Soledad siberiana (Rusia)
Esta joven fotógrafa rusa ha explorado sus vínculos ancestrales con un asentamiento frío y aislado
Frío como fuente de vitalidad
En el pueblo no falta el agua potable, pero un cazador anciano, Valery (derecha, abajo), prefiere lavarse la cara con nieve todas las mañanas porque el frío se considera una fuente de vitalidad.
Una escena costumbrista
Como una Madonna con el Niño (arriba), Valentina, una prima de la fotógrafa, sostiene en brazos a su benjamina, Varvara, de 10 meses, que juguetea con una piel de zorro.
Perros cotizados
Los perros del pueblo han encontrado acomodo en el frío del exterior, en un sofá abandonado. Los lugareños llevan un registro genealógico de cada can; hay lista de espera para hacerse con alguno de los que prometen tener buenas dotes para la caza y el rastreo.
Morro de alce
El morro de alce es un manjar reservado para los días de fiesta, y la pequeña Dasha, de cinco años, espera, caramelo en mano, a que se descongele una quijada de este animal. Dentro de unas horas su madre la desollará y la hervirá con especias para elaborar uno de los platos del banquete de Año Nuevo.
Caballos semisalvajes
En el frío mes de marzo los aldeanos proporcionan alimento y calor a los caballos semisalvajes, como esta yegua preñada. Más adelante, cuando haga demasiado calor para cazar en motonieve, los hombres cargarán a lomos de estos animales las piezas cobradas, por lo general alces, renos y martas cibelinas. La familia de la fotógrafa ha puesto a esta yegua el nombre de Tuchka, que en ruso significa «nubecilla».
Soledad siberiana
A veces los cuentos de hadas se hacen realidad, solo que pueden tardar décadas.
Cuando era niña y vivía en la ciudad, a Elena Anosova le contaban historias fantásticas de una aldea frecuentada por alces y lobos, historias de un bosque infinito, caminos impracticables y un entorno tan inhóspito como amado.
Ya de adulta –ahora tiene 34 años–, esta artista visual visitó por fin el poblado que hace más de tres siglos fundaron sus antepasados, cazadores que formaron parte de las oleadas de rusos que, en busca de pieles, pusieron rumbo al este, se adentraron en Siberia y nunca regresaron.
El padre de Anosova nació allí, y la mayoría de los 120 vecinos de la población –cuyo nombre y ubicación quieren mantener en secreto– son familiares suyos, en mayor o menor grado.
En evenki, el idioma nativo, el topónimo significa algo así como «la isla». Un término que sintetiza a la perfección el trabajo de esta fotógrafa: la exploración del aislamiento y sus fronteras.
Para llegar en jeep a esta «isla» onírica y sin mar, hay una ruta sobre la pantanosa taiga subártica que puntualmente, en invierno, se congela. Pero el medio más rápido es el helicóptero, que dos veces al mes despega de la ciudad de Kirensk, a 300 kilómetros de distancia. Si va lleno, hay que esperar 15 días para ir, o para volver.
Una vez allí, Anosova descubrió que había mucho por hacer y poca prisa por partir. Hay que reunir a los caballos salvajes cuando hace demasiado calor para cazar en motonieve, recoger las cosechas en los invernaderos calefactados y preparar conservas para el invierno.
Elena Anosova
Se echa de menos el frío
El dinero en efectivo apenas es necesario, como no sea para alguna excursión a la ciudad, que se financia con la venta de pieles de marta cibelina. Tras visitar la aldea, la vida en la ciudad se antoja diferente. «Es difícil –dice Anosova–, añoras el silencio». Incluso el frío se echa de menos.
En junio la temperatura puede bajar de cero grados. Ella lleva en el iPhone una foto de la lectura de una reciente mañana de enero: -53 °C.
Una de las fotografías de este artículo muestra a un hombre con la cara cubierta de nieve. Para Anosova simboliza cómo se vive allí: «simultáneamente en lucha y comunión con los elementos».
Rusia: viaje al frío más extremo
Azotada por los vientos del extremo Norte, Norilsk es uno de los lugares más inhóspitos del mundo
Derrumbes frecuentes
Los derrumbes son frecuentes en Norilsk. El mantenimiento de los edificios, normalmente sustentados sobre pilotes, plantea enormes problemas, sobre todo por la fusión de las capas superiores del permafrost.
Herederos del gulag
El plan urbanístico de Norilsk fue concebido en 1940 por arquitectos de Leningrado prisioneros del gulag. En la imagen se ve la calle principal de la ciudad, Leninsky Prospekt, de 2,25 kilómetros de largo.
Un agujero abierto al hielo
Una de las mejores maneras de adaptarse al frío del invierno consiste en zambullirse en un agujero abierto en el hielo : una de las actividades principales del Club Morsa de Norilsk, que organiza inmersiones incluso cuando hace viento y la temperatura es de –40 °C.
Urbanismo contra el frío
En el plan urbanístico de esta ciudad siberiana se tuvieron en cuenta las condiciones climáticas. Los edificios, agrupados formando patios cerrados al abrigo de los fuertes vientos, están separados por angostos pasajes para los peatones.
Fundición extrema
En la fundición, la concentración de gases tóxicos es muy elevada: los operarios trabajan protegidos con mascarillas y respiran con tubos conectados a botellas de oxígeno. Las condiciones laborales son durísimas, también por el elevado calor y el ruido; los trabajadores disfrutan de 90 días de vacaciones al año y se jubilan anticipadamente a los 45 años.
Mina a cielo abierto
La mina a cielo abierto Medvezhii Ruchéi opera durante todo el año las 24 horas del día, incluso con temperaturas de -50 °C.
Esperanza de vida baja
En Norilsk los niveles de contaminación son elevadísimos. La esperanza de vida es de 50 años, 10 menos que en el resto de Rusia. Las emisiones tóxicas causan enfermedades pulmonares, digestivas y cáncer.
Vestigios del pasado
Ruinas de la Casa de la Cultura. La construcción del complejo metalúrgico y de la ciudad de Norilsk comenzó en 1936. Fue una empresa titánica realizada por los trabajadores forzados del gulag en condiciones inhumanas.
Sin zonas verdes
En Norilsk no hay zonas verdes. Para encontrarlas, hay que recorrer 30 kilómetros en autobús. Quien no puede hacerlo busca el sol en espacios urbanos como el lago Dólgoye, situado entre la ciudad y la zona industrial.
Concentración de metales pesados
La tundra que rodea Norilsk es un yermo. La concentración de metales pesados en el suelo es tan elevada que está prohibido recoger setas y bayas en un radio de 30 kilómetros alrededor de la ciudad.
Vida entre cuatro paredes
En invierno, cuando la ciudad se sume en la larga noche que va desde finales de noviembre hasta finales de enero, es difícil realizar actividades al aire libre. La vida se desarrolla principalmente entre cuatro paredes.
Complejo minerometalúrgico
En Norilsk, uno de los mayores núcleos de población situados por encima del círculo polar Ártico, se encuentra el complejo minerometalúrgico más grande del mundo, que reporta a Rusia el 2 % de su PIB.
Vida entre cuatro paredes
Para compensar el hecho de que a menudo pasan meses enteros sin ir al patio, las escuelas disponen de amplios espacios cerrados donde los alumnos pueden mantener un ritmo de vida saludable y practicar actividades como correr, jugar o ir en patinete.
Temperatura extrema
En los jardines de infancia se utiliza una tabla especial que permite comparar la temperatura real y la velocidad del viento. Si el valor de la sensación térmica es demasiado bajo, los niños tienen prohibido salir al exterior.
Actividades veraniegas
La llegada del verano se celebra con una fiesta: tres días en la tundra en los que tienen lugar diversas competiciones deportivas. Arriba, el equipo Pioneros de Nuestro Tiempo desayuna antes de participar en una carrera.
Noche perpetua
Durante el «día polar», que en Norilsk dura desde finales de mayo hasta finales de julio, el sol nunca se pone tras el horizonte y el tiempo es agradable, con temperaturas que en algunos veranos alcanzan los 30 °C.
Rusia: viaje al frío más extremo
Miro con avidez por la ventanilla, intentando distinguir algún contorno en la infinidad de la tundra. Lo único que veo es el vacío. Todo está envuelto en el profundo y oscurísimo azul de la noche polar. Hasta que de pronto aparece bajo el ala del avión el perímetro de un edificio rectangular delineado por unas luces resplandecientes: eso significa que no hay niebla y que estamos a punto de aterrizar. Alrededor solo veo la tundra cubierta de nieve que se funde en el horizonte con un cielo oscurecido por el inminente crepúsculo. La auxiliar de vuelo nos informa de que la temperatura exterior es de 27 grados bajo cero.
El aire gélido irrumpe en el interior del avión, golpeándome las mejillas y la nariz. El autobús arranca hacia Norilsk. A lo largo de la carretera se suceden los postes eléctricos y las tuberías del sistema de calefacción. Entre volutas de humo y de vapor se empieza a entrever el mayor complejo metalúrgico del mundo, de construcción relativamente reciente: su nombre es Nadezhda, que significa «esperanza». Todo parece un escenario ideal para una película sobre una catástrofe nuclear.
La historia de Norilsk empieza cuando Nikolái Urvántsev, geólogo y explorador ruso, descubre en el norte de la meseta de Putorana los yacimientos de cobre y de níquel con un alto contenido en platino. En 1921 Urvántsev construyó una cabaña de madera: la primera casa de Norilsk. En la década de 1930 aparecieron los campos de trabajos forzados ideados por Stalin: Norillag y después Gorlag.
Campo de trabajos forzados
Los deportados iniciaron la explotación de los yacimientos mineros, construyeron las instalaciones, los centros para la separación de los minerales y la infraestructura urbana. Nadie sabe cuántos prisioneros perdieron la vida en Norilsk. Según algunas fuentes, alrededor de medio millón de personas pasaron por este campo de trabajos forzados durante sus 20 años de existencia. La mayoría no regresó jamás.
Paradójicamente, la ciudad debe lo mejor de su arquitectura a su trágico pasado. Parece ser que el trazado urbano de Norilsk fue obra de unos arquitectos de Leningrado, obligados a cumplir aquí sus duras condenas. Sin el gulag, quizás habría sido imposible levantar esta ciudad. ¿Cómo, si no, se habría llevado a cabo el ambicioso proyecto de instalar las fábricas de procesamiento junto a los lugares de extracción de las materias primas, con el objetivo de transportar al «continente» (como llaman aquí al resto del país) solo los productos acabados?
La razón de ser de Norilsk es el complejo minerometalúrgico Norilsk Nickel, que, junto con sus filiales, da trabajo a más de la mitad de la población. Los codiciados metales se extraen de la roca y se procesan en tres centros: las instalaciones de níquel, las de cobre y el complejo metalúrgico Nadezhda. Este gigantesco complejo no tiene parangón en todo el mundo, ni por sus dimensiones ni por las condiciones climáticas en las que se trabaja. De las fundiciones para la separación de los metales del permafrost salen casi una quinta parte del níquel y dos terceras partes del cobre que se producen en Rusia, y más del 40 % de la producción mundial de paladio.
El nivel de contaminación es el más elevado de Rusia y el séptimo del mundo
Las industrias están situadas en la periferia de la ciudad, tan próximas a ella que por el olor del gas se puede deducir la dirección del viento. El procesado del cobre emite un olor dulzón, mientras que los humos procedentes del níquel irritan la garganta. En un año, el complejo industrial emite a la atmósfera unos dos millones de toneladas de sustancias tóxicas –el 98% de las cuales es óxido de azufre–, un nivel de contaminación atmosférica equivalente al de toda Francia.
El suelo también está saturado de metales pesados; la concentración es tan alta que las autoridades recomiendan no recolectar bayas ni setas en los alrededores de la ciudad. No he podido resistirme al deseo de probar una mermelada de frutos amarillos, y ahora me preocupa que los metales pesados hayan penetrado en mi organismo. Y siempre que he comido setas recogidas en la zona he acabado con dolor de estómago.
El doble de riesgo de padecer cáncer
La esperanza de vida es aquí 10 años inferior a la del resto del país, y el riesgo de padecer cáncer es el doble de alto. El nivel de contaminación es el más elevado de Rusia y el séptimo del mundo.
Durante el invierno es inevitable pasar la mayor parte del tiempo en espacios cerrados y con luz artificial. Uno de los principales medios de transporte es el taxi, cuya tarifa es fija: 100 rublos (un euro y medio), independientemente de la distancia y duración de la carrera. Los taxistas dicen que mucha gente los para para ir, literalmente, al edificio de al lado. Los autobuses pasan con frecuencia. A la flota urbana se han incorporado recientemente modelos importados que cuentan con doble acristalamiento aislante y antihielo, a prueba de ventiscas.
La mayoría de las paradas son tiendas con pequeños vestíbulos con calefacción, pero todavía las hay que están a la intemperie; en ese caso, tienes que saltar para combatir el frío, mientras miras a lo lejos, entre la niebla, a la espera de que cuanto antes y como caído del cielo se materialice la llegada de un vehículo.
Ir al trabajo es una aventura. El complejo Nadezhda está a 12 kilómetros de la ciudad, y la carretera atraviesa la tundra abierta, azotada por vientos furiosos. Cuando hay ventisca la visibilidad es nula y está prohibido circular en coche. De las cocheras parten cada día dos o tres convoyes de entre 15 y 20 autobuses: si uno tiene una avería, los pasajeros pueden subirse al siguiente.
«Esto pasa dos o tres veces por semana –explica Vasili, un operario metalúrgico de 52 años que está esperando en la parada–. Llevo desde las cinco de la tarde, desde que acabé el turno». Miro el reloj: son las 12.10 de la noche. «Cuando pierdes el autobús y la ventisca afloja, compensa volver a pie a la ciudad –prosigue–. Así, al menos por la mañana estás en casa. Pero si al día siguiente trabajas de mañana, tienes que pasar la noche en la fábrica. A veces ni siquiera circulan los autobuses. Entonces todos se refugian en el comedor de Nadezhda, donde entran en calor con un té caliente».
Pero aunque el tiempo sea endiablado, la producción nunca se detiene. Incluso en los días más duros (los de «tormenta negra») la gente acude al trabajo, mientras que los niños disfrutan de la aktirovka, palabra mágica que se anuncia por radio y televisión: debido a las condiciones meteorológicas, los colegios permanecerán cerrados. Los deberes se comunican por SMS.
"Me muevo con rigidez. Me siento como una astronauta con el traje espacial. Las ráfagas de viento son tan fuertes que tengo la impresión de aplastarme contra una pared transparente"
He venido equipada con ropa interior térmica, mallas de lana, pantalones de esquí y plumífero. En la cabeza llevo un kagul, compuesto por un gorro, una capucha y una bufanda que me llega hasta los ojos. El vaho que expulso al respirar se transforma rápidamente en hielo. Me muevo con rigidez. Me siento como una astronauta con el traje espacial. Las ráfagas de viento son tan fuertes que tengo la impresión de aplastarme contra una pared transparente, sólida e infranqueable. Una estampa habitual es ver a un transeúnte acurrucado contra la fachada de un edificio esperando que el viento amaine lo justo para correr hasta el cobijo más cercano. Cuando la cellisca se torna hielo, tienes que agacharte y deslizarte como si fueras sobre esquís.
Quienes planificaron la ciudad conocían bien las condiciones meteorológicas del lugar: las casas de viviendas están muy juntas, con patios interiores protegidos del viento. Entre los edificios hay pasajes estrechos de apenas un metro de ancho para facilitar la circulación de los viandantes.
Los edificios «estalinistas» fueron construidos por los prisioneros del gulag, sobre la roca para que duraran eternamente. No es el caso de la mayoría de las construcciones posteriores, que no tienen cimientos y reposan sobre pilotes hincados en el permafrost. Las plantas destinadas a las instalaciones de cables y tuberías carecen de calefacción, y las enormes diferencias de temperatura provocan la ruptura de los conductos de agua caliente, con los subsiguientes escapes que no solo funden la nieve de la superficie, sino también las capas superiores del suelo.
De este modo los pilotes se desestabilizan, se abren grietas y los edificios empiezan a desmoronarse. El número de viviendas abandonadas es demoledor: según algunas estimaciones asciende a una quinta parte del parque inmobiliario. Esas casas parecen escenarios de una película de terror. Da la impresión de que la gente salió precipitadamente huyendo de una catástrofe inminente: viejos muebles rotos, botas, libros abandonados… todo cubierto de hielo. Cada estancia conservaba el recuerdo de toda una vida. En un apartamento de 12 metros cuadrados vi el esqueleto de un piano de cola. La persona que vivió en aquel reducido espacio se había permitido el lujo de tener un instrumento así.
El apartotel es el modo de alojamiento más extendido en Norilsk: son edificios construidos con muros de carga, con nueve plantas divididas en dos por un largo corredor, en cada una de las cuales hay apartamentos de 12 a 17 metros cuadrados con un baño y un espacio único con salón, zona de dormitorio y cocina. Estas viviendas se asignaban a todos los recién llegados, que después pasaban a una lista de espera para conseguir un piso. Sin embargo, estos alojamientos provisionales acabaron convirtiéndose en permanentes para muchas familias.
El mito del extraordinario nivel de vida de los ciudadanos de Norilsk viene de la época soviética posterior al gulag. Para atraer trabajadores se estipularon ciertos privilegios: salarios cuatro veces superiores a los del continente, tres meses de vacaciones pagadas al año, vales gratis para los sanatorios y campamentos de verano infantiles, y jubilación anticipada a los 45 años con una buena pensión y un piso en el continente después de estar de 15 a 20 años en activo. Los pasajes de avión eran baratos y muchos iban los fines de semana a Krasnoyarsk o a Moscú a visitar a los amigos. Los suministros de víveres eran regulares. La gente rememora aquellos tiempos con nostalgia.
En los años setenta uno llegaba aquí enviado por el Komsomol (la organización juvenil del Partido Comunista) o por invitación de familiares. Los buenos salarios y la idea romántica del Norte atraían a la gente. La hospitalidad y solidaridad de los vecinos de Norilsk eran proverbiales. Un día, una pareja recién llegada que no conocía a nadie ni tenía dónde dormir entabló conversación con un pasajero en el tren que va del aeropuerto a la ciudad. Unos minutos de charla bastaron para que les entregara unas llaves y una dirección. «Estaré fuera tres meses; podéis quedaros en mi casa», les dijo. Hay muchas anécdotas como esta.
El que llega, se queda
Algunos vinieron a Norilsk para quedarse entre tres y cinco años, el tiempo suficiente para ahorrar dinero y marcharse. Con el tiempo, formaron una familia y se quedaron. «¡Ten cuidado! –me dice alguien en broma–, ¡no te vayas a quedar tú también enganchada!». Pero de aquellos privilegios de antaño solo queda el recuerdo. Hoy el salario medio de un operario oscila entre 795 y 1.100 euros, y el de un funcionario público, entre 270 y 570 euros. Todo es importado, y muy caro.
Los billetes de avión, prohibitivos. Los que trabajan en el complejo minero ven parcialmente compensados sus principales gastos, pero los demás se las arreglan como pueden. Las vacaciones de verano son un lujo, y muchos solo salen de aquí una vez cada cinco o siete años.
"Hacia las dos de la tarde la oscuridad empieza a retirarse y da la impresión de que por fin llega el día, pero esa especie de claridad desaparece rápidamente, como si la absorbiera la oscuridad eterna"
Dicen que puedes vivir en Norilsk si eres capaz de salir indemne de la primera noche polar. Yo no he superado la prueba. Sin el ciclo natural del día y la noche, siento que las jornadas no obedecen a ninguna lógica. Estoy perdida, confusa por la monotonía de la oscuridad. Siento una especie de miedo atávico a no ver nunca más la luz. Hacia las dos de la tarde la oscuridad empieza a retirarse y da la impresión de que por fin llega el día, pero esa especie de claridad desaparece rápidamente, como si la absorbiera la oscuridad eterna.
En el autobús, una madre pregunta a su hijo de cuatro años: «¿Qué estación viene después del invierno?». «El verano», responde el niño. «No –replica la madre–. Entre el invierno y el verano hay otra estación: la primavera. ¿Y qué viene después del verano?». «El invierno», responde el pequeño… Los niños siempre dicen la verdad. En Norilsk la primavera y el otoño pasan en un santiamén.
El verano es también muy breve. A mediados de junio, la nieve se derrite durante algunos días. Es el período de las noches blancas: sombras alargadas, calles desiertas, temperatura suave. Es el día polar. Durante dos meses el sol no se pone, y la luz natural lo ilumina todo, de día y de noche.
«¿Qué hora es?», pregunta alguien. «Las diez», responde otro. «¿De la mañana o de la noche?».
La gente sale de paseo hasta tarde. Pero esta estación, la única en que no es necesario reunir fuerzas para combatir el frío, no dura mucho. Es el tiempo de las vacaciones, de los viajes al continente, de las excursiones por la tundra. Es el momento de descubrir los paisajes urbanos e industriales alrededor del lago Dólgoye. Los niños chapotean bajo los chorros del agua de refrigeración de la central eléctrica.
Con los vapores de la fábrica de níquel como telón de fondo, la gente toma el sol, prepara shashlik (brochetas de carne) o se da un baño en esas aguas industriales. Los enamorados se citan por primera vez a la sombra de las tuberías. Es el mejor momento para visitar los alrededores de la ciudad, los asentamientos abandonados, las instalaciones militares…
Opiniones dispares
Los habitantes de Norilsk tienen percepciones diversas sobre su ciudad. Para unos no es más que un lugar de trabajo; para otros, un sitio donde vivir, a veces agradable. Muchos la comparan con una lata de conserva, o con un acuario envuelto en nieblas y aislado del mundo.
Algunos ven en ella su salvación, la oportunidad de una vida mejor. «En mi casa estaba bien. ¿Pero cómo se puede vivir sin trabajo? –dice un recién llegado–. Es mejor vivir con este frío y esta contaminación, pero poder ganarte el pan y dar un futuro a tus hijos».
Pese a todo, los vecinos de Norilsk aman su ciudad. Aunque hablen mal de ella, se quejen del aire malsano y de que «ya está bien de tanta nieve que no se acaba nunca», cuando llega el momento de marcharse de allí, sienten nostalgia. Encargan a los amigos que les lleven la mayonesa de Norilsk y los periódicos locales. Incluso alguno, al regresar de las vacaciones, dice: «Qué ganas tenía de volver a casa, a Norilsk».
Y, francamente: ¿en qué otra ciudad del mundo se organizan excursiones de fin de semana con los amigos solo para ir a ver el sol? ¿En dónde se discute acaloradamente sobre cuándo volverá a salir de nuevo?
Tras mes y medio de noche polar, marcada por las temperaturas árticas y los vientos más violentos, cuando por fin se vuelve a encender sobre el horizonte esa pequeña esfera roja cargada de energía vital, la gente vuelve a sentirse feliz, tranquila y en paz.
link: https://www.youtube.com/watch?v=8OB1E4nCSbs
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