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Ruta de Kioto a Tokio



Paisajes poéticos y milenarios impregnan este viaje por los iconos japoneses


El Monte Fuji
Las hojas rojas del arce enmarcan la silueta cónica del volcán sagrado. El Kawaguchiko es el más accesible de los cinco lagos que se esparcen alrededor de su base.




Kioto
El pabellón Bentendo, unido a tierra por un puente, es el más fotogénico del recinto budista de Daigo-ji. Una senda conduce hasta la pagoda más antigua de Japón, del año 951.





Takayama

El barrio de Sannomachi casi tiene el mismo aspecto que en la época Edo, con comercios y destilerías de sake a pie de calle.




Shirakawago

El museo al aire libre de Hida, en el valle de Shirakawago, reúne 30 casas de estilo gassho, con el tejado de paja y a dos aguas.




Nara

Miles de ciervos, mensajeros divinos según el sintoísmo, corren libremente por el parque de la primera capital del imperio nipón (siglo VIII). En la imagen, el templo Ginkakuji o Pabellón de Plata, en Kioto.




Cultura milenaria

Una corte de artesanos, poetas y músicos convirtieron Nara, primero, y Kioto, después, en las ciudades más bellas del japón imperial.



Templo Senso-Ji
Los jardines de este santuario sintoísta son un oasis de calma en medio del barrio tokiota de Asakusa.


P.N. Fuji-Hakone-Izu

Un torii se adentra en el lago Ashinoko, embalsado dentro de un cráter volcánico y próximo a una zona termal que ya era famosa en la época Edo (1603- 1868).




Las rocas casadas

Meoto Iwa («meoto» significa «pareja») son dos grandes rocas atadas con un grueso cabo que emergen a pocos metros de la orilla, en la península de Shima, al sudeste de Kioto. La mejor hora para contemplarlas es al amanecer, cuando entre las dos rocas aparece la lejana silueta del monte Fuji. Se llega a pie tras un corto paseo desde la estación de tren de Futaminoura.




Kanazawa

Los jardines del templo Kenroku-en son el mejor ejemplo de la prosperidad que adquirió esta ciudad durante la época Edo.




El budismo
El Buda de Kamakura recibe cientos de visitas al día. El budismo llegó a Japón en el siglo VI y hoy tiene 90 millones de fieles en el país.


El buda gigante de Nara
Durante la tres décadas en que Nara fue capital (752-784), el templo budista de Todai-ji tuvo una gran influencia en la política japonesa. Sus dimensiones dan fe de ello. Dos estatuas de aspecto fiero flanquean la Nandaimon, una puerta de madera que accede al recinto y que precede al Daibutsuden, el edificio de madera más grande del mundo –lo que ahora se ve son dos tercios del original– que aloja un gigantesco Buda sentado, de bronce y 15 metros de alto. El templo tiene un museo de piezas religiosas.


Lago Biwa

Una red de senderos y rutas ciclistas recorren el perímetro de este lago navegable, ubicado al norte de Kioto.




Los cinco lagos del Fuji

Santuarios, museos, bosques y cascadas con vistas al volcán forman el paisaje de esta atractiva región.




Tokio

La capital preserva espacios de paz como el jardín Hame Rikyu. Detrás emergen los edificios de vidrio del distrito de Kamakura.
Perfil de la capital japonesa, con el Rainbow Bridge en primer término.








El viaje en seis etapas
1 Kioto. Con 1.600 templos, 400 santuarios, un palacio imperial y el castillo de Nijo-jo, es un icono del Japón antiguo.
2 Nara. Destaca por sus templos y su extenso parque.
3 Takayama. Un pueblo tradicional al norte de Kioto.
4 Kanazawa. Sus jardines Kenroku-en son una maravilla.
5 Fuji. Símbolo de Japón, su silueta se divisa desde Tokio.
6 Tokio. Lo mejor de los barrios del centro.


Ruta por Japón: Tokio, Kioto y Osaka

Dicen los japoneses que para entrar con sosiego en la edad madura hace falta empaparse del otoño de Kioto, deleitarse con sus jardines y dejar que el alma se inunde de la furia del rojo y el amarillo, templada en la profundidad de los verdes perennes. Empezar así el viaje por Japón llena el ánimo de buenos augurios.

El encanto de la antigua capital imperial (794-1868) reside en sus miles de templos y jardines, de los que más de 200 están abiertos al público. Remansos de paz en los que apenas se percibe el flujo de turistas, la mayoría japoneses, que se refugian en la contemplación de un paisaje delimitado por el tiempo, ya que la perfección de un jardín se encuentra en la distinción de las cuatro estaciones. Húmedos o secos, amplios o pequeños; unos destacan por el rastrilleo de su grava blanca o negra; otros, por sus macizos de flores o por la música de sus cascadas de piedra y de sus bambús mecidos por el viento. Muchos están dotados de un salón de té en el que es posible disfrutar de un ritual que puede durar hasta cuatro horas y requiere una maestría de años.


Kioto es una ciudad moderna de 1,4 millones de habitantes que debe su esplendor al shogunato o era Edo (1604-1868). Durante ese periodo el emperador estuvo sometido a los señores de la guerra (shogun), que cerraron Japón a todo lo que venía de Occidente y trasladaron a Edo (Tokio) el poder político y militar del país. Aislada de influencias perturbadoras, Kioto se llenó de arquitectos, pintores, poetas, músicos y artesanos.

Por su valor histórico, la UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad trece templos budistas, tres santuarios sintoístas y la fortaleza Nijo. Todos ellos cuentan con jardines que testimonian la conjunción con la naturaleza. El más conocido es el de Ryoan, de 1473, cuyo jardín seco es la máxima representación de la espiritualidad zen. Sus quince rocas distribuidas en tres conjuntos de siete, cinco y tres, sobre un mar de grava, tienen la peculiaridad de que siempre hay una que escapa a la visión, sea cual sea el lugar que se ocupa.


La UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad trece templos budistas, tres santuarios sintoístas y la fortaleza Nijo


Uno de los placeres de Kioto es cenar en una de las verandas sobre el río Kamogawa. A las exquisiteces culinarias se suma con frecuencia la suerte de ver a maikos (aprendices de geisha) ataviadas con sus quimonos de seda, tocados y polvos de arroz. También es posible charlar con el propietario de alguna de las villas abiertas al público del Camino de los Filósofos, un paseo que discurre junto a un canal bordeado de cerezos y templos espléndidos como el Pabellón Plateado.

Nara, primera capital del imperio (710-794), se halla a 40 kilómetros de Kioto. Cada otoño se incendia con el rojo de los miles de árboles de sebo de su parque y de los arces de las colinas que la circundan. El parque, de 520 hectáreas, alberga la mayoría de los templos y el gran santuario sintoísta de Kasuga, además de estanques e islas de lotos que representan el concepto taoísta del yin y yang. Por esta gigantesca alfombra verde deambulan miles de ciervos, considerados mensajeros de los dioses. Conocida por los japoneses como Heijo-kyo o Ciudadela de la Paz, en Nara floreció el budismo zen, importado de China, adonde llegó procedente de India. El templo de Todai, que aloja el gran buda de Nara, de 16 metros de altura y cientos de toneladas de bronce, simboliza el empeño del emperador Shomyo por hacer de su capital un centro budista.



Imposible comprender el sincretismo de la cultura japonesa sin adentrarse en sus montañas y sus valles, que han preservado la idiosincrasia nacional. La línea ferroviaria de Takayama recorre, entre otros, el valle de Shirakawago, con su peculiar arquitectura denominada «manos en oración» (gassho-zukuri), por sus puntiagudos tejados de paja para que escurran la nieve y el agua. Son casas de madera, cuyos habitantes criaban gusanos de seda que alojaban en la buhardilla.La llegada a Takayama, uno de los pueblos mejor conservados de Japón, traslada a la edad Edo, con barrios como Sannomachi, de calles, casas, comercios y destilerías de sake intactos desde entonces. El Museo de las Máscaras de León y el Salón de las Carrozas, donde se guardan las de los festivales de primavera y otoño, revelan la riqueza de la artesanía y las influencias animistas.

La falta de industria permitió a Kanazawa, a una hora por carretera y asomada al mar de Japón, escapar de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, una suerte precedida por tres siglos al margen de la inestabilidad política. Esto le permitió desarrollar la agricultura, convertirse en un enclave próspero y atraer a artistas que embellecieron edificios y jardines para los Maeda, la familia que dominó la zona desde el siglo XVI. El antiguo barrio de los samuráis, Nagamachi, permite vislumbrar la vida de aquellos guerreros.

Antes de sumergirnos en el bullicio y la amalgama de cristal y acero de Tokio, se impone la visita al monte Fuji, el corazón de Japón. Este cono volcánico de 3.776 metros de altitud, cuya cima permanece nevada gran parte del año, congrega en su base multitud de santuarios –también hay uno en la cumbre– y cinco lagos. Destaca el Fuji-Yoshida, consagrado a la deidad, que cuenta con posadas para peregrinos y visitantes.

Tras empaparse del Japón ancestral, adentrarse en los modernos barrios tokiotas de Shinjuku, Roppongi, Ginza o Shibuya es toda una experiencia. Es casi imposible resistirse al imán de la capital japonesa, en la que historia y progreso se abrazan en armonía y están conectados por una red infinita de trenes y suburbanos de precisión única.


El poético lago Biwa

Tras dejar Kioto merece la pena acercarse al lago Biwa que, con más de 670 km2, es el mayor de Japón. Esta inmensa cuenca navegable ha tenido una gran importancia histórica en el desarrollo de la región, de ahí su protagonismo en la poesía japonesa. El museo del Lago Biwa en Kusatsu ofrece una magnífica exposición sobre su valor natural y socioeconómico, con un acuario, barcos tradicionales y objetos cotidianos de hace siglos.

Documentos: pasaporte.
Idioma: japonés.
Moneda: yen.




link: https://www.youtube.com/watch?v=ZumJemy1egk&t=92s







link: https://www.youtube.com/watch?v=VIrGuVkMUqU







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