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Relato hallado en el inconsciente

La sombra que me acompañó hasta el límite me rozó los hombros con sus dedos, en caída por última vez, antes de decirme:

-Hacia delante.

No me di la vuelta, a pesar de que todos mis impulsos rogaban porque esa plegaria infernal se viera satisfecha por un desfallecimiento de mi voluntad.
Miré el espacio que tenía a continuación y los ángulos de mi visión se nublaron, de la forma en que lo hacen cuando se cubren de lágrimas. Me contuve de avanzar de manera precipitada y levanté mi mano como si corriese un velo de telarañas frente a mi rostro. Llevaba un vendaje negro que se entrelazaba a través de mis dedos y las siluetas de venas que descendían, atravezando tendones y marcas de origen indistinto. Mi mano terminó su caída y traté de inhalar, porque la sensación de tener las fosas nasales cubiertas me empezaba a cercenar el razonamiento con un potente dolor de cabeza. La visión se me obnubiló casi hasta llegar al centro, formando una especie de mira telescópica enferma y neblinosa. Tísico, intenté moverme a través de los centímetros.
El paisaje que se abría ante mi destino era lineal, completamente llano y sin la más ínfima protuberancia a excepción de algunas pelusas que parecían formarse en las esquinas del espacio, como una superposición dimensional que caía en un tipo de transparencia. Lo que decidí denominar (por su ubicación debajo de los pies y no por otra cosa) como "suelo" era de un negro diluido, avejentado sobre los matices de su propia condición grisácea. Es cierto que esta superficie lindante me sostenía, o comenzaba a hacerlo a partir del borde desde el cual la sombra me indicó que debía efectuar mi avance, pero no es cierto que mis sentidos pudiesen experimentar el contacto con ella de una forma en la cual me sea capaz dar una descripción acertada. Allá, en una lejanía inconmensurable, el suelo se cortaba en un horizonte lleno de una extraña suciedad visual que hacía las veces de conexión vidriosa entre su propio espesor y aquello que daré en llamar "cielo". Éste último se abría como una bóveda plana y verdaderamente gris, permaneciendo en silencio y casi sin movimiento en su lugar de origen.

Así fue cómo, embargado por una presurización cerebral apremiante, atravecé el umbral de filamentos invisibles que me separaban de aquel extraño paraje. Tengo que decir a mi bien que la pesadez usual de mis pensamientos, la cual ejerce una fuerza gravitatoria que me hunde y ahoga diariamente en la promiscuidad agusanada de la tierra en que nací, aquí parecía desprenderse de mi cuerpo como una grasa, de pronto, más liviana que la atmósfera en la que fue concebida a través de contorsiones espasmódicas, sufrimientos y agonías de una existencia vaga, sin rumbo y oscurecida por la opresión del corazón mutilado. No es que me sintiera aliviado por mi condición adimensional sino más bien de alguna forma aquel paraje oscuro me hacía particularizar la existencia de mi cuerpo, no ya como una carga caprichosa sino como un instrumento de batalla y exploración. Me desplazaba, así, por la eléctrica sensación de caminar sobre una negrura vetusta, en aquel lugar al que no tenía idea de cómo había llegado (o sido conducido) y mucho menos de por qué.

¡Oh, pero si casi nada era lo que podía llegar a entrever en la encrucijada de mi inconmensurable ignorancia sobre aquella vasta emulación circundante! Yo era una burla a mí mismo, a mi propio y secreto motivo de existir, de tratar de ser. Colgado entre ataduras temporales de sueños e ilusiones sin fundamento más que el de ennegrecer el propio horizonte de lo que creía mío por derecho.

Qué iluso y estúpido fui al tomar forma para luego creerme dueño de ella, ignorando siquiera el propio origen del espejismo que en realidad representaba. Una vaga silueta en pena, flotando sobre el humo y el ofuscamiento del infierno personal que tanto veneraba. Nada más que una figura, incapaz de ser, deambulando entre emociones que se convierten en escenarios de comedia y tragedia por la incompetencia patética de mi ciego accionar.

Sobre el final de esto, y a través de las efigies que me convencían de mis propios razonamientos, mi disociación se topó con una delgadísima y moribunda sensación de luminiscencia. Se dirigía hacia mí, pero yo la esquivaba, teniendola todavía a años luz de distancia, movido por engranajes llenos de ruidosa inmundicia. El polvo acumulado del origen del tiempo y, por consiguiente, mi rol de esclavo designado a mi íntima facineración.
¡Pronto! Debía volver a las sombras, a la nada de donde provenía antes de que aquella lucecita demoliera todo mi reinado de basura. Y así, con el cuerpo entregado a fuerzas invisibles y de oculta descendencia, me volví a pasos agigantados sobre mi propio y centimetral avance hacia aquella zona desconocida, el mismo avance que tanto me había costado efectuar para llegar hasta el punto donde recién me encontraba.

Cobarde y minúsculo, como una retorcida laceración vertebral, me resguardé de lo que aquella luz representaba y, contemplando el temblor de mis propias manos, quebré en un llanto que ensombreció nuevamente mi habitáculo.
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