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Solo eres un hombre.

Recuerda, solo eres un hombre.

Se le suele atribuir a Marco Aurelio la anécdota de que gustando de pasear por las calles y plazas de Roma, era vitoreado y aclamado por los ciudadanos como un semidiós. De tal forma que adquirió la costumbre de ser acompañado por un esclavo. Este caminaba varios pasos detrás del Emperador. Cuando los vítores y las aclamaciones arreciaban, el siervo se acercaba discretamente a Marco Aurelio y le susurraba al oído “Solo eres un hombre”.

El General se subía a su cuadriga y volvía a recorrer calles y plazas. Se le arrojaban por el pueblo diversos presentes y flores. La misión del esclavo era doble. Situado un paso detrás del triunfador, con una mano sostenía la corona de laurel sobre la cabeza del General sin apoyarla ni soltarla. Cuando subía la intensidad de las aclamaciones, se acercaba al militar y le susurraba al oído “Recuerda, solo eres un hombre”. La idea era evitar el endiosamiento del sujeto.
Esta anécdota histórica debería hacernos reflexionar.

El pueblo, ahora como hace dos mil años, necesita crear sus mitos. Al menos antes eran conquistadores que reportaban riquezas y vastas extensiones de territorios a su país. Hoy, tenemos un elenco de personajillos que bien por interpretar de manera mediocre en un escenario, cantar sin provocar lluvia de granizos, o practicar algún deporte de manera destacada, se sienten superiores al resto de mortales y tratan de mantener suficiente distancia con lo que ellos consideran “la plebe”.

Así, podríamos recordar aquella llegada de Diego Armando Maradona a España y al sentirse rodeado por periodistas deportivos, hizo un gesto con ambas manos para que se detuvieran y dijo: “Maradona va a hablar”. A nuestro criterio, vomitó un conjunto insufrible de frases en las que hablaba de el mismo en tercera persona. Prueba inequívoca de su endiosamiento. Cuando terminó de hablar, sentenció “Maradona ha hablado”.

Hay un grupo de personas no menos insufribles. Los nuevos ricos. Estos sin darse cuenta, suelen crear una corte de palmeros que le acompañan a cualquier destino. Es habitual visitarles en sus mansiones y contemplar la estupidez de sus comentarios. La sinrazón de sus halagos. El anfitrión, termina descubriendo que sabe cantar, que sus chistes son graciosos, que medir poco más de un metro sesenta es ser altísimo. Que su prominente estómago es una amalgama de musculatura. Que la estupidez y la ignorancia que les adorna a el o a su esposa (a veces a ambos) es graciosa. Todo por un plato de comida y algo de alcohol.

Para esta extensa masa de sumisos acólitos, recordamos la anécdota histórica que sigue: Un día estaba Diógenes comiendo un plato de lentejas. En ese momento llegó Aristipo, otro filósofo que vivía con gran lujo adulando al rey Alejandro Magno y le dijo: “Mira, si fueras sumiso al rey, no tendrías que comer esa basura de lentejas”. Diógenes le respondió: “ Si tu aprendieras a comer lentejas, no tendrías que degradarte adulando al rey”.

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