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Sol, luego cuerpo

Momentos en donde creí que podía definir los estados del mal que padecía. Largas horas de angustia para mis padres, para mis hermanos. Miraba con atención la luz de mi lampara de escritorio, viendo cada uno de sus destellos y entrecerrando los ojos para ver las diferentes variantes que podían formar. Me sometí a constante examen cada vez que tomaba noción de que algo no andaba bien, de que una figura de mi mismo que se alejaba y se esparcía en el significado de los conceptos más básicos que me rodeaban. Mi madre me hablaba, me preguntaba si quería comer, luego me hacía cariño en la espalda. Juro que traté de responder pero me contuve, al igual que como lo hice con el llanto o la opinión más insignificante. Quería mandar un mensaje para ellos pero nunca encontré el modo de hacerlo, ellos se marcharon y tampoco me despedí. Sufro cada recuerdo aún cuando permanezco quieto, totalmente indiferente. ¿Qué culpa tengo de que cuerpo no me obedezca?

Dicen que he intentado golpear al médico y varias enfermeras. Que grito desesperadamente por las noches y que en las tardes, al presenciar la puesta de sol, caigo perdido e irremediablemente al suelo, llorando. Pero, yo no recuerdo, me cuesta creer que he sido yo responsable de tales actos.

En las mañanas, luego de alimentarme, me dan una hoja y un lápiz para que escriba. Pero ellos me miran, me sustraen toda la necesidad con sus miradas. Dejo la hoja en blanco. Me recuesto en el suelo y contemplo nuevamente las luces que entran por la ventana. Me siento feliz en esos instantes, quizás los únicos en donde logro una breve tregua con mi cuerpo y la voluntad que lo rige. El sol me invita con sus caminos a lugares donde me gustaría respirar, donde me reencuentro finalmente con mi familia. Hay nubes pero todo resulta en una agradable armonía. Estoy recostado, pienso y luego existo. La realidad crece y muere a mi alrededor. El suelo está frío pero podría estar caliente. Me vuelvo a sumergir.

Se abre la puerta pero yo no escuché nada. El médico me habla pero sus palabras no pueden interrumpir la luz. Cómo podrían interrumpir si viene a hablar de mi estado, me pregunta por qué no he escrito o dibujado nada en sus papeles. Pierdo la importancia, sé que respondiendo se irá pero me agrada su presencia fatídica. Mi cuerpo se mueve, se irrita fácilmente a diferencia mía. Comienzo a sudar y llega una enfermera. Debería dejar aquí un espacio en blanco pero cómo podrían entender luego ese silencio, el vacío aparente. Las estaciones son como una tarde llena de cavilaciones sobre la belleza. No puedo concentrarme más.

Dejo abiertas las puertas de mi interior para que mis hijos crezcan en los prados de mi alma. Los rayos del sol me calientan la piel mientras escribo pero me da un temor enorme el posible suceso que me pueda quemar con su llegada. Es cierto que me toca. Describe a la perfección la fineza de mis cabellos, incluso de los más pequeños y son los que más me gustan. Ayer escribí mi primer poema, los médicos están asombrados. Hay un río detrás del telón, dicen.

Tóxicos que entran y no advierten su salida, sólo su sabor inherente permanecerá presa de la incertidumbre y su efecto doblegará la voluntad de mi cuerpo. ¿Es una bacteria, doctor? O es mi débil mente que no encontró las soluciones para interpretar este sueño de 190 años? Ya he escuchado, qué tiene que ver heidegger si... la condena presente viene de la electricidad mal conducida. Cambie los cables, haga algo doctor. Creo que moriré al escribir esto, mi palabra final. No soy imbécil, solo culpable de serlo.
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