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Reunión y Placer (Relato propio)

Todo comienza y termina en el mismo lugar, un precioso jardín, abandonado de toda intelección humana y sagrado, el lugar exacto donde se originó la historia de los dos, y ahora ella está tirada en el piso, con un corte vertical perfecto en la yugular, ahogándose entre las enredaderas de la cerca donde la besé por primera vez. ¿Y yo? Estoy mirándola, apoyado en un tronco que antes, era solo un vástago, mientras sostengo una navaja oxidada y ensangrentada. De mi boca seca salía la melodía tarareada de nuestra canción, con la que hacíamos el amor todo la noche en mi cama doble, cama en donde nos perdíamos una y otra vez, donde nos desesperábamos por ser nosotros mismos, competíamos por eso, quien hacia más, quien hacia gritar más al otro. Pero ya no más, nada más de todo ese alboroto carnal y embriaguez nocturna, nada más de eso con ella. Ahora yace tirada entre la tierra, que se hace barro con la sangre que le brota del cuello.

No hay restricción en el mundo actual, todo terminan siendo parte de algo, no hay límites en lo que se puede hacer y lo que está bien que se haga, la moral se ha anulado, se ha muerto entre orgiásticos gritos de una sociedad abrumada y en sobredosis de placer. Lo que he hecho es solamente eso, una sobredosis de placer por mi parte, una búsqueda interminable de éxtasis indecoroso y sonrojante, ha finalizado en esto, en una escena digna de los rincones ocultos del internet. La escena se mantiene, inerte desde el inicio, no ha pasado nada desde que se originó, está ahí, guardada para las generaciones posteriores y que se den cuenta de la evidencia de nuestra moda actual, que se acuerden del límite del placer que poseo. Podría bañarme entre la sangre casi negra de la joven, podría arrancar su corazón que ya no late y comerlo de un bocado, pero no, debe permanecer así, eterna e invariable. Porque he creado un nuevo nivel de placer, he presenciado el nacimiento de lo bello, lo más bello que se ha engendrado hasta ahora.

Premonitorio y casi desnudo, fue este encuentro. Ambos sabíamos a lo que íbamos, nada nos escondíamos ni a nosotros mismos ni al otro, éramos directo y sencillos, rebeldes ante el común de las relaciones. Destrozábamos toda idea que teníamos de lo que fuera y la hacíamos nuestra, todo dentro de un remolino de sabanas blanquecinas y tiesas, un colchón mojado y una botella de vodka. Ahora la reunión, sería igual que las anteriores, nos saludaríamos, caminaríamos hasta mi casa, tomaríamos algo, dejaría que ella pusiese la música que a ella le gustaba y después, con algo de sueño y de embriaguez, nos tiraríamos en la cama y haríamos lo de siempre, solo eso, nada más. Pero ahora era distinto, los tiempos cambian como es de costumbre, las superficies de placer que se recorren, que se besan y después se olvidan, cambian constantemente y he querido manifestarle mis ganas de cambio de esta forma.

Ella, sabiendo a lo que venía, traía una falda azul que casi se hacía invisible con la oscuridad de la noche, llevaba una blusa blanca, evidencia de su trabajo como secretaria, ya que llevaba el logo de la empresa bordado con hilos dorados y blancos, y para contrarrestar todo, se abrigaba con una delgada chaqueta de cuero que apenas le tapaba el busto. Traía la chaqueta desabrochada y los primeros botones de la blusa sueltos, ella sabía a lo que venía, ya estaba preparando su cuerpo, tenía lista la antesala vacilante de los sucesos posteriores. Ventilaba su torso, le encantaba que yo la calentara, que le entibiara todo su cuerpo con mis vellos corporales, que me apegara a ella y, desvestida, ahogarse en un sinfín de sensaciones.


No importase lo que ocurriese, ella se entregaría a mis deseos y pasiones, era un contrato previamente firmado, todo estaba acordado y las partes estaban de acuerdo. Queriendo hacer caso de este contrato implícito, decidí dar un paso más allá y el resultado es la escena que he acabado de explicar. Entonces, no hay delito, no hay culpa por mi parte, es decir, ella sabía que yo haría lo que fuese por lograr el placer máximo, acordamos escapar lo más posible de la rutina. El llegar a aburrirnos, sería la ruina definitiva, la derrota máxima para nosotros como seres humanos hedonistas, la castración absoluta del deseo por el otro. El solo pensar en lo rutinario me es vomitivo, me asquea el tener que aguantar el mismo cuerpo sobre mí, haciendo lo mismo una y otra vez. El contrato era claro, y ambos estábamos de acuerdo.

Debía admitir que lo que acababa de hacer, iba en contra de toda la enseñanza que esta sociedad me ha dado, pero me gusta, nunca antes había sentido esta sensación en mi cuerpo. Ni las maratónicas sesiones de sexo, ni los harems que se formaban a mi alrededor, nada se compara a lo que estoy sintiendo ahora.




Ya han pasado algunas horas, ya la luna se ha movido desde la posición que tuvo mientras observaba el culmine definitivo de mis maquinaciones de placer. La sangre se descompone y coagula, se agrupa en las cercanías del cadáver en el pasto, y se hace aún más negra, expele un aroma pungente e inconfundible, pero delicioso, brota de lo más profundo de la permanencia placentera de mi estadía en su cuerpo, me recuerda. Su cuerpo, a pesar de mantenerse ahí, muerto e inerte, dando avanzados pasos hacia la inexistencia y la descomposición, aun es capaz de manifestar lo que aun ama, puede seguir recordando aquello que lo hizo sonrojarse, es un cuerpo amable, muerto y ensangrentado, pero tiene memoria en cada coagulo que forma fuera de sí. No solo he descubierto una nueva estancia del placer, no solo también me he mostrado a mí mismo cual es mi “punto G”, sino que he demostrado científicamente, que el cuerpo humano puede amar sin necesidad de sentimientos someros y que puede demostrarlo cuando perece orgullosamente, con el inconfundible olor de la sangre carcomida.

Pero, esta demostración de la sangre de la hembra que yace en el piso, me parece un poco repetida. El olor es reconocible, está excitada, pero es un olor que antes ya había sentido, es un olor con el cual ya he recorrido las fauces de la imposibilidad, he ido y vuelto con él a cuestas. Sin sorprenderme más, trato de recordarlo, pero solo me lleva a banales recuerdos de noches en la cama, solo eso, y ¿el cadáver? Sigue ahí supurando coágulos de sangre hedionda, hedionda y excitante.

Ahh si, por fin logro recordar, por fin después de contemplar el fruto de mi excitación por horas, he logrado traer a mi mente las imágenes que me explican de donde he extraído el reconocimiento de tan característico aroma. Donde nace la vivida conciencia de la extracción de esta sensación olfativa, cual es el lugar donde se fabrica este aroma de manera mensual. Soy un sujeto pasivo ante él, el aroma me tiene anulado físicamente, me tiene anulado mentalmente, evito el pensamiento racional, el aroma me tiene así. Pues bien, ahora estoy anulado por el mismo sentimiento, el mismo placer me invade y me inhabilita. La sangre fluyente me excita y me retrae hasta estos turbios y angustiosos recuerdos que no logro recordar bien.

Pero basta ya de describir las sensaciones que, ahora ya me abruman, no es hora de mí, sino de todos, de la escena perfecta que he montado. La apreciación de esta obra de arte que he montado, rebasa lo simplemente visual, pues, con mis hábiles palabras, que logrado crear en mi propia mente, una imagen exactamente igual a la que veo, tan solo con la sazón de las palabras noctambulas que salen de mi boca ácida. Ha ido más allá, he ido más allá.

Es más, como ya varios artistas lo han hecho, como han hecho uso de su gran fama y reconocimiento para ayudar a obras de caridad donando sus obras, yo también aprovecharé de mi rebosante descubrimiento y lo donaré a la apreciación de todos. No habrá obra de caridad más magna y costosa, que la mía. He sobrepasado todas las expectativas de apreciación, he sobrepasado lo meramente humano y concebible. He triunfado como humano.

Ahora me alejo, es hora de que el padre deje solo al hijo, pero este hijo no logra matar a su padre, este hijo no sobrepasará a su creador, dado que su creador seguirá adelante, no envejecerá. Su mente no será azotada por los látigos del tiempo, no se marchitará en el jardín de la vida, seguirá adelante, dejando atrás sus creaciones tal y como lo hace ahora. Ahora yace el cuerpo del placer, sigue brotando sangre de sus entrañas, sigue coagulándose. Yo le doy la espalda, ya me he aprovechado de su cuerpo, el amor muere, duró poco. El placer perdura, todos lo verán y sabrán lo que es.
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