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Roberto Arlt: la maldicion de la lucidez.






Roberto Godofredo Cristophersen Arlt (1900-1942) nació en Buenos Aires el 26 de abril de 1900, hijo de Karl Arlt, prusiano de Posen (hoy Poznan, en Polonia), y de Ekatherine Iobstraibitzer, natural de Trieste y de lengua italiana. El carácter de su padre, un soplador de vidrio también capaz de confeccionar tarjetas postales art nouveau, no facilitó su inserción en el hogar de la familia, que abandonó en 1916. Aunque hasta esa fecha había asistido a varias escuelas, aprendió sobre todo en las calles del barrio porteño de Flores, donde transcurrió buena parte de su infancia y adolescencia. La necesidad lo haría pintor de brocha gorda, ayudante en una librería, aprendiz de hojalatero, peón en una fábrica de ladrillos y estudiante fracasado de la Escuela de Mecánica de la Armada, por recordar algunas de las ocupaciones que llenaron sus días. Un matasellos y una máquina de prensar ladrillos le dieron las primeras y tempranas ocasiones de comprobar la escasa atención que iba a merecer su persistente carrera de inventor, pasión que había de encontrar un eco notable en su obra literaria.








Con sus fantasmas se mezclaba en las calles de la ciudad, las caminaba y se aliaba a los desarraigados, a los filósofos de café, a las prostitutas angelicales, a los otros solitarios. Cuando escribía liberaba a sus fantasmas y a los demás, otorgándoles jerarquía de personajes, devolviendo una pintura singular del hombre y la crisis, del hombre en la crisis, de la crisis del hombre.








País de las vacas gordas, granero del mundo, ilusión de estabilidad de una realidad social que se desmorona a partir de 1930. Robeto Arlt nació con el siglo y su aliento de vida se inundó con aquel Buenos Aires y su gente. El mismo describía este estado de ánimo en una crónica aparecida en el diario El Mundo, titulada "Vuelta al pago": “Vuelvo, robusto, descansado e ilustrado, a continuar la serie goyesca de mis aguafuertes, que abarcarán la humanidad indescriptible que se mueve en las calles de esta ciudad aparentemente geométrica, pero fundamentalmente tortuosa y endiablada y linda gaucha, esta ciudad se nos ha metido en el tuétano. Es como una de aquellas mujeres que, aunque las dejamos, en la distancia nos tienen tan agarrados, que hora por hora son nuestro recuerdo y nuestra ambrosía, salud y gloria de vivir”.









En Buenos Aires se aniquilan los sueños de seguridad y prosperidad de los sectores medios. Se polarizan las fuerzas, internacionalmente la revolución Rusa de 1917 y la crisis económica de los Estados Unidos de 1929 de alguna forma la determinan. La ciudad se convierte en la caja de resonancia de la lucha interimperialista donde Estados Unidos e Inglaterra se disputan la hegemonía comercial sobre la Argentina. Arlt capta una señal, aquella que se enfunda detrás de los rostros anónimos, de los comerciantes angustiados por su quiebra, de los empleados frente al drama de la desocupación, de las amas de casa convertidas en oficinistas o fabriqueras. Su intempestuosa personalidad no le sirvió para acallar un dolor hacia adentro, entonces expresó la crisis como un estilo de vida.









Los personajes de Roberto Arlt no son héroes de ninguna revolución, son sólo parte del sistema establecido aunque muchas veces sus acciones se encuentren fuera de su ley.




La felicidad es la contrapartida de la angustia existente, consiste en algo que tanto el autor como sus personajes no pueden alcanzar, aunque la búsqueda de ambos es incesante, en lo interno se desarrolla un laberinto crítico, en lo externo un horizonte sin certezas.








Arlt no fue un intelectual militante, su literatura doliente expresa frustraciones individuales que habitan en soledad un medio hostil y salvaje. Las acciones -tal vez influenciadas por el ambiente- tienen un camino solitario al margen de lo que sucede. Es una selva donde la realidad se transforma en un embudo que desemboca en el subconsciente del escritor, a través de él pasan los ladrones, los políticos, los vagos, las sirvientas y la gente honesta, “aquellas que no se atreven a robar”. En todos se puede descubrir una aspiración a la inocencia, una definición de felicidad propia que queda sin respuesta, como un corte en las raíces antes de absorber la vida.







La cultura de los humildes



Durante muchos años el cultivo del arte y la literatura en nuestro país estuvo a cargo de sectores ociosos. Se jerarquizaba todo aquello que provenía del extranjero al mismo tiempo que se ejercitaba un marcado desprecio por lo nacional.


Serán los hijos de inmigrantes, aquellos que conocieron la vida de los conventillos y de los márgenes ensanchados de la ciudad, los que se convierten en constructores de una nueva temática en la literatura. Forjadores de una nueva cultura instalan en sus escritos a personajes cuya vida transcurre en los sectores sociales más bajos, son los parias, los desclasados.



Desde la planta alta: El fotógrafo de "Caras y Caretas" eligió el conventillo de Piedras 1268. En 1902 y repartidas en 104 piezas, vivían en él más de 500 personas. Mostró así el grado de hacinamiento de pobres que había en toda la Ciudad.



Este grupo de noveles autores se nuclea formando el Grupo Boedo, tal vez sus apariciones eran distintas pero los unía la creencia en el pueblo y en su poder de elevación a través de la literatura. La polémica nace con otro grupo literario llamado Florida. Existe en ambos grupos hasta una división geográfica, los primeros representan a los suburbios, los segundos al centro. Boedo aspira a una literatura que sirva para la vida, al pueblo, mientras que Florida piensa en una cultura que tiene fines propios.

Roberto Arlt cultiva amistades en ambos grupos, pero se siente partícipe del Grupo Boedo y así lo dice: “de las nuevas tendencias que están agrupadas bajo el nombre de Florida, me interesan Villar, Bernárdez, Mallea, Mastronardi, Olivari y Pinetta. En el grupo llamado de Boedo encontramos a Castelnuovo, Mariani, Eandi, yo y Barletta”.






Arlt no participa en la polémica, pero sus simpatías por la causa del pueblo lo acercan al espíritu de Boedo. En sus aguafuertes que escribía para el diario “El Mundo” y que ayudaron al crecimiento de su venta, Arlt expone con claridad la ideología que lo había ganado, mientras que en su obra literaria jamás pudo superar las contradicciones de los sectores medios.

Las Aguafuertes Porteñas configuran una etapa de la ciudad, en ellas hay una profunda observación de los perfiles de lo cotidiano, pinceladas certeras que simbolizan una pintura social porteña de la década de ‘30 al ‘40. Arlt penetra psicológicamente en esos seres que deambulan, aferrados a las acciones que les tocó en suerte, por Buenos Aires, él les otorga el protagonismo y la comprensión por parte de los lectores. Con un gran sentido crítico muestra lo pintoresco y lo ridículo, con su humor mordaz se intercala en el realto, imponiendo su lucha por un mejoramiento social.








Un aguafuerte de muestra...



LA TRAGEDIA DE UN HOMBRE HONRADO


Todos los días asisto a la tragedia de un hombre honrado. Este hombre honrado tiene un café que bien puede estar evaluado en treinta mil pesos o algo más. Bueno: este hombre honrado tiene una esposa honrada.
A esta esposa honrada la ha colocado a cuidar la victrola. Dicho procedimiento le ahorra los ochenta pesos mensuales que tendría que pagarle a una victrolista. Mediante este sistema, mi hombre honrado economiza, al fin del año, la respetable suma de novecientos sesenta pesos sin contar los intereses capitalizados. Al cabo de diez años tendrá ahorrados...
Pero mi hombre honrado es celoso. ¡Vaya si he comprendido que es celoso! Levantando la guardia tras la caja, vigila, no sólo la consumición que hacen sus parroquianos, sino también las miradas de éstos para su mujer. Y sufre. Sufre honradamente. A veces se pone pálido, a veces le fulguran los ojos. ¿Por qué? Porque alguno se embota más de lo debido con las regordetas pantorrillas de su cónyuge. En estas circunstancias, el hombre honrado mira para arriba, para cerciorarse si su mujer corresponde a las inflamadas ojeadas del cliente, o si se entretiene en leer una revista. Sufre. Yo veo que sufre, que sufre honradamente; que sufre olvidando en ese instante que su mujer le aporta una economía diaria de dos pesos sesenta y cinco centavos; que su legitima esposa aporta a la caja de ahorros novecientos sesenta pesos anuales. Sí, sufre. Su honrado corazón de hombre prudente en lo que atañe al dinero, se conturba y olvida de los intereses cuando algún carnicero, o cuidador de ómnibus, estudia la anatomía topográfica de su también honrada cónyuge. Pero más sufre aún cuando, el que se deleita contemplando los encantos de su esposa, es algún mozalbete robusto, con bigotitos insolentes y espaldas lo suficientemente poderosas como para poder soportar cualquier trabajo extraordinario. Entonces mi hombre honrado mira desesperadamente para arriba. Los celos que los divinos griegos inmortalizaron, le desencuadernan la economía, le tiran abajo la quietud, le socavan la alegría de ahorrarse dos pesos sesenta y cinco centavos por día; y desesperado hace rechinar los dientes y mira a su cliente como si quisiera darle tremendos mordiscones en los riñones.
Yo comprendo, sin haber hablado una sola palabra con este hombre, el problema que está encarando su alma honrada. Lo comprendo, lo interpreto, lo "manyo". Este hombre se encuentra ante un dilema hamletiano, ante el problema de la burra Balaam, ante... ¡ante el horrible problema de ahorrarse ochenta mangos mensuales! Son ochenta pesos. ¿Saben ustedes los bultos, las canastas, las jornadas de dieciocho horas que éste trabajó para ganar ochenta pesos mensuales? No; nadie se lo imagina.
De allí que lo comprendo. Al mismo tiempo quiere a su mujer. ¡Cómo no la va a querer! Pero no puede menos de hacerla trabajar, como el famoso tacaño de Anatole France no pudo menos de cortarle unas rebarbas a las monedas de oro qué le ofrecía a la Virgen: seguía fiel a su costumbre.
Y ochenta pesos son ocho billetes de a diez pesos, dieciséis de a cinco y... dieciséis billetes de a cinco pesos, son plata... son plata...
Y la prueba de que nuestro hombre es honrado, es que sufre en cuanto empiezan a mirarle a la cónyuge. Sufre visiblemente. ¿Qué hacer? ¿Renunciar a los ochenta pesos, o resignarse a una posible desilusión conyugal?
Si este hombre no fuera honrado, no le importaría que le cortejaran a su propia esposa. Más aún, se dedicaría como el célebre señor Bergeret, a soportar estoicamente su desgracia.
No; mi cafetero no tiene pasta de marido extremadamente complaciente. En él todavía late el Cid, don Juan, Calderón de la Barca y toda la honra de la raza, mezclada a la terribilísima avaricia de la gente del terruño.
Son ochenta pesos mensuales. ¡Ochenta! Nadie renuncia a ochenta pesos mensuales porque sí. El ama a su mujer; pero su amor no es incompatible con los ochenta pesos.
También ama su frente limpia de todo adorno, y también ama su comercio, la economía bien organizada, la boleta de depósito en el banco, la libreta de cheques. ¡Cómo ama el dinero este hombre honradísimo, malditamente honrado!
A veces voy a su café y me quedo una hora, dos, tres. El cree que cuando le miro a la mujer estoy pensando en ella, y está equivocado. En quien pienso es en Lenin... en Stalin... en Trotzky... Pienso con una alegría profunda y endemoniada en la cara que este hombre pondría si mañana un régimen revolucionario le dijera:
-Todo su dinero es papel mojado.









El octavo paranóico


Así definían al autor de “Los siete locos”, alguno de los críticos contemporáneos de Arlt, tratando de ridiculizar su literatura. No se tomaron el trabajo, o escondían con este argumento la trastienda que dio origen a los personajes de su obra, ese Buenos Aires babélico, cuyos habitantes viven la confusión de la posguerra y la desorientación determinada por los prolegómenos de la crisis mundial de 1929.


Los hombres y las mujeres que pueblan sus novelas, habitantes de una pequeña burguesía empobrecida, rechazan el presente y la civilización, testimonian la prisión del hombre moderno. Son transeúntes en un cambio que ignoran, que no han elegido, por lo tanto no saben qué hacer con sus vidas.







El mismo Arlt dice que a sus personajes los liga más la desesperación que la pobreza material. Son seres vaciados de ideales y esperanzas, y esto no es producto de la febril imaginación del escritor, es la síntesis del sentimiento que anida en aquellos habitantes que la transformación urbana ha vuelto fronterizos. “Si fueran menos cobardes se suicidarían: si tuvieran un poco más de carácter, serían santos. En verdad buscan la luz. Pero la buscan completamente sumergidos en el barro. Y ensucian lo que tocan.”








Los Siete Locos (fragmento)



El Astrologo

(...) Erdosain examinaba ahora al Rufián Melancólico. Así lo llamaba el Astrólogo, porque el macró
hacía muchos años había querido suicidarse. Fue aquél un asunto oscuro. Del día a la noche, Haffner,
que hacía tiempo explotaba a prostitutas, se descerrajó un tiro en el pecho, junto al corazón. La
contracción del órgano en el preciso instante de pasar el proyectil lo salvó de la muerte. Luego, como es
natural, continuó haciendo su vida, quizá con un poco de más prestigio por ese gesto que ninguno de
sus camaradas de rapiña se explicaba. Continuó el Astrólogo:
–El Ku–Klux–Klan reunió millones...
Se desperezó el Rufián y contestó:
–Sí, y al Dragón... ¡ese sí que es un Dragón!, se le procesa por estafador...
El Astrólogo se desentendió de la réplica:
–¿Qué es lo que se opone aquí en la Argentina para que exista también una sociedad secreta que
alcance tanto poderío como aquélla allá? Y le hablo a usted con franqueza. No sé si nuestra sociedad
será bolchevique o fascista. A veces me inclino a creer que lo mejor que se puede hacer es preparar
una ensalada rusa que ni Dios la entienda. Creo que no se me puede pedir más sinceridad en este
momento. Vea que por ahora lo que yo pretendo hacer es un bloque donde se consoliden todas las
posibles esperanzas humanas. Mi plan es dirigirnos con preferencia a los jóvenes bolcheviques,
estudiantes y proletarios inteligentes. Además, acogeremos a los que tienen un plan para reformar el
universo, a los empleados que aspiran a ser millonarios, a los inventores fallados –no se dé por aludido,
Erdosain–, a los cesantes de cualquier cosa, a los que acaban de sufrir un proceso y quedan en la calle
sin saber para qué lado mirar...
Erdosain recordó la misión que lo llevó a la casa del Astrólogo, y dijo:
–Tendría que hablar con usted...
–Un momentito... estoy en seguida con usted –y siguió–: El poder de esta sociedad no derivará de
lo que los socios quieran dar, sino de lo que producirán los prostíbulos anexos a cada célula. Cuando yo
hablo de una sociedad secreta, no me refiero al tipo clásico de sociedad, sino a una supermoderna,
donde cada miembro y adepto tenga intereses, y recoja ganancias, porque sólo así es posible
vincularlos más y más a los fines que sólo conocerán unos pocos. Este es el aspecto comercial. Los
prostíbulos producirán ingresos como para mantener las crecientes ramificaciones de la sociedad. En la
cordillera estableceremos una colonia revolucionaria. Allí, los novicios seguirán cursos de táctica ácrata,
propaganda revolucionaria, ingeniería militar, instalaciones industriales, de manera que estos asociados
el día que salgan de la colonia puedan establecer en cualquier parte una rama de la sociedad... ¿Me
entiende? La sociedad secreta tendrá su academia, la Academia para Revolucionarios.
El reloj suspendido del muro dio cinco campanadas. Erdosain comprendió que no podía perder
más tiempo, y exclamó:
–Perdone que lo interrumpa. He venido para un asunto grave. ¿Tiene usted seiscientos pesos?
–El Astrólogo dejó su puntero y se cruzó de brazos:
–¿Qué es lo que le pasa a usted?
–Si mañana no repongo seiscientos pesos en la Azucarera, me pondrán preso.
Los dos hombres miraron curiosamente a Erdosain. Debía sufrir mucho para haber lanzado así
sus pedido. Erdosain continuó:
–Es preciso que usted me ayude. He defraudado en unos cuantos meses seiscientos pesos. Me
denunciaron en un anónimo. Si no repongo el dinero mañana, me pondrán preso.
–¿Y cómo es que usted robo ese dinero?...
–Así, despacio...
El Astrólogo se acariciaba la barba preocupado.
–¿Cómo ha ocurrido eso?
Erdosain tuvo que explicarse nuevamente. Los comerciantes, al recibir la mercadería, firmaban un
vale en el que reconocían deber el importe de lo adquirido. Erdosain, en compañía de otros dos
cobradores, recibía cada fin de mes los vales que tenía que hacer (...)





El fin de los sueños


Es noche de sábado. El escritor, el periodista, el inventor, se ligan al hombre y salen a caminar por su calle Corrientes, es el ritmo de las pisadas, el murmullo obligado que prenuncia la diversión. Camina hasta el Teatro del Pueblo, mientras saluda a amigos el inventor piensa: “mañana iré a Lanús y ordenaré el laboratorio”. El hombre goza por décima vez la representación de la obra de Gogol.

El periodista decide llegarse hasta el Círculo de la Prensa, todos se sorprenden, en la institución hay elecciones y él es la primera vez que asiste. El escritor camina junto a sus personajes y dialoga con ellos, esa última noche de sábado, el día siguiente es la despedida, fue en un julio invierno de 1942, llovía y el corazón de Roberto Arlt dejó de latir, tenía 42 años.






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