “Con sempre”, 3.

(21) Bernardino Montejano, “La democracia…”, ibidem, pág. 20.

(22) Ibidem.

(23) Juan Pablo II, “Fides et ratio”, 89.

(24) Juan Pablo II, “Centesimus annus”, 46.

(25) Hemos tomado estas distinciones de Carmelo Palumbo. Cfr. su “Guía para un estudio sistemático de la Doctrina Social de la Iglesia”, Buenos Aires, CIES, 1991, pág. 222 y ss.

(26) Mons. Néstor Villa, “La democracia”, en “Cursos de Cultura Católica, El hombre y la sociedad contemporánea”, vol. IX, Buenos Aires, U.C.A., 1991, pág. 116.

(27) Jean Madiran, “Las dos democracias”, Buenos Aires, Iction, 1980, pág. 128.

(28) Rubén Calderón Bouchet, “La política y el orden de la convivencia”, Buenos Aires, Santiago Apóstol, 2002, pág. 30.

(29) Cfr. Jesús Muñoz, “Democracia y doctrina católica”, en “Cuadernos de la Universidad”, nº 16, San Juan, Universidad Católica de Cuyo, 1983, pág. 43.

(30) Fulvio Ramos, “La Iglesia…”, ibidem, pág. 170-171.

(31) Cfr. José M. Llovera, “Tratado de Sociología cristiana”, Barcelona, Luis Gili, 1959, pág.122.

(32) Alberto Falcionelli, “Hablando de democracia”, Buenos Aires, Moenia, 1983, pág. 23-29.


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